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Relatos Ardientes

El sueño lúcido del domingo del que no quise salir

Me pasa con cierta frecuencia: me despierto temprano, miro el techo unos segundos y, en vez de levantarme, me dejo caer otra vez hacia el sueño. Hay algo en esa hora de la mañana, con la casa todavía en silencio y la luz aún sin afilar del todo, que invita a quedarse. Y ahí, en ese segundo tramo del descanso, suelo darme cuenta de que estoy soñando. No es un control total ni mucho menos. Es más bien una consciencia tibia, la certeza de que nada de lo que ocurra es real y, por lo tanto, de que puedo permitirme cualquier cosa sin pagar ningún precio después.

Casi siempre aprovecho esa lucidez para lo mismo. Para buscar un cuerpo, una boca, unas manos. A veces me sale mal: la prisa por exprimir el sueño antes de despertar, o el empeño en dirigir cada detalle, terminan por arruinarlo. Es como apretar demasiado un puñado de arena. Otras veces, en cambio, todo fluye sin que yo tenga que forzar nada, y entonces son los mejores.

Aquel domingo fue de los buenos. Lúcido en el sentido de que sabía que soñaba y de que lo deseaba con todas mis ganas, pero no tanto en el de gobernarlo. Me dejé llevar, y eso lo cambió todo.

***

No fue una historia con imágenes claras, ni un escenario nuevo. Fue mi cuerpo y mi cama. La misma postura de costado, el mismo hueco en el colchón que ocupaba en la vida de verdad. Como si el sueño se hubiera limitado a añadir una sola cosa al cuarto: un hombre.

Lo conocía. En el sueño era alguien de confianza, tierno y atento, pero también muy sexual, igual que yo. Lo llamaré Mateo, aunque en realidad no tenía rostro definido; tenía manos, voz y una manera de acercarse que reconocía sin haberla visto nunca.

Entró en la cama por detrás y se acomodó contra mi espalda, amoldándose a mi cuerpo como una segunda piel. Me acarició despacio: primero la cabeza, apartándome el pelo de la nuca; después la curva de la cadera, sin prisa, como quien tiene toda la mañana por delante.

Acercó la boca a mi oído. Sentí su aliento antes que sus palabras.

—¿Quieres que te la meta, corazón? —susurró.

No tenía fuerzas para hablar alto. Le respondí bajito, casi solo moviendo la cabeza contra la almohada.

—Sí. Sí.

Y lo hizo. Despacio, con un cuidado deliberado, como para no sacarme del todo de ese letargo dulce en el que estaba. No buscaba sacudirme ni demostrarme nada. Buscaba darme gusto sin sobresaltos, consentirme entre sus brazos mientras yo apenas me movía. Lo sentí entrar centímetro a centímetro, y cada uno fue una pequeña descarga tibia que me recorría desde abajo hasta el pecho.

Me dejé hacer. Ni siquiera abrí los ojos. Me limité a notar cómo su mano seguía en mi cadera, marcando un ritmo perezoso, y cómo su respiración se acompasaba a la mía contra mi nuca. Era una de esas veces en que el sueño no pide nada: solo deja que el placer crezca por su cuenta, sin guion, sin urgencia.

Poco a poco el ritmo dejó de ser tan contenido. Me giré hacia él sin separarnos, quedamos cara a cara, y entonces sí empezamos a follar de verdad, todavía despacio pero con una intención clara. Estuve a punto de correrme. Esa frontera la conozco bien, porque en mis sueños eróticos me asomo a ella casi siempre: el cuerpo se tensa, la respiración se corta, y justo cuando creo que voy a saltar, algo me retiene en el borde.

***

El sueño cambió de plano sin que yo me diera cuenta. Un poco más tarde, aún dormida y aún soñando, la escena era parecida pero distinta. Esta vez estaba recostada sobre él, mi espalda contra su pecho, yo boca arriba y sus brazos rodeándome. Una postura de descanso, de domingo, de no querer moverse.

Notó que me espabilaba apenas, lo justo para volver a desearlo. Me habló otra vez al cuello, con esa voz grave y baja que parecía pensada para no despertarme del todo.

—¿Quieres correrte con mis manos, corazón?

Cerré los ojos con más fuerza, como si así pudiera meterme más adentro del sueño y no dejarlo escapar. Sentía el sube y baja de su pecho debajo de mi espalda, el calor de su cuerpo subiéndome por la columna.

—Sí. Sí, me quiero correr en tus manos —le contesté en un hilo de voz.

Le tomé las manos sin abrir los ojos y se las llevé yo misma a donde quería: una a los pechos, la otra más abajo, al sexo. Él entendió el gesto y empezó por lo grande. Caricias amplias y cálidas, con la palma entera, abarcándome el cuerpo como si lo reconociera de nuevo.

Después concentró el juego. Apoyó la mano derecha, caliente, sobre mi vientre, quieta, marcándome el peso. Y con las yemas de la izquierda comenzó a rozarme los pezones muy despacio, apenas tocándolos. Sabe lo que me gusta. Y le gusta dármelo, esa es la parte que más me enciende.

Empecé a revolverme sobre su cuerpo, a gemir bajito. Él no aceleró. Se quedó ahí, en ese roce mínimo de las puntas de los dedos sobre la piel más sensible, durante un rato largo, larguísimo, hasta que cada vuelta de sus yemas me parecía insoportable de lo bien que estaba.

Y mientras tanto me hablaba. Palabras calientes y directas, sin adornos.

—Adoro tenerte así de cachonda sobre mí —me dijo al oído—. Tienes el coño mojadísimo. Quiero que te corras en mis manos y luego mamártelo.

Llevó el dedo corazón de la mano derecha, la que aún no estaba usando, hasta mis labios. Sabe que me gusta sacar la lengua y ensalivárselo mientras me toca, que esa pequeña obscenidad me desarma. Lo recibí con la lengua fuera, lo rodeé con los labios, lo chupé despacio.

Y en esa calentura sostenida, sin que él cambiara nada, sin más estímulo que el roce eterno de sus dedos en los pezones, me corrí. El primero. Todavía con los ojos cerrados, aflojé todo el cuerpo sobre el suyo y gemí más grave, hacia adentro, como si el placer no quisiera salir del todo.

Cuando se me pasó el temblor, me habló otra vez, tranquilo.

—Ahora toca con la otra mano.

***

Sacó de mi boca la punta del dedo corazón, empapada de saliva, y la bajó. La llevó al sexo y me lo metió en la vagina, despacio pero con firmeza, sin dudar. Una vez dentro, lo afirmó con un pequeño empuje, como una embestida corta que me arrancó un gemido.

—Me encanta sentirte dentro —le dije.

Por toda respuesta añadió el índice. Dos dedos ahora, entrando y saliendo con calma, mientras de tanto en tanto volvía a rozarme los pezones para no dejarlos enfriar. Y seguía hablándome.

—¿Te gusta que te meta los dedos?

—Sí, me encanta que me los metas —respondí, y cerré un poco los muslos atrapándole la mano, como para que llegara más adentro.

Estuvo así unos minutos, dándome a ese ritmo perezoso y profundo. Luego sacó los dedos y se quedó solo con el corazón. Lo subió, buscando el clítoris, buscando la segunda corrida. Primero lo calentó con un movimiento suave de arriba abajo, lento, casi de reconocimiento.

Me gustaba tanto sentirlo justo ahí que todo mi cuerpo acompañaba el vaivén de su dedo. Me frotaba contra su pecho, contra su abdomen, sin poder quedarme quieta.

—Ahora quiero que te corras en mi mano —me dijo.

Y empezó a mover la punta del dedo de lado a lado sobre el clítoris, firme y suave a la vez, con esa precisión exacta que solo él tenía en el sueño. Con la mano izquierda me rozó las tetas de pasada, y después me ofreció el pulgar para que se lo llenara de babas. Lo recibí ya con la lengua fuera, lo encerré entre los labios, y ese pulgar en mi boca amortiguó mis gemidos, que cada vez costaba más contener.

—Suelta —murmuró—. Córrete sobre mí.

Aguanté unos segundos más, los que mi cuerpo necesitó, y entonces lo hice. El segundo orgasmo no se quedó dentro del sueño. Lo tuve a la vez en los dos lados de la frontera: en la cama soñada y en mi cama de verdad, con las piernas tensas y la respiración entrecortada sobre las sábanas reales.

Fue eso, precisamente, lo que me despertó. La intensidad me empujó hacia afuera del sueño igual que un nadador sale a tomar aire.

***

Abrí los ojos en mi cuarto, sola, con la luz del domingo entrando de medio lado por la persiana. El corazón me iba deprisa y todavía sentía el eco del placer recorriéndome, ese cosquilleo que tarda en apagarse. No había nadie a mi lado. Nunca lo hubo. Y sin embargo el cuerpo no distinguía: para él, todo había sido cierto.

Me quedé un rato quieta, de costado, en la misma postura del sueño, sonriendo contra la almohada. Pensé en cerrar los ojos y volver a buscarlo, a ver si lo encontraba otra vez en ese segundo tramo de la mañana. Quizá vuelva. Quizá no.

Pero ya daba igual. Algunas mañanas, lo mejor del domingo ocurre antes de levantarse, en ese lugar tibio donde el deseo y la imaginación dejan de ser dos cosas distintas.

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Comentarios (5)

VicenteMDQ

Genial relato, me dejo con ganas de más!!

SilviaLect

Me recordo a un sueño parecido que tuve hace un tiempo, esa sensacion de querer quedarte dentro y no salir es inconfundible. Muy bueno!

Romi87

increible!!! uno de mis favoritos de la categoria

Gaston_mp

Por favor una segunda parte, quede enganchado con ese final.

CuriosoLector22

Cuanto de esto es real y cuanto es imaginacion? porque se siente muy autentico jaja

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