El refugio de montaña donde Lucía cumplió mi fantasía
Hay días que uno guarda en un cajón aparte de la memoria, días que no se mezclan con los demás. Aquel fue el mejor de mi vida, y no me cuesta nada admitirlo. Me gusta el sexo, como a casi todo el mundo, y me gusta más todavía llevar mis fantasías de la cabeza a la cama. Lo que no sabía esa mañana, mientras hacía cola en la cafetería de siempre, era que estaba a punto de conocer a la persona que iba a cumplirlas todas.
La vi de espaldas primero. Estaba pidiendo un café con leche y un pedazo de tarta, y tenía una de esas voces tranquilas que te hacen girar la cabeza sin querer. Cuando se dio la vuelta, me quedé un segundo de más mirándola. Vestía sin pretensiones, una camisa ancha y unos vaqueros que no enseñaban nada, pero su cara aniñada y esa media sonrisa me lo dijeron todo. Había algo en ella que no encajaba con la ropa discreta, una corriente por debajo.
No sé de dónde saqué el valor. Normalmente no soy de los que abordan a una desconocida en una barra, pero algo me empujó.
—¿Está rica la tarta o es solo para acompañar el café? —pregunté, y me arrepentí de la frase en el mismo instante de soltarla.
Ella levantó una ceja, divertida.
—Es una excusa para quedarme sentada sin que me echen —contestó—. ¿Tú también buscas excusa?
Esto va a ir bien o va a ir fatal, pensé.
Fue bien. Nos sentamos en la misma mesa sin que ninguno lo propusiera del todo, y estuvimos casi una hora hablando de tonterías que de pronto no parecían tonterías. Se llamaba Lucía. Trabajaba en algo que tenía que ver con el diseño, vivía sola desde hacía poco y tenía esa costumbre de mirarte fijo cuando le interesaba lo que decías. Antes de irse me anotó su número en una servilleta, con una letra redonda y una sonrisa que prometía cosas que no estaba diciendo.
Nos fuimos conociendo poco a poco, sin prisa. Mensajes que empezaban siendo educados y terminaban siendo descarados a la una de la madrugada. Paseos largos en los que la conversación rozaba temas que ninguno de los dos terminaba de cerrar. Yo notaba la tensión crecer cada vez que nos despedíamos con un beso en la mejilla que duraba un poco más de la cuenta, y sospechaba que ella lo notaba también.
***
Aquel verano, Lucía propuso lo que yo no me atrevía a proponer.
—¿Te vienes a la montaña? —escribió una tarde—. Quiero caminar hasta perder el móvil de cobertura.
Quedamos un sábado al amanecer. Subimos en mi coche hasta donde se acababa el asfalto y desde ahí seguimos a pie, con dos mochilas y un mapa que apenas miramos. Pasamos el día entero caminando, monte arriba y monte abajo, parando en cada arroyo, riéndonos de cualquier cosa. Había una facilidad entre nosotros que asustaba un poco, como si nos conociéramos desde mucho antes de aquella cafetería.
Cuando quisimos darnos cuenta, el sol se estaba escondiendo detrás de la cresta y todavía nos quedaban horas de bajada. No era prudente hacerlo a oscuras.
—Hay un refugio aquí cerca —dije, recordando un cartel medio borrado—. Podemos pasar la noche y bajar con luz.
Lucía me miró un segundo más de lo necesario.
—Me parece perfecto —dijo.
El refugio estaba vacío, cosa rara en pleno verano. Una sala de piedra con dos literas, una mesa coja y una chimenea apagada. Preparamos algo de cenar con lo que llevábamos, un poco de pan, queso y una lata de conservas, y nos sentamos junto a la ventana a ver cómo se apagaba el último naranja del cielo. Una a una fueron apareciendo las estrellas, tantas que parecía mentira, y nos quedamos callados, hombro con hombro, mirando hacia arriba.
El frío llegó de golpe en cuanto se fue el sol. La piedra no guarda el calor, lo devuelve multiplicado por la noche. Sacamos los sacos de dormir, los extendimos cada uno en una litera y nos metimos vestidos, con los gorros puestos, riéndonos de lo ridículos que estábamos.
—Buenas noches —dije, con poca convicción.
—Buenas noches —contestó ella, con menos todavía.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Yo no dormía, atento a cada crujido de la madera y, sobre todo, a su respiración a dos metros de distancia. En algún momento la oí moverse, los pasos descalzos sobre el suelo de piedra, y antes de que pudiera decir nada noté el peso de su cuerpo deslizándose dentro de mi saco.
—Estoy helada —susurró contra mi cuello—. No aguanto ahí sola.
Cabíamos justos, apretados el uno contra el otro. Sentía el frío de sus pies buscando mis piernas y el calor de su aliento en mi clavícula.
—¿Sabes cuál es la mejor forma de entrar en calor? —dije, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
—Dímelo.
—Sin ropa. La piel da más calor que cualquier saco.
No se lo pensó dos veces. La sentí retorcerse en aquel espacio imposible para sacarse la camisa, los pantalones, todo, y cada roce de su movimiento contra mi cuerpo me iba poniendo más nervioso. Yo me desnudé como pude, golpeándome los codos con la tela, hasta que por fin no quedó nada entre nosotros más que el calor que empezábamos a fabricar.
Su piel estaba fría al principio, los pezones duros contra mi pecho, pero se fue templando al ritmo de nuestra respiración. La tenía pegada de la cabeza a los pies. Mi erección quedó atrapada contra su vientre y noté cómo, lejos de apartarse, ella apretaba un poco más, buscándola.
—No te asustes —dije, medio en broma.
—¿Asustarme? —se rio bajito—. Llevo semanas pensando en esto.
Esa frase me deshizo. La besé por fin, un beso que llevábamos meses postergando, y dejó de haber distancia entre el querer y el hacer. Sus manos bajaron despacio por mi espalda, las mías encontraron sus caderas en la oscuridad. El saco de dormir se volvió un horno; el frío del refugio, un recuerdo lejano.
La toqué entera con la calma de quien tiene toda la noche por delante. La oí contener el aliento cuando mis dedos la encontraron mojada, lista, y la oí soltarlo en un suspiro largo cuando empecé a moverlos. Me clavó las uñas en el hombro y me pidió más al oído, sin vergüenza, con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que quiere.
Cuando por fin la penetré, despacio, los dos nos quedamos quietos un instante, como reconociéndonos. Después ya no hubo manera de parar. Lo hicimos primero con cuidado, por la falta de espacio, y luego sin ninguno, hasta que terminamos medio fuera del saco, sobre la madera dura de la litera, sin que ninguno de los dos se quejara del frío. Aquella noche no paramos. Lucía era insaciable, y cada vez que yo creía que ya estaba, ella encontraba la forma de volver a empezar.
Amaneció con los dos abrazados, agotados y sonrientes, viendo entrar la primera luz gris por la ventana de piedra. Bajamos la montaña en silencio, de la mano, con esa complicidad nueva de quienes comparten un secreto.
***
Lo nuestro se consolidó después de aquello. Dejamos de fingir que solo éramos amigos con química y empezamos a vernos casi a diario. Pero lo mejor de Lucía no era lo que ya sabía hacer, sino lo que estaba dispuesta a contarme.
Una noche, tumbados en mi cama después de hacer el amor, con su cabeza apoyada en mi pecho, me lo confesó casi en un susurro.
—¿Te cuento una fantasía? —dijo, dibujando círculos con el dedo sobre mi piel.
—Cuéntame todas.
—Me vuelven loca los tríos.
Me incorporé un poco para verle la cara. No estaba bromeando.
—¿Con dos chicas? —pregunté—. ¿Con dos chicos?
Lucía me miró con esa sonrisa pícara que ya conocía bien, la misma de la servilleta, y se encogió de hombros.
—Me da igual. Me gusta todo. Me imagino lamiendo a otra mujer mientras alguien me folla por detrás, y la idea me pone a mil. O mirándote a ti con otro hombre, viendo cómo disfrutas tú también.
Yo escuchaba sin interrumpir, sintiendo cómo cada palabra suya encontraba un eco en algo que yo nunca había dicho en voz alta.
—No eres la única con fantasías —dije al fin.
—Cuéntame.
Y se lo conté. Le confesé las ganas que tenía de tenerla a ella mientras otra mujer le besaba el cuerpo, de compartirla sin celos y verla disfrutar el doble. Le hablé de la curiosidad que siempre me había callado, de querer explorar con ella sin reglas, los dos a la vez, dándole y recibiendo placer de más de un sitio a la vez. Cuanto más hablaba, más se le aceleraba la respiración contra mi pecho.
—Entonces estamos en la misma página —murmuró, subiéndose encima de mí.
—En la misma exactamente.
Aquella madrugada no resolvimos nada y lo resolvimos todo. Nos quedamos despiertos hasta tarde, imaginando en voz alta escenarios que hasta entonces solo habíamos guardado para nosotros mismos, riéndonos, excitándonos, prometiéndonos que algún día dejaríamos de imaginarlos. Yo había encontrado en aquella cafetería a alguien que no solo compartía mi cama, sino mi cabeza.
Lo que vino después es otra historia. Pero esa madrugada, con Lucía dormida por fin sobre mi brazo y las primeras luces colándose por la persiana, supe que la fantasía recién empezaba.