Lo que pedía en el chat se cumplió esa noche
Bruno vivía en un bloque cutre de las afueras, en un piso que olía a cerrado y a comida recalentada. Era un tipo flaco y apático, con el pelo negro siempre revuelto y una barba descuidada que nunca terminaba de afeitarse. Compartía cama con su mujer, pero hacía años que no la tocaba. El matrimonio era un decorado, una mentira que ninguno de los dos se atrevía a desmontar.
Lo único que lo mantenía despierto era la rutina de cada madrugada. Después del turno en el taller volvía arrastrando los pies, esperaba a que su mujer se durmiera, y entonces encendía el portátil y se conectaba a la web de cámaras. Encendía la suya, se bajaba el pantalón y se masturbaba durante horas frente a desconocidos. Solo eso. Nada más que pajas interminables a la luz azul de la pantalla.
Se decía a sí mismo que le gustaban las mujeres, y en parte era verdad. Pero lo que de verdad lo encendía eran las otras cámaras, las de los hombres. Esas pollas duras y palpitantes apareciendo en miniatura en el mosaico de ventanas lo dejaban hipnotizado, con la boca seca y el pulso acelerado.
En el chat lo bombardeaban con guarradas, pero había un usuario que lo desarmaba. Se hacía llamar ElTitiritero, un anónimo que cada noche le escribía la misma fantasía, cada vez más detallada.
—Imagínate, Bruno —tecleaba—. Un grupo de tíos rodeándote, todos a la vez, usándote como un objeto. La boca abierta, sin poder negarte a nada. Serías su juguete, ¿verdad? Lo estás deseando.
Bruno se corría como un animal leyendo esas líneas, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Fantaseaba con ser el centro de algo así, rodeado de hombres que lo usaran sin preguntar. Nunca lo habría dicho en voz alta. Ni siquiera estaba seguro de admitirlo dentro de su propia cabeza.
Lo tranquilizaba pensar que era solo eso: palabras en una pantalla, una corriente eléctrica que se apagaba con el portátil. Una fantasía no le hace daño a nadie, se repetía. Por la mañana se duchaba, se ponía el mono de trabajo y volvía a ser un hombre cualquiera en el metro, anónimo entre cientos de caras grises. Lo que pasaba de madrugada se quedaba de madrugada. Eso creía, al menos, hasta esa tarde.
***
Una tarde de invierno volvía del taller en el metro, apretado entre cuerpos, con la ropa de faena arrugada y el olor a grasa pegado a la piel. Bajó en su parada y caminó hacia el bloque por la calle medio vacía. Entonces alguien lo paró.
Era un chaval joven, de ojos oscuros y una sonrisa torcida que no tenía nada de amable. Lo miraba como si lo conociera de antes.
—Oye, tú eres el de la cámara —dijo, sin preguntar de verdad—. El que se pasa las noches haciéndose pajas para gente que no conoce. Te hemos visto. Sabemos lo que pides en el chat.
A Bruno se le heló la sangre. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Intentó negarlo, balbuceó algo, dijo que se confundía de persona. Pero el chaval le agarró el brazo con una mano dura y firme, y empezó a empujarlo hacia un callejón lateral.
Esto no está pasando, pensó. Esto no sale de la pantalla.
Lo arrastró por un pasaje entre dos bloques hasta una nave abandonada, una de esas estructuras a medio derruir llenas de escombros y olor a humedad. La puerta metálica chirrió al abrirse.
***
Dentro lo esperaban más. Un grupo de hombres jóvenes, de cuerpos atléticos, repartidos por la nave en penumbra. Algunos llevaban la cara medio tapada con la capucha. Se rieron al verlo entrar, flaco y temblando, sujeto del brazo como un crío al que llevan al castigo.
—Mira al de la cámara —dijo uno—. Tan valiente delante de la pantalla, ¿y ahora qué? Ven, que te vamos a dar exactamente lo que pides cada noche.
Lo empujaron al centro del suelo de hormigón, sucio de polvo y cascotes. Le pusieron las manos en los hombros y lo obligaron a arrodillarse. Bruno notó el frío de la piedra atravesarle los pantalones. Quiso levantarse, pero una mano en la nuca lo mantuvo abajo.
El primero, el que lo había traído, se plantó delante. Se bajó el pantalón sin prisa, disfrutando del momento, mirándolo desde arriba con esa sonrisa de antes.
—Abre —ordenó—. Tu boca es nuestra ahora. Es lo que querías, ¿no?
Bruno apretó los dientes un segundo, un último gesto de resistencia. Pero la mano de la nuca apretó más fuerte, y cuando abrió la boca para protestar, el chaval aprovechó y empujó. Sintió el peso en la lengua, el sabor salado y rancio del sudor de todo el día. Tosió, las arcadas le subieron por la garganta, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Eso es —dijo el otro, agarrándolo de la barba para sujetarle la cara—. Quieta ahí.
Y empezó a moverse, embistiendo sin contemplaciones, follándole la garganta a su ritmo. Bruno jadeaba entre embestida y embestida, los mocos y la saliva cayéndole por la barbilla. Y lo peor de todo, lo que lo dejaba mareado de vergüenza: su propia polla se endurecía traidora bajo el pantalón, sin que nadie la tocara.
***
Cuando el primero se apartó, ya había otro esperando turno. Y detrás otro, y otro más. Se fueron turnando uno tras otro, sin pausa, como una cola ordenada y silenciosa de hombres que sabían exactamente lo que iban a hacer. Pollas entrando y saliendo de su boca, manos sujetándole la cabeza por todos lados, voces que se reían encima de él.
—Mira cómo se le cae la baba —dijo uno.
—Le gusta. Mírale la cara —contestó otro.
Nadie lo tocaba más allá de la boca. Lo usaban solo por ahí, convirtiéndolo en un agujero caliente y húmedo, en el centro exacto de la fantasía que ElTitiritero le susurraba cada noche por el chat. Algunos le escupían en la cara antes de cederle el sitio al siguiente. Otros le pellizcaban los pezones por encima de la camiseta sucia mientras lo embestían.
Bruno tenía la mente en blanco y el cuerpo ardiendo. Era humillación pura, y al mismo tiempo no podía negar que era exactamente lo que había deseado a oscuras tantas madrugadas. Su polla goteaba contra la tela sin que él hiciera nada. Le ardía la garganta, le dolían las rodillas contra el hormigón, y aun así no intentó escapar.
Perdió la cuenta de cuántos pasaron. El tiempo se le hizo elástico, una sucesión de manos, de voces y de empujones que se confundían unos con otros. Cada vez que pensaba que había terminado, otra silueta se plantaba delante de él y volvía a empezar. La luz que entraba por las grietas del techo se fue apagando, y la nave quedó casi a oscuras, iluminada solo por la pantalla de algún móvil. Él seguía allí, de rodillas, convertido en lo único que importaba en aquel cuarto.
Uno tras otro se fueron corriendo en su boca. Chorros espesos y calientes que él tragaba a la fuerza, con el sabor amargo y salado quedándosele pegado al paladar.
—Trágalo todo —le ordenaban—. Ni una gota fuera.
Cuando el último terminó, Bruno seguía de rodillas, la boca hinchada, la barba empapada, la ropa manchada de fluidos ajenos. Le temblaban las piernas. Tenía la cara roja y los ojos vidriosos.
Uno de ellos lo había grabado todo con el móvil, riéndose por lo bajo.
—Para que no se te olvide —dijo, guardándose el teléfono—. Y para que lo vea quien tenga que verlo.
Lo dejaron allí, tambaleándose en mitad de la nave. Se fueron hablando entre ellos, riéndose, como si acabaran de salir de un partido. La puerta metálica volvió a chirriar y Bruno se quedó solo, rodeado de escombros y silencio.
***
Llegó a casa caminando pegado a las paredes, intentando que nadie se cruzara con él. Olía a sudor y a vergüenza. Subió las escaleras despacio, ensayando alguna excusa que no se sostenía. Metió la llave en la cerradura con la mano temblando.
Su mujer lo esperaba en el recibidor, de pie, con el móvil en la mano y la cara desencajada de rabia.
—¿Qué cojones es esto? —dijo, con la voz quebrada.
Le había llegado el vídeo. Anónimo, sin remitente, pero clarísimo: él de rodillas, usado, manchado, en mitad de aquella nave. Bruno abrió la boca pero no le salió nada. No había excusa posible.
Ella empezó a gritar, a llorar de rabia, a tirarle lo primero que pillaba. Un cenicero, un marco de fotos, un vaso que se rompió contra la pared en mil pedazos.
—Llevas años mintiéndome —le gritó—. Años. Y resulta que era esto. ¡Me das asco!
Sacó una maleta del armario, metió ropa a puñados sin doblarla y cruzó el salón sin volver a mirarlo. La puerta dio un portazo que retumbó en todo el rellano. Después, silencio.
***
Bruno se dejó caer en el sofá, todavía con la ropa manchada, el sabor amargo en la boca y el olor ajeno pegado al cuerpo. La casa estaba vacía y a oscuras. Solo se oía el zumbido de la nevera.
Había conseguido su fantasía. La que repetía cada madrugada delante de la pantalla, la que ElTitiritero le tecleaba palabra por palabra. La había vivido entera, hasta el último detalle. Y ahora estaba solo, en un piso vacío, con la certeza de que nada volvería a ser como antes.
Era esto lo que pedías, pensó. Felicidades.
Fuera, en algún teléfono que no controlaba, el vídeo seguía existiendo. Y esa era la parte de la fantasía que nunca había imaginado.