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Relatos Ardientes

Lo que pasaba bajo mi mesa durante la videollamada

Trabajo desde casa, sola, y mi puesto es de esos que nadie supervisa de cerca: tareas que me organizo yo, plazos que dependen de mí y horas enteras de silencio frente a la pantalla. Era cuestión de tiempo que esa soledad me empezara a llenar la cabeza de otras cosas. Y la idea que más volvía, la que me desordenaba la mañana entera, era tenerlo a él debajo de mi escritorio.

Lo pensaba tanto hace unos meses que llegaba a desconcentrarme del todo. Estaba leyendo un correo, redactando un informe, y de pronto la imagen me cruzaba por dentro y ya no había forma de seguir. Tenía que levantarme, caminar hasta el dormitorio un rato y volver más tarde, con las piernas todavía temblando un poco. Como hacía semanas que no me pasaba, lo escribo aquí, para que vuelva a obligarme a hacer esos descansos de media mañana.

He dicho «obediente», pero la verdad es que no me interesa darle órdenes todo el rato. Lo que quiero es que esté sentadito ahí abajo, deseando tocarme, conteniéndose, esperando paciente mi señal. Un muchacho bueno, morboso y complaciente. Eso es lo que imagino. Lo llamaré Mateo, aunque en mi cabeza casi nunca tiene nombre, solo calor y respiración.

Como paso muchas horas sentada, uso mi sillón de cuero, el grande, el que arrimo al escritorio para acomodarme con las piernas abiertas y la espalda cómoda. La mesa es alta, así que puedo cambiar de postura sin que se note, subir una rodilla, cruzar los tobillos. Para trabajar me pongo un pijama enorme y calentito, distinto del que uso para dormir, sin sostén y con el pelo recogido en un moño medio deshecho. Hoy elegí una camiseta térmica XXL que en invierno me hace de vestido por dentro de casa. Hoy, además, no llevo nada debajo.

Se me ocurre que lo justo es invitarlo a meterse bajo la mesa cuarenta minutos antes de una reunión grupal. Durante esos cuarenta minutos no quiero distracciones: tengo el tiempo medido para preparar lo que voy a decir. Apenas se acomoda ahí abajo, le pido que asome la cabeza y que abra la boca. Le sostengo el rostro con una mano y le vierto en la lengua un poco de agua de mi termo, para que no pase sed. Sello el gesto con un beso suave en los labios y lo guío de vuelta hacia abajo.

No lo veo, y aun así me gusta sentir su calor frente a las piernas, su respiración, ese silencio cuidadoso de quien no quiere molestar. Subo un pie al borde del sillón para acomodarme y sé que, si tuviera algo de luz ahí abajo, vería que no llevo nada bajo la camiseta. Quizá no lo distinga en la penumbra, pero desde que se agachó para entrar estoy completamente mojada. Me imagino una gota resbalando despacio hasta el cuero del asiento.

Los dos aguantamos las ganas. Ese es el juego. Yo termino mis notas a mano en una libreta y, en todo este rato, lo único que ha habido entre nosotros son caricias mínimas: su mejilla contra mi rodilla, mis dedos hundiéndose un segundo en su pelo, su mano abierta sobre mi pantorrilla. Nada más. La anticipación lo es todo.

Cuando faltan minutos, tomo el diccionario gordo de la estantería y lo pongo bajo el portátil, para que la cámara me enfoque solo del cuello hacia arriba. Mientras espero que me admitan en la videollamada, le pido otra vez que saque la cabeza y el pecho. Quiero comprobar que está bien. Le doy más agua directamente en la boca y, cuando se le escapan unas gotas por la barbilla, lo beso de nuevo, esta vez entrelazando mi lengua con la suya. Quiero comerle la boca mojada. Cuando vuelve abajo, ya estoy entrando a la reunión. Paso un dedo entre mis piernas sin pensarlo y lo tengo empapado.

Saludo brevemente a los demás. Es la señal. Mateo sabe que puede empezar a acercarse a mi cuerpo. Mientras hablo, me recorre las piernas enteras con las manos abiertas, deteniéndose en las rodillas y en la cara interna de los muslos. La camiseta es tan ancha que tiene acceso a casi todo. Pensar en sus manos subiendo por dentro de la ropa me eriza el vello de los brazos y de la espalda.

Una compañera toma la palabra y yo aprovecho para echar el sillón un poco hacia atrás, darle espacio, dejar que me explore con la cara y el cuerpo. Mete la cabeza entre mis muslos pero no me roza donde más quiero: solo huele, besa y respira en el pliegue de las ingles. Tengo que responder una pregunta y lo hago con una voz sorprendentemente firme. Apenas termino, él baja un poco para que sus manos suban, buscando mis pechos.

Tiene cierto margen de movimiento ahí abajo, lo justo para alcanzarlos y sostenerlos. Pongo mis manos sobre las suyas por encima de la tela. Los dos lo sabemos: llega la parte más difícil y la más rica. Me acaricia los pezones con la yema del dedo corazón de cada mano, despacio, en círculos. Me llevo una mano a la boca y gimo bajito, los ojos clavados en el icono del micrófono tachado.

Por las dudas, pulso también el atajo del teclado para silenciarme desde el ordenador. Doble seguro. Gimo grave, con los labios apretados, mientras con el pie busco su entrepierna por debajo de la mesa. Lo encuentro duro y se lo amaso unos segundos a través de la ropa. Estamos gimiendo a la vez, en susurros, conteniéndolo todo.

De pronto se inclina hacia adelante y mete la cabeza bajo mi camiseta. Me pasa la lengua por el ombligo, sube por el abdomen y cierra la boca alrededor de uno de mis pezones. Con la misma suavidad de antes, lo rodea con la lengua y después lo succiona, muy despacio. Me mama un pecho y luego el otro mientras mi cadera busca cualquier roce mínimo contra su cuerpo. Tengo que morderme el labio para no soltar nada por el chat sin querer.

***

Mi intervención ya pasó, así que por fin puedo apagar la cámara. Solo tengo que acordarme de contestar por escrito cuando haga falta y, sobre todo, de que el botón del micrófono no me traicione. El murmullo de la discusión sigue su curso mientras él mantiene la boca tibia sobre mi pezón erecto. Entonces noto la punta de sus dedos buscando entre mis piernas.

Me recorre entera de arriba abajo varias veces y, en una de ellas, desliza el dedo corazón hacia adentro. Un instante después suma el anular. Los mete muy despacio, hasta el fondo, y empieza a moverlos mientras sigue chupándome los pechos. Busca ese punto exacto que me deshace. Justo antes de que se me escape un grito, escucho con toda claridad un sonido húmedo entre mis piernas: lo estoy empapando hasta la muñeca.

Una parte de la reunión termina y los demás mandan reacciones a la pantalla. Yo mando el aplauso y el corazón rojo, que aparecen enormes sobre el rectángulo negro atravesado por mi nombre y mi apellido. Cuando alguien me dirige una pregunta, Mateo se retira de golpe, alejando la boca y las manos de mi cuerpo, dejándome temblando. Enciendo otra vez cámara y micrófono y respondo con mis notas, encadenando ideas e interpelando a un par de compañeros que después toman el relevo. Vuelvo a silenciar el micrófono, pero esta vez dejo la cámara puesta, para acompañarlos.

Tímido, retoma despacio el contacto con mi cuerpo. Primero un besito en la rodilla, después otro en la cara interna del muslo. Como no hago ningún movimiento brusco y le acaricio el pelo con ternura, no se detiene: vuelve a meter la cabeza entre los pliegues de mis ingles. Me encanta sentirlo ahí, respirando contra mi piel. Ladea la cabeza, saca un poco la lengua y empieza a lamerme, de momento, solo el vello.

Mi reacción no se hace esperar. Abro un poco más las piernas, quiero ya su boca donde corresponde. Y eso hace: primero me chupa los labios con la punta de la lengua, después los mordisquea suave mientras me mete un solo dedo para hacerme temblar y lo saca enseguida. No puedo evitar un movimiento mínimo de caderas para restregarme contra el cuero del sillón. Sin necesidad de mirar, esta vez estoy segurísima de que estoy goteando.

Mientras me obligo a poner cara neutra para la cámara, él me hace esperar. Varios minutos largos en los que lo busco con los dos pies por debajo de la mesa. En una de esas se mete mi dedo gordo en la boca y lo chupa con hambre, como si fuera un helado. Tengo que respirar hondo y fingir que escucho con atención a un compañero que no para de hablar.

***

Cuando me suelta el pie, apoyo ambos en el suelo y abro bien los muslos. Tras varios minutos de debate ajeno, vuelvo a apagar la cámara. Me subo la camiseta por encima del pecho y, ante su mirada atenta desde abajo, empiezo a acariciarme los dos pezones a la vez. Gimo sin disimulo. Él se baja la ropa interior y deja su sexo al aire, duro, tenso, apuntando hacia arriba. Gime también, mirándome.

—Dame de beber —me pide en voz muy baja, y abre la boca desde el suelo.

Le vierto un poco de agua dentro y, antes de que cierre los labios, le meto la lengua sin llegar a besarlo del todo. Mientras traga, pone la boca sobre mi sexo y yo sigo con un pecho en cada mano, frotándome los pezones con los pulgares. Primero me recorre entera con la lengua plana y firme. Después me penetra con ella, en embestidas cortas, y enseguida busca mi clítoris. Me lo lame con ganas pero muy suave, exactamente como me gusta. Sabe hacerlo.

Estoy segura de que mis gemidos se oyen desde el rellano del edificio.

—Cómo me gusta tu boca, mi amor —le digo en un hilo de voz, y le aprieto un poco la cabeza entre los muslos.

De pronto desliza una mano por debajo de su propia cara y, sin dejar de mamar, me mete dos dedos. Esta vez no los mueve: los deja quietos, dentro, para que me corra con su boca encima y la vagina llena. Su cabeza, su mandíbula, sus labios, su lengua, sus dedos. Todo él trabajando para mí en silencio mientras la reunión sigue su curso en la pantalla, ajena a todo.

Me corro sobre él gimiendo grave, agarrándole el pelo con fuerza, las piernas cerrándose un instante alrededor de su cara y volviendo a abrirse, rendidas. Tardo unos segundos en respirar normal. La cadera se me afloja sobre su rostro, y todavía con el temblor en los muslos me inclino lo justo para que me oiga.

—En cuanto esto termine —le susurro—, te toca a ti.

Y mientras vuelvo a encender la cámara con una sonrisa de oficina perfecta, pienso que mañana, sin falta, voy a necesitar otro descanso a media mañana.

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Comentarios (6)

Karin_85

Dios mio... que relato!!! me puse a leer y no pude parar

LucasV_88

La tension que genera antes de que pase algo es lo mejor de todo. Ojalá haya segunda parte!

Roberto_Cdmx

Me recordo una situacion parecida que tuve hace tiempo. La idea del control y la espera resulta increiblemente erotica. Muy bien escrito.

SilviaRoca

jajaja la reunion de trabajo nunca fue tan interesante

curiosa_porteña

Me encanta como esta escrito, se siente real sin ser burdo. Seguí publicando!

DiegoNoche_ok

La espera, la tension, la adrenalina de que alguien pudiera notar algo... eso es exactamente lo que hace que este tipo de relatos sean tan buenos. Muy bien logrado.

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