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Relatos Ardientes

Le mandé fotos a un desconocido y terminé perdiéndome

Antes de empezar, gracias a todos por los mensajes. Si a veces tardo en contestar es porque tengo que ser cuidadosa y no puedo estar siempre pendiente del teléfono. Me sorprende y me halaga la cantidad de fotos que me han comprado estas semanas. No me lo esperaba. De verdad, gracias.

Dicho eso, déjenme contarles lo que pasó la otra noche.

Después de varias semanas sin intercambiar nada, uno de mis compradores habituales —en el chat se hace llamar Halcón— me escribió con una petición distinta. Quería verme en cuatro. La idea me agarró desprevenida, pero me entusiasmó al instante. Sentí un cosquilleo subirme por la espalda solo de imaginarlo.

Me hizo el depósito de veinte dólares, como siempre, y me saludó recordándome lo ansioso que estaba. Su impaciencia era contagiosa. Ya estaba húmeda solo de leer sus mensajes. Supe que esa noche iba a ser distinta.

Lo curioso de todo esto es que nunca nos hemos visto. No sé qué cara tiene, ni su nombre real, ni dónde vive. Y sin embargo, hay algo en la forma en que me habla, en cómo elige las palabras, que me hace sentir más vista que con muchos que sí me han tenido enfrente. Quizá por eso me cuesta cortar estas conversaciones. No es solo el dinero. Hace rato que dejó de ser solo el dinero.

Llegué del trabajo agotada y me metí directo a la ducha. El agua caliente me soltó los hombros y se llevó la tensión del día. Mientras el vapor llenaba el baño, mi cabeza se fue llenando de imágenes. Pensaba en las fotos, en lo que él sentiría al abrirlas, en su respiración del otro lado de la pantalla.

Salí de la ducha y me planté frente al armario con el pelo todavía mojado. Tardé un rato eligiendo. Al final saqué un body negro con medias de nylon a juego que me subían hasta el muslo. El body era transparente desde el pecho hacia abajo, así que dejaba muy poco a la imaginación.

Me miré en el espejo y me gustó lo que vi. Una mujer que sabía exactamente lo que quería esa noche. La tela me abrazaba cada curva, me marcaba los pechos, me redondeaba las caderas. Me quedé un momento ahí, girando despacio, reconociéndome.

Que sufra un poco antes de la primera foto.

Pero la impaciencia pudo más. Estiré el body hacia un lado para que se me marcara el sexo y dejé uno de mis pechos al descubierto, con el pezón ya endurecido. Disparé. La luz de la lámpara me caía justo. Mandé la imagen y esperé con el corazón golpeándome el pecho.

El sonido del mensaje entrante me hizo sonreír antes siquiera de leerlo.

—Estás increíble —escribió.

Dos palabras y ya me sentía deseada, poderosa, capaz de cualquier cosa. Cada mensaje suyo subía la temperatura un grado más.

Para la segunda foto, la parte de arriba del body se me había corrido y me tapaba a medias el pecho, aunque el pezón seguía asomando, duro, evidente. Tiré de la tela por abajo hasta que se me metió entre los labios. Esa salió espectacular. Me quedé mirándola un segundo, sorprendida de mí misma, antes de enviarla.

—Eres una diosa —respondió.

Esas palabras me encendieron todavía más. Era esto, justamente: saber que del otro lado había alguien que se deshacía con cada imagen, que dependía de lo que yo decidiera mostrarle y de cuándo decidiera mostrárselo. El control me ponía caliente.

Hay algo que pocos entienden de esto. La gente piensa que vendo fotos y ya, que es una transacción fría. Pero la verdad es que cada vez que le mando una imagen estoy decidiendo exactamente qué parte de mí ve, en qué orden, con cuánta espera entre una y otra. Soy yo la que marca el ritmo. Y descubrir ese poder, noche tras noche, me ha enseñado más sobre mi propio deseo que cualquier relación que haya tenido.

***

La anticipación me quemaba por dentro mientras pensaba en la siguiente. Quería que cada foto fuera mejor que la anterior, dejarlo sin aire. Me arrodillé en la cama, metí la tela un poco hacia el centro y programé el temporizador. La imagen me capturó de espaldas, con el trasero redondeado en primer plano y las medias tensas sobre el muslo.

—Espero que te guste —escribí junto a la foto.

Mientras esperaba su respuesta, mi cabeza se llenó de fantasías. Nervios y excitación mezclados, una combinación que me erizaba la piel. Su mensaje llegó enseguida.

—Te ves increíble. No puedo esperar a ver más.

Me mordí el labio. Decidí que las fotos ya no bastaban. Iba a grabarle un video.

Me acomodé sobre las sábanas y moví la lámpara hasta que la luz me caía de costado, marcándome las curvas. Empecé despacio, mostrándole cómo me quedaba el body, cómo las medias me subían por la pierna. Sabía que esa toma lenta lo iba a volver loco antes de que pasara nada.

Después bajé la mano y empecé a acariciarme el pecho por debajo de la tela, dejando que se asomara apenas la areola. El roce del nylon contra la piel era electrizante. Me pasé la lengua por el pezón, despacio, mirando a la cámara como si lo mirara a él.

Bajé la otra mano y me acaricié sobre la tela unos segundos, sintiendo la humedad que ya empapaba el body. La fricción del nylon mojado contra mí me arrancó un suspiro que no fingí. Luego corrí la tela hacia un lado y me toqué directamente. El placer me cortó la respiración. La idea de que él estuviera viendo esto, de que cada movimiento fuera para él, me ponía todavía más caliente.

Tuve que parar un par de veces para no terminar antes de tiempo. Respiraba hondo, miraba el techo, dejaba que la urgencia bajara un poco y volvía a empezar. Quería que el video durara, que cada segundo lo dejara más colgado de la pantalla. Esa tensión, esa demora deliberada, era casi mejor que el final.

En el video no se veía gran cosa, en realidad. Pero eso era lo de menos. Lo que me encantaba era saber que me veía así, en mi momento más vulnerable, sin máscaras. Terminé la grabación con una toma de mis dedos resbalando sobre la piel húmeda. Un último gesto para dejarlo queriendo más.

Le mandé el video y seguí tocándome mientras esperaba. La espera era casi insoportable. Cada segundo sin respuesta me subía más, como si la propia ansiedad fuera otra caricia. La respiración se me aceleró sola.

Su mensaje llegó por fin.

—Uff, qué bella. Me encantas de verdad. Para la próxima te subo el pago.

No era la respuesta detallada que esperaba, pero me gustó igual. Una mezcla de satisfacción y deseo me recorrió al leerlo. Había logrado lo que quería. Lo había encendido. Y eso, en ese momento, valía más que cualquier depósito.

***

Seguí contestándole solo con emoticones mientras me dejaba llevar. No tenía sentido escribir frases enteras con la mano ocupada. Cada mensaje suyo alimentaba lo que ya estaba haciendo, y mi mano se movía con más confianza, más deseo.

—Eres increíble, no puedo dejar de pensar en ti —escribió.

Esas palabras me apretaban el pecho. Sentía una conexión rara a través de la pantalla, como si cada letra viniera cargada de electricidad. Mi cuerpo respondía a su deseo, a la idea de su deseo, y la piel se me erizaba con cada aviso del teléfono.

Cerré los ojos un momento y dejé que los otros sentidos tomaran el control. Casi podía sentirlo ahí, imaginar sus manos en lugar de las mías, tocándome con la misma intensidad con la que yo me tocaba. La fantasía era tan vívida que se me escapó un gemido.

—Me encantas. No puedo esperar a verte de nuevo —decía otro mensaje.

Me mordí el labio. Sus palabras eran un bálsamo y un incendio al mismo tiempo. Mi cuerpo se arqueaba bajo mis propias caricias. La humedad aumentaba con cada segundo, y la fricción de mis dedos sobre la piel resbaladiza me mandaba oleadas de placer por todo el cuerpo.

Imaginaba que eran sus dedos los que me guiaban, su boca en mi cuello, su voz en mi oído. La mezcla de sus mensajes y mi propia imaginación me tenía al borde. El pecho me subía y me bajaba al ritmo de mis suspiros.

—Te deseo tanto —escribió.

La intensidad de esas tres palabras me atravesó la pantalla. Mis movimientos se hicieron más rápidos, más urgentes. Sentía que algo grande se acercaba, algo que me iba a liberar. Cada roce me empujaba un poco más hacia el borde.

***

El orgasmo llegó como una ola, intenso y limpio. Me aferré a las sábanas con la mano libre, los músculos tensos, un gemido largo escapándoseme sin que pudiera controlarlo. Fue un placer puro, sin freno, que me dejó temblando y sin aire sobre la cama.

Me quedé quieta un rato, recuperando la respiración, con el teléfono iluminando el techo. Una satisfacción profunda me envolvía. No era solo el cuerpo. Era saber que había compartido otro momento mío con alguien que, sin conocerme la cara, me deseaba con esa fuerza.

Nos despedimos poco después, con la promesa de más noches como esta. La conversación había sido breve, pero estaba llena de expectativas. Cada vez que pensaba en la próxima, sentía una chispa volver a encenderse en el abdomen.

Apagué la lámpara y me acomodé bajo las sábanas, todavía con el body puesto. Tenía la certeza de que el próximo encuentro sería aún más intenso. Con esa idea dándome vueltas, dejé que el sueño me llevara, y soñé con todo lo que todavía nos faltaba por explorar.

Continuará...

Si quieren, déjenme sus comentarios acá abajo, o escríbanme directo: encuentran mi correo en el perfil. Un beso, y nos leemos en el próximo.

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Comentarios (5)

GabrielSur

excelente relato, me encanto!!

LectorOculto22

Por favor una segunda parte!! quede con muchas ganas de mas, se hizo corto

Silvinita_k

Me senti muy identificada leyendo esto. A veces uno se pierde en esas situaciones sin darse cuenta y cuando quiere reaccionar ya es tarde jaja. Muy bien escrito.

NicoBaires

tremendo!! sigue escribiendo asi

Nocturna_33

me pregunto como termino todo despues... ¿hubo mas mensajes con el desconocido? me dejo con la duda

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