Mi venganza se convirtió en el deseo que nunca tuve
Cerré la puerta del cuarto contiguo a mi espalda. Sofía ya estaba vaciando la bolsa sobre la cama estrecha: el arnés, los consoladores, el lubricante, dos toallas dobladas. En la mesita había un portátil abierto, y en la pantalla se veía el salón desde el ángulo exacto de la cámara que Marcos había escondido esa tarde.
Sofía se giró hacia mí con esa intensidad nueva que le había crecido en las últimas semanas. Me excitaba. Me asustaba un poco también.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —mentí. No estaba bien. Estaba aterrada, furiosa y cachonda al mismo tiempo—. ¿Y tú?
—También.
Se acercó y me besó despacio. Este beso era distinto a los del coche, a los de los hoteles a media tarde. Este era de verdad.
—No tienes que hacer nada que no quieras —me dijo acariciándome la mejilla—. Si quieres parar, paramos. ¿Vale?
Asentí. Confiaba en ella. En Marcos también. Pero no quería parar. Llevaba dieciocho años sintiéndome encerrada en un matrimonio que me asfixiaba, y por primera vez tenía la certeza de que podía romperlo con mis propias manos.
—Desnúdate —dijo Sofía—. Necesito verte.
Me quité la ropa. Ella también. Nos quedamos las dos de pie en aquel cuarto diminuto, mirándonos. Sofía era delgada, fibrosa, con el pelo blanco muy corto y unos pechos que le colgaban un poco por la edad. Yo era lo contrario: caderas anchas, barriga, muslos llenos. Antes me avergonzaba. Ahora, con ella mirándome así, me sentía menos sola dentro de mi propio cuerpo.
Eligió un consolador mediano y lo dejó junto al arnés, sin ponérselo todavía. Nos sentamos en la cama, hombro con hombro, frente a la pantalla. En el salón, Marcos esperaba sentado en el borde del colchón grande, con esa expresión de quien piensa demasiado. Me había caído bien desde el principio: no juzgaba, no hacía preguntas estúpidas, solo escuchaba.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—Diez minutos —contestó mirando el móvil.
Diez minutos hasta que Rubén llegara. Diez minutos hasta que todo cambiara.
¿Por qué estoy haciendo esto? Ya conocía la respuesta. Era por mí. Para recuperar algo que me habían robado hacía demasiado tiempo. Para ser yo quien decidiera, quien mandara, quien tuviera el control por una vez en la vida.
El timbre sonó. En la pantalla vi a Marcos levantarse y salir del encuadre. Voces amortiguadas en el recibidor. Sofía me agarró la mano.
—Respira —susurró.
Respiré.
Rubén entró en el plano. Nervioso, incómodo, igual que cuando volvía tarde con mil excusas. Marcos se le acercó, le dijo algo al oído. Vi a mi marido tragar saliva. Y empezó a desnudarse.
Algo se retorció en mi pecho. Celos, rabia, asco, todo mezclado. Era él, ahí, obedeciendo a otro hombre. Todo lo que yo había sospechado durante años, confirmado delante de mis ojos. Pero entonces Sofía me empezó a acariciar la espalda, círculos lentos, y la rabia no desapareció: se hizo más pequeña, más lejana.
Y me mojé. No tenía sentido. Estaba viendo a mi marido arrodillarse para metérsela en la boca a otro y mi cuerpo respondía. Marcos lo agarró del pelo, lo guió, lo dominó. Rubén se atragantaba y seguía.
—¿Qué sientes? —me preguntó Sofía al oído.
—No lo sé —dije, y era verdad—. Debería estar cabreada.
—¿Lo estás?
—Sí. No. No lo sé.
Me giró la cara y me besó, su lengua entrando en mi boca, reclamándome. Me dejé llevar. Era más fácil que pensar. Cuando volvimos a mirar la pantalla, Marcos había puesto a Rubén a cuatro patas y le cruzaba las nalgas con la mano abierta. Una, dos, tres veces. El culo se le ponía rojo. Y la polla, dura.
Le está gustando.
Sofía me metió dos dedos sin preámbulos, encontrándome empapada.
—Va a follárselo —murmuró—. Vas a ver a tu marido follado.
En la pantalla Marcos se escupió en la mano, lo restregó contra él, lo hizo esperar. Vi la boca de Rubén moverse, suplicando. Y Marcos empujó. Sofía metió un tercer dedo en mí al mismo tiempo y se me escapó un gemido.
—Te gusta —dijo. No era pregunta—. Te gusta verlo así.
—Sí —admití.
Me corrí mirando la pantalla, mordiéndole el hombro a Sofía para no gritar, mientras ella alargaba el orgasmo con los dedos hasta dejarme temblando. Cuando terminé me abrazó, me besó el pelo, la frente.
—Muy bien —susurró.
Luego se levantó, agarró el arnés y, en lugar de ponérselo ella, me lo ofreció a mí. Ajustó las tiras a mis caderas, enroscó el consolador, lo untó de lubricante hasta que brilló. Sentí el peso colgando de mi cuerpo, extraño, antinatural. Me miré hacia abajo.
Esto es de locos.
Pero seguía mojada y los pezones se me habían puesto duros.
—Es tu turno —dijo Sofía, y me besó una última vez, posesiva—. Tú vas a follarlo.
Salimos descalzas al pasillo. En el salón, Rubén seguía a cuatro patas, mamándole la polla a Marcos otra vez, el culo enrojecido y expuesto hacia la puerta, sin defensa. Marcos levantó la mano libre. La señal. Ahora.
Caminé sobre la tarima sin hacer ruido, el consolador balanceándose con cada paso, recordándome que estaba ahí. Me coloqué detrás de él, justo donde Marcos había estado minutos antes. Sofía me puso una mano en el hombro. Apoyo. Marcos me sostuvo la mirada y asintió. Es tuyo.
Guié la punta hasta su entrada. El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo oiría. Es ahora. Hazlo.
Empujé. Fuerte, sin aviso, sin delicadeza. Hasta el fondo de una sola embestida. El arnés se me clavó en la pelvis y me transmitió la resistencia de su cuerpo cediendo.
Rubén se tensó entero. Intentó soltar la polla de Marcos, girar la cabeza, pero Marcos lo agarró del pelo con más fuerza.
—No —ordenó—. Sigue.
Saqué casi del todo y volví a empujar. El arnés me golpeó el clítoris y gemí. Empecé a follármelo sin piedad, embestidas profundas, cada penetración empujándolo hacia delante, forzándolo a tragar más hondo. Era liberador. Era como recuperar algo que me habían quitado.
Levanté la mano y le crucé una nalga. El chasquido resonó en el piso.
Dieciocho años sintiendo que no era suficiente. Dieciocho años de que me dijeras que era fea, que era asquerosa, que me usaras y te dieras la vuelta a dormir.
Otro azote. Y otro. Pero con cada golpe la rabia se diluía un poco más, se transformaba en otra cosa. Sofía se pegó a mi espalda, sus pechos contra mi piel, sus manos subiendo a los míos, pellizcándome los pezones. Giré la cabeza y nos besamos con hambre mientras yo seguía embistiendo.
—¿Te gusta, Rubén? —le dije al oído, con una voz tranquila que no me conocía.
Él gimió sin responder.
—Te lo estoy preguntando. ¿Te gusta que te folle el culo?
—Sí —jadeó al fin, roto—. Sí, joder.
Sonreí. Fría, triunfante. Lo voy a perdonar algún día. Quizá. Pero va a tener que ganárselo. Va a tener que cambiar tanto como estoy cambiando yo ahora.
—Ahora vas a volver a comértela —dije—. Y no vas a hablar. Solo vas a dejar que te folle. ¿Entendido?
—Sí… sí, Nuria.
Nunca me había llamado así durante el sexo. Nunca había tenido que obedecerme. Aceleré, sincronizándome con Marcos, hasta que sentí a Rubén tensarse entero y correrse sobre las sábanas sin que nadie le tocara la polla, su grito ahogado contra el sexo de Marcos. Lo mantuve empalado hasta el último espasmo y entonces salí despacio.
Di un paso atrás, respirando agitada, mirando su cuerpo roto, las marcas rojas, el semen debajo de él.
Lo he hecho. He tomado lo que quería. Y la rabia ya no me quema por dentro.
***
Marcos me soltó el pelo.
—Ahora puedes mirar —dijo.
Saqué su polla de mi boca despacio, con la barbilla brillante, jadeando. No entendía qué coño pasaba. Alguien me estaba follando, alguien que no era Marcos, y yo no sabía quién. Giré la cabeza hacia atrás.
Y la vi.
Nuria. Mi mujer. Desnuda, con un arnés negro en las caderas, un consolador enterrado hasta el fondo en mi culo, sus pechos balanceándose con cada embestida. Y otra mujer pegada a ella, de pelo blanco corto, besándola, chupándole los pezones mientras Nuria me follaba.
El mundo se detuvo. Mi cerebro no podía procesarlo. Nuria no podía estar ahí. Nuria no podía ser quien…
—¿Nu… Nuria? —susurré, incrédulo.
No me miró. Siguió follándome, constante, brutal, como si yo no existiera, como si solo fuera un agujero que usar.
Joder. Es Nuria. Su cuerpo. Su fuerza. Esa mirada que nunca le había visto.
¿Por qué me gusta esto? No debería. Debería darme asco. Y me pone más duro que nunca.
Intenté incorporarme, pero ella enterró el consolador más profundo y un gemido se me escapó de la garganta. Dolor, placer, vergüenza absoluta.
He estado fingiendo toda mi vida. Fingiendo que mandaba, que controlaba. Y aquí, con la polla de otro en la boca y ella follándome, aquí soy yo de verdad.
Mis ojos se desviaron a la pantalla de la pared. El aparcamiento del polígono. El baño. Yo arrodillado. Marcos. Los dos corriéndonos. Imágenes en bucle.
—No —susurré—. No, joder, no…
Pero mi polla decía otra cosa. Estaba dura, goteando. Mi cuerpo me traicionaba. Me estaba gustando que mi mujer me follara después de descubrirme. Ser humillado, expuesto, usado.
Nuria se inclinó sobre mi oreja.
—¿Quieres que pare? —preguntó casi amable.
Sí. Quiero despertar de esta pesadilla. Pero mi boca dijo otra cosa.
—No. No pares. Por favor.
Me cruzó una nalga, fuerte. El dolor estalló en la piel ya enrojecida y mi polla goteó más.
—Vas a volver a comérsela —ordenó con voz fría—. Y no vas a hacer ruido. ¿Entendido?
—Sí… sí, Nuria.
Nunca había sido ella quien mandaba. Todo ha cambiado. Giré la cabeza hacia Marcos, abrí la boca y lo dejé entrar. El ritmo se sincronizó: cada embestida de mi mujer me empujaba hacia delante, forzándome a tragar más hondo. No tenía control. Ninguno. Y me estaba encantando.
Esto soy yo. Sumiso. Objeto. Suyo.
Me corrí como nunca, sin que nadie me tocara la polla, vaciándome sobre las sábanas mientras ella me mantenía empalado hasta el fondo. El orgasmo más intenso de mi vida. Cuando terminé me derrumbé sobre los codos, temblando.
Marcos se apartó.
—Siéntate ahí y mira —dijo—. No te muevas.
Obedecí. Me arrastré hasta apoyar la espalda en la pared, el culo dolorido, el agujero abierto, la polla todavía medio dura. Los miré a los tres. Quiero que Nuria me mire. Pero ya no existo para ella. Y duele. Joder, cómo duele.
Nuria sacó el consolador del arnés, lo limpió con una toalla, lo volvió a enroscar. La otra mujer —Sofía, entendí— se tumbó boca arriba, las piernas abiertas. Nuria se colocó entre sus muslos y empujó.
La está follando. Y nunca se movió así cuando la follaba yo. Nunca con ese fuego.
Mi polla empezó a endurecerse otra vez. Imposible, acababa de correrme. Pero ahí estaba. Las vi besarse con violencia, sus pechos chocando, el olor a sexo llenando el cuarto.
Es preciosa. ¿Cómo no la vi antes? Porque ahora no me necesita. Porque ahora ella manda y yo no soy nada.
Marcos se arrodilló junto a ellas y les ofreció la polla. Las dos se la turnaban, lamiéndola juntas, las lenguas encontrándose alrededor. Nuria gemía mientras follaba y mamaba a la vez, el placer visible en cada movimiento.
Yo solo podía mirar, con la polla dura, el culo destrozado, queriendo pertenecer a aquello de alguna forma y sabiendo que ya no decidía yo. Que quizá nunca había decidido nada de verdad.
Sofía se corrió arqueándose. Nuria sacó el consolador, se separó y por fin se giró hacia mí, los ojos clavados en los míos, fríos.
—Quiero que Marcos me folle —dijo—. Y tú vas a mirar. Pero no quieto: Sofía te va a follar mientras tanto. Vas a estar pendiente de mí. ¿Entendido?
—Sí, Nuria.
—Ponte a cuatro patas. Aquí. Mirando hacia la cama.
Obedecí. Sofía se ciñó el arnés a sus caderas y se colocó detrás de mí. Nuria se tumbó boca arriba a un metro y medio, las piernas abiertas, el sexo brillante. Marcos se metió entre sus muslos.
—Míralos —ordenó Sofía con voz suave—. No apartes los ojos.
Marcos empujó. Al mismo tiempo, Sofía me penetró. Gemí. Nuria gimió. Los dos follados a la vez, pero yo solo podía mirarla a ella.
Marcos empezó lento, profundo, y Nuria echó la cabeza atrás. Se besaron con lengua, con una desesperación que conmigo nunca tuvo. Sofía aceleró detrás de mí, sincronizándose, cada embestida empujándome más cerca de la cama, tan cerca que veía el sudor en la piel de mi mujer.
Nuria rompió el beso y me miró directamente.
—¿Ves cómo me folla, Rubén? —jadeó—. ¿Te gusta verme así?
—Sí —admití, roto—. Me gusta.
Sonrió, victoriosa, y se dejó ir. Marcos la follaba sin piedad ahora, brutal. Mi polla goteaba sobre las sábanas sin que nadie la tocara. Esto me excitaba: verla follada mientras me follaban a mí, ser obligado a mirar mi propia irrelevancia.
—Córrete dentro —le pidió ella clavándole las uñas—. Quiero sentirlo.
Marcos gruñó y se vació dentro de mi mujer. Yo lo vi todo, cada espasmo. Cuando se retiró, el sexo de Nuria quedó abierto, empapado, el semen empezando a salir.
—Ven aquí —me ordenó—. Límpiame. Con la boca. Ahora.
Me arrastré hacia delante, Sofía siguiéndome con el consolador todavía dentro. El sexo de Nuria a centímetros de mi cara. No puedo. No puedo hacer esto. Pero mi polla goteaba. Sí puedo.
Saqué la lengua y lamí. El sabor me golpeó, salado y espeso. Limpié a mi mujer después de que otro la hubiera follado, su mano en mi cabeza empujándome más adentro.
—Más profundo —murmuró—. Lame bien.
Sofía empezó a embestir otra vez, cada golpe hundiéndome la cara en ella, la nariz contra su clítoris, sin apenas poder respirar. Nuria me agarró la cabeza con las dos manos, sus muslos apretándome.
—Me vas a hacer correr otra vez —gimió.
Y se corrió contra mi boca, gritando, mientras Sofía me daba la embestida más brutal hasta el fondo. Y yo también, sin que nadie me tocara, solo con su sexo en la cara y el consolador destrozándome, me vacié sobre las sábanas una segunda vez.
Cuando terminó, caí de lado, jadeando, la cara empapada, el sabor todavía en la boca, el cuerpo entero temblando.
Completamente roto. Completamente satisfecho. Y, por primera vez en dieciocho años, sin ninguna mentira que sostener.