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Relatos Ardientes

Mi mujer despertó un deseo que llevaba años dormido

Apoyé el botellín frío contra el labio inferior y miré por la ventana de la cocina hacia la calle a oscuras. Las farolas ya estaban encendidas. Jueves, las siete y pico. Andrés llegaría en cualquier momento.

Bebí un trago. El líquido amargo me bajó por la garganta. Estaba tranquila. No temblaba como una cría, no me faltaba el aire. Solo esperaba.

Pero algo era distinto.

Todo era distinto.

Me miré en el reflejo del cristal. La misma cara. El mismo pelo blanco cortado a lo garçon. La misma camiseta enorme de él cayéndome por los muslos. Y sin embargo, en los ojos, algo más despierto.

Lo quiero, pensé. Y era verdad. Lo había querido siempre, veinte años de buenos y de malos. Pero ahora había algo más.

Posesión. La palabra me cruzó la mente como un fogonazo. Andrés era mío. Mi hombre. Mío para tocarlo, para tenerlo, para usarlo cuando me diera la gana. La certeza me recorrió como un escalofrío caliente.

Y entonces, sin avisar, otra imagen. Andrés de rodillas frente a otro. O Andrés follándose a otra mientras yo miraba desde una esquina, dirigiendo. «Más fuerte. Ahora dale la vuelta.»

Hace veinticuatro horas ese pensamiento me habría escandalizado. Habría cerrado la puerta mental de golpe, con asco o con miedo. Ahora no había nada de eso. Solo curiosidad. Hambre. Una calma rara, como de quien por fin entiende algo que llevaba años delante de las narices.

Oí el motor del coche acercándose. Dejé el botellín en la encimera, me pasé una mano por el pelo. La camiseta me rozó los muslos desnudos. No llevaba nada debajo. Nada.

Llave en la cerradura.

Respiré hondo y sonreí.

***

Entré con el maletín en una mano y el móvil en la otra. Levanté la vista, la vi en la cocina y sonreí.

—Hola.

—Hola —dijo ella.

Cerré la puerta, dejé el maletín en el suelo, colgué la chaqueta. Rutina. Veinte años de rutina. Pero cuando me di la vuelta y la miré de nuevo, algo me hizo detenerme.

Nora no se había movido. Seguía apoyada en la encimera, descalza, con mi camiseta suelta cayéndole encima. No era la postura. Era cómo me miraba. Como si fuera ella la que llegaba a casa y yo el que estaba de visita.

—¿Qué tal el día? —pregunté. La voz me salió normal, pero los ojos no se me iban de ella.

—Bien —dijo—. Diferente.

Avancé despacio, como si algo me pidiera ir con cuidado.

—¿Diferente cómo?

Se encogió de hombros y la tela se movió, rozándole los pezones. No llevaba sujetador. Claro que me di cuenta.

—Fui a ver a una mujer —dijo—. Una terapeuta. Irene, se llama. Trabajo corporal, energético, no sé cómo se llama eso. Una compañera del yoga me la recomendó hace tiempo.

—¿Estás bien?

—Mejor que nunca.

Y lo decía en serio. Lo notaba en cómo ocupaba el espacio, en cómo el aire entre nosotros parecía más denso que esta mañana.

***

Preparé la cena mientras Nora ponía la mesa. Pasta con tomate, nada del otro mundo. Un jueves cualquiera. Salvo que no lo era.

Se movía descalza por la cocina, y yo no podía apartar los ojos. La forma en que la camiseta se le ajustaba a los pechos cuando estiraba el brazo para alcanzar los platos. Los pezones marcándose, dos puntos oscuros bajo el tejido fino.

Joder.

Nos sentamos. Ella cruzó las piernas y la camiseta se movió lo suficiente para confirmar lo que ya sospechaba: nada debajo. Tragué saliva.

—¿Qué tal la oficina? —preguntó, tranquila, comiendo como si nada.

—Bien. Reuniones toda la mañana. El proyecto ese de Zaragoza, que Raúl está siendo un coñazo con los plazos. Lo de siempre.

—Parece que se quedó soso —dijo, mirando su plato.

Ya me estaba levantando antes de procesar la frase. Fui a por el salero, volví, se lo puse delante.

—Gracias.

Me senté de nuevo, desconcertado. ¿Por qué me he levantado tan rápido? Ni siquiera me lo ha pedido.

Bebió de su vaso, lo dejó vacío sobre la mesa, y antes de darme cuenta tenía yo la jarra de agua en la mano, sirviéndole. Ella levantó la vista, esos ojos claros clavados en mí.

—Gracias.

—De nada —dejé la jarra. Otra vez. Como si el cuerpo respondiera antes que la cabeza.

—La sesión me vino bien —dijo, llevándose el vaso a los labios—. Para bloqueos, decía Irene. Tensiones acumuladas. Suena a chorrada, lo sé. Pero algo cambió.

No podía dejar de mirarla. Y mi polla, dura contra la cremallera, más dura de lo normal. Y eso era decir mucho, porque Nora siempre me ponía. Veinte años y todavía me moría por tocarla. Pero esto era distinto. Esto era más.

***

Recogí los platos y cuando me di la vuelta ella ya se había levantado. Caminó hacia el salón, descalza, la camiseta balanceándose sobre sus muslos, y se dejó caer en una esquina del sofá. Dio una palmada en el cojín de al lado.

—Ven aquí.

Fui. Me senté cerca, lo suficiente para sentir el calor que salía de su cuerpo.

—Llevamos años así, Andrés —dijo—. Cada uno en su mundo. Yo sin ganas de nada, y tú aguantando.

—Nora, no es...

—Déjame terminar. —Me puso una mano en el muslo, cálida, firme—. Hoy desperté. Sé que suena raro. Como si llevara años dormida y de repente abriera los ojos. Y quiero más. De ti. De mí. De los dos.

Me miraba con una intensidad que hacía años que no veía. Puede que nunca.

—Te deseo —dijo, y sonó a confesión guardada demasiado tiempo—. Aquí. Ahora. ¿Tú me deseas?

¿Que si la deseaba? Llevaba años muriéndome por tocarla. Por follarla como al principio, antes de que todo se volviera rutina y silencio.

—Siempre —dije, ronco.

Su mano subió hasta mi nuca y sus dedos se cerraron en mi pelo. No fuerte. Firme. Decidido. Me empujó la cabeza hacia ella.

—Bésame.

Y me besó antes de que pudiera moverme. Profundo, hambriento, su lengua entre mis dientes. No me soltaba el pelo; sus dedos controlaban el ángulo de mi cabeza. Intenté tocarla y ella apretó más, y un sonido bajo le salió de la garganta. Una orden sin palabras.

Me quedé quieto. Dejé que me tomara. Y entonces se recostó hacia atrás, arrastrándome con ella por el pelo, hasta que mi cara fue a parar entre sus pechos. Mordí un pezón a través de la tela. Gimió.

—Así —susurró—. Más abajo.

Su mano me empujó la cabeza hacia abajo, por el vientre, hasta que la camiseta se subió y vi su piel desnuda.

—Arrodíllate.

Me arrodillé. Ni lo pensé; el cuerpo obedeció antes que la cabeza. Las rodillas en el suelo, entre sus piernas. Separó los muslos, y ahí estaba: depilado, húmedo, brillante. El olor me golpeó, intenso, almizclado, más intenso que nunca.

—Cómeme bien —dijo, la mano todavía en mi pelo.

Hundí la cara entre sus piernas. El primer contacto de la lengua me sacudió. Estaba empapada, más mojada que en años, que en toda nuestra vida. Lamí hondo, busqué cada pliegue, cerré los labios sobre el clítoris y ella gritó y tiró de mi pelo casi hasta el dolor. No me importó. Seguí.

—Justo ahí —jadeaba—. No pares.

Pero cuando estaba a punto se levantó de golpe, casi me tiró hacia atrás. De pie frente a mí, temblando, sin correrse todavía.

—Date la vuelta. Siéntate, la espalda contra el sofá.

Obedecí. El culo en el suelo, la cabeza apoyada en el cojín del asiento. Ella pasó una pierna por encima de mí, luego la otra, y se puso de rodillas sobre el sofá, una a cada lado de mi cabeza, de cara al respaldo.

Y bajó.

Su sexo sobre mi boca, sobre mi nariz, sobre toda la cara. El peso, el calor, la humedad empapándome la barba. Saqué la lengua y ella empezó a moverse, adelante y atrás, restregándose contra mí.

—Así, cariño. Así.

Subí las manos bajo la camiseta, encontré sus pechos, los apreté. Pellizqué los pezones, duros como piedras, y ella gimió más alto, más rápido, hasta que se corrió con una oleada caliente que me cubrió la cara.

—Joder, Andrés —susurró, cabalgando las últimas sacudidas—. Joder.

***

Se levantó despacio y se sentó a mi lado en el sofá. Me agarró la cara con las dos manos y me besó, lento, lamiéndose en mí, gimiendo bajo como si su propio sabor le gustara. Luego su mirada bajó al bulto evidente de mis vaqueros.

—Pobrecito —dijo. No había lástima en su voz. Había control.

Su mano me desabrochó el botón, bajó la cremallera diente a diente, se coló dentro y me sacó la polla al aire. Dura, roja, el glande brillante de tanto esperar. La movió arriba y abajo, muy despacio.

—Ven conmigo —dijo. Y sin soltarme se levantó.

Tuve que levantarme con ella, inclinado, torpe, los vaqueros a media pierna, siguiendo el tirón de su mano por el pasillo hasta el baño. Cada paso me sacudía la polla en su agarre. No me importaba nada más.

Me colocó de espaldas al retrete, me empujó suave en el pecho y caí sentado sobre la porcelana fría. Se arrodilló entre mis piernas, sin apartar los ojos de los míos, y abrió la boca.

Hacía años que no me hacía esto. Tres, puede que cuatro. Desde antes de que todo se volviera silencio.

Besó el glande. Lamió, una pasada lenta de abajo arriba, recogiendo el precum, los ojos cerrados un segundo, saboreando. Luego se lo metió en la boca y empezó a succionar, suave primero, después más fuerte, las mejillas hundidas, la lengua buscando cada rincón.

—Joder —susurré, agarrándome al borde del retrete, los nudillos blancos.

Bajó hasta el fondo, despacio, hasta rozar la base con los labios, y volvió a subir. Una y otra vez, con un control total, recreándose. La presión empezó a construirse en la base de la columna.

—Nora —jadeé—. Voy a...

Se detuvo en seco. La boca quieta, la polla todavía dentro, apretada, sin movimiento. Me miraba, viendo cómo luchaba contra la necesidad de estallar. Luego subió, soltándome, y el aire frío contra la piel mojada fue una tortura.

Se puso de pie, agarró el borde de la camiseta y la subió despacio hasta liberar los pechos, dejándola reposando encima de ellos. Se los acarició, se pinzó los pezones, y dio un paso hacia mí, un pie a cada lado del retrete.

Empezó a agacharse. Las rodillas dobladas, las manos en mis hombros para sostenerse. Su sexo rozó la punta de mi polla, ajustó el ángulo, y bajó.

Entró milímetro a milímetro. Caliente, apretado, húmedo. Bajó hasta el fondo, hasta enterrarme entero, y se quedó quieta.

Pero no del todo. Su sexo apretaba sin que ella se moviera. Los músculos contrayéndose, soltando, apretando otra vez, como si me ordeñara desde dentro.

—¿Lo sientes? —susurró.

—Sí. Joder, sí.

Me agarró del pelo, me llevó la cara a sus pechos.

—Cómetelas.

Y empezó a moverse. Arriba, abajo, lentísima, cada centímetro una eternidad. Atrapé un pezón con la boca, lo chupé, lo mordí suave, y ella arqueó la espalda gimiendo. Todo era más: el calor más intenso, el apretón más fuerte, cada roce amplificado.

—Nora —gemí—. Voy a...

***

Lo notaba en su cuerpo. En cómo se agarraba al retrete, en la rigidez de las piernas. Tenso desde que había llegado. El coche, la oficina, todo el día acumulado. Necesitaba soltar. Y no solo correrse.

Un pensamiento me cruzó. Una depravación más, una que hace veinticuatro horas me habría horrorizado. Ahora solo sentía hambre, ganas de romper el último límite que nos quedaba.

Paré. Él gimió debajo de mí, frustrado. Me eché hacia atrás, lo miré a los ojos, la mano todavía en su pelo.

—Suéltalo todo dentro de mí —susurré—. Todo lo que llevas aguantando. Aquí. En mí.

Vi la confusión en su cara, el shock, la boca abriéndose sin palabras.

—Nora, yo no...

—Shh. —Le puse un dedo en los labios—. Quiero sentirlo. Quiero todo de ti, sin nada que te guardes.

Lo quiero. Quiero la transgresión entera, lo que nadie más, lo que solo él y yo.

Y lo vi en sus ojos: el momento en que se rindió, en que el cuerpo obedeció sin que él lo decidiera. Lo sentí dentro, un calor distinto al resto, líquido, llenándome desde dentro, íntimo hasta el vértigo.

Cerré los ojos y me concentré en la sensación. En la transgresión absoluta. Algo prohibido. Y me encanta.

Empecé a moverme otra vez, sintiendo todo mezclado dentro de mí, sin vergüenza, sin límites. El placer creció, no solo físico: el tabú roto, la intimidad llevada al extremo. Mis movimientos se hicieron urgentes, la presión construyéndose en algún lugar muy hondo.

Y exploté. El orgasmo me golpeó como una ola desde dentro, más fuerte que nada que hubiera sentido. Mi sexo se contrajo en oleadas, apretando su polla, exprimiéndola, y lo sentí correrse a la vez, palpitando, disparando, alimentando mi propio orgasmo en un bucle que no quería que parara.

Colapsé contra él, jadeando, la cara en su cuello, sus brazos rodeándome.

—Joder, Andrés —susurré contra su piel. Y sonreí. Desperté. Del todo.

***

Cuando se levantó sentí el líquido salir, corriendo por mis muslos hacia el retrete. Miró hacia abajo, me miró a mí, y se rió. Una risa baja, real, sin vergüenza.

—Menudo desastre —dijo.

Miré mis vaqueros en el suelo, su camiseta, todo empapado. Me reí también.

—Menudo desastre.

Recogió la ropa.

—Esto va directo a la lavadora. Tú limpia aquí.

—¿Mandona? —pregunté.

Me miró con esa sonrisa nueva.

—Sí.

Y salió del baño desnuda, con la ropa empapada en las manos, como si fuera lo más normal del mundo. ¿Quién eres?, pensé. Pero sonreí.

Cuando terminé de limpiar, volvió.

—Ven. Ducha.

Nos metimos juntos bajo el agua caliente. Me enjabonó la espalda, le lavé el pelo. Sus manos bajaron, agarraron mi polla flácida, agotada, muerta para el resto de la noche.

—Pobre —se rió—. Ya no puede más.

—Dale unas horas.

—¿Crees que voy a esperar tanto? —Los ojos le brillaban.

***

Fuimos al dormitorio. Me metí en la cama y él se acurrucó contra mi espalda, en cucharita, su brazo rodeándome, su polla flácida descansando contra mi culo.

Hace un año ese contacto me habría molestado, lo habría sentido como una invasión, y habría buscado una excusa para separarme: demasiado calor, necesito espacio. Andrés lo había intentado mil veces dormir así, pegado a mí, y yo siempre lo había evitado.

Ahora me gustaba. El calor de su cuerpo, el peso de su brazo. Su mano subió, encontró mi pecho, lo cubrió, suave y posesivo. Sonreí en la oscuridad.

Me di la vuelta despacio y dejé que se tumbara boca arriba, medio dormido. Apoyé la cabeza en su hombro y, sin pensarlo, mi mano bajó por su estómago hasta su polla. La acaricié, jugué con ella, sin intención sexual, solo por sentirla, por saber que estaba ahí, que era parte de él, parte de nosotros. Antes esa zona era territorio prohibido salvo en el sexo. Ahora la tocaba como lo más natural del mundo.

—Nora —murmuró, medio dormido.

—Shh. Duérmete.

Y me di cuenta de que no era solo la libido, ni el deseo despertado. Era más. Lo quería más, lo deseaba más, lo sentía más. Veinte años juntos y de repente era como verlo por primera vez. El amor nunca había desaparecido; solo dormía bajo capas de rutina y cuerpos que no se tocaban. Ahora estaba despierto. Vivo.

No sé qué me hizo Irene hoy, ni cómo. Pero algo cambió, en mí y en nosotros. Y no hay vuelta atrás.

Mi mano descansó sobre él, quieta y cálida. Cerré los ojos, la cabeza en su hombro, su brazo a mi alrededor, con la sensación de que todo, absolutamente todo, acababa de empezar.

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Comentarios (6)

Camila_82

que relatazo!!! me atrapó desde el principio y no pude parar de leer

ValentinaGdl

Por favor hay segunda parte?? quedé con muchas ganas de saber como siguió todo

SergioMdq

Veinte años juntos y esa tension de golpe... muy real. Me gustó como lo fuiste construyendo sin apurarte, se siente genuino

MarisolPLT

Me recordó mucho a algo que viví con mi pareja hace un tiempo, esos momentos donde de repente todo se ve distinto sin que nada externo haya cambiado. Muy bien narrado, se nota que hay algo personal detrás

HoracioK

jaja la cocina como escenario me pareció perfecto, esas escenas tan cotidianas son las que mas me gustan

Lectora_BA

La narracion esta muy cuidada, se nota sensibilidad al escribir. De los mejores que lei en esta categoria ultimamente

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