Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hago frente al espejo cuando me quedo sola

Hay mañanas en las que me despierto y ya sé que va a ser uno de esos días. No es algo que decida, simplemente pasa. Abro los ojos y siento el cuerpo encendido antes de pensar en nada, como si hubiera soñado algo que no recuerdo pero que me dejó la piel zumbando.

Aquella mañana fue así. Mi marido se había ido temprano al trabajo, todavía con el pelo húmedo y el beso rápido de siempre en la frente. Llevé a mi hija al jardín de infantes, la vi entrar corriendo a su salón sin mirar atrás, y de regreso a casa ya iba apretando las piernas en el asiento del auto.

Tengo treinta y muchos, soy de piel clara y un poco rellenita, con las caderas anchas y las piernas torneadas de tanto subir y bajar escaleras con bolsas del mercado. Nunca me sentí una belleza de revista, pero sé lo que provoco cuando me planto frente al espejo y me miro de verdad. Esa mañana necesitaba mirarme.

Cerré la puerta con llave, aunque no hiciera falta. Es un gesto que me da permiso, una manera de decirme a mí misma que durante un rato el mundo no existe. Subí al cuarto dejando los zapatos tirados por el pasillo y empecé a desvestirme sin prisa, prenda por prenda, como si hubiera alguien observándome desde algún rincón.

Del fondo del cajón saqué un conjunto que casi nunca uso. Un babydoll de gasa con cintas finas, una de esas piezas que no cubren nada y que están hechas justamente para eso. Las cintas apenas me pasaban por encima de los pechos, y otra, más fina todavía, se perdía entre las nalgas. Me lo puse despacio, sintiendo cómo la tela me rozaba los pezones hasta endurecerlos.

Después busqué los tacones. Los negros, los más altos, los que me obligan a caminar con la espalda recta y el pecho hacia adelante. Me los calcé sentada en el borde de la cama y cuando me levanté y me vi en el espejo de cuerpo entero, me quedé sin aire un segundo.

No reconocía a esa mujer. Y al mismo tiempo era yo, más yo que nunca.

Empecé a moverme. No bailaba para nadie, bailaba para el reflejo, para esa otra que me devolvía la mirada con los labios entreabiertos. Me pasé las manos por el cuello, bajé por los hombros, dibujé el contorno de mi cintura. Cada vez que me tocaba, el reflejo me tocaba de vuelta, y la sensación de estar siendo mirada me ponía mucho más que el roce en sí.

Fue entonces cuando él apareció en mi cabeza.

Damián. No es real, o al menos no del todo. Es un hombre que conocí en una sala de chat hace meses, una voz escrita en una pantalla, palabras que me llegaban de madrugada cuando mi marido roncaba a mi lado. Nunca le vi la cara, nunca escuché su voz de verdad, y sin embargo sabía exactamente cómo me hablaría en un momento como este.

—Mírate bien —me decía la voz dentro de mí—. Date la vuelta. Quiero ver todo lo que escondés debajo de ese delantal de buena esposa.

Me di la vuelta frente al espejo, mirando por encima del hombro cómo la cinta se hundía entre mis nalgas. Me arqueé un poco, separé apenas las piernas. La mujer del reflejo me obedecía a mí, y yo le obedecía a él.

—Eso es —seguía la voz—. Sos una zorra cuando nadie te ve. Una perra que finge ser decente y que en cuanto se queda sola se desnuda para un desconocido.

Sus palabras imaginarias me quemaban más que cualquier caricia. Tenía el corazón golpeándome el pecho con una fuerza que me asustaba un poco, esa aceleración que avisa que el cuerpo ya no va a parar. Sentí el calor subiéndome desde el vientre, una ola que me trepaba por la columna hasta la nuca.

Me dejé caer en la cama de espaldas, con los tacones todavía puestos, las piernas colgando del borde. Tiré de las cintas del babydoll hasta que los pechos quedaron libres y me los acaricié, primero suave, después apretando, imaginando que eran sus manos las que me amasaban.

—No te tapes —ordenaba Damián en mi mente—. Quiero verte entera. Tocate para mí.

Y me toqué. Llevé una mano entre las piernas y descubrí que ya estaba completamente mojada, lista, hinchada de tanto desear. Pasé los dedos despacio, trazando círculos, sin entrar todavía, alargando ese momento en el que sabés que vas a ceder pero no querés ceder aún.

El espejo del armario estaba en el ángulo justo. Giré la cabeza y me vi tendida, abierta, con una mano en el pecho y la otra entre las piernas. Verme así, mirarme haciéndolo, fue lo que me terminó de empujar al borde. Me gusta mirarme. Me gusta saber lo que provoco, aunque la única espectadora sea yo.

***

Tengo un juguete que guardo en el fondo del placard, dentro de una caja de zapatos vieja, debajo de un montón de bufandas que nunca uso. Mi marido no sabe que existe. Es uno de esos secretos pequeños que una mujer se guarda para sí, una llave que abre una puerta que él prefiere ignorar.

Me estiré para alcanzarlo sin levantarme del todo, con las piernas todavía temblando de ganas. Cuando lo tuve en la mano volví a recostarme y me tomé un segundo, solo un segundo, para respirar y dejar que la anticipación me recorriera entera.

—¿Qué esperás? —me apuraba la voz—. Sabés lo que necesitás. Hacelo. Quiero escucharte.

Lo deslicé despacio, sintiendo cada centímetro, y un gemido se me escapó de la garganta antes de que pudiera controlarlo. El placer fue tan inmediato y tan intenso que tuve que morderme el labio para no gritar. A mí me gusta gritar. Me gusta aullar, gemir, soltar todo el ruido que el cuerpo me pide. Pero las paredes de mi casa son finas y los vecinos están demasiado cerca.

Estiré el brazo, agarré una almohada y me la apreté contra la boca. Con la otra mano marcaba el ritmo, entrando y saliendo, mientras me imaginaba que era él quien me sostenía las caderas, quien me hablaba al oído, quien me llamaba con todos esos nombres que de boca de cualquier otro me ofenderían y que de la suya me derretían.

—Así, perra. Movete para mí. Demostrame para qué servís de verdad.

El reflejo del espejo me acompañaba en cada movimiento. Me veía con la almohada tapándome la cara, el cuerpo arqueado, los tacones clavados en el colchón. Una imagen que mi marido jamás vería, que ni siquiera sospechaba. Esa idea —que yo era dos mujeres distintas, la de la cocina y la del espejo— me llevó más arriba que ninguna caricia.

Subí los dedos hacia el centro de mi placer y los moví en círculos rápidos mientras seguía con el juguete. Dos sensaciones a la vez, dos manos trabajando, el cuerpo entero convertido en una sola cuerda tensa a punto de reventar. Sentía el sudor en la espalda, el pelo pegado a la frente, los muslos temblando sin control.

—Ya no aguantás más —susurraba Damián—. Lo sé. Dejate ir. Quiero sentir cómo te deshacés.

Y me deshice. El orgasmo me llegó como una sacudida que me partió en dos, una descarga que empezó en el centro y se disparó hacia cada rincón del cuerpo, hasta las puntas de los dedos, hasta el cuero cabelludo. Grité contra la almohada, un grito ahogado y largo que me dejó la garganta raspada, las caderas levantándose solas del colchón una y otra vez.

Después vino el temblor. Esa réplica del placer que llega cuando todo terminó pero el cuerpo todavía no lo entiende. Me quedé tendida, jadeando, con el juguete olvidado a un costado y la almohada caída sobre el pecho, mirando el techo blanco sin verlo.

***

Poco a poco la calentura se fue apagando, como una vela que se consume hasta el final. Me senté en el borde de la cama, todavía con un tacón puesto y el otro caído en algún lugar de la habitación, y me reí sola. Una risa baja, casi avergonzada.

Me sorprendo de mí misma cada vez que pasa. De la zorra, de la perra, de la mujer hambrienta que vive escondida debajo de la madre que prepara la merienda y dobla la ropa. Nadie lo creería si me viera empujando el carrito en el supermercado, saludando a las maestras del jardín, sonriendo en la fila del banco.

Me levanté, me saqué el babydoll arrugado y lo guardé otra vez en el fondo del cajón. Devolví el juguete a su caja de zapatos, debajo de las bufandas. Me metí bajo la ducha y dejé que el agua tibia se llevara el sudor y el rastro de Damián, que volvía a ser apenas una voz dormida en una pantalla apagada.

A veces pienso en lo distinto que sería todo si mi marido quisiera. Si una sola vez me dejara mostrarle a esta otra mujer, la del espejo, en lugar de apagar la luz y darme la espalda con un «estoy cansado» que ya conozco de memoria. Tiene a una perra hambrienta durmiendo a su lado todas las noches y prefiere no enterarse.

Pero no me quejo. Mientras tanto tengo mis mañanas robadas, mi espejo, mis tacones y una voz inventada que me dice al oído exactamente lo que necesito escuchar. Y cuando cierro la puerta con llave y me quedo sola, soy más libre y más yo que en cualquier otro momento del día.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

TabataF_ok

Que buenoo!! me encanto, lo lei dos veces seguidas

SoledadB_lectora

Hermoso relato, se siente muy real y cercano. Gracias por compartirlo!!

MarisolRV

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue. Muy bueno!

Lara_Bsas

Me recordo tanto a cuando yo me quedaba sola en casa... jajaja tremendo. Sigue escribiendo asi

NocheMar

Excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo por aca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.