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Relatos Ardientes

Me desnudé en la ventana para que ellos miraran

Esa tarde tenía una cita. No con un hombre de carne y hueso, sino con Damián, mi amante de cada semana, el que vivía a cientos de kilómetros y al que solo conocía a través de una pantalla. Llevábamos meses así, encerrados en ese juego de cámaras y susurros, y aun así había aprendido a desearlo más que a cualquiera que hubiera tenido cerca.

Con mi marido fuera por trabajo, la casa era toda mía. Tenía tres días enteros para mí, sin horarios ni explicaciones, y había decidido aprovechar cada uno de ellos. Me había puesto perfume detrás de las orejas y en el pecho, había bajado las luces y había encendido la cámara con esa mezcla de nervios y ganas que ya conocía de memoria. Pero apenas apareció su rostro en la pantalla, frunció el ceño.

—Se escucha mucho ruido —dijo—. ¿Qué es eso?

Giré la cabeza hacia la ventana. Tenía razón. En la casa de enfrente, una cuadrilla de albañiles llevaba toda la semana de obra. Eran siete, jóvenes, y a esa hora golpeaban, cargaban sacos y se gritaban entre ellos bajo el sol.

—Son los obreros —le expliqué—. Están reformando la casa de los vecinos. Llevan días.

Esperaba que me pidiera cerrar todo y bajar la persiana. En cambio, vi cómo algo cambiaba en su mirada. Una sonrisa lenta se le dibujó en la boca.

—¿Y si te pones ese vestido que tanto me gusta? —dijo—. El más ajustado. Con la ropa interior más pequeña que tengas debajo. Y me bailas.

El corazón se me aceleró. Sabía adónde quería llegar, o creía saberlo, y solo esa sospecha ya me había encendido la piel.

—Como tú quieras —respondí.

***

Puse música, algo lento y cargado, y empecé a moverme frente a la cámara. El vestido era de un negro que se pegaba a cada curva, tan corto que apenas me cubría. Debajo, un conjunto de encaje diminuto que no dejaba nada a la imaginación. Damián me miraba en silencio, y yo bailaba para él, deslizando las manos por mi cuerpo, dejando que el vestido fuera subiendo centímetro a centímetro.

Cada movimiento era para él. Bajaba los tirantes del vestido un poco, los volvía a subir, jugaba con la tela como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sabía que del otro lado de la pantalla él contenía el aliento. Esa idea, la de tenerlo pendiente de cada centímetro de mi piel, era lo que me hacía seguir.

Me lo quité despacio, dándole la espalda, mirándolo por encima del hombro. Cuando quedé solo en lencería, su voz salió ronca por los altavoces.

—Ahora abre la ventana —dijo—. Así, como estás.

Me quedé inmóvil. La cabeza me estallaba. No me imaginaba abriendo esa ventana, no con los albañiles ahí enfrente, no en ropa interior, no a plena luz de la tarde. Sentí cómo se me secaba la boca.

No puedo. Me van a ver. Me van a ver entera.

Y sin embargo, justo eso era lo que hacía que me temblaran las piernas. La idea de complacerlo, de obedecerle, pesaba más que la vergüenza. Caminé hasta la ventana con el pulso en la garganta y la abrí de par en par.

El aire caliente me golpeó la piel desnuda. El ruido de la calle entró de golpe: los golpes de un martillo, una radio lejana, las voces de los hombres. Por un segundo no pasó nada. Me quedé ahí, ofrecida a la tarde, sintiendo cómo el corazón me golpeaba contra las costillas. Después, uno de ellos levantó la vista.

Se quedó congelado. Le dio un codazo al de al lado. En cuestión de segundos los siete habían dejado las herramientas y miraban hacia mi ventana. Chiflaron. Gritaron algo que no entendí del todo y que tampoco me importaba. Yo seguía ahí, de pie, casi desnuda, dejándome mirar por esos desconocidos.

—Te están mirando —dijo Damián desde la pantalla, y se notaba en su voz lo mucho que disfrutaba—. ¿Lo sientes? Ahora quítate todo.

Lo hice. Solté el broche, dejé caer el encaje, y me quedé completamente desnuda frente a la ventana abierta. Los silbidos de enfrente subieron de tono. Una oleada de calor me recorrió de la nuca a los pies. Nunca en mi vida me había sentido así: expuesta, observada, deseada por varios pares de ojos al mismo tiempo.

—Ahora ve a la cama —ordenó—. Túmbate donde ellos puedan verte. Y tócate.

***

Arrastré la cama unos centímetros, lo justo para quedar en el ángulo de la ventana. Me dejé caer sobre las sábanas con las piernas abiertas hacia fuera, hacia ellos, y empecé a acariciarme sin apartar la vista de los obreros que se amontonaban en el andamio de enfrente.

—Gime —me decía Damián—. Quiero que te oigan. Que sepan lo que les estás haciendo.

Y gemí. No me costó fingirlo porque no estaba fingiendo. Mis dedos se movían entre mis piernas y cada gemido que se me escapaba parecía volver locos a los hombres de enfrente. Algunos habían bajado a la acera para ver mejor. Otros se quedaron arriba, inmóviles, con la mirada fija en mí.

Sentía el sol entrar por la ventana y caer sobre mi cuerpo, como si también él me estuviera mirando. Nunca había sido tan consciente de mi propia piel: del calor que la recorría, del modo en que se erizaba bajo tantas miradas. No conocía a esos hombres. No sabía sus nombres y ellos no sabían el mío, y precisamente por eso me sentía tan libre. Para ellos era solo una desconocida en una ventana, una mujer sin historia que se ofrecía sin pedir nada a cambio.

Damián no paraba de hablarme. Me decía lo que veía, me describía cómo me miraban, me repetía una y otra vez lo que estaba haciendo. Y yo, entre sus palabras y los ojos de esos siete jóvenes clavados en mi cuerpo, solo podía pedir una cosa por dentro.

Todavía no. No quiero terminar tan rápido. Que dure.

Me sentí como una profesional del deseo, una mujer hecha solo para ser observada. Las sábanas se humedecían debajo de mí mientras seguía, sin pausa, ofreciéndome a la ventana como si esa fuera mi única razón de existir esa tarde.

—Mírate —dijo él—. Mira cómo no pueden apartar la vista.

Y era verdad. Ninguno se movía. Uno de ellos tenía las manos apoyadas en la baranda del andamio y los nudillos blancos de tanto apretar. Otro se había quitado la gorra, como si necesitara verme con más claridad. Yo era el centro de todas esas miradas, y esa certeza me empujaba más cerca del borde con cada segundo.

Damián lo notaba en mi voz, en cómo se me quebraban las palabras entre gemido y gemido. Me pedía que aguantara, que no terminara todavía, que les diera un poco más. Y yo le hacía caso, retrasando el momento, prolongando esa tensión deliciosa de saberme observada, hasta que sentí que ya no iba a poder contenerme.

***

—Para —dijo de pronto Damián.

Me detuve, jadeando, con el cuerpo entero vibrando.

—Levántate así, desnuda, y cierra la ventana. Despacio. Que te vean hasta el último momento.

Me puse de pie. Caminé hasta la ventana sintiendo cómo todos esos ojos me seguían, y cerré despacio, dejando que la cortina cayera como un telón sobre la función. Del otro lado todavía se oían silbidos cuando volví a quedar a solas con la pantalla.

—Ahora apunta la cámara hacia ti —dijo—. Quiero verlo todo. Quiero que te vengas para mí.

Ajusté el ángulo, me tumbé de nuevo y esta vez no me contuve. Volví a tocarme, ya sin freno, con la imagen de esos siete hombres todavía grabada en la cabeza. El recuerdo de haber sido mirada de esa forma, de haberme convertido durante unos minutos en pura provocación, era más potente que cualquier caricia.

El orgasmo me alcanzó como una ola que no terminaba. Me retorcí sobre la cama, gritando de placer, y cuando creí que se acababa llegó otro, y otro más. Saber que había hecho aquello, que me había exhibido sin pudor para complacerlo, me encendía hasta un punto que no recordaba haber alcanzado nunca.

Cuando por fin me quedé quieta, temblando, con la respiración entrecortada, Damián seguía ahí, mirándome desde la pantalla con esa misma sonrisa.

—Eres increíble —dijo en voz baja.

No contesté. No hacía falta. Me quedé tumbada, desnuda, escuchando a lo lejos el ruido de las obras que volvían a empezar como si nada hubiera pasado.

***

Ese fue uno de los últimos encuentros que tuvimos. Pocos días después mi marido volvió de su viaje, y entre la rutina, sus horarios y sus insistencias, fui dejando pasar el tiempo. La cámara se apagó, las tardes se llenaron de otras cosas y Damián quedó en algún lugar de la memoria.

Pero aún hoy, cuando paso frente a una ventana abierta y siento el aire caliente de la tarde, vuelvo a aquel momento. A los silbidos, a los siete pares de ojos, a la voz que me ordenaba desde una pantalla. Y entiendo que, por mucho que el tiempo pase, hay deseos que no se cierran del todo. Solo esperan, detrás de la cortina, a que alguien vuelva a abrir la ventana.

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Comentarios (5)

VicoRmz

tremendo relato!!! me encanto

Marcos_relatos

Por favor seguí con esto, la tensión que se arma es increíble. Quedo esperando la segunda parte

NocheCalida

Me recordó a una situacion que viví hace años, esa mezcla de adrenalina y algo prohibido es unica. Muy bien contado

KikaRosario

Que morboso!!! me fascino de principio a fin

LectorArgento

Lo que mas me gustó es como describe el momento de animarse, ahi esta lo mejor del relato. Sigue escribiendo!

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