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Relatos Ardientes

Mi domingo de lluvia a solas con mi juguete favorito

Hola. Gracias por los mensajes que me dejan en cada relato, en serio. Me preguntan siempre lo mismo: si lo que cuento es real. Y la respuesta es que sí, todo lo que escribo me pasó tal cual, o casi. Esta vez quiero contarles algo más íntimo, algo que hago cuando no hay nadie cerca y la casa entera es solo mía.

Para que se hagan una idea de quién les habla: soy morena, de piel tibia, con la cintura estrecha y las caderas anchas. Las tetas no son grandes, pero son redondas y firmes, y los pezones se me ponen duros con nada. El pelo negro me cae en ondas hasta los hombros. Y, lo confieso sin vergüenza, soy bastante traviesa cuando me dejo llevar.

Era domingo. De esos domingos grises en los que llueve sin parar y el agua golpea los cristales con un ruido que da sueño. No tenía nada que hacer, nadie a quien ver, ningún plan. El tipo de día en el que una solo quiere quedarse en la cama y dejar que las horas pasen.

Puse una serie cualquiera, de esas lentas que sirven más para dormir que para entretener. A los diez minutos ya tenía los párpados pesados. Cambié de aplicación sin pensar demasiado y, casi por inercia, terminé en otra parte. Un video. Una chica que aceptaba acostarse con un desconocido a cambio de dinero, con la cámara siguiéndola de cerca, sin pudor.

Me quedé mirando más de lo que debía. ¿Y si fuera yo la que estuviera ahí?, pensé. La sola idea me recorrió entera. Sentí una humedad tibia entre las piernas, un calor que no había buscado pero que tampoco quise frenar.

Subí el volumen apenas un poco. Escuchaba cómo la follaban, los gemidos cortados, el sonido húmedo de los cuerpos chocando. Empecé a notar un cosquilleo que me subía por las piernas, que me erizaba la piel del muslo y se concentraba justo en el centro, ahí donde ya latía todo.

Aguanté un rato así, quieta, dejando que el deseo creciera solo. Me gusta esa parte, la de resistir. La de saber lo que voy a hacer y demorarlo a propósito. Pero llega un punto en el que el cuerpo manda y la cabeza solo obedece.

Me levanté de la cama. Sabía exactamente adónde iba. En el último cajón de la cómoda, debajo de la ropa que casi nunca uso, guardo mi juguete favorito: un consolador rojo, de silicona suave, más grande de lo que cualquiera imaginaría que necesito. Lo tomé, volví a la cama y me tendí bocarriba con las piernas abiertas.

Al principio no hice nada con él. Lo dejé descansando sobre el muslo, frío contra la piel caliente, mientras seguía mirando la pantalla. Era una manera de prometerme lo que venía.

Metí la mano por debajo de la camiseta del pijama y me toqué los pechos despacio. Los pezones estaban tan duros que dolían un poco al rozarlos con la yema de los dedos. Cada caricia me arrancaba un suspiro corto. La piel se me erizaba de arriba abajo, como si una corriente me cruzara entera.

Los gemidos del video me tenían encendida. Bajé la otra mano hasta la ropa interior y me toqué por encima de la tela. Ya estaba empapada. Apreté apenas, en círculos lentos, y los dedos se me mojaron a través del algodón. Aparté la prenda hacia un lado y me acaricié directamente, sintiendo lo resbaladiza que estaba.

El consolador empezó a tentarme. Lo tomé y apoyé la punta justo en la entrada, sin meterlo, solo rozando. Lo subía y lo bajaba, lo deslizaba arriba y abajo contra mi sexo hasta que, casi sin proponérmelo, de tan mojada que estaba, la punta cedió y se hundió un poco dentro de mí.

Solté el aire de golpe. Una mano seguía en el pezón, apretándolo, tirando suave; la otra sostenía el juguete. Abrí bien las piernas, cerré los ojos y, mientras lo empujaba poco a poco, imaginé que todo lo que decían en el video me pasaba a mí, que era yo la que estaba en esa habitación con un desconocido.

—Ay, sí, así, dame más —susurré, y mi propia voz me sonó ajena, ronca—. No me canso, sigue.

Lo metí hasta donde aguanté. La sensación de estar llena me arrancó un gemido largo. Me quedé un momento así, sintiendo cada centímetro, antes de empezar a moverlo dentro de mí con un ritmo lento que me hacía arquear la espalda contra el colchón.

Saqué el juguete y, sin pensarlo, me lo llevé a la boca. Lo lamí de la base a la punta, despacio, saboreando mi propia humedad. Intenté metérmelo entero y no pude, claro, pero me gustó forzarlo, sentir cómo me llenaba la boca mientras con la mano libre me apretaba las tetas y me rozaba el clítoris.

Los jadeos empezaron a salir solos, cada vez más seguidos. La cama ya me quedaba chica para lo que quería hacer.

***

Me bajé al suelo. Hay algo en el suelo frío contra las rodillas que me pone más, no sé explicarlo. Fijé bien la base del consolador contra la madera, apoyándolo firme, y me puse a cuatro patas encima.

Bajé las caderas despacio. Sentí cómo cada centímetro entraba en mí, lento, con esa mezcla justa de dolor y placer que me encanta. No me lo metí todo de una; es demasiado grande para eso, pero estaba tan mojada que el cuerpo lo fue aceptando solo, poco a poco.

Empecé a montarlo. Subía y bajaba, marcando el ritmo con las caderas, sintiendo lo suave que tenía todo por dentro. Me toqué entera mientras lo hacía: me agarré las nalgas, me apreté los pechos, me metí dos dedos en la boca y los chupé una y otra vez como si fueran de otro.

—Ay, sí, qué rico —gemí, ya sin contenerme—. Ahí, justo ahí.

El placer me subía en oleadas. Cada sentón era más profundo, más decidido. La espalda se me arqueaba sola, las piernas me temblaban, y de mi boca empezaban a salir cosas que ni yo sabía que pensaba. Estoy tan caliente que diría cualquier cosa, alcancé a pensar antes de que la cabeza se me apagara del todo.

Me quedé un rato con el juguete dentro, quieta, dejando que el cuerpo se acostumbrara, mientras me frotaba el clítoris con dos dedos. Bocarriba otra vez, las piernas abiertas, el consolador clavado y mi mano dibujando círculos cada vez más rápidos. La primera ola me alcanzó así, de pronto, sin aviso.

El orgasmo me dobló entera. Apreté los muslos, se me escapó un grito corto y sentí cómo me corría, cómo la humedad se me escurría por dentro de los muslos. No paré. Sabía que si seguía vendría otro, y vino.

***

Cuando recuperé un poco el aliento, me di la vuelta y volví a ponerme a cuatro patas, esta vez sosteniendo yo misma el juguete con la mano. Me lo metí despacio, marcando un ritmo lento que me hacía arquear la espalda como un gato, y después más fuerte, más hondo, hasta que los gemidos se me escaparon sin control.

Me gusta esa sensación de tener algo dentro mientras me doy placer yo sola, sin depender de nadie. Saber que mi cuerpo es mío y que puedo llevarlo exactamente adonde quiero, sin pedir permiso, sin esperar a nadie.

Cambié de posición otra vez. Me recosté de lado, con una pierna levantada, y me deslicé el juguete despacio mientras me mordía el labio. Desde ese ángulo lo sentía distinto, rozando un punto que me hacía contener la respiración. Con la mano libre me acariciaba el vientre, las caderas, ese camino que va del ombligo hacia abajo y que pocas veces me dedico con calma.

En el video, la chica ya había terminado y empezaba otra escena, pero yo casi ni miraba la pantalla. La tenía de fondo, como una música, mientras la fantasía la armaba sola en mi cabeza. Me imaginaba unas manos grandes sujetándome las caderas, una voz grave diciéndome al oído lo bien que me movía. Es solo mío este momento, pensé, y lo estoy disfrutando como me da la gana.

Aceleré el ritmo. Las caderas se me movían solas, buscando más, y el juguete entraba y salía con un sonido húmedo que me ponía todavía más. Sentí cómo se acercaba otra vez ese filo, esa tensión que se acumula justo antes de romperse, y esta vez no quise frenarla ni un segundo.

—Más, dame más fuerte —murmuré contra la almohada, imaginando una voz que no estaba—. No te detengas.

Los orgasmos empezaron a venir uno tras otro, encadenados, sin darme tregua. En el último sentí cómo todo se me liberaba de golpe, con tanta fuerza que tuve que cambiarme la ropa interior después. Fueron tan intensos que me quedé tendida un buen rato, sin poder ni levantarme, solo respirando, con el corazón golpeándome el pecho y la piel cubierta de sudor.

Me quedé así, abrazada a la almohada, escuchando la lluvia que seguía cayendo afuera como si nada hubiera pasado. Y eso era lo mejor de todo: que afuera el mundo seguía igual de gris y aburrido, y aquí dentro yo acababa de pasar una de las mejores tardes que recuerdo, sin necesitar a nadie.

Cuando por fin las piernas me respondieron, guardé el juguete en su cajón, debajo de la ropa de siempre. Me metí en la ducha y dejé que el agua tibia me cayera encima un largo rato, deshaciendo lo poco de tensión que me quedaba en el cuerpo.

Salí envuelta en la toalla, me tiré de nuevo en la cama deshecha y cerré los ojos. Afuera seguía lloviendo. Adentro, yo sonreía sola, satisfecha, lista por fin para ese descanso que había buscado toda la mañana.

Así que ya saben: la próxima vez que tengan un domingo así, gris y vacío, no lo desperdicien. A veces la mejor compañía es la que una elige para sí misma. Y yo, créanme, sé cuidarme muy bien.

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Comentarios (6)

curiosa88

Joder que bueno, me atrapó desde el título y no pude parar de leer. Sigue así!!

LectoraFurtiva

Me encantó la atmosfera de esa tarde de lluvia. Se siente muy real, bien narrado.

NachoPosta

Buenisimo! Me hizo visualizar toda la escena perfectamente.

MelinaR_92

Me recordó a más de una tarde sola en casa... hay algo especial en los días de lluvia y el relato lo captura perfecto. Muy bueno!

Paqui_1983

jajaja el final me mató, no me lo esperaba así. Muy bien escrito!

paolina_rv

Corto pero no le sobra nada. Por favor mas relatos así!

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