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Relatos Ardientes

Me toqué pensando en él antes de verlo a solas

Me despierto a las 10:14 de la mañana y lo primero que siento es alivio. Hoy no tengo que madrugar, no tengo prisa, no le debo nada a nadie hasta el mediodía. La luz se cuela por la rendija de la persiana y dibuja una línea tibia sobre las sábanas. Me quedo quieta un momento, escuchando el silencio de la casa, antes de estirar el brazo hacia la mesita de noche.

Tomo el móvil y ahí está su mensaje, como cada mañana desde hace semanas. «Buen día, princesa.» Dos palabras y un apodo que me derriten más de lo que estoy dispuesta a admitir. Le respondo algo breve, algo que finge calma, y dejo el teléfono boca abajo sobre la almohada.

Me envuelvo en las colchas como si pudiera atrapar un poco más de esa pereza dulce. Me giro boca abajo y hundo la cara en la almohada. Ojalá él estuviera aquí. Me pregunto, medio en broma medio en serio, si esta almohada se sentiría como su pecho. Si en lugar de la tela fueran sus manos las que se deslizan por mi espalda, por la curva baja de mi cintura, por mis glúteos.

La verdad es que desde que lo conozco no me abandona este deseo. No es algo que pueda apagar con voluntad. Es un hambre concreta, una necesidad de que me cubra entero, de que su peso me aplaste contra el colchón hasta dejarme sin aire. Adrián tiene esa manera de mirar que parece pedir permiso y exigir al mismo tiempo, y eso me desarma.

Recuerdo la última vez que estuvimos solos en mi casa. Apenas una tarde robada, una hora antes de que volviera mi madre. Nos besábamos despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y a la vez ninguno. Él, que siempre se muestra tan reservado, tan correcto, dejó que sus manos hablaran por él. Las pasó por mis curvas con una mezcla de cuidado y avidez que todavía me eriza la piel de solo pensarlo.

Aquella tarde terminé con las bragas empapadas, igual que las tengo ahora de recordarlo. Sé que me deseaba tanto como yo a él; lo noté en cómo le costaba separarse, en el modo en que respiraba contra mi cuello. Y sin embargo nos detuvimos. Siempre nos detenemos. Esa contención es, quizá, lo que más me enloquece.

Cierro los ojos en la soledad de mi habitación. Beso la palma de mi propia mano imaginando que son sus labios, que es su boca la que recorre la mía. Con la otra mano me levanto el corpiño fino que uso para dormir y dejo los pechos al aire. Me los toco como me gustaría que él lo hiciera: sin prisa primero, rodeando, y después con la presión justa.

Pellizco un pezón y siento la corriente bajar directo entre las piernas. Repito en el otro. Cada pellizco enciende algo, y noto que me humedezco un poco más con cada uno. La entrepierna ya está empapada, caliente, impaciente. Es tarde para detenerme. Ni siquiera lo intento.

Me quito las bragas de un tirón y las dejo caer al borde de la cama. Paso los dedos por los labios de mi sexo, despacio, y los separo. Cuando los retiro, se forma un hilo brillante que se rompe en el aire. Vuelvo a pasarlos hasta empaparme bien los tres dedos del centro, y con ellos busco el clítoris, ya hinchado y tan sensible que el primer roce me hace contener el aliento.

Lo froto en círculos pequeños, primero suaves, luego más rápidos. El cuarto está tan en silencio que se escuchan los sonidos húmedos de mi propia mano, obscenos y deliciosos. Con la izquierda sigo jugando con mis pechos, tirando apenas de los pezones. Si alguien me viera ahora, pensaría que soy una descarada.

***

¿Y si fuera él quien me encontrara así? La idea se me clava en la mente y aprieto los muslos sin querer. Imagino que abre la puerta sin avisar y me ve: casi desnuda en mi propia cama, los pezones erectos, las piernas abiertas, el sexo hecho un desastre brillante. ¿Qué cara pondría? ¿Me miraría con esa expresión de fingido enfado que tiene, la que dice «mira lo que has hecho»?

¿Y si me tocara delante de él? ¿Si lo mirara fijo a los ojos mientras me doy placer, sin pudor, ofreciéndole el espectáculo entero? Tal vez se quedaría inmóvil, conteniéndose como siempre. O tal vez, por una vez, dejaría de portarse bien. Tal vez cruzaría la habitación, me apartaría la mano y me usaría de una maldita vez, sin pedir permiso.

No puedo evitar gemir. El sonido se me escapa solo, ronco, y me sorprende lo mucho que me excita escucharme. Estoy a punto de venirme, lo siento subir como una ola, pero me detengo justo antes. No quiero que termine tan pronto. Quiero estirar esto, quiero saborear cada segundo de fantasía.

Flexiono las rodillas y abro más las piernas. Me siento expuesta, vulnerable, y eso me gusta. Recuerdo entonces que estoy sola en casa de verdad. Mi madre salió temprano al trabajo y no volverá hasta la tarde. Nadie va a oírme, nadie va a entrar. Puedo hacer lo que se me antoje, tan fuerte y tan sucio como quiera.

Vuelvo a tocarme, esta vez sin contención, prestando atención a cada sensación. Hundo un dedo dentro y lo saco despacio. Lo repito. Subo el ritmo. No basta. Meto dos y curvo las yemas buscando ese punto que me hace ver luces. Lo encuentro, lo presiono, y un escalofrío me recorre desde el ombligo hasta la nuca.

Pero quiero algo más grande. Quiero sentirme llena. Recorro el cuarto con la mirada hasta dar con el botecito de desodorante de tapa redonda que guardo justo para estos momentos. Me levanto y voy hacia el tocador.

***

Frente al espejo me termino de quitar el top y me quedo completamente desnuda. Muchas veces no me gusta lo que veo: me critico, me comparo, me escondo. Pero hoy, con el cuerpo encendido y las mejillas rojas, me miro distinto. Hoy me veo bien. Diría incluso que me veo deseable, y la idea me da un valor que no suelo tener.

Dejo que mis manos vuelvan a recorrerme delante del cristal. Me observo tocándome, los dedos resbalando entre los muslos, el pecho subiendo y bajando. Ojalá él pudiera verme así. Me pregunto qué me haría si me tuviera de esta manera, entregada, sin defensas. Qué me susurraría al oído. Hasta dónde dejaría de ser el chico correcto que finge ser.

Tomo el envase y vuelvo a la cama. Me acuesto boca arriba y, antes de nada, me llevo el juguete improvisado a la boca. Le paso la lengua, lo rodeo con los labios, lo chupo despacio imaginando que es él. Pienso en su miembro duro, en cómo se sentiría tenerlo así, y la boca se me hace agua mientras el cuerpo no deja de mojarse.

Bajo el bote por mi vientre, lo paso varias veces por los labios de mi sexo hasta el clítoris, repartiendo la humedad. Y entonces empujo. Está frío, y el contraste me arranca un quejido largo. Me penetro con firmeza, sin delicadeza, sin importarme el desastre que estoy dejando en las sábanas.

Me muevo rápido, llenándome una y otra vez, hasta que el brazo empieza a cansarse. Dejo el botecito dentro, apretado por mis propios músculos, y aprieto las piernas para sentirlo más. Vuelvo a llevar la mano al clítoris y lo froto en frente, en círculos cada vez más cerrados.

Mi cuerpo empuja al intruso hacia afuera y lo dejo salir un instante, solo para volver a meterlo. Adentro, afuera, sin ritmo fijo, persiguiendo el placer donde lo encuentre. Lo siento venir otra vez, esta ola más alta que la anterior, imparable. Esta vez no me detengo.

Me toco más fuerte, los dedos volando, los muslos temblando. Pienso en su mirada, en sus manos, en aquella tarde que se quedó a medias, y eso es lo que me empuja al borde. Llego al orgasmo con la garganta delatándome, un gemido que rebota en las paredes vacías de la casa.

Me contraigo y me relajo, una vez, dos, mientras las réplicas me sacuden. El juguete resbala fuera por sí solo y lo dejo ir. Me muerdo el labio. Respiro hondo. Poco a poco vuelvo a mí, al cuarto, a la mañana, a la realidad de las sábanas revueltas.

Me quedo unos segundos contemplando la escena ridícula y perfecta que acabo de protagonizar. Después me incorporo, limpio las huellas, ventilo un poco. Miro el reloj: las 11:30. Sonrío. Tengo el cuerpo flojo y la cabeza ligera, pero el deseo, lejos de apagarse, parece más despierto que nunca.

***

Porque hoy no es un día cualquiera. Hoy, por primera vez, estaremos solos en su casa. Sin madres que vuelven, sin relojes que nos apuran, sin la excusa de tener que portarnos bien. La idea me revolotea en el estómago mientras me meto en la ducha y el agua tibia me termina de despertar.

Frente al armario lo pienso con calma. Elijo el conjunto de lencería rosa pastel, el más suave que tengo. Quiero verme tierna, dulce, un poco inocente. Después de todo, para él soy su princesa, y me gusta serlo. Pero los dos sabemos que detrás de ese rosa pastel hay una mujer que esta mañana se vino sola pensando en él, y que esta tarde no piensa detenerse.

Me visto despacio, saboreando la anticipación. Cada botón, cada tira de encaje contra la piel todavía sensible es una promesa. Me imagino el momento en que abra la puerta, la forma en que me mirará, el primer beso sin reloj de por medio. Y por una vez, ruego que no se contenga.

Tomo el bolso, me miro al espejo y le sonrío a la chica del reflejo. Hoy, al fin, voy a averiguar todo lo que tantas mañanas imaginé sola en esta cama. Cierro la puerta detrás de mí con el corazón golpeándome el pecho. Que empiece de una vez.

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Comentarios (6)

NocturnaReader

que bueno!!! me tenia con el corazon acelerado desde el primer parrafo

gatita1028

espero la segunda parte!!! quede con ganas de mas...

Paloma_ok

increible como lograste transmitir esa tension de la espera. cada parrafo te mete mas en la cabeza de la protagonista, se siente real. muy buen trabajo!

Federico_arg

Muy bien escrito, la anticipacion es lo mas excitante del relato. Saludos desde cordoba

Valentina_22

jajaja me identifico bastante... esas mañanas donde no podés concentrarte en nada. me mató

Dani_88

corto pero intenso, justo como me gustan

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