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Relatos Ardientes

Pensé en ti hasta que tuve que tocarme

A veces pienso en ti. Quizás te parezca raro, o ni siquiera me creas. Pero pasa justo en momentos como este, cuando estoy medio dormida en el sofá y una tormenta de verano entra por el balcón abierto. El aire huele a tierra mojada y a algo eléctrico, y de repente apareces tú en mi cabeza, sin pedir permiso, como siempre.

Será porque el viento fresco me está erizando la piel. Será porque agosto llega sin prisa y me sobra el tiempo para acordarme de cómo me miras. Se me escapa un suspiro y me acomodo de lado sobre los cojines. Adoro la siesta cuando estoy sola en casa, cuando nadie va a tocar el timbre ni a preguntarme qué estoy pensando.

Tengo una manta finita enredada en los pies y la subo con pereza hasta el pecho. Los pezones se me han puesto duros con el fresco. O contigo. No sé cuál de las dos cosas es peor. Muevo los muslos despacio, solo para sentirme, y me imagino la cara que pondrías si supieras que esto es por ti.

Te reirías, claro. Harías como que ya te lo esperabas, que lo veías venir desde hace tiempo. Pero una parte de ti no se lo creería del todo, y esa es justo la parte que me gusta. Es por tu olor, te lo juro. Solo de pensar en él noto que algo cede entre mis piernas, que me pongo más húmeda de lo que debería con tan poco.

Cierro los ojos y me muerdo la lengua por dentro de la boca. Qué ganas te tengo. Te imagino subiendo por mis piernas con las manos, despacio, midiendo cada centímetro como si tuvieras todo el día. Si me tocaras ahora la parte interna de los muslos, creo que me moriría ahí mismo, sin que llegaras siquiera a lo importante.

Hueles tan bien que es injusto. Lo de la manta no ha servido de nada para calmar mis pezones. Empiezo a sospechar que no es un trozo de tela lo que necesitan. ¿Unos labios, tal vez? ¿Los tuyos?

Nunca te lo he preguntado: ¿eres más de tetas o de culo? Aunque, si tienes debilidad por mí —y los dos sabemos que sí, no disimules—, supongo que la respuesta da igual. Lo quieres todo. Te conozco esa mirada de querer comerte cada cosa que te ponen delante.

Sin darme cuenta, mis caderas han empezado a moverse. Trazan un círculo pequeño, lento, y noto que el clítoris va cogiendo fuerza, despertándose como si supiera que esta tarde le toca. Me acaricio los costados por debajo de la camiseta blanca, esa vieja y holgada con la que ando por casa sin sujetador. Las manos suben hasta los pechos casi solas.

Pienso en tu cara hundida entre ellos. O entre mis piernas. No sé decidirme. Te quiero en todas partes a la vez, y eso es parte del problema. Además, siempre he tenido la teoría de que eres un salvaje, de esos que callan en público y arrasan en privado. Lo he pensado desde el primer día.

Una de mis manos baja sola hasta el pantalón corto y empieza a acariciarme por encima de la tela. La presión amortiguada me da más rabia que placer, y eso me gusta. ¿Cómo será follar contigo? ¿Cómo me tocarías si te dejara, si te diera permiso para hacer exactamente lo que quisieras conmigo?

Creo que me dejarías temblando a propósito. Que me excitarías hasta que te suplicara y luego te apartarías, solo para verme rogar. Eres un cabrón, de los que disfrutan teniendo el control. Y aun sabiéndolo, me gustas igual, o precisamente por eso.

¿Alguna vez se te habrá puesto dura pensando en mí? Estoy casi segura de que sí. Me imagino tu polla, aunque no la conozca, y me mojo todavía más con la pura invención. ¿Olerá tan bien como el resto de ti? Soy una guarra, ya lo sé. Díselo a mi dedo, que acaba de colarse por debajo del pantalón y me recorre el coño de arriba abajo sin pedirme opinión.

La discreción ya no importa nada. Definitivamente me estoy masturbando pensando en ti, y para qué mentir, no es ni la primera ni la segunda vez. Tengo dos dedos rodeando el clítoris, dibujando círculos, mientras los de la otra mano presionan la entrada de mi vagina. Aprieto y aflojo, alterno el ritmo, me invento sensaciones nuevas para no acostumbrarme a ninguna.

Estoy empapada. Espero que estés contento. Dejo el clítoris un segundo y deslizo un dedo dentro de mí. Muy mojada, como te dije. Ojalá pudiera ofrecerte ese dedo para que lo lamieras despacio, mirándome a los ojos. Ojalá me dijeras al oído que te gusta que me ponga así por ti, que me dieras órdenes sobre cómo seguir, sobre cómo correrme delante de ti y solo para ti.

Lo haría. Por tu placer haría cualquier cosa que me pidieras con esa voz. Meto un segundo dedo pensando justo en eso: en tenerte de pie al lado del sofá, vestido, tranquilo, mirándome arder mientras yo me deshago. Aunque sé que no aguantaría callada. Acabaría suplicándote que te acercaras, que me dieras un motivo de verdad para no parar.

Me imagino completamente desnuda frente a ti, y tú todavía con la ropa puesta, impecable, digno, mientras yo me retuerzo desesperada. Joder. Con mala leche me quito la manta de encima de una patada y me incorporo. Estoy demasiado cachonda, esto ya no me alcanza. Los dedos están bien, pero esta tarde quiero más.

***

Voy directa al dormitorio y abro el segundo cajón de la mesita de noche. Mi mano duda un instante entre el succionador y el vibrador. Elijo el vibrador, el de silicona azul, porque quiero algo que llene, algo que entre y salga fingiendo ser tú. El succionador es para las tardes en que solo busco terminar rápido. Esta no es una de esas tardes.

Vuelvo al salón casi corriendo, como si alguien fuera a quitármelo, y me deshago de la poca ropa que llevaba encima. La camiseta vuela hacia el respaldo, el pantalón queda hecho un ovillo en el suelo. Hace un fresco delicioso en esta habitación, con el balcón todavía abierto y la lluvia repiqueteando fuera. Estoy tan caliente que hasta el viento que me cruza la piel y me vuelve a poner los pezones duros me parece parte del juego.

Me tiendo otra vez en el sofá, esta vez sin manta, sin pudor, abierta a la corriente. Enciendo el vibrador y me dejo de delicadezas. Salto directa a la potencia media y me lo acerco al clítoris. Ay, joder. Qué gusto más bestia. Se me escapa un gemido largo y, detrás de él, te asaltan a la mente imágenes nuestras que ni sabía que guardaba.

De rodillas frente a ti, con tus dedos enredados en mi pelo. Inclinada sobre la mesa de la cocina mientras me follas por detrás y me miras por encima del hombro con esa media sonrisa. Encima de ti, marcando yo el ritmo por una vez. Tú restregándote contra mi coño antes de entrar, haciéndome esperar a propósito. Cambio de postura en mi cabeza cada pocos segundos, ávida, sin poder quedarme quieta en ninguna.

Pienso en tu olor otra vez, en tus ojos, en tus manos grandes, en tus labios. Y en tu polla, que sigo sin conocer pero que decido, aquí y ahora, que tiene exactamente la forma y el tamaño de mi vibrador, que entra y sale de mí sin tregua. Lo subo a la potencia máxima y se me tensan los muslos de golpe.

Y entonces pienso una barbaridad: que te voy a mandar esto. Que te voy a escribir cada palabra, cada cosa que me hago imaginándote, para que lo leas y no te quede más remedio que venir. Para que me folles como me merezco, como nos merecemos los dos desde hace demasiado tiempo. ¿Te lo imaginas? ¿Leyéndome a media noche, sabiendo que cada línea es verdad?

¿Me empotrarías contra la pared para que no tuviera escapatoria? Me imagino tu mano cerrándose en mi cuello, no fuerte, lo justo, mientras te ríes de esa forma tuya y me metes los dedos diciéndome que no tengo remedio. Que no voy a parar hasta conseguir lo que quiero. Y tienes razón. No voy a parar.

El vibrador está al máximo y mi coño lo aprieta cada vez con más fuerza, como si quisiera quedárselo. Los vecinos seguro que me oyen y, sinceramente, me da igual. Que escuchen. Varios espasmos me suben desde la base de la columna, en oleadas que no controlo, y noto que algo estalla. El orgasmo me recorre entera, de los pies a la nuca, y siento mi propia humedad escaparse mientras tiemblo. Qué placer más absurdo, más completo, más tuyo.

Suspiro y apago la vibración, aunque tardo todavía un minuto largo en sacar a mi amigo de silicona de dentro de mí. No tengo prisa por volver al mundo. Estiro el brazo, recupero la manta del suelo y me cubro el cuerpo desnudo, todavía con la piel de gallina, todavía latiendo entre las piernas.

Afuera la tormenta empieza a aflojar. Adentro, yo también. Me quedo mirando el techo, con el vibrador apagado a mi lado y una sonrisa idiota que no me puedo quitar.

Y lo decido de verdad esta vez. Voy a copiar todo esto, palabra por palabra, y te lo voy a enviar. Espero que te guste leer mis líneas. Si algo de lo que viene después es culpa de alguien, que quede claro: es culpa tuya. Tú empezaste, con tu olor y tu maldita manera de mirarme. Yo solo terminé lo que tú dejaste a medias.

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Comentarios (5)

Luna73

increible... me dejo sin palabras. una de las mejores del sitio

CrisM_2303

que bueno!!! me encanto

SoñadorK

Por favor seguí escribiendo, quedé con muchas ganas de mas. Bravo!

Analia79

Me identifico muchisimo con ese momento de siesta y lluvia, algo muy parecido me paso el invierno pasado jaja. Muy bueno

PatoM22

Podrias contar que paso despues? quedo abierto y tengo curiosidad

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