Reconoció su cuerpo en los relatos de su amante
Marta entró en el chalet, lanzó el bolso contra el sofá y cerró la puerta de un portazo que retumbó en toda la casa vacía.
No me lo puedo creer. El muy cabrón.
Con un bufido recogió de nuevo la bandolera para sacar el móvil y subirlo con ella al piso de arriba. Ni siquiera se quitó las sandalias de calle. Tenía la cabeza en otra parte, en un sitio donde se mezclaban la furia, los nervios y una chispa de excitación que en ese momento no habría confesado ni bajo tortura.
Todo había empezado esa mañana de agosto, una de esas mañanas en las que el calor se pega a la piel desde temprano. Acababa de hacer la compra en el supermercado del pueblo cuando le llegaron los mensajes de Hugo, su amigo de toda la vida, con un par de enlaces. Él sabía que esas lecturas le gustaban, y de vez en cuando, si encontraba algún relato que creía que iba a interesarle, se lo mandaba.
Marta decidió aparcar la compra un momento y sentarse en la terraza de un bar a tomar un café. Una lectura que la entretuviera y, de paso, alimentara esas fantasías que la acompañaban en los ratos de soledad. Pero apenas leyó los primeros párrafos del primero, su cara cambió. Primero de expresión, después de color. La piel bronceada se le puso pálida, y enseguida pasó a un rojo encendido, como el de los personajes de dibujos animados antes de echar humo por las orejas.
Apagó el móvil de golpe, miró alrededor para asegurarse de que nadie había visto lo que leía, se tomó el café de un trago y salió disparada a terminar los recados pendientes.
Acabó pronto. El pueblo donde tenían el adosado de veraneo era pequeño, y esa semana apenas necesitaba nada. Sus dos hijos estaban con los abuelos en la costa, y Andrés, su marido, se había quedado en la ciudad con trabajo atrasado. No subiría a dormir al pueblo en varios días.
Marta se había regalado una semana sin marido y sin niños. Con la excusa de adelantar la limpieza de la casa y seguir un curso por internet, estaba disfrutando de un descanso que consideraba más que merecido: tomar el sol junto a la piscina, leer y quedar a tomar cervezas con alguna amiga que también pasaba allí las vacaciones.
Lo que había roto su tranquilidad esa mañana era simple y devastador. Hugo, ese amigo de siempre con el que había tenido más de un escarceo a espaldas de sus respectivas parejas, había escrito un par de relatos en una página de historias eróticas. Y por lo poco que había alcanzado a leer, estaban basados en sus propios encuentros. El muy bastardo había sacado la inspiración del cuerpo de ella, y ahora Marta se debatía entre la furia y una curiosidad ardiente por conocer el final de las dos historias.
Pero era tarde y empezaba a tener hambre. Se sirvió un vaso de vino blanco bien frío y preparó una ensalada con algo de picoteo. Mientras calentaba el segundo plato, subió al dormitorio y se quitó la ropa de la mañana, sudada y pegajosa, hasta quedarse en ropa interior.
Se miró en el espejo. La media luz que se colaba entre las persianas hacía que su piel bronceada luciera espléndida. Echaba de menos un poco más de pecho, pero por lo demás se veía bien. Cogió una bata ligera y se la echó por encima para ir más fresca, a ver si así mitigaba el calor y el cabreo que la atormentaban.
Iba a bajar las escaleras cuando, al girar la cabeza, un recuerdo la asaltó y la dejó clavada en el sitio. En ese mismo pasillo, junto a la barandilla, hacía unos años Hugo la había agarrado del cuello y la había empotrado contra la pared mientras su boca le reclamaba un beso. Marta notó que las piernas le flaqueaban y que, entre los muslos, una humedad tibia empezaba a delatarla. Se vio a sí misma buscando la boca de él con violencia, como si toda la tensión de besarse a escondidas, con las dos familias charlando en el piso de abajo, hubiera desatado mil demonios en su lengua.
Si aquel día él se hubiera atrevido a llevarla en volandas hasta el baño de al lado, no sabía qué habría pasado. Pero la cordura ganó la partida, y aquel momento quedó solo como combustible de sus fantasías.
Bajó, puso los platos sobre la encimera de la cocina americana y se apoyó en uno de los taburetes. Ni siquiera se sentó. Tenía prisa, y el estómago hambriento peleaba con un manojo de nervios que no paraba de crecer. Tal vez fue instinto, pero el borde del mueble en el que apoyaba el trasero quedaba justo a la altura del tanga, contra el sexo. La bata era demasiado corta para interponerse, y sin darse cuenta había dejado la carne presionada directamente contra la madera.
—Mmm… —suspiró, sorprendida por aquella calentura repentina—. ¿Pero qué me pasa?
En ese momento sonó el teléfono y la sacó de golpe de su ensoñación. Como si intuyera la tormenta que bullía en la cabeza de la morena, Andrés había decidido que el mediodía era buen momento para llamar. Marta se sobresaltó tanto que el tenedor se le escurrió de la mano, y al ver quién era casi se atraganta, como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido.
Fue una conversación intrascendente, como tantas otras, pero le sirvió para espantar los miedos que se le acumulaban por culpa de los dichosos relatos. Con eso y otros asuntos familiares que atender, el resto de la comida transcurrió sin pena ni gloria. Solo un «beep» del móvil, mientras se comía un flan de postre, la devolvió al estado anterior. Era de Hugo.
«¿Lo has leído?»
Los colores de la ira le volvieron a la cara. Encima de contar lo que no debía, ¿le metía prisa? Lo dejó en visto y no se molestó en responder.
Si está ansioso, que se aguante.
Recogió la mesa sin fregar siquiera los cacharros. Por dentro, la punzada de nervios se hacía notar otra vez en el estómago. La comida la había calmado un poco, pero los dos vasos de vino jugaban en su contra.
Se sirvió un tercer vaso, recién sacado de la nevera, y subió de nuevo. Arriba estaba el ordenador, donde leería más cómoda. Al pisar el último escalón notó el calor, mucho más intenso en esa zona por el sol que llevaba días castigando el tejado. Fue la excusa perfecta para algo que ya tenía decidido: quitarse la bata y dejar que el aire le acariciara el sudor que empezaba a brotarle por los poros.
Se quedó con la ropa interior a la vista de su propio reflejo. Un sujetador negro, de copa baja y tela casi transparente, por la que los pezones oscuros se adivinaban sin esfuerzo. Y el tanga a juego, con un triángulo translúcido por delante y apenas un hilo por detrás. Ni siquiera se quitó las sandalias de medio tacón. Andrés se habría puesto furioso al oírlas repicar por toda la casa, pero Andrés no estaba.
—Anda y que le den —pensó en voz alta, disfrutando de la ausencia de su marido.
Se miró otra vez en el espejo. Le quedaba bien el pelo corto, y su figura delgada le gustaba, aunque se sintiera un poco fofa.
—Si no fuera por estas tetas de nada… —se dijo, sopesándolas por encima del sujetador—. Bueno, al menos los pezones llaman la atención.
Las piernas, en cambio, eran su orgullo: muslos firmes, sin una sola variz, con una piel tan suave que aún mantenía prendado a Andrés. Y no era el único. Hugo siempre le decía que el terciopelo más fino del mundo no se podía comparar con el tacto de sus piernas. Un adulador de primera, ese hombre.
El ordenador parpadeó mientras arrancaba. Marta apartó de la mesita los juguetes de los niños, colocó un posavasos para la copa y la botella, y se acomodó en la silla giratoria. Empezó la lectura.
Los textos no eran largos, pero ella volvía atrás a cada rato para comprobar los detalles. El sol pegaba de lleno en la pared, y aunque tenía la persiana casi cerrada, el aire se había vuelto denso, una presión leve y continua sobre toda la piel que la obligaba a respirar más hondo. Volvían a brotarle perlas de sudor sobre el vientre. Las tocó con la yema de dos dedos y se entretuvo en extenderlas en círculos alrededor del ombligo mientras seguía leyendo.
Las palabras se ordenaban frente a sus ojos castaños, frase tras frase, párrafo tras párrafo, describiendo aquella noche de carnaval que había terminado en un rincón apartado del portal de su casa. Para entonces la mano izquierda había abandonado el ombligo y bajaba hacia la escueta tela que protegía su intimidad. Primero rozó los alrededores con las uñas y las yemas, mientras la imaginación, en plena efervescencia, la agitaba más y más.
Pronto necesitó algo más fuerte. Se recostó en la silla, subió los pies, todavía calzados, sobre los muebles de al lado, y abrió bien los muslos. El tanga se tensó, sus tiras se hundieron en la carne y le apretaron justo donde más lo necesitaba, mientras la palma entera frotaba el sexo por encima de la tela. La respiración se le hizo profunda.
—Ahh, estoy cachondísima… no me lo puedo creer —murmuró—. ¿En serio hicimos todo eso aquella noche?
Hablaba sola, con el texto casi terminado. El tanga ya estaba apartado a un lado, y las dos manos habían abandonado el resto del cuerpo. Una frotaba el clítoris con vehemencia; la otra deslizaba dos dedos en su interior, en un sexo que destilaba tanto flujo que había empapado la tela y resbalaba ya por los muslos hasta el asiento. Por suerte no era de tela, o habría dejado una mancha imposible de explicar. Marta siempre se mojó mucho al excitarse, algo que sabía cualquiera que alguna vez hubiera conseguido llevarla al límite. Algo que Hugo sabía desde mucho antes de que ella se casara con Andrés.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Ya no podía concentrarse en la lectura; solo quería alcanzar el placer que sus sentidos le reclamaban. Los últimos párrafos quedaron en suspenso mientras hundía los dedos todo lo que podía, doblándolos para rozar esa parte rugosa que le arrancaba envites rítmicos, acompañados de gemidos cada vez más altos. Nunca había sido gritona en la cama; alguna pareja se lo había reprochado. Pero ese día se sentía desatada, y saberse sola, sin familia, sin vecinos arriba ni abajo, hacía que su cuerpo quisiera gozar también por el oído, escuchándose proclamar todo lo que un simple texto en una pantalla era capaz de provocarle.
Siguió con ambas manos, cada vez más fuerte, buscando el fondo con la derecha y el pequeño botón con la izquierda, mientras recordaba los brazos largos y firmes de Hugo. El sudor la bañaba entera, y la habitación olía a sexo. Sus movimientos se volvieron vibrantes, próximos al límite, hasta que con un gemido sordo y prolongado arqueó la espalda y se corrió con fuerza. Un temblor le tensó el cuerpo entero, como un calambre inmenso que le curvó hasta los dedos de los pies.
—Madre mía… cómo necesitaba esto —se dijo con una sonrisa—. Aunque ahora habrá que recoger.
***
Se quitó el tanga empapado y lo lanzó hacia el baño. Recolocó el sujetador, fue a por una toalla y secó las piernas, las manos, la silla y el pequeño charco del suelo. Menudo desastre, pensó, mientras un cosquilleo recorría su sexo, todavía sensibilísimo.
El primer relato había sido una experiencia deliciosa, pero cuando se paraba a pensarlo en frío, todo el aplomo se hundía. Los fantasmas le cruzaban la cabeza: imágenes de familiares y amigos descubriendo aquellas líneas. Tan metida estaba en esos pensamientos que, cuando sonó el teléfono otra vez, casi se muere del susto. Lo cogió temiendo que fuera Andrés pidiendo explicaciones, pero era su hermana, que avisaba de que al día siguiente vendría a visitarla.
Marta colgó y, todavía calzada, apuró el vino ya templado. La botella estaba vacía, así que bajó la escalera tal cual estaba, tapada solo con su propia piel, a por algo frío.
Descendió despacio, acentuando el vaivén de las caderas. Se sentía profundamente sensual, una pantera de pelo negro capaz de devorar a cualquier hombre que se le cruzara. Aunque tenía clarísimo a qué cabrón elegiría si lo tuviera al alcance de las zarpas.
La nevera se abrió e iluminó su cuerpo con una luz pálida. El aire frío le erizó la piel y los pezones. No quedaba vino, así que sacó una cerveza rubia. No era su favorita, pero quería algo frío y con alcohol. Se la sirvió entera y volvió sobre sus pasos. Le quedaba un relato por leer, y no pensaba dejarlo para otro momento.
Entró en el dormitorio y dejó el vaso. Esta vez tenía claro que no se limitaría a leer. Se quitó el sujetador y dejó que los pechos respiraran, firmes, anticipando lo que venía. Fue al armario, apartó unos jerséis del estante de arriba y sacó una caja de zapatos. Dentro, envuelto en unas gamuzas, escondía un consolador de tamaño mediano que había traído sabiendo que esos días de soledad podía necesitar su ayuda.
Se sentó de nuevo, vestida solo con las sandalias, le dio un buen trago a la cerveza y abrió el segundo enlace. De este aún no había visto nada. Cuando empezó a leer la versión que Hugo tenía de aquel día en la finca de la familia de Andrés, volvió a sentir un vacío en el estómago. Le comían las dudas sobre cuánto de aquello podría reconocer alguien cercano. Pero poco a poco, trago a trago, fue abstrayéndose de los pensamientos negros y volvió a entrar en la historia. Para cuando llegó a los momentos más calientes en la cama de la finca, sus manos ya empuñaban el juguete.
La zurda volvía al clítoris; la diestra jugaba con la punta del consolador en la entrada del sexo. Esta vez se lo tomaba con más calma, disfrutando de cada caricia y de la propia situación. Apartó una mano de los labios para llevársela a los pechos, dejó caer un hilo de saliva sobre el pezón y lo usó de lubricante para acariciarlo. Se sentía caliente, deseada, igual que cuando de jovencita atraía a cualquiera con una sola mirada. Y a su cuerpo le encantaba esa sensación.
La lectura avanzaba y la calentura crecía. La punta del juguete entraba ya en la antesala de su sexo, sin prisa, mientras la otra mano presionaba los pezones. Terminó el relato sin acercarse siquiera al orgasmo, pero tan excitada que sabía que no iba a parar. Se puso de pie sin sacarse el consolador y se dejó caer en la cama deshecha, subió las rodillas dobladas, con las sandalias todavía puestas, y aquel detalle le dio a la escena un toque que le pareció enloquecedor. Empujó la prótesis hasta el fondo, tocando los puntos que solo algo así alcanza.
Durante un buen rato lo metió y lo sacó, sintiéndose llena, pero le faltaba algo más vicioso, algo que la llevara más allá. Estiró la mano, cogió el móvil y se puso de rodillas, apoyando el peso sobre el codo mientras la otra mano seguía con la penetración. Con una sonrisa maliciosa buceó en la galería de fotos hasta dar con una de Hugo, tomada un día que coincidieron en la piscina con varios amigos. Se le veía perfectamente: los tatuajes, la musculatura que tanto la ponían. Estaba tan excitada que casi podía oler el desodorante de vainilla que él se ponía, ese aroma que una vez le confesó que la encendía.
Pasando las fotos una a una, imaginó que él se colaba en la terraza sin que ella lo oyera y, así, con el culo en pompa, la agarraba de las nalgas y la levantaba como si no pesara nada, cubriéndola de caricias. Cuanto más se hundía en la fantasía, más se abría el grifo de su deseo, mojando unas sábanas ya completamente revueltas.
—Ojalá entraras por la ventana… y me follaras… —jadeó—. Y acabaras corriéndote en mi boca…
Un cosquilleo intenso nació de su sexo y se extendió por todo el cuerpo. Soltó el móvil, se dejó caer de lado y movió el consolador con frenesí, atacando de nuevo el clítoris sin piedad, cada vez más fuerte, encadenando un orgasmo tras otro hasta quedarse casi sin respiración.
Siguió acariciándose un poco más, mientras el placer iba cediendo el sitio a una calma inmensa que la envolvía por dentro y por fuera. Y así, con el juguete aún parcialmente dentro y el calor del ambiente abrazándola, se quedó dormida.
***
Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Le costó reaccionar y mirar el reloj, pero apenas habían sido cuarenta minutos. Aun así, se sentía como nueva. Se levantó, estiró las piernas por la habitación y, antes de bajar al salón, se puso la bata, sin nada debajo. La sensación de sentirse sexy y deseada seguía muy presente.
Se sirvió un café con hielo, quería estar despejada después de tanto alcohol y desenfreno. Con parsimonia se sentó en el sofá y estiró las piernas sobre el asiento. Reflexionó sobre todo lo que acababa de leer, sobre los últimos meses y, por supuesto, sobre Hugo y cada palabra que había escrito.
—Ese puto cabrón se va a enterar —pensó, aunque el cabreo de antes se había transformado en una tremenda necesidad de sentirse traviesa—. Tengo que pensar cómo darle una lección por meterme estos sustos.
Se mordió el labio inferior y volvió a sonreír. La idea que le rondaba la cabeza prometía darle unos cuantos buenos ratos. Y, desde luego, mucho placer.