Crucé el pasillo para provocar a mi vecino
Mi vecino era un hombre de lo más corriente. Andrés vivía justo enfrente de mi puerta, en el mismo rellano, y cada mañana lo veía salir con su mochila al hombro y la mirada perdida en el móvil. Nunca pasaba nada entre nosotros: un «buenos días», un gesto con la cabeza, y cada uno a lo suyo. Pero hay días en que el aburrimiento y la calentura se mezclan de una forma rara, y esa tarde de calor yo no podía pensar en otra cosa que en quitarme las ganas de encima.
Llevaba semanas imaginándomelo. No porque fuera espectacular, sino justo por lo contrario: por lo normal que parecía, por esa cara de no haber roto un plato. Me daba curiosidad saber cómo se pondría si alguien lo empujaba un poco. Y yo tenía muchas ganas de ser quien lo empujara.
Lo había visto un par de veces lavando el coche en el aparcamiento, concentrado, con la camiseta pegada por el sudor. Nada llamativo. Pero esa misma tranquilidad suya me provocaba. Me imaginaba apareciendo en su puerta y viendo cómo esa calma se le iba resquebrajando poco a poco, frase a frase, hasta dejarlo sin saber qué decir. La sola idea me encendía cada noche.
Esa tarde, antes de salir al rellano, me planté delante del espejo y tomé una decisión. Me quité el sujetador y me dejé solo la blusa fina, esa que con la luz justa no esconde nada. Si va a mirar, que mire, pensé. Me arreglé el pelo, respiré hondo y crucé el pasillo.
Toqué su puerta con una excusa cualquiera, algo sobre la wifi y un paquete que no me llegaba. Él abrió en pantalón corto y camiseta, sorprendido de verme ahí.
—¿Te molesto? —pregunté con mi mejor cara de no haber hecho nada.
—No, no, para nada —dijo, apartándose para dejarme pasar—. ¿Quieres entrar?
Justo lo que esperaba. Entré como si nada, mirándolo todo con curiosidad de invitada. Su casa era ordenada, sencilla, con un sofá grande frente a la tele. Me senté sin que me lo pidiera y crucé las piernas. La calentura me delataba: notaba los pezones marcándose bajo la tela, y sabía que tarde o temprano él los vería. No hice nada por taparme.
Mientras hablábamos de tonterías, lo pillé. Una mirada rápida, apenas un segundo, bajando hacia mi pecho y subiendo otra vez a mis ojos. Andrés se puso colorado y siguió hablando como si no hubiera pasado nada. Pero yo ya lo tenía. Sentí esa corriente caliente subiéndome por dentro, esa que me decía que la tarde iba a salir como yo quería.
—¿Va todo bien? —le pregunté, fingiendo inocencia.
—Sí, sí, claro —contestó, nervioso.
—Es que te he visto mirarme. —Me encogí de hombros con una sonrisa—. Tranquilo. Hoy salí sin sujetador, fue sin querer. No suelo usarlo mucho, la verdad. Tampoco es que tenga mucho que sujetar.
Él se rió por lo bajo, más nervioso todavía, sin saber dónde meterse. Y a mí ese nerviosismo suyo me encendía aún más. No hay nada que me ponga más que un hombre tranquilo perdiendo la compostura poco a poco.
—Ya que estamos en confianza y lo sabes —dije, inclinándome un poco hacia él—, ¿quieres verlas? No me gustaría dejarte con la intriga de cómo son.
Andrés tragó saliva. Tardó un segundo en contestar, como si no terminara de creerse lo que estaba pasando.
—¿Podría… tocar una? —preguntó, casi en un susurro.
Esa pregunta me derritió. Sin pensarlo, las palabras me salieron solas.
—Mejor chúpala.
Me di cuenta de lo que había dicho y me reí, tapándome la boca.
—Perdona, me estoy poniendo muy caliente. Pero sí, la verdad es que me gustaría que lo hicieras.
—¿Entonces puedo verlas? —insistió él, ya con otra mirada, más decidida.
No había nada mejor que esto: hacerme la tímida mientras lo arrastraba justo donde yo quería. Me llevé las manos al borde de la blusa y empecé a levantarla despacio, disfrutando de cómo él contenía la respiración.
—Espero que te gusten —dije—. Son naturales.
Se quedó mirándolas un momento, como si no supiera por dónde empezar.
—¿Puedo tocarlas y chuparlas? —preguntó.
—Claro que sí.
—¿Te las había chupado alguien antes?
—Sí —admití—, pero estaba muy bebida y pasó sin más.
Él arrugó la frente, como pensando que alguien se había aprovechado de mí, y me dio ternura su preocupación.
—No, no fue así —aclaré—. Yo me las saqué y pedí que lo hicieran. Me gusta. Me gusta mucho.
Andrés sonrió, más tranquilo.
—Son preciosas —dijo.
Entonces se acercó y pasó la lengua por mi pecho. El primer roce me recorrió entera. Lo hacía despacio, casi con respeto, y cuando su lengua llegó al pezón estuve a punto de mojarme ahí mismo. Cerré los ojos y dejé escapar el aire. Su barba de dos días me raspaba la piel y ese contraste, entre la suavidad de la lengua y el roce áspero, me ponía la carne de gallina.
—Podría tenerte así toda la tarde —le dije—. Me harías mojar entera.
—¿Quieres que… —empezó él, y no terminó.
—¿Que me folles? Sí. Pero con una condición: que al final vuelvas a estar aquí, chupándome las tetas.
—Hecho —dijo, y esta vez ni dudó.
***
Sus manos bajaron hasta mi culo y me apretó con ganas. Me quité la blusa del todo y empecé a desabrocharme el pantalón. Él se levantó del sofá, dudó un segundo y soltó:
—¿Quieres… meterla tú?
—Sí —contesté, y me arrodillé delante de él.
Le bajé el cierre del pantalón despacio y se lo saqué. La tenía de buen tamaño, ni demasiado ni de menos, justo como a mí me gusta. La tomé en la mano y noté cómo él se tensaba.
—¿Quieres que te la chupe? —pregunté, mirándolo desde abajo.
—Nunca… nunca me han hecho eso —confesó.
—Te va a gustar —prometí.
Me la metí en la boca, solo la punta, y empecé a chuparla despacio. Tomé su mano y la puse sobre mi cabeza para que se sintiera dueño del momento. La saqué un instante.
—Empuja un poco, suave, sin prisa —le dije.
Volví a metérmela y él empezó a moverse con cuidado, marcando un ritmo lento. Así se goza más, sin atropellar. Estuve varios minutos saboreándolo, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Es increíble —dijo con la voz quebrada.
—Ahora que está bien lubricada, voy a metérmela.
Nos sentamos en el sofá. Me quité la tanga, me subí encima de él y me dejé caer despacio. Empecé a moverme con sentones lentos, profundos, mientras él me miraba con la boca entreabierta. Yo me sujetaba las tetas, y cada vez que él me las apretaba aceleraba el ritmo, moviéndole el culo encima, buscando ese punto que me hacía temblar.
—¿Quieres sentirlo todavía mejor? —le pregunté al oído.
—Sí —dijo sin aliento.
Me levanté y me bajé del sofá.
—Esto va a ser mejor en el suelo.
Me puse a cuatro patas sobre la alfombra y le hice un gesto para que viniera detrás.
—Métela —le dije—, pero por aquí.
Él entró despacio, con cuidado, y soltó un gemido ronco.
—Eres increíble —murmuró—. No es mi primera vez, pero contigo es distinto. Tú sí que sabes.
—Lo he hecho muchas veces —le confesé entre jadeos—, pero hoy tenía más ganas que nunca.
Lo sentí tensarse, agarrarme las caderas con fuerza, y supe que estaba a punto. Unos segundos después se vino con un gruñido largo, dejándose caer un momento sobre mi espalda.
***
Cuando recuperó el aire, me di la vuelta y me senté en la alfombra frente a él.
—¿Quieres descansar o pasamos a mis tetas? —pregunté con una sonrisa pícara.
—¿Me la… podrías limpiar? —dijo, todavía cortado por pedírmelo.
—Con mucho gusto. Me la puedo comer otra vez.
Me incliné y volví a metérmela en la boca, sin prisa, dejándola limpia, quedándome más tiempo del necesario solo porque me gustaba. Él me acariciaba el pelo, suspirando.
—Me encanta lo mucho que disfrutas —dijo—, pero no quiero volver a venirme tan pronto.
—Entonces es la hora de mis tetas —le recordé.
Nos fuimos a su cama. Me senté contra el cabecero y él se acomodó sobre mis piernas, como un niño grande, y empezó a chuparlas otra vez, despacio, mimándolas. Yo le acariciaba la cabeza, perdida en lo bien que se sentía.
—¿Sabes una cosa que me gustaría? —le dije en voz baja—. Me encantaría poder amamantar, que pudieras probarlo de verdad.
Él levantó la vista, sorprendido pero sin asustarse.
—Sería genial —dijo—, aunque eso ahora no es posible.
—Ya lo sé. Era solo una fantasía.
—Pero si quieres —añadió, con una sonrisa tímida—, te ayudo a buscar la manera.
Me reí y le acaricié la mejilla.
—No lo haremos muy seguido —le dije—. Pero si me ayudas con eso, te prometo que vendré a darte tu dosis diaria.
No fue el sexo más salvaje de mi vida. No hubo gritos ni nada brutal. Pero fue un momento caliente y, a la vez, tierno, raro de explicar. Verlo ahí, entregado, chupándome con los ojos cerrados, me llenaba de algo que no era solo deseo.
Al cabo de un rato me incorporé.
—Tengo que irme ya —dije, buscando mi ropa por el suelo.
—¿Volverás? —preguntó él, casi como un crío—. ¿A darme teta otra vez?
—Sí, mi amor —le dije, dándole un beso en la frente—. Yo vuelvo. Y si me ayudas, con muchas más ganas.
Me vestí despacio, todavía con el cuerpo encendido, y crucé otra vez el pasillo de vuelta a mi casa. Cuando cerré la puerta detrás de mí, me quedé apoyada contra ella, totalmente feliz y con unas ganas enormes de repetir.