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Relatos Ardientes

La imaginé entre mis piernas en una noche de calor

Llegué a casa con el cuerpo deshecho. Habían sido doce horas de turno, de estar de pie, de sonreír a gente que no me miraba, y lo único que quería era dejarme caer en la cama y desaparecer hasta el día siguiente. Me quité los zapatos en la entrada y fui dejando un rastro de ropa por el pasillo, como migas, hasta llegar al dormitorio.

El problema fue que, una vez tumbada, el sueño no llegó.

La noche anterior había llovido durísimo, de esas tormentas que parecen querer tirar abajo las ventanas. Pero hoy el cielo se había vengado: hacía un calor pegajoso, espeso, de los que se te meten debajo de la piel. Me quedé bocarriba, mirando el ventilador del techo girar sin fuerza, removiendo el aire caliente de un lado a otro sin enfriar nada.

Me quité la camiseta con la que me había acostado y la tiré al suelo. Quedé solo con la ropa interior y la sábana fina por encima, pero ni así. El calor no aflojaba. Era como si el cuerpo me pidiera otra cosa, algo que el cansancio no alcanzaba a tapar.

Y entonces apareció ella.

No físicamente, claro. Pero la vi con una nitidez que me asustó un poco. La vi acostada a mi lado, en el espacio vacío de la cama, apoyada sobre un codo, mirándome con esa media sonrisa que tiene cuando sabe algo que yo todavía no. Llevaba puesta una lencería negra, de encaje, que se le ajustaba al cuerpo como si la hubieran cosido sobre ella. La conozco de pasada, del gimnasio al que voy los martes, y nunca me había atrevido a pensar en ella así. Hasta esta noche.

La verdad es que llevaba semanas notándola sin querer admitirlo. La forma en que se recogía el pelo antes de subirse a la cinta, el sudor brillándole en el cuello, la manera distraída en que se mordía el labio mientras contaba sus repeticiones. Un par de veces nuestras miradas se habían cruzado en el espejo y yo había apartado la mía demasiado rápido, como una adolescente. Ella, en cambio, sostenía la mirada un segundo de más, como si me estuviera dando permiso para algo que yo no me animaba a pedir.

No deberías estar pensando en esto.

Pero el calor manda, y el cansancio baja las defensas. Cerré los ojos y dejé de pelear contra la imagen. Al contrario: la invité a quedarse.

***

En mi cabeza, ella se acercaba despacio. Primero el roce de su pierna contra la mía, la piel un poco fría comparada con la mía hirviendo. Después su mano, subiendo por mi costado, sin prisa, como quien tiene toda la noche por delante. Y por fin su boca, encontrando la mía con un beso que no tenía nada de tímido. Un beso hambriento, de los que muerden un poco el labio antes de soltarlo.

La imaginé sentándose a horcajadas sobre mí, su peso encima del mío, sus rodillas a cada lado de mis caderas. Desde ahí me miraba como si yo fuera algo que pensaba devorar con calma. Sus manos encontraron mis pechos por encima de la tela del sostén y empezaron a masajearlos, suave al principio, apretando después, hasta que un suspiro se me escapó solo de la boca.

Llevé mis propias manos a donde estaban las suyas en la fantasía. Solté el broche delantero del sostén y dejé que se abriera. El aire caliente me tocó la piel y, aun así, se me erizó entera. Me toqué los pezones igual que la imaginaba a ella tocándolos, jugando con los dos a la vez, rodándolos entre los dedos hasta sentirlos duros.

En mi cabeza, ella bajaba la boca hacia mi pecho izquierdo. Lo lamía despacio, dando vueltas, como quien saborea un helado que no quiere que se derrita demasiado rápido, y mientras tanto sus dedos seguían entretenidos con el otro pezón. Apreté las piernas sin darme cuenta. Ya estaba húmeda, y apenas había empezado.

***

El problema de las fantasías es que abren el apetito. Cuanto más la imaginaba, más necesitaba algo concreto, algo que mis manos sobre mis propios pechos no alcanzaban a darme. Quería su cara entre mis piernas. Quería sentir el peso de su cabeza ahí abajo, su aliento, su lengua.

Me incorporé en la cama, con la respiración ya alterada, y miré alrededor en la penumbra. En el sillón del rincón estaba el peluche enorme que tengo desde hace años, un oso ridículo y gastado que nunca tiré porque me daba pena. Esa noche dejó de ser ridículo. Lo agarré, volví a la cama y abrí las piernas.

Acomodé la cabeza del peluche entre mis muslos, con la nariz justo donde la necesitaba. Cerré los ojos otra vez y la imaginé a ella en ese lugar. El roce de la nariz contra mi sexo se parecía lo suficiente a lo que sentiría con su lengua como para que mi cabeza completara el resto. Empecé a moverme contra él, lento, buscando el ángulo, mientras mi mano libre volvía a mis pezones.

Era una sensación deliciosa, de esas que te hacen querer más en cuanto las pruebas. Me quité la ropa interior que todavía me quedaba y volví a la misma posición, ahora completamente desnuda contra la tela. Mis labios, ya hinchados, se frotaban sin nada de por medio. La punta de la nariz del peluche encontraba mi clítoris en cada movimiento, y cada vez que lo rozaba se me escapaba un sonido que ni reconocía como mío.

Si fuera ella, ahora me chuparía justo ahí.

Y solo de pensarlo me mojé más. Me imaginé sus labios cerrándose sobre mi clítoris, succionando despacio, su lengua dibujando círculos mientras me miraba desde abajo con esos ojos. La fantasía era tan vívida que el cuerpo respondía como si estuviera pasando de verdad.

Me detuve un instante, solo para alargar el momento. Respiré hondo, sentí el sudor corriéndome entre los pechos, el latido golpeándome ahí abajo, impaciente. Hay un punto en el deseo en que parar duele más que seguir, y yo lo había alcanzado. Volví a moverme contra la nariz del peluche, esta vez con más ganas, dejando que la imagen de su boca me guiara el ritmo. Cada vaivén me arrancaba un gemido más alto que el anterior, y agradecí vivir sola, sin nadie al otro lado de la pared que pudiera oírme.

***

Pero llegó el momento en que ni siquiera eso bastó. Quería algo dentro. Quería sus dedos entrando en mí mientras su boca seguía trabajando arriba.

Metí un dedo. Qué bien se sentía. El cuerpo lo recibió sin ninguna resistencia, de lo empapada que estaba. Pero uno solo se quedaba corto esa noche. Metí un segundo, y mejoró, aunque tampoco era suficiente. Esa noche quería más. La imaginé penetrándome con tres dedos, llenándome, y mi propia mano obedeció el deseo.

Empecé el vaivén despacio, sintiendo cada centímetro, dándome tiempo a registrar todo. Con un poco de esfuerzo conseguí estirar el cuello y pasar la lengua por uno de mis pezones. La humedad de mi boca arriba y la de mi sexo abajo se encontraron en algún punto del cuerpo y me volvieron loca. Jugaba con un pecho mientras me penetraba, y la cabeza del peluche seguía firme contra mi clítoris, dándome el tercer punto de placer que necesitaba.

Aceleré. Lo hacía más rápido ahora, más profundo, persiguiendo el orgasmo con la imagen de ella clavada en la mente. Pensaba en cómo se vería su cara mojada por mí, en su sonrisa después, en lo que me diría al oído. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo llenó la habitación, obsceno y delicioso al mismo tiempo, y lejos de darme vergüenza me encendió todavía más.

Curvé los dedos hasta encontrar ese punto de adentro que lo cambia todo. Mi cuerpo dio una sacudida. Estaba muy caliente, mojándome cada vez más, y supe que no podía parar aunque quisiera. La otra mano abandonó mi pecho y bajó directo al clítoris, frotando en círculos rápidos, sumando presión a lo que el peluche ya hacía.

***

El orgasmo no me dio aviso. Llegó de golpe, en oleadas, y arqueé la espalda contra el colchón mientras todo el cuerpo se me tensaba y se soltaba a la vez. Sentí cómo algo se liberaba desde lo más profundo, un chorro tibio que me sorprendió incluso a mí, acostumbrada como estoy a mi propio cuerpo. Squirt, lo llaman. Esa noche fue generoso.

Me quedé tumbada, jadeando, con la mano todavía entre las piernas y el corazón golpeándome las costillas. La cama terminó empapada, una mancha grande y oscura debajo de mí, y no me importó en absoluto. Ya la cambiaría por la mañana. En ese momento solo quería quedarme ahí, sintiendo cómo el placer se iba retirando despacio, como la marea.

El calor seguía igual de pesado, pero ya no me molestaba. El cuerpo por fin había dicho lo que necesitaba decir. Abrí los ojos y miré el espacio vacío a mi lado, donde un rato antes la había visto a ella tan claramente.

La próxima vez, tal vez me anime a decirle algo en el gimnasio.

Sonreí con la idea, aparté el peluche, que había cumplido su misión con honores, y me acomodé sobre el lado seco de la cama. El sueño que antes no llegaba apareció enseguida, ahora sí, y me dejé ir con la imagen de ella todavía tibia en la cabeza.

Y mientras me dormía pensé que las mejores fantasías no son las que se quedan en la mente. Son las que un día, con un poco de suerte y de calor, encuentran la manera de volverse reales.

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Comentarios (5)

vikingo_55

buenisimo!!! sigue publicando

NachoRivero

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue

FlorMza

Me hizo suspirar, eso ya dice bastante. Espero mas relatos de esta categoria

MelenaCba

Me recordo a noches de verano bien calurosas, esa sensacion de dejarse llevar con la imaginacion. Muy bien narrado

SantiLagos_ok

¿Es real o es ficcion? porque se siente bastante autentico jaja

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