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Relatos Ardientes

La bruja que me esperaba en el claro del bosque

Saliste de tu aldea natal hace dos semanas. Cendral, un puñado de casas de piedra al borde del valle, era todo el mundo que conocías hasta que tomaste tu espada y decidiste recorrer la región de Selvarés para averiguar qué te guardaba Veldoria. Las ganas de aventura se han apagado un poco desde que descubriste lo que es dormir entre raíces y despertar cubierto de barro.

Aun así, algo te empuja a seguir. Te llamas Edrin, y quieres que tu nombre se convierta en leyenda. O al menos eso te repites mientras el bosque te traga.

El aire huele a musgo húmedo. Caminas despacio, la capa pegada al sudor, las botas hundiéndose en la maleza, mientras el sol apenas atraviesa la maraña de ramas que se cierran sobre tu cabeza como dedos de sombra. Hace rato que dejaste el camino, empujado por una intuición que no sabes nombrar. No entiendes por qué giraste hacia el este. Pero lo hiciste.

Los pájaros han callado. El viento no sopla. Y sin embargo no tienes miedo: lo que sientes en el pecho no es alarma, es calor, una pulsión, como si algo te llamara sin palabras. Entonces un claro se abre de golpe, como si el bosque se rindiera ante otra fuerza. Y la ves.

Está sentada sobre una roca cubierta de musgo, una pierna doblada y la otra estirada, como si el bosque le hubiera ofrecido ese trono. No lleva capa ni botas. Solo una falda corta y negra que cae como tinta sobre sus muslos pálidos, y un corsé oscuro tejido con una tela que no reconoces. Su cabello negro cae sobre los hombros, y sus ojos son de un violeta imposible. Te atraviesan como si ya hubieran visto el deseo que aún no has sentido.

Te detienes. Ella no.

—No esperaba que llegaras tan pronto —dice sin moverse. Su voz es lo más hermoso que has oído nunca.

—¿Me... me esperaba, mi señora? —preguntas, incapaz de ocultar el temblor.

Una sonrisa le curva los labios. No es amable: es indulgente.

—¿Vienes por el leñador? Uno se perdió ayer, hacia el este. Un hombre grande, de manos callosas. ¿No lo buscan en su pueblo?

Tragas saliva. No entiendes por qué esta mujer te pone tan nervioso.

—No he pasado por ninguna aldea. Solo sentí algo y caminé.

—Claro que lo sentiste —responde, y se pone de pie. El mundo parece inclinarse ante ella. Cada paso hacia ti es lento, felino—. Lo que sentiste fui yo.

No oíste ningún conjuro, pero algo se agita en tu interior: un nudo tibio en el estómago, el impulso de arrodillarte y tocar el borde de su falda solo para confirmar que no estás soñando.

—¿Quién eres? —logras decir.

Se detiene a tres pasos. Sus ojos brillan con algo antiguo.

—Mi nombre es Nyssa. Y tú eres nuevo. Crudo. Ve al este, encuentra al leñador si puedes. Algo lo retiene allí.

Se aleja, y con cada paso sientes que se te escapa algo valioso. Pero gira el rostro sobre el hombro desnudo.

—Si vuelves, estaré aquí.

Y tú ya sabes que vas a volver.

***

El bosque del este no se parece al que has recorrido. Es más íntimo, como si los árboles se abrazaran para que la luz no se entrometa, y cada rama que apartas deja en tus dedos una sensación pegajosa, tibia, expectante. Avanzas con la mano en la empuñadura de la espada, el corazón dividido entre el miedo a lo que vas a encontrar y el recuerdo de ella. De Nyssa.

Entre las raíces de un sauce retorcido encuentras las señales: ramas rotas, los restos de una fogata, una piedra con sangre seca y un hacha de mango astillado clavada en el barro. El leñador estuvo aquí, y lo que le pasó ocurrió rápido. Sigues un rastro discreto hasta que el camino se estrecha entre los árboles. Al fondo, una luz mortecina tiñe el aire de ámbar. Y al entrar, el olor cambia.

No es podredumbre. Es algo que tu cuerpo reconoce antes que tu mente. Caliente, profundo, húmedo. Sexo en estado puro: sudor, fluidos, carne contra carne. Y entonces lo escuchas: un jadeo largo, repetido, cada vez más hondo. No es un animal ni una pelea. Es un cuerpo siendo follado.

Te deslizas entre las ramas. Entre dos árboles gruesos que se doblan hacia el centro, ves lo que no esperabas. El leñador cuelga atrapado en una red traslúcida y húmeda. No está muerto: tiene los ojos cerrados, la boca entreabierta, la piel perlada de sudor, y se estremece como atrapado en un sueño que no quiere terminar.

Y sobre él, montándolo con un ritmo hipnótico, está la criatura. Al principio parece una mujer de cuerpo exuberante, pero cuando la miras bien sabes que no lo es. Su piel es gris y brillante, y cada curva se mueve con una viscosidad propia, como si no tuviera huesos. Su cabello largo y oscuro se desliza sobre el cuerpo del leñador con apetito propio. Sus ojos son dos esferas negras, sin luz.

Algo cruje bajo tus pies, y esas esferas se vuelven hacia ti. La criatura no se detiene, pero su atención está ahora en ti: te observa sin pestañear y sonríe, una mueca húmeda que no tiene nada de humana.

Te congelas. El cuerpo reacciona con una mezcla incomprensible de alerta, repulsión y algo más: un calor en la base del abdomen que se forma sin tu permiso. La criatura es grotesca, y aun así no puedes apartar los ojos. Se baja del leñador y se desliza hasta el suelo sin ruido, los muslos chorreando un fluido espeso. Da un paso hacia ti. Y tú, por primera vez, retrocedes. Pero el bosque ya no te deja: las raíces se cierran sobre tus pies, el aire pesa. Tu mano busca la espada y desenvainas.

***

El acero brilla, seco, una anomalía entre tanta carne viva. Has entrenado para lo que intenta matarte, pero nunca para algo que quiere follarte.

—No sé qué eres —murmuras, con la voz tensa—, pero no vas a tocarme.

Ella ladea la cabeza, como si entendiera tu idioma pero no lo respetara. Abre la boca, y su lengua aparece: larga, dividida, ondulante. Sin aviso, se lanza. Atacas primero. El filo la roza en el brazo, pero no hay sangre, solo una salpicadura espesa, como si hubieras desgarrado una fruta. Suelta un chillido corto y se arroja sobre ti con un movimiento imposible.

Tu cuerpo reacciona tarde. Sientes el golpe húmedo contra el tuyo, y la espada cae de tus manos. No es fuerte por músculo, sino por la forma en que te envuelve. Sus brazos gelatinosos se enroscan en tus hombros como serpientes, y antes de que puedas gritar, te derriba sobre la hierba blanda. No pesa como una mujer, sino como un cuerpo de agua caliente, y su olor te invade, dulzón, almizclado, como deseo encerrado durante años en un frasco que se abre solo para ti.

Luchas. Te revuelves, pateas, giras el torso, pero es como salir de un pantano: cada músculo resbala en lugar de empujar. Cuando al fin logras girarte un poco, su boca ya está en tu cuello. No muerde. Suelta un aliento caliente que te obliga a cerrar los ojos y empieza a lamerte despacio, desde la clavícula hasta el borde de la oreja. Tu cuerpo, traidor, responde. El calor se acumula entre tus piernas sin que lo controles, como si supiera qué ángulo tocar para desarmarte por dentro.

—No... —balbuceas. Pero la palabra suena como un gemido, y ella lo nota.

Sus muslos resbalan sobre los tuyos y, en un gesto que no puedes anticipar, tu ropa se disuelve bajo su fluido como tela en ácido. Sientes el aire en la piel desnuda, su sexo caliente latiendo contra el tuyo. No entra aún. Te roza, te envuelve, gira en círculos sin dejarte hundir. Te frota hasta que crees que no aguantas más, y justo entonces se detiene. Te inmoviliza los brazos y te lame el pecho con un trazo lento.

Y entonces entra. No con violencia, sino con una firmeza contundente, deslizándose hacia dentro sin encontrar resistencia, como si tu cuerpo la aceptara con una obediencia que no comprendes. Una succión profunda te hace temblar, un calor interno que pulsa y se estrecha en el momento justo.

Se acomoda a horcajadas y empieza a moverse, despacio, balanceando las caderas con un ritmo ondulado que no parece humano. No hay gritos. Solo el sonido de tu cuerpo siendo follado: un chapoteo espeso, rítmico, obsceno. Y tú te pierdes en cada embestida. Intentas recordar quién eres, pero no hay respuestas. Solo carne, solo humedad, solo el impulso de empujar hacia arriba y rendirte.

Acelera. Las embestidas se vuelven más profundas. Te exprime como si quisiera arrancarte el nombre desde dentro, y tú, jadeando, no puedes evitarlo. Te corres. El orgasmo te atraviesa como una lanza caliente y te deja vacío de golpe. Pero la criatura no se detiene: sigue cabalgándote con un ritmo aún más hambriento. Y tú... sigues duro. No sabes cómo. Tu carne late con una erección nueva que parece ajena, como si ya no te perteneciera.

Ella gime, un sonido grave que vibra desde el abdomen, y deja caer su peso sobre tu rostro. Vuelves a correrte. El placer es tan extremo que se vuelve dolor; sientes las lágrimas subir a tus ojos. Esperas que tu semen la detenga, pero no lo hace: sonríe y empieza de nuevo, como si tu clímax la alimentara en vez de saciarla.

El tercer orgasmo llega sin aviso, con una violencia que apenas soportas. Tus piernas se tensan sin fuerza, el cuerpo empapado, abierto, blando. Tu mente flota en un lugar donde ya no queda vergüenza, ni resistencia, ni siquiera tu nombre. Solo la sensación de ser vaciado, una y otra vez.

***

Y entonces todo se detiene. Un pulso seco en el aire, como un corte. La criatura se arquea hacia atrás con un estremecimiento, como golpeada por una onda de hielo invisible. Grita. Las raíces que te sujetaban se aflojan de golpe. El bosque, antes húmedo y susurrante, queda en silencio. El aire cambia: frío, limpio, distinto.

Una sombra cae sobre ambos, lenta e inevitable. Y cuando abres los ojos, todavía cegado por el sudor, la ves. Nyssa. De pie, descalza sobre el barro, el cabello oscuro cayendo como una cortina húmeda. Su rostro no muestra enfado ni sorpresa. Está sereno. Hermoso.

—¿Tres veces? —su voz es suave, y por eso más peligrosa—. Qué generoso. Si este es el nivel de tus batallas, más te vale alimentarte bien para no quedarte seco.

Levanta una mano. Un solo gesto, y el cuerpo de la criatura se alza del tuyo como arrancado por hilos invisibles. Sientes su sexo deslizarse fuera de ti con una resistencia casi dolorosa, como si no quisiera soltarte, y gimes sin poder evitarlo. Nyssa posa un dedo sobre la frente del ser, las uñas largas, pintadas de lila y negro, clavándose en la piel gris.

—Esto no era tuyo —murmura—. Es mío.

Y aprieta. La criatura estalla sin ruido en un vapor verde y se disuelve, hasta que solo queda el olor a sexo ajeno y a hojas mojadas. Nyssa se gira hacia ti. Sus ojos recorren tu cuerpo desnudo, la piel perlada, el sexo exhausto. No se ríe, no te humilla. Solo te mira, y tú no puedes sostenerle la mirada. Se arrodilla y te acaricia la mejilla con dedos fríos.

—No eres débil —dice—. Solo necesitas entrenar. Veldoria es un lugar peligroso.

Saca un vial de entre los pliegues del corsé y lo pasa bajo tu nariz. El aroma, fuerte y refrescante, te sacude la mente y devuelve el suelo bajo tu espalda. Hace un gesto y los hilos que envuelven al leñador se aflojan; el hombre cae con suavidad sobre la espesura.

—Él volverá solo a su aldea. No recordará nada —dice, y una capa que huele a hierbas se despliega sobre tus hombros—. Vamos a mi cabaña. Necesitas reposo. Y un buen baño.

Te incorporas con lo que te queda de fuerzas y la sigues, marcado por un placer que no era tuyo.

***

La cabaña aparece cuando casi tocas el anochecer: piedra oscura, madera ennegrecida, un tejado bajo y curvo como un caparazón. Dentro, decenas de velas arden con una llama quieta de un violeta tenue, y el aire es denso, perfumado con incienso y algo salado.

—A la izquierda —dice la voz de Nyssa, que ya ha desaparecido en una habitación lateral—. La sala del agua te espera. No toques nada más.

Obedeces. Al final del corredor, la puerta abierta, y dentro: la bañera. Un cuenco inmenso de piedra negra, pulida como obsidiana, sin grifos ni caños. Solo agua humeante, cristalina, ligeramente azul. Cuando te acercas, sientes una atracción física, como si la superficie te llamara.

Dejas caer la capa y te metes poco a poco, hasta que solo asoma la cabeza. Y entonces el agua se mueve sola. No como un remolino: como si pudiera leerte. Suben hilos líquidos que te recorren las piernas, se enroscan en los muslos, se deslizan por la espalda como manos sumergidas en aceite. Huele a flores quemadas, a piel lavada. Pero también huele a ella. No hay manos, y aun así las sensaciones son precisas: el agua arrastra el sudor del pecho, roza tus pezones con una delicadeza que no es inocente. Una onda templada envuelve tu sexo. No lo estimula: lo reconoce. Y tú tiemblas al sentirte por fin en paz.

—¿Está caliente?

Nyssa está en el umbral, apoyada en el marco, los brazos cruzados, el cabello suelto. No entra. Solo observa.

—Sí —respondes, la voz más baja de lo que quisieras.

Y bajo su mirada el agua cambia. Las caricias dejan de ser azarosas: cuando ladea la cabeza, un hilo de agua sube por tu columna; cuando alza una ceja, un rizo líquido te acaricia el vientre con una lentitud que te tensa.

—La bañera se llama Marensa —dice—. La tallaron con piedra de las islas Sirath, y recuerda las manos de quienes han amado en ella. Las reproduce.

Te estremeces, porque ese hilo de agua que hace un momento solo te limpiaba ahora, claramente, te masturba. Su roce sobre la cara interna de los muslos ya no es ritual. Es sexual. Busca cada nervio expuesto después del combate, de la derrota.

—Te ha aceptado —continúa, dando un paso al interior—. A Marensa no se le ordena. Se le agrada. Limpia solo a quien encuentra digno. —Se sienta en el borde, apoyando una pierna doblada sobre la piedra. El ángulo revela la curva firme del muslo, la sombra entre sus piernas que no muestra nada y, sin embargo, te deja imaginándolo todo—. ¿Sabes por qué la criatura no te mató? Porque eres nuevo. Conservas algo que ni tú sabías que tenías. No hablo de virginidad; eso ya no existe en Veldoria. Hablo de inocencia en el deseo. Se alimentó, pero no rompió lo que más valía: tu espíritu.

—Te salvé, pero no porque me debas nada, ni porque quiera protegerte. Lo hice porque puede que seas útil. Cuando un cuerpo ha sido usado y no se rompe, se vuelve canal. Cuando estés seco, ven al salón, si quieres oír lo que tengo para ofrecerte.

Y se va, dejándote solo con el agua lamiéndote todavía, como si se negara a soltarte.

***

En el salón, la luz es más baja, más violeta. Hay una alfombra circular en el centro, tejida con hilos negros, dorados y púrpura. Nyssa está sentada en un trono bajo de madera negra. Algo en ella es distinto: más plena, como si haberte salvado la hubiera alimentado también.

—¿Cómo está el cuerpo? —pregunta.

—Dolorido.

—¿Duele más el orgullo?

—...Mucho más.

Sonríe, breve, como una cuerda que se tensa.

—No te castigues. Es tu primera vez en la naturaleza de Veldoria. —Se inclina hacia delante, los ojos brillando con una luz que no es la de las velas—. Escucha, Edrin. —No recuerdas haberle dicho tu nombre—. No soy maestra, ni amante, ni salvadora. Soy una bruja, y no regalo nada a cambio de nada. Si te hice desviar del camino, fue por una razón.

Se levanta y camina hacia ti. No te toca, pero su cercanía es un contacto en sí misma: su calor, su perfume, la magia que emana de su piel.

—Tienes la voluntad de un héroe y la inocencia de quien no conoce este mundo. Eres justo la mezcla que busco. —Su aliento roza tu cuello, y el vello de tu nuca se eriza—. Puedo marcarte: un ritual que te hará abrazar mi magia y unirte a ella. Y a mí. Una señal sin hierro ni corte, solo tinta que te acompañará para siempre.

—¿Como un sirviente? —dices, pausado.

Ríe bajo y te acaricia la mejilla.

—No. Como un aprendiz. Si te marco, no podrás olvidarme. Ni huir. Cada vez que te derrames será por mí. Cada vez que luches, será por mí. A cambio, te llevaré a conocer Selvarés y te haré poderoso.

—¿Y qué quieres de mí?

—Que te mantengas cerca. Que seas mi escudo, mis ojos y mis oídos. Debo emprender un viaje, y eres justo lo que necesitaba.

Y entonces el silencio. Solo el crujido de la madera y el eco de tus pensamientos girando alrededor de una sola palabra. Ella no insiste. Solo espera. Y tú lo sabes: no puedes seguir sin pertenecerle. Tu cuerpo ya ha sido probado, tu voluntad, abierta. Tragas saliva. La decisión ya se ha fraguado en lo más profundo de ti.

—Acepto. Iré contigo. Me someteré al ritual.

Y al decirlo, el mundo cambia. Las velas se apagan una a una hasta que solo queda su silueta recortada por la luz de la luna. Un círculo violeta se dibuja en el suelo a tu alrededor, y los labios de Nyssa, iluminados por esa luz, se curvan en la más poderosa de las sonrisas.

Ya no hay vuelta atrás.

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Comentarios (4)

Nico_2187

tremendo relato!! La atmosfera que armaste desde el principio me atrapo, no pude parar de leer

El_imaginativo

Nunca lei algo asi en esta pagina. Tiene un aire de fantasia oscura que le da un toque unico. Sigue escribiendo por favor

BrujaNocturna

Me encanto!!! Justo lo que andaba buscando, algo distinto a lo de siempre. Ojalá haya segunda parte

Valentina_Vil

la descripcion del claro del bosque me genero demasiado suspenso jaja. Que imaginacion tienen algunos

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