La escucho con él al otro lado de la pared
—¡Sí, así, más fuerte, no pares!
—¿Así es como te gusta, eh? ¿Así?
Los gemidos se cuelan por la pared como si no existiera ningún muro entre nosotros. La oigo a ella, su voz quebrada de placer, y lo oigo a él, esa risa baja de quien sabe que ha ganado. Me quedo quieto un instante, sentado en el borde de la cama, escuchando el roce de los cuerpos contra el cabecero del otro lado.
Bajo la cremallera del pantalón despacio, con cuidado de no hacer ruido, como si todavía me importara que ella supiera que estoy aquí. Me quito el pantalón, después la ropa interior. La lámpara de mi mesita proyecta la sombra de mi miembro sobre la pared, agrandada y ridícula, así que la apago. Mejor a oscuras. Mejor sin verme.
Me acomodo contra la almohada, cierro los ojos y dejo la mano derecha sobre mi sexo. Al ritmo de sus gemidos, aprieto hacia arriba, después hacia abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Cada movimiento un poco más firme que el anterior. Y con cada uno, recuerdo.
***
—Amor, me encanta esta foto que me tomaste. Lástima que no pueda presumirla.
Mariana sostenía el teléfono y miraba la pantalla con esa media sonrisa que me derretía. Era la chica más linda que había conocido, y todavía hoy, después de todo, sigo enamorado de ella como un imbécil. Esa tarde le había comprado un conjunto de lencería negra y se lo había puesto solo para mí. Le tomé una foto recostada en la cama, con la luz entrando por la ventana, y le había gustado tanto como a mí.
—Súbela a tus historias —le dije—. Que todos te vean. Que sepan que eres mía y se mueran de envidia.
La abracé por detrás, le besé el cuello, le pasé las manos por la cintura. Quería marcarla como mía, dejarlo claro ante el mundo entero. No pensé en lo que podía desencadenar. Ella subió la foto a sus historias y yo la compartí en mis redes, orgulloso, presumiendo lo que tenía.
Los mensajes llegaron a los pocos minutos.
«Está buenísima tu novia. Algún día va a ser mía».
«La voy a romper y va a terminar pidiéndome más».
«Me pregunto cuánto tardaré en hacerla gemir para mí».
No sabía qué me perturbaba más: que un desconocido hablara así de Mariana, o la certeza de que no era un desconocido en absoluto. Era alguien a quien yo tenía agregado, alguien que se había hecho una cuenta falsa solo para escribirme eso. Lo supe por la forma en que mencionaba detalles, cosas que solo veían quienes nos seguían de cerca.
Los mensajes siguieron llegando durante semanas. A veces dos al día, a veces ninguno. Y un día, sin más, se detuvieron. Yo respiré aliviado. Pensé que el tipo se había aburrido, que había encontrado otra cosa con la que entretenerse. No entendí, hasta mucho después, que un depredador no se aburre. Solo se acerca.
***
Recuerdo con exactitud el día en que dejaron de llegarme esos mensajes.
Esa noche salimos con un grupo de amigos. Era la primera vez que les presentaba a Mariana en condiciones, todos juntos, y yo estaba contento, casi orgulloso. La llevaba del brazo, le presentaba a uno y a otro, y ella sonreía con esa naturalidad que enamoraba a cualquiera. Todo iba bien hasta que apareció él.
No era amigo mío. Lo conocía de refilón porque algunos del grupo se llevaban bien con él, y a alguien se le había ocurrido invitarlo. Se llamaba Damián, o al menos así se hacía llamar. Era el tipo de persona que me revolvía el estómago: altanero, sin códigos, depravado hasta los huesos. Solo hablaba de sexo, como si no existiera otra cosa en el mundo.
—Hoy me cojo a alguna —me soltó nada más saludarlo, sin que yo le preguntara nada.
Asentí por compromiso. Quería alejarme de él cuanto antes.
—Se me acabaron los condones con una amiga el otro día —siguió, con esa sonrisa de hiena—. Así que a la que me lleve hoy va a ser a pelo, sí o sí.
Volví a asentir. Poco me importaba lo que aquel cerdo hiciera con su noche. En ese momento Mariana se acercó, curiosa, y no me quedó más remedio que presentarlos. Lo hice a regañadientes, deseando que la cosa terminara rápido. Vi cómo él la miraba de arriba abajo, sin disimulo, y sentí un escalofrío que no supe interpretar. Ojalá no hubiera venido, pensé. Ojalá se largue de una vez.
Cuando por fin se apartó, respiré tranquilo. Mis amigos me arrastraron hacia la barra, insistiendo en que bebiera con ellos. Yo no soy de emborracharme, casi nunca tomo de más, pero esa noche, entre el sabor dulzón de la bebida y la conversación que me tenía distraído, los tragos se me subieron rápido. Demasiado rápido. Más rápido de lo que jamás me había pasado.
***
El suelo empezó a moverse bajo mis pies. Las luces se volvieron manchas y las voces, un zumbido lejano. Me costaba enfocar. Tardé en darme cuenta de que algo no andaba bien, de que aquello no era una borrachera normal. Para cuando intenté recobrar la cabeza, ya era tarde.
Busqué a Mariana con la mirada. La encontré bailando con alguien en el centro del local. No lo reconocí de inmediato; pensé que estaba viendo mal, que la vista me jugaba una broma. Sacudí la cabeza, me froté los ojos. Cuando volví a levantar la mirada, solo alcancé a ver cómo ella se escabullía hacia los baños.
Intenté seguirla. Di dos pasos y tropecé con mis propias piernas. Mis amigos me sostuvieron, me ayudaron a enderezarme y, en lugar de soltarme, me empujaron de vuelta a la barra, riéndose, poniéndome otro vaso en la mano. Forcejeé con ellos sin entender por qué insistían tanto, por qué no me dejaban ir. Tardé una eternidad en zafarme.
Cuando lo conseguí, lo vi. A Damián, con Mariana sujeta del brazo, arrinconada contra la pared del fondo. Se notaba a kilómetros que la estaba acosando, que ella intentaba apartarse y él no la soltaba. Me acerqué hecho una furia, le grité que la dejara, que se quitara de en medio.
Lo siguiente que sentí fue un golpe seco en la nuca y, después, el frío del suelo contra la mejilla.
Desde abajo, todo era borroso. Mariana se agachó a mi lado, me tomó del brazo, me preguntó si estaba bien con la voz temblando. Yo intentaba hablar y no me salían las palabras. Vi de reojo cómo Damián se alejaba hacia la salida, sin prisa, mirando atrás.
—Espérame aquí un momento —me dijo Mariana.
Y se levantó. Y corrió tras él.
Me dejó tirado entre mis amigos, que volvieron a rodearme, esta vez para mantenerme despierto. No lo lograron. La oscuridad se me cerró encima como una tapa.
***
Sé lo que pasó aquella noche. Lo sé porque me lo repito una y otra vez mientras subo y bajo la mano sobre mi sexo, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Gimo bajito en la oscuridad de mi cuarto, intentando llenarme la cabeza con imágenes de ella. Su piel tibia bajo mis dedos. Su boca tomándome despacio. La forma en que se arqueaba cuando yo estaba dentro de ella. Intento recordarla mía.
Pero cuando estoy a punto de correrme, cuando el placer se vuelve casi insoportable, lo único que me invade son las imágenes del otro lado de la pared.
Cómo aquel hombre que me mandaba mensajes lascivos convenció a mis propios amigos de organizar esa fiesta solo para conocerla. Cómo se aseguró de que yo bebiera de más, de que no pudiera tenerme en pie. Cómo bailó con ella rozándole los muslos con las manos mientras yo me hundía en mi propio mareo. Cómo, en aquel baño, ella terminó de rodillas frente a él. Cómo lo siguió después hasta su departamento, por su propio pie, sin que nadie la obligara. Cómo él la desnudó sujetándola del anillo de compromiso que yo le había puesto en el dedo.
Eso es lo último que veo antes de venirme.
***
Ahora vivimos pared con pared. La vida tiene un sentido del humor cruel: cuando ella me dejó, el único cuarto que encontré para alquilar barato fue el de al lado del suyo, en el mismo edificio. Damián viene casi todas las noches. Y yo escucho.
La oigo gemir como nunca gimió conmigo. La oigo pedirle cosas que a mí jamás me pidió. La oigo decir su nombre con una entrega que me parte por la mitad, y aun así no puedo dejar de tocarme. Es una humillación que me elijo a mí mismo, noche tras noche, porque es lo único que me queda de ella: su voz filtrándose por el yeso, marcándome el ritmo de la mano.
Me corro con un gemido ahogado mientras escucho al amor de mi vida siendo follada por el hombre que me la quitó. Disfrutando de todo lo que yo ya no puedo darle. Y mientras la sábana se mancha con mi tercer orgasmo de la noche, recuerdo aquella foto, la de la lencería negra, la que subí orgulloso a mis redes. La misma que ella volvió a ponerse, semanas después, en otra foto. Solo que esa vez no era para mí. Esa vez él aparecía al fondo, sonriendo a la cámara.
***
Al otro lado del muro, los gemidos se apagan poco a poco. Oigo la cama crujir una última vez, después pasos, después el murmullo bajo de dos voces que ya no me pertenecen.
Me quedo inmóvil en la oscuridad, con la respiración entrecortada y la piel fría. Mi soledad y mi derrota se consuman ahí, en silencio, mientras hundo la cara en la almohada.
Y entonces la almohada también se mancha. No de placer, esta vez. De lágrimas.