Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Me detuve frente al espejo y no pude parar

El miércoles había sido un desastre desde las ocho de la mañana. Rodrigo, mi jefe, decidió a las cinco de la tarde que los análisis que me había pedido para el viernes los necesitaba «lo antes posible», lo que en su idioma significa «para ayer». Me quedé dos horas más, con el edificio casi en silencio, mirando la pantalla hasta que los números empezaron a perder sentido.

Cuando salí, llovía. No esa lluvia suave y cinematográfica que la gente romantiza. Era una lluvia de noviembre con mala uva, la que te empapa la espalda antes de que saques el paraguas y te mete el frío por el cuello como si tuviera intención. El primer tacón en el pavimento mojado fue suficiente: patinó, me tambaleé, y tuve que agarrarme al espejo retrovisor de un coche ajeno para no caerme al suelo. Me imaginé la escena. Rodillas en el asfalto, medias rotas, alarma del coche disparada. No pasó nada de eso, pero el corazón me dio un vuelco de todas formas.

Llegué a casa como llegan las personas que han perdido una guerra pequeña: empapada, con el pelo aplastado contra la frente, los tacones chorreando y la dignidad en algún punto entre la parada del metro y la puerta de mi bloque.

***

El apartamento olía a calefacción recién encendida y al café que había dejado a medias por la mañana. Ese olor, que en otro contexto sería triste, esa noche me llegó como un abrazo. Solté las llaves en el gancho de la entrada y me saqué los tacones antes de dar un paso más. Los apoyé contra la pared con más cuidado del que merecían, porque a pesar de todo los quería. Son de ante gris, con el tacón fino y la puntera cerrada, y me costaron lo suficiente como para no tirarlos al rincón.

Copérnico apareció desde el salón, moviéndose con esa lentitud soberana que tienen los gatos gordos. Es negro, con una mancha blanca en el pecho, y tiene una manera de mirarme que sugiere que está evaluando mis decisiones vitales. Frotó la cabeza contra mis medias mojadas, olió los zapatos con expresión de desaprobación y se volvió a su sitio. Trato hecho.

Me quité el abrigo mojado y lo colgué como pude. Lo que necesitaba, lo que llevaba necesitando desde las cinco de la tarde, era una ducha larga con agua muy caliente y, si podía ser, cuarenta minutos sin pensar en Rodrigo ni en sus malditos análisis.

Entré al baño.

***

El baño es pequeño. Paredes de azulejo blanco, la encimera estrecha y un espejo grande que ocupa casi toda la pared sobre el lavabo. A veces me irrita ese espejo, porque no hay manera de entrar sin verte. Esa noche no me irritó.

Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua se calentara. El vapor tardó un minuto en empezar a subir. Mientras esperaba, me miré en el espejo casi sin querer, y luego, ya queriendo, me quedé.

Llevaba la blusa blanca de los martes y los miércoles, la de algodón fino que se arruga mal pero sienta bien. Tenía las manos húmedas todavía de la lluvia. Empecé a desabrocharla de abajo arriba, sin prisa, porque no había nadie mirando y podía permitirme el tiempo.

Cuando la abrí y la deslicé de los hombros, el sujetador quedó al aire. Blanco, de encaje, con los tirantes finos cruzados en la espalda. Me detuve. Me miré.

Mis pechos son pequeños. Siempre lo han sido, y durante años eso me ocupó más espacio mental del que merecía. Ahora me parecen exactamente bien. El encaje los sostiene desde abajo y los realza de una manera que, si soy honesta, todavía me produce cierta satisfacción cuando lo veo. Los pezones, apenas marcados tras la tela, apuntaban ligeramente hacia afuera.

Me quedé mirándome más tiempo del que planeaba.

Luego desabroché la cremallera lateral de la falda. Es azul marino, tipo tubo, corta hasta la rodilla. La dejé caer al suelo y la aparté con el pie. Me quedé con las medias puestas.

Son negras, de rejilla fina, y las había elegido esa mañana con cierta deliberación. Hay algo en ellas que me gusta más allá de la estética: la manera en que ciñen, esa presión continua desde el muslo hasta el tobillo. Mis piernas son largas de por sí, y con las medias de rejilla parecen no terminar. Lo noto en cómo algunos compañeros giran la cabeza cuando camino por el pasillo de la oficina. No lo hacen de manera obvia, o quizá sí y simplemente saben disimularlo, pero lo hacen.

Me di la vuelta para mirarme de espaldas.

El tanga era del mismo encaje blanco del sujetador, parte del mismo conjunto. Entre la rejilla negra de las medias se veía con claridad: el encaje blanco sobre mis nalgas, la tira perdiéndose entre ellas. Me quedé así un momento. El trasero me ha costado tiempo y esfuerzo —el gimnasio tres veces por semana no es algo que haga por salud precisamente—, y no me avergüenza mirarlo cuando me sale bien.

Me salía bien.

El vapor de la ducha llenaba ya el baño. El agua llevaba tiempo caliente, lista. Podría haber entrado entonces. Pero no entré.

***

Empecé a quitarme las medias.

Lo hice despacio, enganchando los pulgares en la cinturilla y deslizando la tela hacia abajo. Cuando llegué al muslo, vi las marcas: el patrón de la rejilla grabado en la piel, esas líneas entrecruzadas que desaparecen en unos minutos pero que, mientras están, me recuerdan a otra cosa. A la presión de unos dedos alrededor de mi muñeca. A las marcas que dejan las manos cuando alguien te agarra de verdad, con ganas, sin miedo a dejarse llevar. Pasé las yemas por encima de esas marcas.

Cuánto tiempo hace, pensé. Demasiado.

Terminé de quitarme las medias y las dejé en el suelo, al lado de la falda. Me quedé en ropa interior frente al espejo. El encaje blanco contra mi piel, el vapor empañando los bordes del cristal pero no el centro.

Algo se había encendido sin que yo lo decidiera del todo.

No es la primera vez que me pasa en el baño. Hay algo en el espejo, en verse a una misma en ese estado intermedio entre vestida y desnuda, que activa algo que antes estaba dormido. No es solo vanidad, aunque la vanidad tiene su parte. Es otra cosa. Es reconocerse. Es verse como te verían, y darte cuenta de que te gustarías.

Me desabroché el sujetador.

Por detrás, con una mano, sin apartar los ojos del espejo. Cuando la tela cedió y lo deslicé por los brazos, mis pechos quedaron al aire. Los pezones respondieron al cambio de temperatura: se endurecieron, se oscurecieron ligeramente. Me los miré durante unos segundos sin hacer nada más.

Luego levanté las manos y los cubrí con las palmas.

El calor de mis propias manos siempre me sorprende, aunque lo haya hecho cien veces. Empujé despacio, los deshice entre los dedos. Sentí cómo los pezones se marcaban contra las palmas. Los apreté con más firmeza, los moví en círculos. Luego cogí el pezón derecho entre el índice y el pulgar y estiré.

El sonido que hice no lo planeé.

Solté, volví a estirar, esta vez con más fuerza. Luego el izquierdo. Luego los dos a la vez, estirándolos hacia abajo y hacia afuera mientras me miraba hacerlo en el espejo. Tenía los labios entreabiertos. Las mejillas encendidas. El ritmo de la respiración había cambiado sin que me diera cuenta.

No hace falta nadie más, pensé. Esta noche no.

Bajé la mano derecha por el vientre.

***

Me enganché los dedos en los laterales del tanga y lo bajé despacio. Cayó al suelo y lo aparté con el pie. Me quedé completamente desnuda frente al espejo.

Abrí un poco los pies. Me miré: el vientre liso, la pelvis, el triángulo oscuro entre los muslos. El vapor había adelgazado la imagen, como si hubiera un velo fino entre el cristal y yo, pero suficiente. Me veía suficiente.

Pasé la mano derecha por el vientre, hacia abajo, siguiendo esa línea que conozco de memoria. Cuando llegué a los labios, ya sabía lo que iba a encontrar. Estaban hinchados, calientes, y el tacto húmedo en las yemas fue inmediato y sin sorpresa.

Empecé por fuera. Un roce suave sobre el clítoris, apenas perceptible, solo para reconocer el terreno. Luego otro. El tercero ya con más intención. Me apoyé con la mano libre en el borde del lavabo porque la postura me lo pedía, y esa inclinación hacia adelante me mostró en el espejo una imagen que no estaba del todo preparada para ver: mi propio cuerpo arqueado, los pezones endurecidos, los ojos entrecerrados y enfocados en mí misma.

Me gusté. Me gusté mucho.

Aumenté la presión. El movimiento circular sobre el clítoris se volvió más rítmico, más insistente. Con la mano libre me apreté un pecho, lo amasé, busqué el pezón y tiré de él mientras seguía mirándome. La combinación —los dedos abajo, el estirón arriba— mandó una descarga directa desde las yemas hasta algún punto que no es exactamente un lugar físico.

Abrí los ojos de golpe para no perder la imagen en el espejo.

Quería verme. Quería ver qué cara pongo cuando me pierdo. Es una cara que nunca veo y que, sin embargo, me pertenece completamente.

Introduje dos dedos.

No lo fui haciendo poco a poco. Los metí directos, hasta el fondo, y la sensación me dobló un poco hacia adelante y me arrancó un jadeo que rebotó en los azulejos. Me agarré mejor al lavabo. Los dedos dentro empezaron a moverse con esa curvatura hacia arriba que sé que funciona, que llevo años sabiendo que funciona, mientras afuera el pulgar seguía en el clítoris.

Los movimientos se sincronizaron solos.

Dentro y afuera. El pulgar en círculos. El pezón entre los dedos de la otra mano, estirando, soltando. Todo a la vez, todo construyéndose encima de lo anterior. Me mordí el labio inferior para no hacer demasiado ruido, pero el baño tenía azulejos y los azulejos no absorben el sonido.

El nudo se apretó.

Me miré a los ojos en el espejo un segundo antes de llegar. El corazón me latía en la garganta, en las muñecas, entre las piernas. Tiré del pezón con fuerza, más de lo que suelo, y eso fue suficiente.

Me corrí.

La boca se abrió primero en silencio y luego no en silencio. Las piernas temblaron. Los dedos siguieron moviéndose, más despacio, acompañando las contracciones mientras se iban apagando. Me agarré al lavabo con las dos manos porque si no me caía, y dejé que la cabeza colgara un momento, los ojos cerrados, la frente casi rozando el cristal.

Tardé en volver.

Cuando volví, el vapor había terminado de llenar el baño. Me veía borrosa en el espejo, difusa, con los contornos suavizados. Retiré los dedos despacio y me quedé así un momento, quieta, apoyada en el lavabo, escuchando mi propia respiración ralentizarse.

El agua de la ducha seguía cayendo.

Caliente, lista, esperándome.

Ahora sí.

Valora este relato

Comentarios (5)

Florencia_R

increible!!! me quede pegada leyendo de principio a fin

Malu_cba

que manera de escribir, se siente el calor en cada parrafo. Por favor mas relatos asi!

Curiosa_BA

Me recordo a algo que me paso hace tiempo frente a un espejo jaja. Uno nunca sabe como te puede atrapar ese momento. Muy bueno

Ricki_SR

¿escribis seguido? porque si tenes mas relatos asi los leo todos

JorgeC_Baires

Morbo puro pero bien llevado, sin caer en lo burdo. Eso es lo que me gusta de este tipo de relatos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.