Me toco imaginando que tú me lees ahora mismo
Hay algo que descubrí hace poco sobre mí misma, y todavía me da un poco de vergüenza confesarlo. Me excita la idea de que alguien, en este preciso momento, se esté tocando mientras lee lo que yo escribo. No es algo que planeé. Simplemente apareció, como aparecen las cosas que de verdad nos calientan: sin pedir permiso.
Desde que publiqué mi primer relato, vuelvo una y otra vez a los comentarios. No busco mensajes guarros ni piropos baratos. Lo que me gusta es imaginar quién hay del otro lado. Qué clase de persona se sentó frente a la pantalla y decidió quedarse a leerme hasta el final.
Me los imagino tranquilos, relajados, recostados en el sofá o metidos ya en la cama. Algunos ni siquiera se tocan. Solo leen, apenas tibios, con esa curiosidad lenta de quien no espera nada y de pronto siente que la temperatura sube un grado.
Mientras pienso en todo esto, noto la primera señal. Una humedad ligera en mi tanga negro, esa que reconozco al instante. Sin darme cuenta empiezo a contraer y relajar los músculos, apretando por dentro, soltando, apretando otra vez.
Cada vez que contraigo siento un cosquilleo que nace muy adentro y se expande. Mi respiración cambia. Se vuelve más corta, más consciente. Todavía no he hecho nada y ya estoy así.
Elijo a uno de ellos para imaginarlo. Un hombre cualquiera, sin rostro definido. Está tumbado en su cama, a punto de dormirse, con el móvil iluminándole la cara en la oscuridad. Solo quería leer algo para relajarse antes de cerrar los ojos.
Sus ojos se mueven línea por línea. Lee sin prisa, sin saber todavía que algo está despertando dentro de él. Yo lo sé. Yo lo estoy escribiendo justo ahora, y mientras lo escribo lo siento despertar también en mí.
Al imaginarlo así, apenas empalmado, casi a su pesar, deslizo la mano por mi propio muslo. Acaricio la parte interna, donde la piel es más fina, más caliente. Subo despacio, sin prisa, demorándome en el camino.
***
La piel está suave, tersa. A medida que mi mano se acerca al centro noto cómo aumenta el calor, cómo todo allí abajo pide atención. Paso dos dedos por encima de la tela del tanga, adelante y atrás, sin entrar todavía.
La tela está mojada y caliente. La presión, aunque sea por encima, manda una chispa hacia arriba que llega hasta mis pezones. Se endurecen y empiezan a rozar la tela del sujetador con cada respiración.
Pienso de nuevo en él. Poco a poco mi relato le está gustando más. Me está imaginando, está dejando que su cabeza arme la escena, que ponga cara y cuerpo a estas palabras que ahora mismo me cuestan tanto teclear.
Solo con escribir esa frase me caliento más. Quiero más contacto, quiero menos tela. Aparto el borde del tanga con los dedos y por fin me toco directamente.
Ummm.
Está todo recortado, depilado, y así es mucho más fácil sentirlo todo. Mis labios están hinchados, empapados, latiendo. Deslizo un solo dedo entre ellos, arriba y abajo, arriba y abajo, sin presión, solo reconociendo el terreno.
Todo resbala. Está tan suave que el dedo se mueve solo, como si la propia humedad marcara el ritmo. Cierro la palma de la mano y acaricio de abajo hacia arriba, abarcándolo todo, presionando apenas.
Cuando llego al final del recorrido, la punta de los dedos roza mi clítoris y un escalofrío me sube de golpe hasta las terminaciones del pecho. Las piernas me tiemblan un segundo. Tengo que parar para respirar.
Vuelvo a pensar en el hombre. No aparta la vista de la pantalla. Está reconstruyendo cada gesto en su cabeza, imaginando esta mano que ahora mismo se mueve mientras él lee. Saberlo me enciende todavía más.
Ahhh.
Empiezo a dibujar círculos sobre el clítoris. Lentos al principio, apenas un roce. Abro un poco la boca y dejo salir el aire por ella, despacio, como quien intenta no hacer ruido aunque esté sola.
Cada vez está más duro, más sensible. Lo atrapo entre dos dedos mojados y lo muevo con cuidado, hacia un lado y hacia el otro, midiendo cuánta presión aguanto sin que sea demasiado.
***
Siento cómo todo por dentro empieza a dilatarse, a abrirse, a pedir. Hago fuerza y contraigo los músculos a propósito. Esa contracción manda una descarga que me recorre las piernas y vuelve directa al centro.
Un gemido leve se me escapa entre los labios. No lo controlo. Sale solo, igual que la humedad, igual que las ganas.
Pienso otra vez en él. Quiero imaginar que ahora sí se está acariciando la erección mientras lee, que llegó a ese punto en el que ya no puede solo mirar las palabras, que necesita acompañarme.
Ufff.
Sin más rodeos me meto un dedo, lo más adentro que puedo, hasta que los nudillos se mojan al llegar al tope. Estoy empapada, pero me siento increíblemente bien, dueña de cada centímetro de lo que estoy haciendo.
Con la palma hago presión sobre el clítoris mientras muevo el dedo de adentro en pequeños círculos. La base de la mano roza y aprieta justo donde necesito, y el dedo busca ese punto que me hace cerrar los ojos.
Dios. Otro gemido. Más largo esta vez.
Quiero más. Quiero sentir más, llenarme más. Saco el dedo y me lo llevo a la boca. Está salado, espeso, mío. Lo chupo despacio y luego sumo otro, dejando los dos entre la lengua y el paladar.
Lamo, paso la lengua entre ellos, los ensalivo bien. Me gusta probarme, me gusta esa parte sucia y honesta de hacerlo sin testigos, sabiendo que después lo voy a contar.
Vuelvo a pensar en el hombre. A estas alturas ya está muy excitado, leyendo con una mano y tocándose con la otra. Lo imagino tan claro que se me corta la respiración, y entonces me meto los dos dedos de golpe.
El aire se me acelera. Noto la suavidad caliente de mi interior abrazando los dedos, todo resbaladizo, todo vivo. Empiezo a meter y a sacar, primero lento, encontrando el ángulo.
***
Escucho el sonido de mis fluidos con cada movimiento. Ese ruido húmedo, descarado, que solo aparece cuando estoy de verdad al límite. Me excita tanto escucharlo que tengo que morderme el labio.
Saco los dedos y vuelvo al clítoris, dibujando círculos rápidos. Todo está tan mojado que resbalo sin esfuerzo, sin fricción, solo placer puro acumulándose en un punto.
Me está costando seguir escribiendo a la vez que me toco. Las manos se me confunden, las palabras se me escapan, pero no quiero parar de contarlo. Quiero que tú lo leas exactamente mientras pasa.
Acelero sobre el clítoris. Estoy jadeando sin disimulo, con la espalda arqueada y los talones clavados en el colchón. Vuelvo a meter los dos dedos y suenan otra vez, entrando y saliendo.
Joder.
No puedo parar. Encuentro el ritmo perfecto, el que hace que cada embestida de mis propios dedos coincida con la presión exacta de la palma sobre el clítoris. Todo encaja. Todo empuja hacia el mismo sitio.
Ya casi llego. Aumento la velocidad. Noto esa presión rara, las ganas que se confunden con las de ir al baño, esa señal que conozco y que significa que estoy a un paso.
Sigo. No aflojo. Pienso en él leyendo justo esta línea, en ti leyendo justo esta línea, y eso es lo que termina de empujarme.
Entonces siento la explosión. Una descarga de contracciones que estalla desde el centro y se reparte por todo el cuerpo, ola tras ola, sin que yo pueda hacer nada salvo dejarme arrastrar.
Un gemido fuerte, descontrolado, se me escapa de la boca. No me importa. Estoy sola y al mismo tiempo me siento mirada, deseada, leída.
Me quedo unos segundos inmóvil, con los dedos todavía dentro. Siento los latidos de mi corazón ahí abajo, las últimas contracciones apretando despacio, soltando, apretando, como si no quisieran terminar.
Respiro hondo. Sonrío sin querer. Acabo de tener el mejor orgasmo en solitario de toda mi vida, y lo único que tenía en la cabeza eran las personas que me leen y la idea de transcribir, en tiempo real, exactamente cómo me masturbo.
***
Sigo tumbada, con la mano todavía entre las piernas y la respiración volviendo poco a poco a la normalidad. La pantalla brilla sobre mi cara con todas estas palabras que acabo de escribir mientras me corría.
Y pienso en ti. En que tal vez llegaste hasta aquí con una sola mano, igual que yo. En que quizá ahora mismo estás recuperando el aliento, igual que yo.
Espero que, si has leído esto, lo hayas disfrutado tanto como yo lo disfruté escribiéndolo. Porque la verdad, y no me da vergüenza decirlo ya, esto fue gracias a ti. A la idea de ti. A que existieras del otro lado, leyéndome.
La próxima vez que escriba, voy a estar pensando exactamente en este momento. En que alguien, en algún sitio, se dejó llevar conmigo. Y solo de imaginarlo, te juro que ya empiezo a sentir otra vez ese cosquilleo familiar.