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Relatos Ardientes

La tarde que entré sola a la tienda erótica

Había salido a buscar ropa al centro, sin más plan que matar la tarde entre vidrieras. El calor pegaba contra el asfalto y yo caminaba sin rumbo por la calle principal, esa que se llena de gente a media tarde y donde nadie repara en nadie. Fue entonces cuando pasé frente a la tienda.

La conocía de vista. Había pasado por delante decenas de veces sin detenerme, con la mirada fija hacia adelante, como si mirar la vidriera fuera a delatarme. Esa tarde, en cambio, me quedé parada en la vereda más tiempo del que pensaba. Las luces tenues, los maniquíes con encaje, ese aire de cosa prohibida que la hacía irresistible.

¿Será como lo veo en internet?, pensé.

Tomé aire y empujé la puerta antes de arrepentirme.

Adentro olía a algo dulce, a incienso quizá, y sonaba música suave de fondo. Una chica detrás del mostrador me saludó con una naturalidad que me desarmó la vergüenza de golpe. No era el antro turbio que imaginaba: era luminoso, ordenado, casi como cualquier boutique. Respiré y me animé a caminar.

En la entrada vendían lencería. Me detuve frente a un conjunto de encaje negro, lo toqué entre los dedos, imaginé cómo me quedaría. Más allá, una pared entera de películas con portadas que iban de lo ridículo a lo francamente excitante. Me reí sola de algunas, me quedé mirando otras más de la cuenta.

Seguí caminando hacia el fondo, donde estaban las cosas para nosotras. Y ahí me quedé.

Había de todo, en colores, tamaños y formas que ni sabía que existían. Pasé la mano por una estantería entera de vibradores, leyendo etiquetas, calculando, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso solo de mirar. Nunca me había comprado uno. Siempre lo había postergado, como si fuera algo que las demás hacían y yo no.

Y entonces lo vi.

Un consolador grande, grueso, con relieve, de un tono cálido que casi parecía piel. Tenía una ventosa en la base para fijarlo donde una quisiera. Lo levanté, lo sopesé en la mano, sentí su firmeza y se me secó la boca. Era exactamente lo que no sabía que estaba buscando.

—¿Te ayudo con algo? —preguntó la chica del mostrador, acercándose sin presionar.

—Estoy mirando —dije, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba—. Es mi primera vez acá.

—Se nota que sabés lo que querés —respondió con una sonrisa cómplice, y señaló un par de cosas más—. Si te llevás eso, vas a querer lubricante. Y esto —agregó, tomando una pequeña cápsula vibradora— es para empezar despacio.

Terminé saliendo con el consolador, la bala vibradora, un plug y un frasco de lubricante. Pagué con las mejillas ardiendo y una sonrisa que no podía disimular. En la bolsa, envuelto en papel discreto, llevaba toda una tarde de placer que me iba a dar yo misma. Caminé hasta el auto apretando la bolsa contra el pecho, excitada de solo pensarlo.

***

Llegué a casa y dejé la bolsa sobre la cama como quien guarda un secreto. Bajé las persianas hasta que el cuarto quedó en penumbra, con esa luz dorada de la tarde colándose por las rendijas. No había nadie. Toda la casa era mía, todo el tiempo era mío.

Me metí a la ducha primero. Dejé que el agua caliente me corriera por la espalda, por los pechos, entre las piernas, y me tomé el tiempo de pasarme las manos enjabonadas despacio, sin apuro, despertando cada centímetro de piel. Para cuando cerré la canilla ya estaba temblando por dentro.

Salí sin secarme del todo y me tiré en la cama con el cuerpo todavía húmedo. Abrí la bolsa. Saqué cada cosa y las acomodé sobre la sábana como si fueran un tesoro. La bala vibradora fue lo primero que tomé.

La encendí. Tenía varias intensidades, y empecé por la más baja, apenas un cosquilleo. Me la pasé por los pezones, sintiendo cómo se endurecían, y bajé despacio por el vientre hasta apoyarla justo donde más lo necesitaba. El primer contacto me arrancó un suspiro largo. Fui subiendo la velocidad de a poco, jugando, alejándola cada vez que sentía que estaba demasiado cerca, alargando el momento solo porque podía.

No tenía apuro. Nadie esperándome, nadie marcándome el ritmo. Subí la intensidad al máximo, separé más las piernas y me dejé ir. El orgasmo me sacudió de adentro hacia afuera, lento y profundo, y me quedé un rato tendida, respirando agitada, con una sonrisa boba en la cara.

Pero estaba recién empezando.

Me puse en cuatro sobre la cama. Tomé el lubricante y unté el plug con generosidad, sintiendo el frío del gel contra la piel caliente. Me lo fui metiendo poco a poco, conteniendo la respiración, dándome tiempo a acostumbrarme a cada centímetro hasta que entró del todo. La sensación de tenerlo ahí, esa presión firme y constante, me tenía al borde otra vez.

Estiré la mano y agarré el consolador. Lo apoyé contra el espejo del placard, presioné la ventosa hasta sentir que quedaba bien fijo, y lo cubrí de lubricante. Me acomodé frente a él, todavía en cuatro, mirándome en el reflejo. Verme así, lista, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada, me excitó tanto como lo que estaba por hacer.

Me acerqué y lo guié dentro de mí, despacio. Apreté los dientes con la primera embestida, y después fui empujando las caderas hacia atrás, tomándolo cada vez más adentro hasta que lo sentí entero. Solté un gemido contra la almohada. Se sentía increíble, ese llenado completo, esa firmeza que no cedía.

Empecé a moverme. De atrás hacia adelante, marcando yo el ritmo, ganando confianza con cada vaivén. Me miraba en el espejo y me gustaba lo que veía. Con el plug puesto la sensación se duplicaba, cada movimiento empujando contra esa otra presión, y sentía cómo me iba mojando más y más con cada embestida.

Así me gusta, pensé. A mi manera.

Y sin querer me acordé de Damián. De cómo me agarraba de las caderas justo así, de su manera de hablarme bajito al oído mientras me hacía el amor de espaldas. Y de Tobías, que era todo lo contrario, paciente, lento, capaz de tenerme al borde durante una hora entera. Los dos me habían enseñado algo, pero esa tarde no necesitaba a ninguno. Esa tarde me bastaba conmigo.

***

Me acosté de espaldas. Saqué el consolador de la ventosa y lo tomé con la mano. Abrí las piernas, me miré un segundo y me lo metí de nuevo, esta vez rápido, penetrándome con un ritmo que yo controlaba a la perfección. Con la otra mano me acariciaba los pechos, tiraba apenas de los pezones, jugaba con esa mezcla de dolor leve y placer que me volvía loca.

La cama crujía bajo mi cuerpo. Yo solo escuchaba mi propia respiración, mis gemidos cada vez menos contenidos, el sonido húmedo de cada embestida. Aceleré. Cerré los ojos y me concentré en esa ola que crecía, que subía desde el vientre, que amenazaba con desbordarme.

El segundo orgasmo me llegó con fuerza, arqueándome la espalda, dejándome sin aire. Me quedé temblando, con el consolador todavía dentro, sintiendo las últimas réplicas recorrerme entera. Tardé un buen rato en aflojar las piernas.

Podría haber parado ahí. Cualquier otra noche habría parado ahí, satisfecha. Pero algo en esa tarde me había soltado por completo, y quería más.

Me senté en el borde de la cama, todavía agitada, y apoyé el consolador sobre el banco de madera que tengo frente al tocador. Lo fijé bien con la ventosa, le agregué más lubricante y me coloqué encima, de cuclillas, sosteniéndome con los muslos. Esta vez quería sentirlo de otra forma.

Me quité el plug despacio, con un gemido, y me fui bajando sobre el consolador centímetro a centímetro. La penetración desde ese ángulo era distinta, más profunda, y me tuve que detener varias veces para acostumbrarme. Cuando por fin lo tuve entero, empecé a subir y bajar, apoyándome en los muslos, marcando un ritmo lento que fui acelerando.

Con una mano libre tomé otra vez la bala vibradora y me la apoyé justo donde la necesitaba mientras me montaba. La combinación me nubló la vista. Subía y bajaba, el vibrador zumbando contra mí, los muslos ardiéndome del esfuerzo, y aun así no quería parar. Me mordí el labio, eché la cabeza hacia atrás y me dejé arrastrar.

El tercer orgasmo fue el más intenso de todos. Me sacudió de pies a cabeza, me arrancó un grito que rebotó contra las paredes vacías de la casa, y me dejó deshecha, sudada, sin fuerzas. Me deslicé hacia un costado y me quedé tirada en el piso alfombrado, riéndome sola entre jadeos, incapaz de moverme.

***

Cuando recuperé el aliento, me quedé mirando el techo un largo rato. Tenía el cuerpo flojo, esa pesadez deliciosa de después, y una sensación nueva que me costaba nombrar. No era solo el placer. Era haberme dado permiso. Haber entrado a esa tienda, haber elegido yo, haberme tomado la tarde entera para mí sin pedirle nada a nadie.

Junté mis juguetes nuevos, los limpié con cuidado y los guardé en un cajón, mi cajón, ahora con secretos propios. Me prometí que no iba a ser la última vez. Que cada vez que lo necesitara, que cada vez que quisiera, iba a tener esa tarde a mi disposición.

Esa noche dormí como hacía tiempo que no dormía, profundo y en paz. Y al día siguiente, al pasar otra vez por la calle principal, ya no aparté la mirada de la vidriera. La sostuve. Sonreí. Porque ahora sabía exactamente lo que había del otro lado de esa puerta, y sabía que volvería a cruzarla cuando se me antojara.

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Comentarios (5)

NoviaDeNadie27

Que valiente ella! yo nunca tuve el coraje de entrar sola a una de esas tiendas, siempre me frenaba la verguenza jaja. Buenisimo relato.

Flopa99

excelente!!!

lectora_ansiosa

me encanto, se nota que fue escrito con sentimiento. Esperando el siguiente.

CarlaRq_lect

Muy bien narrado, esa tension de entrar sola sin saber que esperar... se siente muy real. Bravo.

Sonia_mdq

Buenisimo, me recordo a la primera vez que entre a un local asi. Pura adrenalina jaja

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