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Relatos Ardientes

Sola en casa, imaginé que alguien me observaba

Me gusta estar cómoda y libre dentro de mi propia casa. Me gusta, sobre todo, esa sensación tonta y deliciosa de pensar que alguien, en algún lugar, podría estar mirándome sin que yo lo sepa. No es miedo. Es otra cosa. Es la idea de ser deseada cuando me creo a solas.

Esa tarde volví de la universidad agotada. Había sido una jornada larga de clases que no me dejaron nada, profesores hablando de cosas que se me escurrían de la cabeza, pasillos llenos de gente apurada. Subí los tres pisos hasta el departamento que comparto con Tomás y, al cerrar la puerta detrás de mí, sentí que por fin el mundo se quedaba afuera.

Dejé caer la mochila en el recibidor. No había nadie. Él estaba trabajando, como cualquier día de la semana, y no volvería hasta tarde. La casa estaba ordenada, el aire fresco entraba por la ventana entreabierta, y todo tenía esa quietud que solo existe cuando una sabe que tiene horas enteras para sí misma.

Me empecé a quitar la ropa ahí mismo, en mitad del living, sin preocuparme por nada. Primero la blusa, que dejé sobre el respaldo del sillón. Después el pantalón, que cayó al suelo y ahí se quedó. Me solté el pelo, que llevaba todo el día atado, y respiré hondo al sentirlo suelto sobre los hombros. Me quedé solo con una braguita de algodón, de esas cómodas, nada especial, y aun así me sentí distinta. Más yo.

Me estiré frente al ventanal. Levanté los brazos, arqueé un poco la espalda, y por un segundo me imaginé que alguien, desde algún edificio de enfrente, estaba siguiendo cada uno de mis movimientos. La idea me hizo sonreír. No corrí la cortina. La dejé como estaba.

Me dejé caer en el sofá y prendí el televisor más por costumbre que por ganas. Pasé canales sin detenerme en ninguno. La luz de la pantalla parpadeaba sobre mi piel desnuda y yo apenas la miraba. Estaba pensando en otra cosa.

Encendí uno de esos cigarrillos que dan risa, de los que guardo para las tardes en que nadie me espera. Le di una pitada larga, retuve el humo, lo solté despacio hacia el techo. Poco a poco todo se volvió más lento, más tibio, más sensible. El cuero del sofá contra mi espalda, el aire rozándome los muslos, el latido sordo de mi propio pulso.

Casi sin pensarlo, llevé una mano a mis pechos. Empecé a acariciarlos en círculos lentos, sintiendo cómo los pezones se me ponían duros bajo la yema de los dedos. Apreté los muslos con suavidad, contraje el sexo, y una corriente cálida me subió por el vientre. Era totalmente excitante, y eso que recién empezaba.

Subí una mano hasta la boca y me metí un dedo entre los labios. Lo humedecí despacio, jugando con la lengua, sin apuro. Después lo bajé por el cuello, por el medio del pecho, por el ombligo, hasta detenerme justo sobre la tela de la braguita.

Me gusta dejármelas puestas e imaginar que es él quien las corre hacia un lado.

Cerré los ojos y lo vi. No del todo, apenas una sombra de hombre arrodillado entre mis piernas, una respiración cálida sobre mi piel, unos dedos que se abrían camino con paciencia, como si tuviéramos toda la noche. Pasé mi propio dedo por encima del algodón y lo sentí empapado. No creí estar tan mojada. Me sorprendió a mí misma.

Corrí la tela hacia un costado. Toqué la carne tibia y resbaladiza, recogí un poco de mi humedad y me llevé los dedos a la boca. Me probé. Un sabor apenas dulce, mío, íntimo. Me pregunté si a él, al de mi cabeza, le gustaría que supiera así. La sola pregunta me apretó algo por dentro.

***

Volví a bajar la mano y mojé todo mi sexo con mis propios fluidos, pasando los dedos despacio para lubricarlo bien. Primero uno, deslizándolo apenas por la entrada. Después dos, abriéndome un poco más. Después tres, hundiéndolos del todo y moviéndolos lento, sintiendo cómo cedía mi cuerpo a cada empuje.

Con la otra mano me apreté los pechos con fuerza, casi con rabia. Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo y dejé salir un gemido ahogado que no esperaba. La casa vacía lo devolvió como un eco diminuto, y eso me gustó todavía más. Nadie me oía. Nadie me veía. O eso creía yo, que era justo lo que me ponía.

Mi respiración se aceleró. Los jadeos empezaron a llenar la sala, ese sonido ronco y entrecortado que sale solo cuando una se olvida de controlarse. Sentí el placer recorrerme entera, una temperatura que crecía desde el centro y se desbordaba hacia las piernas. El clítoris se me había puesto hinchado y durísimo, pidiendo atención, exigiéndome que no parara.

Y no paré. Jugué un buen rato, alternando el ritmo. A veces movía los dedos rápido, hasta hacerme temblar, y entonces aflojaba justo antes del borde para no terminar tan pronto. Otras veces iba lento, casi cruel conmigo misma, prolongando cada sensación. Me pellizqué un pezón con fuerza y solté un quejido. Cuando me miré los pechos, estaban rojos, marcados por mis propias manos.

¿Y si él entrara ahora y me encontrara así?

La idea me atravesó como una descarga. Lo imaginé parado en la puerta del living, con las llaves todavía en la mano, mirándome sin decir nada. Yo no me detendría. Lo dejaría mirar. Le sostendría la mirada mientras seguía tocándome, dejándole ver exactamente cuánto lo deseaba, cuánto podía hacerme sentir yo sola pensando en él.

Tomé una almohada y la metí entre mis piernas. Apreté el clítoris contra la tela y empecé a moverme encima, en círculos pequeños, frotándome despacio para no acabar de golpe. La fricción era perfecta, suave y firme a la vez. Mientras tanto volví a introducir dos dedos, profundo, y sentí cómo la funda de la almohada se humedecía contra mi piel.

Sin darme cuenta dejé caer un hilo de saliva sobre mi propio pecho. Me dio igual. Estaba en otro lado, en ese estado en que el cuerpo manda y la cabeza solo obedece. Me dejé ir un poco, sin contenerme, sintiendo cómo todo dentro de mí se tensaba y se aflojaba en oleadas.

***

Me quedé un rato largo en ese juego, al borde y de vuelta, al borde y de vuelta, hasta que el cuerpo entero me vibraba de pura tensión acumulada. Cada vez que me acercaba al final lo aplazaba a propósito, porque sabía que cuanto más lo hiciera esperar, más fuerte iba a romper después. Era una crueldad dulce conmigo misma, y la disfrutaba como pocas cosas.

Necesitaba más. Aparté la almohada, me di vuelta y me puse en cuatro patas sobre el sofá. Los pezones me rozaban la tela cada vez que me movía, y esa caricia involuntaria me erizaba toda la espalda. Llevé una mano de nuevo entre las piernas, por detrás, y seguí tocándome desde ahí, en una postura que me hacía sentir más expuesta, más ofrecida, como si de verdad alguien estuviera detrás de mí mirándolo todo.

Me moví como loca. Arqueé la espalda, bajé el pecho contra el asiento y subí las caderas, buscando el ángulo exacto. Sentí mis fluidos bajar por la cara interna de los muslos, sentí el cuero del sofá tibio y resbaladizo debajo de mí. Toda yo estaba mojada y no podía parar de gemir, y ya ni siquiera intentaba bajar la voz.

En mi cabeza, él ya no miraba desde la puerta. Se había acercado. Me sujetaba las caderas con las dos manos, hundía la cara entre mis piernas, me lamía despacio mientras yo me seguía masturbando para él. Le oía la respiración, le sentía el calor del aliento. La fantasía era tan nítida que casi podía tocarla.

Involuntariamente, mis caderas empezaron a moverse solas, sin que yo pudiera contenerlas. Las sentí buscar el placer por su cuenta, empujándose contra mis propios dedos, marcando un ritmo que ya no decidía yo. Reconocí la señal. El orgasmo que tanto anhelaba venía subiendo desde lo más hondo, imparable.

Lo dejé llegar. Di un grito largo, sin pudor, mientras sentía el abdomen contraerse en espasmos y todo el cuerpo sacudirse con una fuerza que me dejó sin aire. Me vine con tanta intensidad que por un segundo no supe dónde estaba, solo el latido brutal entre las piernas y un calor que se desbordaba en cada rincón de mi piel.

Me quedé un momento así, en cuatro patas, temblando, hasta que las rodillas me cedieron. Entonces me dejé caer de costado sobre el sofá, intentando controlar el desastre en que se había convertido mi respiración. Tenía el pecho subiendo y bajando, los músculos flojos, una sonrisa boba que no me podía quitar.

***

Abrí los ojos despacio. La pantalla del televisor seguía parpadeando, indiferente, con el volumen tan bajo que nunca lo escuché. La luz de la tarde había cambiado de color, más anaranjada, más blanda, entrando de costado por el ventanal que ni siquiera había cubierto.

Estaba hecha un desastre, y me encantaba. Mis dedos, mi cuerpo, mi sexo, la almohada, el cuero del sofá: todo mojado, todo tibio, todo marcado por la última media hora. Sonreí satisfecha y me quedé quieta, abierta, cansada y gozando todavía de los últimos coletazos del placer.

Giré apenas la cabeza hacia el ventanal sin cortina y pensé, con un escalofrío delicioso, que tal vez, solo tal vez, alguien desde el edificio de enfrente había alcanzado a verme. Quise creer que sí. Quise creer que en ese mismo momento, alguien intentaba en vano apartar la vista de la chica del tercer piso que se había olvidado de correr la cortina.

La idea me hizo apretar los muslos otra vez, todavía sensible. Sonreí de nuevo, sola en mi casa, libre y desnuda, sabiendo que esa fantasía iba a volver, tarde o temprano, la próxima vez que me encontrara peligrosamente sola.

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Comentarios (6)

ValeriaQ

Que relato tan buenisimo!! me encanto desde el principio.

Tomas_lec

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

Morenita_Cba

Me recordo mucho a una tarde que yo tuve algo parecido en mi cabeza, esas fantasias con el voyerismo son increibles. Gracias por escribirlo tan bien.

MarisolP

Excelente!!! sigue asi

NightReader_AR

Lo que mas me gusto es que no hace falta que sea algo real para que funcione, la imaginacion tiene mucho poder y vos lo captaste perfecto en este relato. Se siente muy creible y se hace corto, esperando mas cosas tuyas.

Rusito_87

jajaja la idea de imaginarse observada en tu propia casa, muy original. Admito que me engancho igual jeje

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