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Relatos Ardientes

Me grabé a solas y mi marido me devolvió la sorpresa

El sexo es una de las pocas cosas de la vida que no admite mentiras. Puedes fingir muchas cosas, pero no el modo en que el cuerpo se abre cuando de verdad quiere. Yo aprendí eso hace años, y desde entonces dejé de tenerle vergüenza al deseo, venga de donde venga: de un hombre, de una mujer o de mis propias manos en una tarde cualquiera.

Con Bruno aprendí casi todo lo demás. Llevamos juntos el tiempo suficiente como para conocernos de memoria y, aun así, tiene la rara virtud de sorprenderme cuando menos lo espero. La gente que lo conoce coincide conmigo: es un hombre fuera de lo común. Si exagero al hablar de él, es porque me lo ha ganado.

Una de nuestras costumbres más privadas es grabarnos. A veces lo hace él mientras yo me toco; otras veces estamos los dos, o hay alguien más con nosotros. Después, cuando la casa queda en silencio, me gusta volver a verme. No es vanidad. Es otra cosa. Verme de fuera, descubrir qué cara pongo cuando creo que nadie me mira, me excita de una forma que todavía no sé nombrar del todo.

Tenemos una colección entera de esas tardes. Cuando algún amigo de confianza viene a cenar y la conversación se vuelve densa de vino y de miradas, a veces pongo alguna. Nunca falla. Lo que empieza como una cena termina siendo una de esas noches que después nadie cuenta pero todos recuerdan.

***

Aquella tarde, sin embargo, estaba sola. Había tenido una mañana larga en el estudio, demasiadas llamadas, demasiada gente, y al volver a casa las tareas de siempre me terminaron de vaciar. Me dejé caer en el sillón con una copa a medias y, casi sin pensarlo, busqué en la pantalla una de las grabaciones viejas.

Elegí una en la que estábamos Bruno y yo con Marina. Un trío que recuerdo como uno de los mejores, no tanto por lo que hicimos sino por cómo nos reímos antes y después. La puse desde el principio, desde los preámbulos, cuando todavía estábamos vestidos y todo era anticipación.

No tardé en notar el cosquilleo de siempre. Esa corriente que me sube por el vientre y me avisa de que no voy a poder quedarme quieta. Antes de empezar a tocarme me levanté, tomé la cámara pequeña que guardamos en el mueble y la coloqué frente al sillón, en el ángulo justo. Si iba a hacerlo, lo iba a guardar.

Volví a sentarme y dejé que la película hiciera su trabajo. En la tele, Marina se reía de algo que Bruno le decía al oído. Yo me pasaba la mano por encima de la blusa, apenas rozándome los pechos, sintiendo cómo la tela empezaba a estorbar. Apoyé los pies en la mesa baja y abrí las piernas hacia el objetivo, todavía con el tanga puesto, que ya empezaba a delatarme.

Con una mano seguía entretenida arriba; con la otra empecé a buscar el camino de abajo, despacio, sin prisa. La imagen de Marina y Bruno desnudos sobre la cama hacía que el calor creciera por dentro. Es absurdo ponerse celosa de una misma, pensé, y me reí sola.

La ropa se volvió insoportable. Me quité la blusa primero, después la falda. Aun así no era suficiente. El sujetador cayó al suelo y mis pezones, sensibles a la mínima caricia, pedían más atención de la que las dos manos podían repartir. Pero abajo tampoco quería esperar, y entre los dos frentes encontré un ritmo que empezaba a desbordarme.

El tanga fue lo último. Lo dejé caer al borde del sillón y abrí las piernas del todo para la cámara, sin pudor, separando con los dedos lo que tantas veces escondo. Busqué el clítoris con la yema y lo froté con la paciencia de quien conoce su propio cuerpo, hasta que dejó de esconderse y salió a buscarme.

Los dedos iban cada vez más rápido. El primer orgasmo siempre es el que más se hace de rogar, el que pide insistencia, y se lo di. Cuando llegó, me arqueé en el sillón con los ojos cerrados, escuchando de fondo los gemidos grabados de aquella otra tarde.

***

No me bastó. Casi nunca me basta el primero.

Cambié de postura. Me recosté a lo largo del sillón, medio incorporada, una pierna sobre el respaldo y la otra con el pie en el suelo, abierta de par en par para que el objetivo no se perdiera nada. Volví a frotarme, y esta vez dejé que un dedo entrara a buscar ese punto que la naturaleza nos puso a las mujeres como un secreto bien guardado. Lo encontré, lo presioné con conocimiento, y el segundo me llegó más hondo que el primero.

Seguía sin tener suficiente. Me puse de rodillas sobre el asiento, la cabeza apoyada en lo alto del respaldo, y abrí las piernas con una desvergüenza que me dio risa y placer a partes iguales. Mientras un dedo trabajaba dentro, el otro orificio empezó a reclamar el mismo trato, esa simetría que el cuerpo a veces exige sin pedir permiso.

Me mojé los dedos, acaricié con cuidado, lubriqué bien y entré despacio, lo más profundo que pude. Lo movía adentro y afuera, descansaba, volvía. Y mientras tanto giraba la cabeza hacia la pantalla, donde Bruno entraba en Marina por detrás y yo, en aquel recuerdo, la besaba en la boca con la mano perdida entre sus piernas.

Tanta imagen, tanto recuerdo encima del presente, hicieron que el tercero llegara casi sin esfuerzo. Pero todavía guardaba uno más.

Me tumbé de nuevo, esta vez concentrada del todo en aquel punto rugoso del interior. Dos dedos, la presión justa, la furia que la postura me permitía. Sentí cómo todo se tensaba, cómo el cuerpo se me iba de las manos. Levanté las caderas del sillón, arqueé la espalda como si persiguiera una penetración que no estaba, y entonces ocurrió.

Un chorro tibio salió de mí y empapó la toalla que, previsora, había puesto debajo. Me quedé temblando, con los dedos marcados de un sabor y un olor que reconozco como míos. Me lamí la mano despacio, como hacen los gatos cuando se limpian, saboreando esa pureza que solo da el placer recién terminado.

Descansé un rato largo. Después apagué la cámara, descargué las imágenes en un disco nuevo y lo guardé para verlo más adelante, con calma. Con Bruno, seguramente.

***

Dos días después le propuse ver el contenido de aquel disco. A Bruno le encanta verme a solas, así que aceptó en cuanto terminó de servir un par de copas en la mesita del salón. Se sentó a mi lado, me pasó el brazo por los hombros y le di al play, dispuesta a mostrarle mi tarde de lujuria.

En lugar de mi cuerpo, lo primero que apareció en la pantalla fue el suyo.

Me quedé congelada. Pensé que me había equivocado de disco. Pero no: Bruno ya había visto mi grabación a solas, y a continuación, sin decirme nada, había filmado la suya. Estaba todo en la misma cinta, lo mío primero y lo suyo después, como una respuesta.

—Pensé que era justo —dijo, sin quitar los ojos de la pantalla—. Tú me regalaste la tuya. Te debía la mía.

Lo miré, miré la tele, volví a mirarlo. No supe qué decir, así que no dije nada.

En la imagen, Bruno se tocaba con una lentitud que yo no le conocía. El miembro firme, erecto, depilado con cuidado, el cuerpo entero limpio de vello, todo aquello tenía una belleza que en directo, con las prisas, nunca me había detenido a mirar. Recorría su pene de arriba abajo, se detenía en la punta, apretaba y soltaba, bajaba hasta la base y volvía a empezar.

Aquellas imágenes me hicieron lo mismo que a él le habían hecho las mías. Empecé a tocarme otra vez, ahí, en el sillón, bajo su mirada que se había vuelto lasciva y atenta a la vez. Él se daba cuenta de lo que me provocaba y eso lo encendía más.

En la grabación, Bruno se acomodó con las piernas sobre el asiento y la espalda en el respaldo. De entre los cojines sacó un consolador fino, lubricado, y separó las piernas para dejarlo entrar despacio, pausado, con una elegancia que me dejó sin aire. Verlo entregarse así, sin nadie delante, solo para la cámara y para mí, fue más íntimo que cualquier cosa que hubiéramos hecho juntos.

No aguanté más. Me giré hacia él y dejé que me desnudara con esa maestría suya de quien conoce cada botón y cada cierre de mi ropa. La pantalla seguía corriendo a un lado, pero ya no la mirábamos.

Me puse a cuatro patas sobre el sillón, abrí las piernas y le ofrecí el cuerpo entero. Bruno se acomodó detrás de mí y entró despacio, y lo que vino después no necesitó cámara ni recuerdo ni pantalla. Solo nosotros dos, devolviéndonos la sorpresa de la mejor manera que sabemos.

Esa cinta nunca se la enseñamos a nadie. Hay tardes que se cuentan en una cena, con vino y miradas cómplices. Y hay otras, como esta, que se guardan para volver a verlas a solas, cuando la casa queda en silencio y a una le vuelve el cosquilleo de siempre.

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Comentarios (5)

Valeria_P

Que final tan inesperado!!! Me quede con la boca abierta jajaja

fede_lector

Por favor necesito una segunda parte, me dejo con muchas ganas de saber como siguio todo

LectoR_Salta

Buenisimo el giro que le metes al final. Uno se imagina una cosa y resulta siendo otra completamente distinta, muy bien jugado

GabiRosario_R

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo, esa sensacion de descubrir algo que no esperabas en absoluto. Muy bien contado, se siente real.

curiosoMDP

Pregunta: y despues que paso entre los dos?? jajaja nos dejaste con el suspenso

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