Camila me pidió que lo hiciera solo para ella
Me llamo Bruno y esta es la primera vez que cuento esto en voz alta, aunque sea por escrito. Durante años lo guardé como un recuerdo que solo me pertenecía a mí, algo que sacaba de un cajón cuando estaba solo y nadie podía ver la sonrisa idiota que se me dibujaba. Hoy decidí escribirlo. Si alguien lo lee y le sirve para pasar un buen rato, mejor todavía.
Crecí en una zona rural, de esas donde no pasa nada y donde, al mismo tiempo, pasa todo. Sin internet decente, sin demasiada información, lo que sabíamos del sexo lo aprendíamos a los tropezones: una revista vieja que alguno conseguía a escondidas, conversaciones entre amigos llenas de mentiras, y mucha imaginación trabajando de noche cuando se apagaba la luz. Yo me dormía fantaseando con cosas que apenas entendía, y me despertaba con el cuerpo lleno de una urgencia que no sabía dónde poner.
El verano en que cumplí los diecinueve fue distinto. Ya no éramos los chicos torpes de antes: todos habíamos crecido, y de golpe las amigas de siempre se habían convertido en mujeres que me costaba mirar sin perder el hilo de lo que decían. Entre todas, la que me quitaba el sueño era Camila. Tenía una cara de inocencia que contrastaba con un cuerpo que ya no tenía nada de inocente, y lo peor era que ella no parecía darse cuenta del efecto que causaba. Eso la volvía todavía más imposible.
Una tarde de enero, un grupo bajamos al lago que quedaba detrás de los campos. Hacía un calor que partía las piedras. Las chicas llegaron casi al mismo tiempo que nosotros, y se metieron al agua con la ropa puesta, riéndose, salpicando, sin pensar demasiado. Yo no podía dejar de mirar a Camila. La remera mojada se le pegaba al cuerpo y dibujaba cada curva con una claridad que me dejó sin aire. Recuerdo la vergüenza de no poder salir del agua, de quedarme ahí parado fingiendo frío mientras por dentro me quemaba.
De vuelta a casa caminé con mi amigo Tomás por un sendero de tierra. Veníamos hablando de las chicas, de las remeras mojadas, de Camila sobre todo, y en algún momento la conversación se volvió otra cosa. Tomás se rio, me miró de costado y me dijo que él estaba igual de caliente que yo. Me propuso, medio en broma medio en serio, una apuesta: a ver quién aguantaba más sin terminar. No dije nada, pero el silencio fue un sí. Nos apartamos del camino, cada uno por su lado, y empezamos.
Se sentía increíble. Estaba tan metido en lo mío, con la imagen de Camila clavada en la cabeza, que tardé en notar que algo había cambiado. Cuando levanté la vista, ella estaba ahí. Parada a unos metros, al borde del sendero, con la remera todavía húmeda y los ojos fijos en nosotros. No se movía. No decía nada. Solo miraba.
Debería haber parado. Cualquiera habría parado. Yo no pude. La sorpresa, lejos de cortarme, me empujó al borde, y terminé ahí mismo, frente a ella, sin poder contenerme y sin querer hacerlo. Camila no apartó la mirada en ningún momento. Fue la primera vez que sentí lo que era acabar siendo observado, y fue, hasta el día de hoy, una de las cosas más intensas que viví.
***
Al día siguiente esperé lo peor. Que se lo contara a todos, que me convirtiera en el hazmerreír del pueblo, que su padre, que era el comisario, apareciera por mi casa. No pasó nada de eso. Nos cruzamos un par de veces y ella actuó como si no hubiera ocurrido. Nunca hablamos del tema. Lo enterré, o eso creí.
Pasaron los años. Camila salía con un amigo del grupo, y a mis ojos seguía siendo la más linda de todas: la inalcanzable, la que se miraba de lejos. Yo, mientras tanto, había acumulado alguna experiencia, nada del otro mundo, nada que se comparara con la electricidad de aquella tarde junto al lago.
Una noche de verano hubo una fiesta en casa de uno de los chicos. Tomamos de más, todos. En algún momento de la madrugada me quedé dormido en un sillón cerca de la pileta, y me despertaron unas voces muy cerca. Eran Camila y su novio. Estaban a unos pasos de mí, en plena penumbra, besándose con ganas. Él le besaba el cuello, le bajaba los tirantes del vestido, le apretaba las caderas contra las suyas. Me quedé inmóvil, conteniendo hasta la respiración, sin atreverme a moverme un milímetro.
En un momento él se levantó y dijo que iba a buscar algo de tomar. Cuando se alejó, Camila giró la cabeza despacio y me miró directo a los ojos. Casi se me detiene el corazón. Pensé que no me había visto, que estaba dormido, pero su voz baja me sacó la duda.
—¿Por qué tan tímido? —dijo, con media sonrisa—. Ya te vi una vez. ¿O creés que me olvidé?
No contesté. No tenía voz. Él volvió, demasiado borracho para notar nada, y siguieron en lo suyo. Yo me quedé ahí, atrapado entre la tortura y el deseo, mirando algo que no debía mirar y que no podía dejar de mirar.
***
Unos días después empezamos a hablar por chat. Al principio eran tonterías, mensajes sueltos, y de a poco la cosa fue subiendo de temperatura. Una noche me confesó que pensar en aquella tarde del lago la calentaba como pocas cosas. Que si no tuviera novio, capaz se daría la oportunidad de que pasara algo entre nosotros, pero que no podía. Lo que sí me confesó fue otra cosa: que le encantaba ver a un hombre tocarse. Que se lo había pedido a su novio y que él nunca había accedido.
Las charlas se volvieron una rutina y cada vez más intensas. Me pedía detalles. Qué sentía cuando lo hacía, en qué pensaba, si todavía usaba aquellas revistas viejas. Yo le contestaba todo, y la imaginaba del otro lado de la pantalla, mordiéndose el labio mientras leía. Hasta que una noche, no sé de dónde saqué el coraje, le tiré la propuesta.
—Vení a casa —le escribí—. Yo lo hago para vos. No te toco, no me tocás. No le sos infiel a nadie. Solo mirás.
Tardó en responder. Tanto que pensé que la había arruinado. Pero la respuesta llegó: «El sábado a la tarde».
***
Sinceramente no creí que viniera. Aun así me preparé, me bañé, ordené el cuarto como un idiota, miré el reloj cien veces. Cuando sonó el timbre se me heló la sangre. Me asomé a la ventana y era ella. Por un segundo se me nubló la vista. Una cosa era escribirlo, jugar con las palabras desde la seguridad de la pantalla; otra muy distinta era tenerla del otro lado de la puerta.
Le abrí. Los dos estábamos colorados, sin saber bien cómo saludarnos. Fuimos a mi habitación y nos sentamos en el borde de la cama, a una distancia prudente, como dos adolescentes en su primera cita.
—Me da un poco de vergüenza —dije, porque era verdad—. No es algo muy normal que digamos.
—Reconozco que es bastante raro —contestó ella, y los dos nos reímos. La risa aflojó el nudo del pecho.
—Estás hermosa hoy —solté, intentando romper el hielo.
Ella esquivó el cumplido con una pregunta.
—¿Me mostrás las revistas que usás?
Saqué una del cajón, la que más miraba. La abrió, la hojeó despacio y sonrió de costado, como si confirmara algo sobre mí.
Junté coraje y le dije lo único honesto que tenía para decir.
—Si querés que lo haga, vas a tener que darme algo. Así, solo, no me voy a poder concentrar.
—¿Y qué te gustaría ver? —preguntó, bajando la voz.
—Aquella tarde, en el lago, no había ninguna revista. Solo estabas vos con la remera mojada. Con eso me alcanzaba. Con eso me sobra todavía hoy.
Se quedó callada un momento, mirándome.
—Solo si prometés hacer únicamente lo que yo te diga —dijo—. Nada más.
Asentí. No habría prometido cualquier cosa con tal de que se quedara.
Camila se desabrochó la camisa con una lentitud que me pareció eterna. Botón por botón, hasta que la tela se abrió y aparecieron esos pechos que llevaba años imaginando. Eran exactamente como los recordaba de aquella tarde, o mejor. Me quedé sin palabras.
—Ahora te toca a vos —murmuró, recostándose un poco contra la pared, los ojos brillantes—. Empezá.
Me bajé el pantalón y dejé que viera todo. Su cara fue de asombro y de algo más, algo que no se molestó en disimular. Empecé despacio, mirándola a ella, dejando que su mirada hiciera la mitad del trabajo. Cada vez que sus ojos bajaban, yo sentía una descarga. Ella se mordía el labio, respiraba más hondo, y eso me volvía loco.
—Creo que te voy a ayudar un poco —dijo, casi en un susurro.
Llevó sus manos a sus pechos y empezó a acariciarse los pezones, lento, sin dejar de mirarme. Fue demasiado. Aguanté lo que pude, que no fue mucho, y terminé con la misma intensidad de aquella primera vez al borde del lago. Ella no apartó la vista ni un segundo, y en su cara había una mezcla de satisfacción y deseo que me acompañó muchas noches después.
Nos quedamos en silencio un rato, respirando fuerte, sin saber qué decir. Después se acomodó la camisa, me dio un beso en la mejilla y se fue, fiel a las reglas que ella misma había puesto. Nunca nos tocamos. Nunca le fui infiel a nadie. Y sin embargo fue de lo más íntimo que viví.
Esta es la primera de muchas tardes que pasaron entre Camila y yo. Pero esas las iré contando de a poco, otro día.