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Relatos Ardientes

El roce de los vaqueros me encendió toda la mañana

Todo empezó por culpa de mi gata y de unos vaqueros equivocados. Esa mañana me desperté tarde porque la aparté de la cama dos veces para robarle diez minutos más al despertador, y cuando por fin entendí que no iba a dejarme dormir, ya era demasiado tarde para elegir nada. Me puse lo primero que encontré tirado sobre la silla y salí corriendo, todavía con el pelo a medio recoger.

Llegué al estudio de diseño justo cuando los demás colgaban sus abrigos. Nadie me dijo nada, pero yo me sentía rara, descolocada, con la respiración aún acelerada por la carrera. Y había algo más. Los pantalones me apretaban de una forma que no recordaba. Habré engordado, pensé, y casi me reí sola en el ascensor.

No era eso. O no era solo eso.

Me senté frente al ordenador y, al cruzar las piernas para acomodarme, la costura del vaquero me presionó justo entre las piernas. Fue un segundo, apenas un roce, pero me dejó muy quieta. Volví a moverme, despacio esta vez, para comprobar si lo había imaginado. No lo había imaginado. La tela tensa me oprimía el clítoris cada vez que cambiaba de postura, y ese pellizco tibio empezó a subir por mi cuerpo como si tuviera vida propia.

Intenté concentrarme en el monitor. Tenía maquetas que entregar, correos sin responder, una llamada a las once. Pero cada movimiento me devolvía esa presión, y la presión me devolvía las ganas. Me descubrí balanceándome muy levemente sobre la silla, hacia delante y hacia atrás, fingiendo que estiraba la espalda mientras en realidad buscaba el roce.

Miraba a los lados sin parar. Mariela, en la mesa de enfrente, tecleaba con los auriculares puestos. El resto estaba absorto en sus pantallas. Nadie me miraba, nadie sospechaba que la chica callada del rincón se estaba poniendo cachonda con su propia ropa en mitad de una mañana de martes.

El calor me llegó a las mejillas. Me las notaba ardiendo, y la cara entera caliente, demasiado caliente. Ese calor recorría mi vientre muy despacio, sin prisa, acercándome a un sitio peligroso al que no debía llegar sentada en una oficina con la puerta abierta.

Y entonces me acordé de él. No de un hombre real: de un escritor.

Llevaba semanas siguiendo una serie de relatos en una web que visitaba a escondidas, siempre de noche, siempre con la luz apagada. Había un autor que escribía distinto a los demás. No corría hacia el sexo; lo demoraba. Describía cada encuentro con una paciencia que me volvía loca, deteniéndose en los detalles que los otros se saltaban: el temblor antes del primer beso, la forma exacta en que una mano se cierra sobre una muñeca. Yo lo esperaba como quien espera una carta.

Y justo esa semana había publicado el capítulo que llevaba un mes anunciando. El que más me importaba. El desenlace de la historia que me tenía atrapada.

Abrí la pestaña en el navegador, casi sin pensarlo. Ahí estaba el título, esperándome. Mi dedo se quedó sobre el ratón, dudando. Aquí no, me dije. Aquí no puedo. Si empezaba a leerlo en la oficina, sabía perfectamente cómo iba a terminar: con la mano metida entre las piernas en el cubículo, jugándome el trabajo por un orgasmo.

Cerré la pestaña. Iba a esperar. Iba a llegar a casa hambrienta de él, a leerlo con tiempo, a dejar que me calentara hasta el final. Siempre lo hacía. Con sus textos siempre acababa tocándome.

Pero el cuerpo no entendía de planes. Seguí balanceándome sobre la silla, despacio, con la respiración cada vez más corta, y en algún momento dejé de controlarlo. El roce de la costura, la imagen del capítulo sin leer, la idea de lo que me esperaba en casa: todo se juntó de golpe. Apreté los muslos, me agarré con fuerza al borde de la mesa y me dejé ir en un orgasmo silencioso que me sacudió entera, mordiéndome el labio para no hacer ningún ruido.

Me quedé inmóvil unos segundos, con el corazón a mil. Miré alrededor, aterrada. Mariela seguía con sus auriculares. Nadie había levantado la vista. Nadie sabía nada.

Pero el pantalón se me había empapado. Sentía la humedad fría contra la tela, delatándome. Me colgué la chaqueta de las caderas, dejando caer las mangas hacia delante para tapar la mancha, y respiré hondo. Lo que necesitaba ahora no era más oficina. Era irme a casa.

***

Aguanté hasta que el estudio empezó a vaciarse. En cuanto vi que solo quedábamos dos o tres, apagué el ordenador, me levanté con la chaqueta bien ajustada a la cintura y bajé al aparcamiento casi de puntillas. Me metí en el coche, conduje hasta casa con las piernas todavía apretadas y entré directamente por la puerta del garaje, sin encender ni una luz de más.

La excitación crecía con cada paso por el pasillo. Para cuando llegué a mi cuarto ya iba sin pensar, dejando ropa por el camino. ¿Qué se le habrá ocurrido esta vez?, me preguntaba. ¿Hasta dónde piensa llevarla? Ese escritor me había regalado tantas noches que ya lo sentía casi como un amante secreto, uno que solo existía en palabras.

Me quité la blusa y el vaquero por fin, y los tiré al suelo sin mirar. Me senté frente al portátil en ropa interior, con la piel erizada. Antes de buscar el relato me hice una promesa silenciosa: esta vez no iba a ser solo lectora. Esta vez iba a meterme dentro de la historia. Iba a ser ella, la protagonista, la que se dejaba atar y poseer por ese hombre que en cada capítulo disponía de su cuerpo a su antojo.

Levanté la pantalla, escribí la contraseña, abrí la página. Ahí estaba el capítulo nuevo, recién publicado. Lo leí entero de un tirón, rápido, casi sin entender, solo para saber adónde iba. Y volví al principio para leerlo otra vez, esta vez muy despacio.

El inicio era ella llegando a una cabaña aislada en mitad del bosque, inexperta, asustada y curiosa a partes iguales. Y él esperándola. Apoyé los dedos sobre la tela del tanga y empecé a acariciarme por encima, lento, siguiendo el ritmo de las frases.

Mi imaginación se despegó del texto enseguida. Ya no leía: veía. Me veía a mí entrando en esa cabaña, dejándome guiar por un hombre alto, de espaldas anchas, que me tomaba de la muñeca sin pedir permiso y me llevaba hasta la cama. Lo imaginaba atándome al cabecero, primero una mano, después la otra, comprobando los nudos con una calma que me erizaba la piel.

Y entonces, en mi cabeza, me quitaba la última prenda y me la metía en la boca. Mis propias bragas, como mordaza. Esa idea me golpeó tan fuerte que tuve que frenar la mano sobre el clítoris para no correrme antes de tiempo. Despacio, me ordené, como si fuera él quien lo decía.

Mis dedos seguían recorriendo el contorno de mi sexo por encima de los labios, sin entrar todavía. Me imaginaba a ese hombre fuerte sometiéndome a sus caprichos, decidiendo él cuándo y cuánto, mientras yo solo podía respirar y esperar.

Me solté el sujetador y lo aparté. Me apreté un pezón entre los dedos, fuerte, y un latigazo me recorrió hasta el vientre. Siempre me han gustado mis pechos; los recogí desde abajo con la mano libre y me incliné para chuparme un pezón, jugando con la lengua mientras la otra mano seguía abajo. Por un instante fui las dos cosas a la vez: la mujer atada y el hombre que la tocaba.

Volví al relato, o a mi versión del relato. En la cabaña, él bajaba por mi cuerpo entre besos hasta abrirme las piernas y posar la boca entre ellas. Yo estaba indefensa, atada, sin poder cerrar las rodillas, completamente a su merced. Aparté el tanga hacia un lado con dos dedos, pero me estorbaba, así que me lo quité del todo y lo dejé caer.

Junté la saliva en dos dedos, los humedecí bien en la boca y los bajé de nuevo, acariciándome igual que imaginaba que lo haría su lengua: muy lento, casi cruel de tan lento. La lengua del hombre recorría todo el canal de mis labios, y mi dedo iba detrás, copiándola. Cada pasada me dejaba más mojada.

Sentí cómo, en mi cabeza, su boca se posaba por fin sobre el clítoris. Pero el muy desgraciado no aceleraba. Ni una sola vez aumentaba el ritmo. Mantenía esa cadencia paciente, exacta, mientras yo me retorcía contra las cuerdas pidiendo más sin poder hablar, con la mordaza apagándome los gemidos.

Yo seguía con mi propio caminar lento entre las piernas, notando crecer un remolino tibio en el centro de todo. Quería acelerar, quería terminar de una vez, pero estaba atada, y atada solo podía obedecer su ritmo. Él llevaba el compás. No paraba nunca, pero tampoco corría. Así que dejé de pelear. Me dejé arropar por esas caricias interminables y, justo cuando creía que no llegaría jamás, me deshice en un orgasmo larguísimo y suave, una ola que no terminaba de romper.

Temblé sobre mis propios dedos, con los ojos cerrados, y me dejé caer de lado sobre el pequeño sofá que tenía junto a la mesa. No apagué nada. No me moví. Me quedé dormida casi al instante, todavía desnuda, con la pantalla encendida iluminándome la espalda.

***

Y seguí soñando con él. En el sueño yo continuaba siendo la protagonista, todavía en esa cabaña, todavía suya. Sentía sus dedos repasándome despacio, abriéndose camino, sin que yo opusiera la menor resistencia. Me follaba con calma, entrando y saliendo sin prisa, separando los dedos dentro de mí, volviéndome loca con esa lentitud sin final, esa intención clarísima de no detenerse nunca.

Después lo sentía colocarse detrás. Notaba la presión de su cuerpo, su peso, su decisión. Una mano se cerró sobre mi cuello y apretó, justo lo suficiente para recordarme quién mandaba. Entró hasta el fondo de una sola vez y yo grité, grité como no había gritado nunca, un grito que en el sueño no necesitaba mordaza porque allí nadie iba a oírme salvo él.

Y dormida me corrí otra vez.

Me desperté de golpe, desorientada, con el sofá húmedo bajo el cuerpo y la respiración agitada. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. La pantalla seguía abierta en aquel último capítulo. Me levanté con las piernas flojas, cerré el portátil y me arrastré hasta la cama de verdad, esa que ni siquiera había deshecho esa mañana.

Antes de quedarme dormida del todo, sonreí en la oscuridad. De toda la serie, ese capítulo había sido, sin duda, el que más me había gustado. Y lo curioso es que apenas lo había leído. El resto, todo lo demás, lo había puesto yo.

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Comentarios (6)

LectoraNocturna

Increible!! me atrapó desde la primera línea. Seguí escribiendo por favor!

Pibe_del_sur

Se hizo muy corto jajaja, necesito la segunda parte ya. Muy bueno!

ClaraVidal_07

Me recordó una mañana muy parecida que tuve hace tiempo... esas pequeñas cosas cotidianas que de repente se vuelven tan intensas. Muy bien contado, de verdad.

FelixR_Cba

Excelente!!!

NocheLeída

Lo lei dos veces porque la primera fue demasiado rapido jaja. Tiene algo especial que no se explica bien pero se siente desde el principio.

Ceci_Lectora

Me encantó como esta escrito, se siente tan real. Esa sensacion de anticipacion antes del gran momento esta perfectamente capturada, bravo!

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