Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego secreto de Bruna bajo la ducha

Habían pasado varios años desde que Bruna era una chica tímida que apenas se animaba a mirar a un hombre a los ojos. Ahora salía con Damián, un muchacho un poco mayor que ella, y aunque todavía le tenía respeto a la idea de acostarse por primera vez, ya habían estado cerca en más de una ocasión. Pasaban tardes enteras juntos, encerrados en la habitación, jugando a tocarse y a lamerse hasta que el reloj los obligaba a separarse.

En verano, con las clases terminadas y los mayores fuera de casa la mayor parte del día, el tiempo libre se volvía interminable. Bruna había descubierto un pequeño vicio: tocarse hasta llegar al orgasmo. Siempre encontraba una excusa, aunque el verdadero estímulo era saberse sola, sin nadie que pudiera abrir una puerta en el momento equivocado.

Las tardes en que sabía que Damián podía aparecer, lo esperaba con shorts y ropa holgada, prendas anchas que le daban acceso rápido a las zonas más sensibles de su cuerpo. Pero había otro ritual que no compartía con él, uno que era enteramente suyo y que la llevaba a pasar horas debajo del agua caliente.

Lo llamaba, en su cabeza, «el juego del baño».

***

El baño de la casa estaba decorado en tonos azules. Azulejos de un celeste profundo, el techo de un blanco apenas teñido de cielo, el piso a cuadros negros y blancos, los grifos y los artefactos de un azul más oscuro. La cortina de la ducha era de un celeste pálido, con pequeños hongos de humedad creciendo en el dobladillo de abajo, y a Bruna le gustaba esa imperfección. Le daba a la escena algo real, algo sucio que encajaba perfecto con lo que imaginaba.

Entraba con la vagina ya hinchada y los pezones tensos, afiebrados por la anticipación. El agua caliente y el vapor amplificaban cada sensación, envolvían su cuerpo en una nube tibia que la separaba del resto del mundo. Hacía el primer lavado con champú, sin apuro, dejando que la espuma le bajara por la espalda. Y cuando estiraba la mano para buscar el acondicionador, su mente empezaba a volar.

Se ponía crema en los senos y la esparcía en círculos lentos. Untaba espuma sobre los azulejos fríos. Se mojaba el clítoris con saliva, más espesa y caliente que el agua, y sentía cómo todo el cuerpo le respondía con un escalofrío. Entonces se daba vuelta, de cara a la pared, frente al grifo y sus tres manijas, y comenzaba la parte que más le gustaba.

Montaba el grifo como una jinete desesperada pero cuidadosa, calculando cada movimiento, porque solo alcanzaba apoyándose en las puntas de los pies. El metal frío contra la cara interna de los muslos, el agua resbalando entre sus piernas, la fricción exacta del caño contra su sexo. Y giraba la cabeza hacia la cortina celeste, mirándola fijo, imaginando lo que había del otro lado.

***

Detrás de la cortina, Bruna construía un público.

Los imaginaba como un grupo de hombres rudos, grandotes, toscos. Hombres con las manos manchadas de grasa de motor, con ropa de trabajo de tela rígida, igual de sucia que sus dedos. Olían a aceite y a sudor, y se empujaban entre ellos para acercarse a la cortina, ansiosos por verla. Bebían algo fuerte que les soltaba la lengua y les borraba cualquier vergüenza, que alimentaba el desmadre.

La miraban a través de la tela traslúcida y le gritaban cosas que ella apenas entendía, palabras roncas mezcladas con risas. Saben que estoy acá. Saben lo que estoy haciendo. Esa certeza la encendía más que cualquier caricia real. La idea de ser observada, de ser deseada por una multitud anónima, le aceleraba el pulso hasta el límite.

De vez en cuando, uno de ellos cruzaba la línea. Una mano se colaba por el costado de la cortina y le apretaba una nalga con fuerza, empujándola más contra el grifo y la pared. Otro le dejaba una marca morada en la cadera, una huella de dedos que ella sentía como un sello de propiedad. Un tercero le metía un dedo áspero en la boca mientras le daba una palmada en la cola que le dejaba la piel ardiendo y colorada.

—Seguí —le ordenaba una voz imaginaria—. No pares.

Y Bruna no paraba. Cabalgaba el grifo con más urgencia, apretando los pechos contra los azulejos resbaladizos, sintiendo cómo la crema y la espuma la hacían deslizarse en cada embestida. El reto que ella misma se imponía era simple y cruel: llegar al orgasmo antes de que ellos perdieran la paciencia.

***

Porque en su fantasía había una regla. Si no alcanzaba el clímax a tiempo, esos hombres sucios y brutales correrían la cortina de un tirón y la tomarían entre todos, sin esperar permiso. Una posibilidad que la aterraba y la excitaba en partes iguales, porque la parte que la aterraba era exactamente la que la hacía gotear.

Las interrupciones imaginarias la desconcentraban a propósito. Cuando estaba a punto de llegar, uno de ellos le tiraba del pelo, otro le hablaba al oído con obscenidades, y el placer se le escapaba de las manos como agua. Le costaba más volver a subir, y ellos lo sabían, y gritaban pidiendo esa convulsión final que les diera permiso para entrar o para irse satisfechos.

Bruna apretaba los dientes. El vapor le empañaba la vista, el agua le caía sobre la nuca, los muslos le temblaban del esfuerzo de mantenerse en puntas de pie. Sentía el grifo caliente entre las piernas, el roce constante, el círculo que se cerraba lento en el centro de su cuerpo.

Ya casi. Un poco más.

***

El clímax llegaba como una ola que la doblaba sobre sí misma. Las piernas le fallaban, las manos se aferraban a la manija fría, y un gemido se le escapaba de la garganta, ahogado por el sonido del agua. En su cabeza, los hombres rugían, celebraban, golpeaban la pared del otro lado de la cortina como si hubieran ganado algo. Y ella, todavía estremecida, se permitía un segundo de calma antes de que la realidad volviera a entrar por la ventana.

Esos eran los días buenos, los días en que tenía la casa entera para ella sola y podía estirar el juego durante una hora o más, repitiéndolo, variando los personajes, agregando un detalle nuevo cada vez. A veces el público era uno solo, un hombre callado que la miraba sin tocarla, y eso la torturaba de una manera distinta. Otras veces eran tantos que perdía la cuenta.

Pero no todos los días eran buenos.

***

Aquella tarde de febrero, el agua estaba en su punto justo, el baño lleno de vapor, y Bruna llevaba ya un buen rato cabalgando su fantasía. Había llegado lejos, más lejos que de costumbre. Los hombres de su imaginación estaban impacientes, casi violentos, y ella sentía el orgasmo crecer en oleadas cada vez más altas. Los muslos le temblaban. El grifo caliente vibraba contra su sexo. Estaba a punto.

Entonces sonó un golpe en la puerta. Pero no en la puerta imaginaria de su fantasía: en la puerta real del baño.

—Bruna, ¿falta mucho? —La voz de su madre, del otro lado, la devolvió de golpe al mundo—. Llevás una eternidad ahí adentro.

El corazón se le subió a la garganta. Se bajó del grifo de un salto, con las piernas todavía temblando, y la fantasía se evaporó como el vapor cuando se abre una ventana. Los hombres sucios, las manos manchadas de grasa, los gritos roncos: todo desapareció en un instante, reemplazado por el ruido cotidiano de una casa habitada.

—Ya salgo —contestó, con la voz más firme de lo que sentía.

Cerró el agua. Se quedó un momento de pie bajo el chorro que ya no caía, respirando, escuchando los pasos de su madre alejarse por el pasillo. El espejo estaba empañado por completo. La crema y la espuma se le habían corrido por el cuerpo, mezclándose con el agua que goteaba de su pelo.

***

Se envolvió en la toalla y se sentó en el borde de la bañera, todavía agitada, con esa frustración dulce de un placer interrumpido a un centímetro del final. En cierto modo, le gustaba que terminara así. La fantasía nunca era tan intensa como cuando alguien, sin saberlo, irrumpía y la obligaba a esconderla a toda velocidad.

Pensó en Damián, en sus manos torpes y cariñosas, tan distintas a las que imaginaba detrás de la cortina. Lo quería, y sabía que cuando por fin se acostaran sería tierno y atento. Pero el juego del baño era otra cosa. Era el lugar donde guardaba todo lo que no se animaba a decir en voz alta, todo lo que la asustaba y la atraía al mismo tiempo.

Se miró en el espejo, pasó la mano para limpiar un círculo de vaho, y se observó las marcas que el agua y el calor le habían dejado en la piel. Sonrió. Mañana, si tenía suerte, la casa volvería a quedar vacía. Y la cortina celeste, con sus hongos de humedad en el dobladillo, la esperaría otra vez, dispuesta a esconder a todos los hombres que ella quisiera inventar.

Salió del baño con el pelo mojado y la cara lavada, como si nada hubiera pasado. Su madre la miró de reojo desde la cocina.

—Vas a gastar toda el agua caliente —le dijo.

—Perdón —murmuró Bruna, y bajó la vista para que no le viera la sonrisa.

Porque el agua caliente, al final, era lo de menos.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

Flor_Lectora

Que bonito, me encanto. Espero leer mas de este tipo de relatos!

Santiago88

Buenisimo!!! me quede con ganas de mas, necesito la continuacion ya jaja

PiliMdz

La verdad me sorprendi leyendo esto, no esperaba que me enganchara tanto desde el principio. Muy bien escrito!

VioletaR

Me gusto como narraste la escena, tiene algo muy intimo. Se nota que lo escribiste con ganas.

marisolita

Que rico cuando la imaginacion nos lleva a lugares asi... me recordo algo que yo tambien hago jaja. 10 puntos!

Lucho74

Lo de la cortina azul es un detalle que no esperaba pero le da mucha vida a todo. Buen relato!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.