El masaje que la capitana me pidió en el vestuario
Antes de contar lo que pasó, dejadme que me presente. Me llamo Adrián, tengo treinta y cinco años y siempre he sido de los que cuidan su cuerpo. Mido casi un metro noventa, soy delgado y fibroso, y aprovecho cada hueco libre que me deja el trabajo para entrenar. El deporte es lo mío desde crío, así que cuando me ofrecieron dirigir a un equipo femenino de fútbol en la liga local, no lo dudé. Por las tardes me saqué además un curso de masaje deportivo. Me relaja, me ayuda a desconectar y, de paso, me viene de maravilla con las jugadoras.
Lo que os voy a contar empezó un domingo cualquiera, después de un partido, y se alargó durante los días siguientes de una forma que jamás habría imaginado.
Aquella jornada nos tocaba el líder de la tabla. Planteé el partido con la mejor alineación posible, salvo por un detalle: dejé a nuestra capitana en el banquillo. Llevaba un par de entrenamientos arrastrando molestias en el aductor y preferí guardarla por si la necesitaba en el tramo final. La salud primero, me repetía. Aunque, siendo sincero, también me costaba concentrarme cuando la tenía cerca.
Carla tiene veintisiete años. Es castaña, con el pelo largo y liso recogido casi siempre en una coleta alta, ojos verdes y una sonrisa que desarma. Mide poco más de un metro setenta y tiene un cuerpo que cualquier deportista envidiaría. Más de una vez se me había ido la mirada hacia su pecho durante los entrenamientos, sobre todo aquellas tardes en las que entrenaba sin sujetador deportivo. Verla correr era una tortura deliciosa que intentaba disimular como podía.
El partido iba muy igualado, cero a cero, y de vez en cuando me giraba hacia el banquillo para dar alguna indicación. Fue entonces cuando me di cuenta de que Carla cuchicheaba con una de sus compañeras, Lucía, y de que, cada poco, las dos miraban hacia mí entre risas. Intenté centrarme en el campo, pero la sensación de que hablaban de mí no se me iba de la cabeza.
En un momento dado, Carla se levantó.
—Déjame jugar, por favor. No te vas a arrepentir, te lo prometo. Tendré cuidado —insistió.
—Tu aductor está tocado. No quiero arriesgar —le respondí, negando con la cabeza.
Volvió al banquillo resoplando. En la segunda parte el guion era idéntico: ellas seguían riendo y hablando, solo que esta vez Carla alzó un poco la voz. Y en una de esas conversaciones, sin que ellas supieran que las oía, llegué a entender lo que decía.
—Te juro que si me saca y meto un gol, me vuelvo loca. Soy capaz de cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? —la picó Lucía—. Pues si marcas, le montas una en el vestuario. Que te vea desnuda, así, como sin querer.
Se me revolvió todo por dentro. Noté cómo, solo de imaginarlo, la polla se me ponía dura en un instante, apretada dentro del pantalón corto. Creo que ellas se dieron cuenta del cambio en mi cara, porque el cuchicheo subió de tono y la risa contagió a media banca.
***
Pasados unos minutos, varias jugadoras se levantaron a la vez y me pidieron que dejara entrar a Carla. Quedaban diez minutos. En mi cabeza seguía resonando aquella conversación. Cedí.
Carla saltó al campo con una motivación que no le había visto nunca. Tanta, que con apenas dos minutos por jugar se inventó una jugada por la banda, encaró a la defensa y la derribaron dentro del área. Penalti claro. El problema fue que, al caer, volvió a resentirse del aductor. Me dispuse a hacer el cambio, pero ella, desde el césped, me hizo un gesto.
—Déjame tirarlo. Por favor, Adrián. Déjame tirarlo a mí.
Otra vez la conversación del banquillo dándome vueltas. Otra vez cediendo. Asentí.
Cojeando y todo, Carla colocó el balón, tomó carrerilla y picó el penalti al palo contrario. Gol. El cero a cero se rompió a falta de nada y poco después el árbitro pitó el final. Nos fundimos todos en un abrazo en el centro del campo. Las mandé a las duchas con la promesa de vernos en un par de días para el siguiente entrenamiento.
Como hago siempre tras los partidos, me quedé recogiendo el material. Luego me metí en la salita que tengo junto a los vestuarios para empezar a planificar la próxima sesión. Cuando terminé, hacía rato que el bullicio se había apagado. Pensé que no quedaría nadie.
Me equivocaba.
Al asomarme al vestuario, allí estaba Carla. Sentada en el banco, con una toalla enrollada al cuerpo, el pelo mojado pegado a los hombros y los dedos masajeándose el muslo dolorido. Mi cara debió de cambiar por completo, porque ella levantó la vista y sonrió. Y entonces, de nuevo, la conversación de la grada me golpeó la memoria y noté la erección crecer otra vez bajo el pantalón.
—Hola —dijo ella—. Gracias por dejarme jugar. Ya sé que prometí no lesionarme, pero creo que me he vuelto a hacer daño.
—No tendría que haberte dejado tirar el penalti —murmuré.
—¿Tú no eras también masajista? —preguntó, ladeando la cabeza con una inocencia que no me creí del todo.
De mi boca solo salió un balbuceo y un asentimiento tembloroso.
—Si te parece, me tumbo en la camilla y le echas un ojo —propuso, señalando la camilla del fondo del vestuario.
No sé de dónde saqué la voz para responderle que sí, que se tumbara boca arriba mientras yo iba a por crema. Cuando volví, la encontré sobre la camilla, tapada con la toalla, esperándome.
—¿Dónde te duele? —pregunté, intentando que la voz sonara profesional.
—Por toda la cara interna del muslo. El aductor, y un poco más arriba.
***
Empecé desde la rodilla, con movimientos suaves para calentar la zona, y fui subiendo poco a poco hacia la ingle. Cada centímetro que ascendían mis manos hacía que la polla me palpitara, y notaba cómo la respiración de Carla se aceleraba bajo mis dedos. El vestuario estaba en silencio. Solo se oía el roce de mis manos sobre su piel y el goteo de alguna ducha mal cerrada.
—¿Cómo lo notas? —pregunté.
—Sube un poco más. El dolor está más arriba, cerca de la ingle —dijo, con un hilo de voz.
Subí más. Y más. En algún momento, mis dedos rozaron, casi sin querer, el borde de sus labios. A Carla se le escapó un gemido pequeño, contenido, que terminó de ponerme durísimo. Y entonces, con un movimiento que de casual no tuvo nada, dejó que la toalla resbalara hasta el suelo. Cuando levanté la vista, la tenía delante de mí completamente desnuda.
—No te preocupes —dijo, sosteniéndome la mirada—. No me importa que me veas así. Es más, creo que te está gustando.
Me puse rojo, pero no pude apartar los ojos de su pecho, de los pezones rosados y endurecidos. Intenté seguir como si nada, continuar con el masaje, pero en una de las subidas mis dedos resbalaron y se introdujeron levemente en su coño. Estaba empapada.
De repente, su mano encontró mi erección por encima del pantalón y empezó a acariciarla.
—¿Te gusta? —preguntó—. Sé que en los entrenamientos no me quitas la vista de las tetas. Es tu oportunidad. Haz conmigo lo que quieras.
No sé qué me pasó. Me volví loco.
Me bajé el pantalón y acerqué la polla a su boca. Carla la recibió con ganas, lamiéndola y succionándola como nunca me la habían chupado, mientras yo seguía hundiendo los dedos en su coño cada vez más mojado. Cuanto más la tocaba, con más hambre me la chupaba. Aguanté lo que pude, pero terminé corriéndome en su boca justo cuando ella se estremecía bajo mis dedos, retorciéndose en la camilla con un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo.
Pensé que ahí se acababa. Pero la vi jugar con la lengua, saboreando, y en lugar de bajárseme la erección, volvió a ponérseme dura, pidiendo más.
—Vamos a la ducha —dijo, tirándome de la mano—. Fóllame por donde quieras.
***
El agua caliente nos cayó encima mientras la empotraba contra los azulejos. Empecé a embestirla con fuerza, sin tregua, y mis manos no se despegaban de su pecho, que se movía con cada golpe. Carla gemía cada vez más alto, sin importarle ya quién pudiera oírla. En una de esas, se corrió de una forma que no había visto nunca, con un temblor que le recorrió las piernas.
Lejos de calmarse, estaba desatada. Se dio la vuelta, apoyó las manos en la pared y, buscándome, me guio para que la penetrara por detrás. Yo entraba y salía despacio al principio, después más rápido, mientras ella se acariciaba con sus propios dedos.
—Quiero que nos corramos a la vez —jadeó.
—Estoy a punto —le dije, con la voz rota.
Y nos dejamos ir los dos, gimiendo como locos bajo el agua, hasta que estallamos casi al mismo tiempo. Ella temblando de nuevo, yo vaciándome entre embestidas hasta la última gota. Nos quedamos un momento abrazados, agotados, dejando que el agua se llevara todo.
Después nos secamos y nos vestimos en silencio, intercambiando miradas que valían más que cualquier palabra. Antes de marcharse, Carla se acercó, me dio un beso corto en la comisura de los labios y me susurró al oído:
—Te voy a llamar para otra sesión de masaje. Hay que tratar bien esta lesión. —Sonrió—. Y, oye, si todos los masajes son así, no te van a faltar candidatas.
Salí del polideportivo con una sola pregunta dándome vueltas en la cabeza, sin poder quitármela de encima.
¿Qué habrá querido decir con eso de que no me van a faltar candidatas?
Algo me dice que esto no ha hecho más que empezar.