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Relatos Ardientes

La fantasía que reservé a solas en el sauna

Llevaba toda la semana arrastrando el cuerpo de un lado a otro. Demasiado trabajo, demasiado gimnasio, demasiadas noches durmiendo poco. Tenía los hombros agarrotados y un dolor sordo en la zona baja de la espalda que ni la ducha caliente conseguía disolver. Por eso, esa tarde de viernes, mientras miraba el techo del salón sin ganas de moverse, se le ocurrió que el sauna del edificio podría ser justo lo que necesitaba.

Era una de esas comodidades del edificio que casi nadie usaba. Se reservaba por una hora, quedaba privado, y a esas alturas de la semana lo más probable era que nadie más lo pidiera. Calor, vapor, silencio. La idea le pareció perfecta. Y quizá no tenga que estar sola.

Pensó en Daniel. Sabía que él también venía agotado, que arrastraba la espalda fastidiada desde hacía días. Un rato de calor le sentaría igual de bien. Dudó un momento con el teléfono en la mano, sin saber cómo se tomaría la invitación. Pero después de darle muchas vueltas, se lanzó.

—He estado pensando en estrenar el sauna del edificio para soltar los músculos. ¿Te animas? —escribió, y le dio a enviar antes de arrepentirse.

Se quedó mirando la pantalla, con el pulgar a punto de borrar el mensaje. Pensó que tal vez era demasiado, demasiado evidente. Pero ya lo habían hablado alguna vez, lo feo que quedaba el rastro de un «mensaje eliminado», esa marca que delataba más que cualquier palabra. Así que lo dejó ahí, expuesto, sin red.

Tenía pensado bajar a las siete, sola o acompañada. Eran apenas las tres. Quedaba tiempo de sobra para una respuesta.

A las cuatro llegó la primera.

—Mmm… suena interesante… ¿habrá más gente?

—Jeje, no. Se reserva, queda privado —contestó.

Sonrió al teclear. Era obvio que él había leído entre líneas, que la invitación se había deslizado hacia otro terreno. ¿Y no era eso, en el fondo, lo que ella quería? El teléfono volvió a vibrar.

—¿Y hay cámaras?

Notó el calor subiéndole a las mejillas, una risa nerviosa que se le escapó sola, esa anticipación que le apretaba el estómago.

—Mmm… no. Es privado.

—Mejor todavía.

Y debajo, la cara de un diablillo.

Gran respuesta. Esto promete. Había que cerrar el plan.

—Lo reservé para las siete. ¿Me acompañas?

—Déjame organizar la tarde y te aviso.

Maravilloso. El plan era relajarse, pero acompañada sería otra cosa. Dejó el teléfono boca abajo e intentó leer un rato, aunque cada pocos minutos volvía a darlo vuelta para revisar la pantalla. Nada.

Las seis. Las seis y media. Las siete menos cuarto. Nada.

***

A las siete, tal como había planeado, bajó. No iba a cambiar sus planes porque él no respondiera. Le escribió un último mensaje, casi por formalidad: «Bajando. Te espero». Sabía que Daniel nunca aparecía de sorpresa. Siempre avisaba, siempre acordaban la hora antes. Así que esa puerta, pensó, no iba a abrirse para nadie más que para ella.

Llevó solo una toalla y un frasquito de esencias para el vapor. Antes de entrar, comprobó que la puerta que separaba el sauna y el baño del resto del gimnasio quedara bien cerrada. Se desnudó despacio, dejó la ropa doblada en el banco de afuera y entró envuelta en la toalla, con el calor golpeándole la cara de inmediato.

Como estaba sola, eligió el mejor sitio: la tarima de arriba, donde el calor era más denso. Se acomodó en una esquina, apoyó la cabeza contra la madera y se estiró cuan larga era. Desde ahí veía la pequeña ventana de la puerta, y esa visión la hacía sentir extrañamente segura. Nadie iba a entrar sin que ella lo notara.

Cerró los ojos. Dejó que el vapor la cubriera, que el peso de la semana se le fuera escurriendo por la nuca. El sauna estaba realmente caliente y muy pronto empezó a sudar. Sentía los brazos y las piernas húmedos, las gotas rodando despacio bajo la toalla, por el esternón, entre los pechos. Abrió la tela apenas un poco, para que circulara el aire.

Y al hacerlo, pensó en él.

Pensó en lo distinto que sería todo si Daniel estuviera ahí. Se imaginó buscando la manera de acomodarse frente a él, para que la viera bien y para poder mirarlo ella también. Le gustaba su cuerpo, le gustaba demasiado. Lo imaginó sudando en la tarima de enfrente, la piel brillándole bajo la luz tenue, el pecho subiendo y bajando despacio con el calor.

Se imaginó abriendo las piernas apenas, como sin querer, lo justo para que él entendiera. Dejando que la toalla se deslizara hasta descubrirle los pezones, que ya empezaban a endurecerse. Y se imaginó que él hacía lo mismo, que separaba un poco su propia toalla, fingiendo distracción, y que ella por supuesto lo notaba, y no podía dejar de mirar cómo se le iba poniendo dura.

Ahí, con los ojos cerrados, sabiéndose sola, sabiendo que nadie la veía, dejó que la mano bajara sola. Encontró el borde de la toalla, lo apartó, y los dedos llegaron a donde ya estaba húmeda y esperando. Empezó a moverlos despacio, separando, recorriendo, hasta el clítoris hinchado que parecía pedir ser tocado. Se imaginó que eran las manos de él, grandes y firmes, las que la buscaban.

Pensaba en Daniel mientras lo hacía. Pensaba en cómo querría que la viera, en lo mucho que disfrutaba la idea de seducirlo, de provocarlo, de invitarlo a su cuerpo sin decir una sola palabra. Con la otra mano se rozaba apenas los pezones, ya completamente duros, e imaginaba que era su boca la que los atrapaba, que los chupaba, que los mordía justo hasta el límite.

Dejó que un dedo se deslizara hacia adentro, curiosa de sentir su propia humedad, y soltó el aire de golpe. Lo imaginó frente a ella, mirándola, disfrutando de verla tocarse para él. Imaginó cómo abría del todo la toalla para dejarle sitio a la verga ya endurecida, cómo empezaba a acariciarse al ritmo de lo que veía, los dos sosteniéndose la mirada sin tocarse.

Estaba entregada por completo a la fantasía. Movía los dedos cada vez con más ganas, sintiendo cómo crecía la humedad a medida que subía la excitación, imaginándolo a él, su cuerpo fuerte y delgado, la piel mojada de sudor, los ojos clavados en ella. Los dos tocándose en esa escena compartida que solo existía en su cabeza, tentándose, jugando, alargando el momento como quien no quiere que termine.

Bajó un poco el ritmo a propósito, alargando la sensación, jugando a negarse el final. Era un juego que solo podía jugar consigo misma, pero esa tarde, con la imagen de Daniel tan nítida detrás de los párpados, le parecía casi un acto compartido. Lo escuchaba en su cabeza, la voz baja diciéndole que no parara, que siguiera así, que lo dejara mirar.

Volvió a apretar el ritmo. Los dedos resbalaban solos, la humedad le facilitaba cada movimiento, y el calor del sauna lo amplificaba todo: el latido en las sienes, el sudor corriéndole por el cuello, el aire pesado entrando y saliendo de su pecho. Se imaginó que él se acercaba por fin, que abandonaba la tarima de enfrente y se arrodillaba ante ella, que cambiaba su mano por la de él.

Una oleada le subió desde el vientre. Arqueó la espalda apenas, mordiéndose el labio para no hacer ruido, perdida del todo en la imagen de él mirándola.

***

Hasta que algo cambió.

Una sombra cruzó la pequeña ventana de la puerta. Tardó un segundo de más en registrarlo, y cuando lo hizo, abrió los ojos de golpe. Se cubrió de un tirón con la toalla y se incorporó de un salto, el corazón disparado, la vergüenza y el susto subiéndole por la garganta antes de poder pensar una sola palabra.

No alcanzó a decir nada.

La puerta se abrió. Y ahí estaba Daniel, desnudo, completamente excitado, con la verga dura, exactamente como ella lo había estado imaginando un instante antes. Apoyó un hombro en el marco y la miró con una calma que la desarmó por completo.

—¿No quieres compartir tu fantasía conmigo? —dijo en voz baja.

Ella no supo qué responder. Se sintió descubierta, expuesta de una forma en que nunca lo había estado. La había visto tocarse pensando en él, en su cuerpo, en sus manos, en su boca, y no se sentía capaz de admitirlo en voz alta. Pero a él la escena lejos de incomodarlo lo tenía encantado. Y esa certeza, la de saberse deseada justo en el momento más vulnerable, le aflojó algo por dentro.

—Mmm… —empezó, entre excitada y nerviosa, todavía con la toalla apretada contra el pecho—. Imaginaba que estabas acá, conmigo. Que me tocaba para ti, para provocarte. Y que tú lo disfrutabas. Imaginarte excitado por mí me puso a mil.

—Llevo un rato mirándote —contestó él, sin moverse del umbral—. Y sí, es maravilloso. Verte así, sin saberte observada, ver lo sensual que eres y cuánto lo disfrutas. —Bajó la vista un instante hacia sí mismo y volvió a mirarla—. Este es el resultado.

El aire del sauna se había vuelto espeso, irrespirable de pura tensión. Ella lo recorrió entero con la mirada, sin disimular ya, demorándose donde antes solo había podido imaginar. Daniel entró por fin y dejó que la puerta se cerrara a su espalda con un golpe suave.

Ella se deslizó hasta la tarima de abajo, soltó la toalla sin pudor y lo atrajo hacia sí. Lo tomó con la mano, sintiendo el peso y el calor de él contra la palma, y lo guio hacia su boca despacio, mirándolo desde abajo para no perderse ni un gesto de su cara.

La fantasía se había terminado. Ahora podía tenerlo de verdad.

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Comentarios (6)

Tuli_Lectora

que relato tan bueno!! me dejo con el corazon en la boca

Marcos21

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo. Muy bueno

LuisMorales_r

Me encanto la manera en que contaste la tension sin ser explicito. Eso le da mucho mas valor al relato.

Nora_BA

Lo lei en el trabajo y tuve que cerrar la pantalla jaja. Increible de verdad.

RobertoRdz

Muy bien narrado, la tension se siente desde el primer parrafo. Espero que sigas escribiendo.

FernandaQ_54

excelente!!!

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