Dejé las cortinas abiertas a propósito esa tarde
Tengo veinticuatro años y un sábado entero por delante sin un solo plan. Mido poco más de metro y medio, tengo el cuerpo menudo y unas curvas que aprendí a querer recién hace poco. Esa tarde estaba sola en casa, tirada en el sofá grande del salón, con el celular en la mano y la cabeza completamente vacía.
Había revisado las mismas aplicaciones cuatro veces. Nada nuevo, nada interesante. La tarde se estiraba lenta y pegajosa, con esa luz dorada de las cinco que entra de costado y calienta el aire sin pedir permiso.
Cerré los ojos y dejé que la mente volara.
Es algo que hago cuando el silencio se vuelve demasiado grande. Me imagino cosas. A veces tontas, a veces no tanto. Esa tarde, con el calor flojo de la siesta encima y la casa entera para mí, lo que se me apareció no fue tonto en absoluto.
Me imaginé a un hombre. Grande, de manos anchas, de esos que llenan el marco de una puerta cuando entran. Lo imaginé entrando al salón, mirándome de arriba abajo sin disimulo, decidiendo que yo era exactamente lo que había venido a buscar.
¿Y si dejara las cortinas abiertas?
El pensamiento llegó solo, sin avisar. La ventana del salón da a la calle, a la vereda por donde pasa todo el barrio. Si dejaba las cortinas corridas, cualquiera que levantara la vista podría verme. La idea me dio un escalofrío que no fue del todo de miedo.
Giré la cabeza y miré la ventana. La cortina estaba a medias, como siempre. Me quedé un rato largo mirándola, jugando con la idea, sintiendo cómo la fantasía empezaba a tener peso, a volverse algo más que una imagen suelta.
No la cerré. Ese fue el punto exacto en el que algo cambió.
Me acomodé mejor en el sofá, dejé el celular a un lado y respiré hondo. La tela de mis pantaloncitos cortos, blancos y ajustados, se me pegaba a la piel por el calor. Llevaba debajo unas bragas rosas, las de los corazones bordados, las que me ponía cuando nadie iba a verme. Solo que esa tarde la idea era justamente que alguien pudiera.
Volví a cerrar los ojos. El hombre de mi cabeza se sentaba en el borde del sofá, a mi lado, sin tocarme todavía. Yo podía oler su perfume, sentir el calor que despedía su cuerpo, esa cercanía que eriza la piel antes de que pase nada.
Subí una mano por mi propio vientre, despacio, como si fuera la suya. Me detuve justo debajo del ombligo y dejé los dedos ahí, quietos, esperando. La anticipación es lo que más me gusta. Ese segundo de demora en el que todo el cuerpo pide y la cabeza decide aguantar un poco más.
Afuera pasó un auto. El ruido del motor entró por la ventana abierta y me recordó dónde estaba, lo expuesta que me había dejado a propósito. En lugar de cortarme, me prendió todavía más.
Metí la mano por debajo de la cintura del pantalón. La tela rosa de las bragas estaba tibia, suave, y yo ya estaba más despierta de lo que esperaba. Apoyé dos dedos por encima de la tela y empecé a moverlos en círculos lentos, sin prisa, dejando que el placer subiera de a poco.
Con la otra mano me solté el primer botón de la camiseta. Después el segundo. El aire de la tarde me tocó la piel del pecho y se me puso la carne de gallina. Me llevé los dedos al pezón izquierdo y tiré apenas, lo justo para que un cosquilleo eléctrico me bajara por el costado.
En mi cabeza, el hombre se inclinaba sobre mí. Su boca encontraba mi pecho, lo cubría entero, y su lengua trazaba círculos lentos alrededor del pezón antes de cerrar los labios y succionar. Lo imaginaba sin apuro, disfrutando, arrancándome el primer gemido de la tarde.
Se me escapó de verdad. Un sonido bajo, contenido, que rebotó en las paredes del salón vacío.
***
Me bajé un poco los pantaloncitos, lo suficiente para tener espacio. Aparté la tela rosa hacia un lado y mis dedos encontraron por fin la piel, resbaladiza y caliente. El primer contacto directo me hizo arquear la espalda contra el respaldo del sofá.
Empecé despacio, dibujando el mismo círculo una y otra vez, encontrando el ritmo que conozco de memoria. La luz de la tarde me caía encima, la ventana seguía abierta, y yo seguía sin querer cerrarla. Cada vez que pensaba en alguien mirando desde la vereda, el placer me apretaba un poco más fuerte.
El hombre de mi fantasía me separaba las piernas con sus manos grandes. Las abría de par en par, sin pedir permiso, mirándome con esa intensidad que te hace sentir deseada hasta el último rincón. Me decía cosas al oído, cosas que yo no me animaría a repetir, y cada palabra me empujaba más cerca del borde.
Mis dedos se movían más rápido ahora. Sentía el cuerpo entero tensándose, las piernas abriéndose solas, las caderas buscando el contacto, pidiendo más. La tarde había dejado de existir. No quedaba el aburrimiento, ni el celular, ni la lista vacía de planes. Solo quedaba esto.
Bajé una mano y dejé que un dedo encontrara mi entrada. Estaba lista, abierta, deseando. Lo deslicé adentro despacio y solté el aire de golpe. Después un segundo. Los moví juntos, entrando y saliendo con un ritmo que iba ganando velocidad, mientras la otra mano no abandonaba el lugar de arriba.
En mi cabeza ya no eran mis dedos. Era él, entero, hundiéndose en mí con cada embestida, sujetándome las piernas para tenerme justo como quería. Lo imaginaba encima, pesado, marcando un ritmo que yo no controlaba, llevándome hacia donde él decidiera.
Los gemidos ya no los contenía. Salían solos, uno detrás de otro, llenando el salón. Si alguien pasaba por la vereda en ese momento, no le hacían falta los ojos para saber lo que estaba pasando dentro de esa casa. Y eso, lejos de frenarme, me empujó por encima del filo.
***
El orgasmo llegó como una ola que rompe sin avisar. Se me cerraron los ojos con fuerza, la espalda se me despegó del sofá y todo el cuerpo se me sacudió alrededor de mis propios dedos. Apreté las piernas, atrapé la mano entre los muslos y dejé que la corriente me recorriera entera, desde la punta de los pies hasta la nuca.
En mi fantasía, él terminaba conmigo. Al mismo tiempo, los dos, ese instante imposible de coordinar en la vida real pero perfecto en la cabeza. Lo sentí derrumbarse sobre mí, jadeando contra mi cuello, mientras yo todavía temblaba.
Me quedé así un rato largo, con la respiración entrecortada, los ojos cerrados y una sonrisa boba que no podía borrar. El corazón me golpeaba en el pecho como si hubiera corrido una maratón. Poco a poco la casa volvió a ocupar su lugar: el tic del reloj de la cocina, el zumbido de la heladera, el rumor lejano del barrio detrás de la ventana.
La ventana. La miré de reojo, todavía agitada. Seguía abierta, las cortinas todavía corridas. No había nadie afuera, ningún rostro pegado al vidrio, ninguna sombra en la vereda. Nunca lo hubo. Pero la sola posibilidad de que alguien pudiera haberme visto le había puesto a todo un sabor distinto, más intenso, más mío.
Saqué la mano despacio, me acomodé los pantaloncitos y me quedé tendida boca arriba, mirando el techo. La luz dorada de la tarde ya empezaba a apagarse, virando a ese naranja suave del final del día. Me sentía liviana, vacía en el buen sentido, como después de soltar algo que pesaba.
Y pensar que el plan original era no hacer nada.
Me reí sola, bajito. Me costaba creer que media hora antes estaba quejándome del aburrimiento. A veces los mejores momentos no se planean. Aparecen cuando una se queda sola, con la cabeza libre y el descaro suficiente como para dejar las cortinas donde están.
Junté fuerzas para levantarme. El sofá había quedado marcado por mi cuerpo, todavía tibio, y yo necesitaba una ducha larga y un vaso de agua fría. Antes de irme al baño me detuve un segundo frente a la ventana.
Esta vez sí estiré la mano hacia la cortina. La tomé entre los dedos, dispuesta a cerrarla. Pero me quedé mirando la calle un instante, la vereda vacía, la luz cayendo sobre los autos estacionados, la vida normal del barrio siguiendo su curso ajena a todo.
La solté. La dejé abierta.
Quién sabe, pensé mientras caminaba hacia el baño con una sonrisa, capaz mañana me agarra de nuevo el aburrimiento. Y la próxima vez, quizá, no me conforme solo con imaginarlo.