Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido del chat que me hizo perder el control

Eran casi las doce de la noche y la casa estaba en silencio. Llevaba toda la semana acostándome temprano, con la rutina pesándome en los hombros, y esa noche simplemente no tenía sueño. Me serví una copa de vino tinto, me senté en la cama con la espalda contra el cabecero y abrí el portátil sin un plan claro. Solo quería que alguien me hablara. Que alguien me hiciera sentir, aunque fuera con palabras en una pantalla, que todavía era capaz de desear, que todavía tenía un coño que pedía atención y unas tetas que llevaban semanas sin que nadie las mirara con hambre.

Entré en una de esas salas de chat para adultos donde nadie usa su nombre real. Elegí el apodo de siempre, «Nocturna», y dejé que la lista de mensajes corriera. La mayoría eran lo de costumbre: hombres impacientes que escribían en mayúsculas, fotos de pollas mal enfocadas que nadie había pedido, frases sin un solo signo de puntuación. Estuve a punto de cerrar la ventana.

Entonces me escribió él.

—Buenas noches, Nocturna. ¿Tampoco puedes dormir?

Su apodo era «Lobo». Nada original, pensé, pero había algo en esa primera frase, en el hecho de que escribiera con tildes y con calma, que me hizo responder en lugar de ignorarlo.

—No mucho —contesté—. Demasiada cabeza para tan poca noche.

—Es el peor tipo de insomnio. El que no se cura durmiendo.

Vaya, sabe hablar.

Le di un trago al vino y crucé las piernas debajo de la sábana. Empezamos por lo banal: a qué me dedicaba, por qué estaba despierta, qué buscaba en un sitio como ese a esas horas. Él no tenía prisa. No me preguntó por mi cuerpo en el primer minuto ni me mandó nada que no quisiera ver. Se tomó su tiempo, y ese tiempo fue precisamente lo que me encendió.

—Voy a ser sincera —escribí, envalentonada por la segunda copa—. No entré aquí a hacer amigos.

—Lo suponía. Nadie entra a las doce de la noche buscando amistad. —Hubo una pausa, esos tres puntos suspensivos que aparecen cuando el otro está escribiendo—. ¿Y qué buscas, entonces?

—Que alguien me lo ponga difícil. Que me haga pensar en otra cosa que no sea mañana. Que me haga mojarme sin tocarme.

—Eso sé hacerlo.

***

Lo que vino después no fue brusco. Fue como una mano que se posa despacio en la parte baja de la espalda y aprieta solo lo justo. Me describió que me imaginaba sentada a horcajadas sobre él, con su boca recorriéndome el cuello mientras una de sus manos bajaba hasta encontrar la curva de mis caderas y la otra me apretaba una teta por debajo de la camiseta, pellizcándome el pezón hasta hacerme jadear. No usó palabras vulgares de entrada. Construyó la escena pieza por pieza, y yo me descubrí leyendo cada línea dos veces.

—Muévete despacio sobre mí —escribió—. Quiero notar cómo respiras y cómo empiezas a frotarte contra mi bulto antes de tocarte siquiera. Quiero notarte mojada a través de la ropa.

Solté el aire sin darme cuenta. Dejé la copa en la mesilla porque la mano ya empezaba a temblarme un poco, y no era por el vino. Bajé una mano por debajo del pantalón del pijama y confirmé lo obvio: estaba empapada, las bragas ya pegadas a los labios, el clítoris latiéndome como si tuviera pulso propio.

—Necesito que me toques —respondí, y me sorprendió lo directa que sonaba—. Llevo demasiado tiempo sin que nadie me folle bien.

—¿Cómo son tus tetas? —preguntó—. Quiero saberlo todo antes de poner las manos y la boca encima.

—Grandes. Suaves. Los pezones se me ponen duros con nada. Y están cansadas de que nadie les preste atención.

—Eso se acaba esta noche. Voy a chupártelos uno por uno hasta que te duelan, y después te los voy a morder.

Me deslicé un poco hacia abajo en la cama hasta quedar casi tumbada. Me subí la camiseta hasta el cuello y me quedé con las tetas al aire, en la penumbra, siguiendo con la mano libre el ritmo de lo que él escribía. Me pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice, tal como me contaba que haría él, y sentí un latigazo entre las piernas. Me contó cómo me sujetaría por la nuca, cómo cerraría la boca sobre uno mientras con los dedos me apretaba el otro, cómo mordería despacio para luego calmar con la lengua lo que acababa de morder. Cada mensaje suyo me dejaba un segundo de silencio en el que solo escuchaba mi propia respiración y el crujido de las sábanas.

—Me tienes muy concentrado —escribió—. ¿Sabes lo difícil que es escribir bien con una mano cuando con la otra te la estás pelando?

Me reí sola, en la oscuridad de mi cuarto. Esa pequeña broma, ese reconocimiento de que él también estaba con la polla en la mano al otro lado, me gustó más de lo que esperaba.

—Entonces estamos iguales —tecleé—. Aunque yo todavía tengo las dos manos disponibles. Una en el teclado y otra donde tú te imaginas.

—Cuéntame qué encuentras ahí.

—Un coño empapado, los labios hinchados y un clítoris duro que no deja de pedir más. Y dos dedos que ya se han metido solos.

—Joder, Nocturna. Por poco tiempo esas manos van a estar disponibles, espero.

***

Le dije que veía mucho sitio en el suelo de su habitación imaginaria para arrodillarme. Quería bajar, quería tomar el control aunque fuera solo en mi cabeza, quería la polla de ese desconocido llenándome la boca. Él me dejó hacerlo. Me describió cómo se quedaba quieto, sentado al borde de la cama, mirándome mientras yo le desabrochaba el pantalón con una lentitud calculada y le bajaba los calzoncillos hasta que su verga saltaba dura contra su vientre.

—No te ayudo —escribí—. Quiero hacerlo yo. Quiero verte esperar. Quiero verte la polla temblando antes de tocarla.

—Soy todo tuyo. Solo no tardes mucho, o te la meto de golpe.

Me mordí el labio leyendo eso. Cerré los ojos un momento y dejé que la imagen se formara: la luz baja, su respiración acelerada, la forma en que me miraría desde arriba mientras yo le sostenía la mirada desde abajo con su verga a medio centímetro de mis labios. Le escribí que quería lamerlo primero, sin prisa, pasarle la lengua desde la base hasta la punta como si fuera un helado, mirándolo a los ojos para que se desesperara antes de tiempo.

—Te voy a lamer los huevos también —añadí—. Uno por uno, mientras te la sujeto con la mano y te aprieto en la base.

—Eres mala.

—Soy paciente. No es lo mismo. Y me encanta oírte pedir.

—¿Y eso entra entero en esa boca tuya?

—Vamos a averiguarlo. Despacio. Primero la punta, chupándotela como un caramelo. Después más. Y más. Hasta que note cómo me llegas al fondo de la garganta y se me saltan las lágrimas.

—Joder, no me digas eso.

—Te lo digo porque quiero notarte los huevos contra la barbilla. Me gusta cuando empiezas a perder la cabeza.

Mi mano había abandonado por completo cualquier pretexto. Me quité las bragas del todo y las dejé caer al suelo, junto a la cama. Metí dos dedos hasta el fondo y noté lo apretada que estaba, lo mojada que estaba, cómo el sonido húmedo se colaba entre las sábanas cada vez que los sacaba y los volvía a meter. Le conté lo que sentía, sin maquillarlo: que tenía el pulgar sobre el clítoris girando en círculos, que estaba a punto de correrme solo de imaginarme con su verga en la boca, y él respondió que en cuanto yo terminara con la suya pensaba devolverme cada segundo con la lengua entre mis piernas.

—Entonces más me vale apurarme —escribí—, porque eso quiero verlo. Quiero notarte comiéndome el coño hasta que te empuje la cara.

—Agárrate el pelo tú misma. Quiero imaginarte así, desnuda y de rodillas, con la boca llena de polla y los ojos brillándote de aguantar las arcadas.

—Mejor agárramelo tú —respondí—. Guíame. Métemela hasta el fondo. Enséñame cómo te gusta que te la mamen.

Hubo otra pausa, más larga. Me lo imaginé respirando hondo al otro lado de la pantalla, en alguna ciudad que nunca conocería, con la polla en la mano y la mandíbula apretada, pensando exactamente lo mismo que yo.

—Si me dejas guiarte, no voy a ser suave —advirtió—. Te la voy a meter hasta la garganta y no te voy a soltar hasta que me tragues todo.

—No te lo he pedido suave. Fóllame la boca, Lobo. Que se me caiga la baba por la barbilla.

***

A partir de ahí los mensajes se volvieron más cortos, más urgentes, como si a ninguno de los dos le quedara paciencia para frases largas. Él me describió cómo se ponía de pie, cómo me agarraba con las dos manos por detrás de la cabeza y marcaba el ritmo, primero con cuidado, empujando hasta la mitad, y después sin tanto, hasta el fondo, hasta que se me escapaba una arcada y él aguantaba unos segundos antes de sacarla y dejarme respirar. Yo le seguía, escribiendo entre respiraciones, con dos dedos moviéndose despacio dentro y otros dos apretándome el clítoris.

—Me estás atragantando —escribí, y me reí de mí misma por lo metida que estaba en la escena—. Se me caen los hilos de saliva por el pecho.

—Me encanta oír eso. Escúpela y vuelve a metértela. ¿Te estás tocando de verdad?

—Hace rato. Tengo dos dedos dentro y estoy chorreando. Se oye. ¿Tú qué crees?

—Creo que se me va a escapar si sigues diciéndome esas cosas. Creo que eres justo lo que necesitaba esta noche.

Esa frase me desarmó más que cualquier descripción guarra. La leí dos veces, con los dedos quietos un instante, y sentí algo que no esperaba sentir en un chat anónimo a la una de la madrugada: que del otro lado había alguien real, igual de solo, igual de despierto, igual de necesitado de que otro cuerpo —aunque fuera de palabra— lo hiciera sentir vivo.

—No pares —le escribí—. Cuéntame cómo me lo harías de verdad. Si esto fuera real. Cómo me follarías después de correrte en mi boca.

—Te tumbaría en el sofá. Bien abierta de piernas, sin prisa. Te besaría los muslos por dentro hasta que me suplicaras que subiera. Notarías mi aliento a un centímetro del coño y me apartarías el pelo para meterme la cara. Y solo entonces te lo comería.

—Estoy temblando solo de leerlo.

—Bajaría despacio. Probaría primero con la punta de la lengua, de arriba abajo, de los labios al clítoris, en círculos, mientras mis dedos te acarician los labios sin entrar todavía. Te chuparía el clítoris entero, con los labios, tirando de él, y te haría esperar.

—No me hagas esperar tanto —respondí, y era casi una súplica de verdad.

—Entonces entro. Despacio primero. Dos dedos hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, mientras mi lengua no se detiene sobre tu clítoris. Sacándolos y metiéndolos hasta que oigas lo mojada que estás. ¿Así?

—Así. Justo así. Joder. Más rápido.

—Más rápido. Tres dedos ahora. Te abro, te lleno, y no dejo de chupártelo. Y cuando estés a punto, cuando notes que se te suben las piernas solas, me subo encima y te la meto de una sola vez, hasta el fondo, hasta que la sientas en el estómago.

—Sí. Fóllame así. Sin parar.

—Cada embestida hasta el fondo. Con las piernas tuyas sobre mis hombros. Con mi mano en tu cuello, sin apretar, solo sujetándote. Mirándote follar mientras te muerdes el labio.

Me arqueé en la cama, sola, con la pantalla iluminándome la cara en la oscuridad. Tenía las dos rodillas abiertas, una mano bombeándome con tres dedos y la otra golpeándome el clítoris con la palma, sin ritmo, con desesperación. Lo que más me sorprendía era cuánto me importaba su ritmo, sus pausas, el cuidado con el que escribía cada cosa. No era un desconocido cualquiera vomitando obscenidades. Era alguien que prestaba atención, y prestar atención, descubrí esa noche, es la cosa más erótica que existe.

***

—Estoy a punto —escribí, y no estaba actuando—. Sigue diciéndome eso, me encanta. Cuéntame cómo te corres tú.

—Te doy la vuelta. De rodillas, con la cara contra el colchón y el culo en pompa. Te la meto por detrás, agarrándote de las caderas, follándote fuerte. Cada embestida se oye. Cada golpe de mis huevos contra tu culo. Te la saco entera y te la vuelvo a meter de golpe, para que grites.

—Sigue. No pares.

—Te escupo en el culo y te meto un pulgar mientras te sigo follando el coño. Te lleno los dos agujeros. Y tú empujas hacia atrás porque quieres más.

—Quiero más. Dámelo todo.

—Me encantaría tenerte así de verdad. Sentirte apretarme la polla cuando te corres. Notar el momento exacto en que dejas de aguantarte y me chorreas por los huevos.

—Ya casi. No te detengas.

—No me detengo. No pienso detenerme hasta que te corras para mí. Córrete en mi polla, Nocturna. Ahora.

Y lo hice. Me corrí leyendo sus palabras, con tres dedos entre las piernas y la respiración entrecortada, apretando las piernas alrededor de mi propia mano, sintiendo cómo el orgasmo me subía desde el coño hasta la garganta en oleadas que me sacudían la espalda contra el colchón. Grité contra la almohada para no despertar a los vecinos. Se me escapó un chorro tibio por los muslos y me manchó las sábanas y no me importó nada. Estuve corriéndome medio minuto largo, con espasmos que me hacían apretar los dedos que aún tenía dentro. Fue intenso de una forma que llevaba meses sin sentir, en mi cama vacía, para un hombre cuyo rostro nunca vería y cuyo nombre real jamás sabría. Durante unos segundos me quedé quieta, con los dedos aún dentro de mí, con el corazón latiéndome fuerte y el portátil aún encendido sobre las sábanas.

Tardé un poco en volver a escribir. Cuando lo hice, fui sincera.

—Me acabo de correr como llevaba meses sin correrme. Eso ha sido… más de lo que esperaba al entrar aquí.

—Lo mismo digo —respondió—. Yo también acabo de dejarte medio teclado hecho un desastre. No esperaba que esta noche se pusiera tan interesante.

—¿Y ahora qué?

—Ahora nada. Eso es lo bueno de esto. Mañana volveremos a ser dos desconocidos. Pero esta noche fuiste exactamente lo que necesitaba.

Me quedé mirando esa frase un buen rato. Tenía razón, claro. No iba a darle mi número, ni mi foto, ni mi nombre. No iba a estropear lo que acababa de pasar convirtiéndolo en algo que tuviera consecuencias por la mañana. Esa era justo la fantasía: un encuentro perfecto precisamente porque era imposible, porque empezaba y terminaba en la misma pantalla.

—Gracias, Lobo —escribí—. Por hablar con tildes y por tener paciencia.

—Gracias a ti por entrar cuando estaba a punto de cerrar yo también.

Cerré el portátil con una sonrisa estúpida en la cara y los dedos todavía pegajosos. Me limpié como pude con una toalla, apagué la luz de la mesilla, me tapé hasta los hombros con el coño aún palpitando por los espasmos y me dormí casi al instante, sin esa cabeza pesada que me había mantenido despierta toda la semana. A veces no necesitas que alguien te conozca para que te haga sentir deseada. A veces solo necesitas un desconocido, una noche en vela, la mano entre las piernas y las palabras justas en el momento justo.

No volví a buscar a Lobo. No hacía falta. Algunas fantasías son perfectas solo una vez, y esa, desde luego, lo fue.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

Tatianita97

Increible, me llevo de punta a punta sin darme cuenta. Que manera de escribir!!

CamiBA_lit

Me encanto como fuiste construyendo la tension, se siente todo muy real. Sigue publicando!

LectoraPasional

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue

ValeriaMQ

Jajaja dios mio me vi totalmente reflejada, algo muy parecido me paso hace unos meses. Que manera de describir esa sensacion de no poder parar

SebaBaires

Genial, se hizo cortisimo. Quiero mas!!

FernandoFdez90

lo lei de un tiron, excelente

Roxana_Sur

Que buen comienzo con lo del aburrimiento, uno nunca sabe donde termina una charla aparentemente inocente. Muy bien llevado.

JuanMaPz

Muy bueno la verdad. Esperando el proximo relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.