Mi compañero de piso me compartió con el camionero
Daniel no dejó de follarme ni una sola noche desde aquel viernes en que entró en mi cuarto sin pedir permiso. Llevábamos meses compartiendo piso, y aunque yo nunca le había confesado lo que me hervía por dentro cada vez que lo veía sin camiseta, él lo supo antes que yo.
Lo que más me ponía de Daniel era el pecho. Lo tenía cubierto de un vello negro y espeso que se le rizaba sobre los pectorales, y cuando se inclinaba sobre mí, esa mata oscura me rozaba la espalda y me dejaba sin aire. Lo único que no terminaba de gustarme era el tamaño descomunal de su miembro. Cuando me penetraba, tenía la sensación de que algo se iba a partir por dentro. Pero él se untaba el rabo con aceite de oliva, paciente, y al tercer o cuarto intento ya entraba en mi culo como si llevara años haciendo ese camino.
No tardó mucho en mostrar lo que era de verdad. Al principio eran sugerencias en voz baja, casi tímidas. Con los días, esas sugerencias se transformaron en órdenes que yo acataba sin rechistar. Me gustaba obedecerlo. Me gustaba que decidiera por mí.
—No te toques mientras estoy dentro —me dijo una noche, sujetándome la muñeca contra el colchón—. Te corres conmigo o no te corres.
Aquella regla se convirtió en mi tortura favorita. Tenía permiso para acabar desde el momento en que me clavaba el rabo hasta que él vaciaba el suyo dentro de mí, pero no podía rozarme la polla ni un segundo. Tenía que correrme solo con sus embestidas, solo con la presión de su carne contra mi próstata.
Su forma de penetrarme era una crueldad calculada. Metía la cabeza de su miembro apenas unos centímetros, la dejaba ahí, y la sacaba despacio. Ese vaivén corto me masajeaba por dentro de una manera que me dejaba al borde, casi sintiendo cómo se me escapaba la leche. Entonces, sin avisar, me clavaba el rabo entero hasta que sus huevos chocaban contra mis nalgas. Yo me mordía la almohada para no gritar.
—Abre las piernas —me ordenaba cada dos o tres embestidas, apretándome la carne con sus manos grandes.
Mientras me follaba, me lamía el cuello con una lengua caliente que me erizaba la piel desde la nuca hasta los pies. Yo no podía hacer mucho más que lamerle las manos que él apoyaba sobre el colchón, cerca de mi boca, para sujetarse.
Cuando se acercaba al final, cambiaba. Se ponía animal. El ritmo se aceleraba tanto que me asustaba, y no solo me llenaba el culo con su leche caliente: también me empapaba la espalda entera con el sudor que le caía del pecho. Sus gemidos eran exagerados, casi un alarido, y yo sabía que cuando empezaban faltaban segundos para el latigazo final.
Después se quedaba un rato dentro de mí, respirando hondo, y me sacaba el rabo poco a poco, prolongando su placer.
Si yo no había conseguido correrme, mala suerte. Tenía prohibida la masturbación incluso después. Tenía que esperar a la próxima vez que decidiera follarme. Eso me iba dejando lleno por dentro, cada vez más impaciente, cada vez más desesperado por la siguiente noche.
***
Compartíamos piso con un tercero: Bruno, camionero de larga distancia, que pasaba la mitad del mes en la carretera. Cuando Bruno no estaba, Daniel y yo aprovechábamos el baño grande. Nos metíamos juntos en la bañera, nos enjabonábamos despacio, sin prisa.
Yo empezaba por su pecho. Le pasaba las manos enjabonadas por encima del vello mojado, lo veía cerrar los ojos, lo veía respirar más hondo. Bajaba al vientre, le acariciaba la cintura, le rozaba la polla y los huevos pero no me detenía ahí. Le seguía enjabonando las piernas mientras él tenía el rabo tieso como un palo, esperando.
Cuando le tocaba a él, no perdía tiempo. Me pasaba las manos por el pecho con la excusa del jabón, me agarraba las nalgas, me metía los dedos enjabonados por el ano. Me daba la vuelta contra los azulejos. Yo apoyaba la frente contra la pared mojada y sentía cómo me la metía despacio, deslizándose con el jabón.
Aquellas sesiones no terminaban en la ducha. Nos secábamos el uno al otro a manotazos, medio mojados todavía, y nos íbamos directos a la cama para seguir.
***
Llevábamos así varias semanas cuando ocurrió lo que ninguno de los dos esperaba aquella tarde.
Bruno había salido de viaje el lunes y, según el plan, no debía volver hasta el sábado por la noche. Era jueves. Estábamos en plena fiesta en el baño, yo apoyado contra los azulejos, Daniel detrás de mí con el rabo metido hasta el fondo. Llevábamos la puerta del baño entornada, casi abierta, porque pensábamos que el piso era nuestro.
Oímos la cerradura. Pasos pesados en el pasillo. Los dos nos quedamos congelados, pero Daniel no me la sacó. Bruno se asomó al baño y nos vio así, en plena follada, sin posibilidad de disimular nada.
—Joder, qué pinta tenéis —dijo, sin sorpresa, casi con sorna—. Vengo molido de la carretera. Necesito ducharme y meterme en la cama.
Hubo un silencio raro. Yo no sabía dónde mirar. Daniel seguía dentro de mí, callado.
—Seguid a lo vuestro —añadió Bruno, ya quitándose la camiseta—. Me meto en la bañera y no os molesto.
Se desnudó delante de nosotros sin ceremonias. Le vi el cuerpo entero por primera vez: más bajo que Daniel, más compacto, con la piel curtida del sol del camión y una polla gruesa que ya empezaba a despertarse al vernos. Se metió en la bañera y abrió el grifo como si nada.
Yo estaba ahí, atrapado entre dos hombres desnudos, uno clavado en mi culo y otro a un metro escaso enjabonándose el pecho. No sabía dónde poner las manos.
—Sé amable —murmuró Daniel a mi oído—. Enjabónalo tú. El pobre viene cansado.
Me la sacó despacio y me empujó suavemente hacia Bruno. Yo cogí la esponja con las manos temblando. Empecé por los hombros, bajé al pecho, sentí el contraste con el de Daniel: este lo tenía liso, marcado, con un par de cicatrices de trabajo. Cuando llegué a su miembro lo tenía duro como un cañón.
—Daniel —dijo Bruno con voz ronca, sin dejar de mirarme—, déjame probar un poco a este chico. A ver si es tan rico como me has dicho.
Daniel no me consultó. Me agarró de las caderas y me giró de espaldas a Bruno en un solo movimiento. Yo abrí la boca para decir algo, pero ya era tarde.
Bruno no entró con la delicadeza de Daniel. Bruno me apoyó la polla entre las nalgas y me la clavó de golpe, hasta el tronco. Por suerte ya estaba dilatado, porque si no me habría partido en dos. Solté un grito que se ahogó en el vapor del baño.
Bruno me embestía rápido, sin pausa, sin esa caricia interior con la que me malcriaba Daniel. Me apretaba las tetillas con sus manos curtidas, y yo, por no caerme, me aferraba al cuello de Daniel como un náufrago. Daniel me sostenía con una sonrisa que no le había visto nunca.
Cuando Bruno notó que estaba a punto, me la sacó. Daniel ocupó su sitio en el mismo segundo. Empezaron a turnarse así, uno follándome, el otro respirando para no correrse. Mi cuerpo se convirtió en un columpio entre los dos.
***
Al final salimos de la bañera medio mareados. Nos secamos los unos a los otros con prisa. Me llevaron a la cama sin que yo pudiera ni hablar.
Aquello no parecía tener final.
Antes de penetrarme otra vez, Bruno se acostó encima de mí y empezó a chuparme las tetillas. Bajó la lengua por el centro del pecho, y luego me pasó la cara sin afeitar de varios días por encima como si fuera un cepillo áspero. Me dejaba la piel ardiendo. Cuando me apoyó la cabeza de su polla contra el ano, me pidió que lo besara. Acerqué la boca a la suya, y mientras nos besábamos con lengua me clavó el rabo hasta el tope. Solté el aire en su boca.
El juego siguió igual durante un rato larguísimo. Uno me penetraba, el otro me acariciaba la espalda y el pecho, y cuando el de dentro estaba al borde me la sacaba y entraba el otro. Yo perdí el sentido del tiempo. No sabía cuál era cuál, solo sabía que mi culo no descansaba.
El primero en correrse fue Bruno. Cada chorro lo acompañaba con una embestida brutal, hasta que se desplomó sobre mi espalda con un quejido largo. Me la sacó despacio y, antes de que pudiera respirar, ya tenía a Daniel detrás otra vez.
Daniel me folló esta vez de lado, y yo quedé frente a Bruno. Bruno no dejó de acariciarme la cara mientras Daniel iba subiendo el ritmo. Cuando por fin lo oí gemir de esa forma exagerada que ya me sabía de memoria, supe que era el final y respiré aliviado. Pensé que mi culo iba a poder descansar.
Me equivoqué del todo.
Bruno llevaba demasiados días en la carretera. Estaba cargado hasta arriba. Cuando Daniel terminó, él ya estaba listo otra vez, con el rabo duro y los ojos brillantes.
Volvió a entrar como si no me hubiera follado antes. Cada embestida era a polla entera, hasta el fondo y fuera de nuevo, sin tregua. Me agarraba de las caderas y me marcaba el ritmo como si yo fuera un instrumento suyo.
Sin sacármela, me fue colocando en cuatro patas, y luego, todavía dentro, me sentó sobre su polla. Me pidió que me girara para verle la cara. Le obedecí. Me abrió las piernas a los lados de su cuerpo, y por primera vez en mi vida sentí que una polla me entraba tan profundamente. Daniel le metió una almohada bajo las caderas, y Bruno quedó aún más alto, más empotrado dentro de mí.
Subía la cadera con una fuerza que yo no había sentido nunca. Cada vez que me elevaba, me apretaba las tetillas con esos dedos curtidos. Si Daniel me había enseñado el placer, Bruno me estaba enseñando el límite.
Más tarde cambió de posición. Acercó el espejo de cuerpo entero al lado de la cama, encendió todas las luces de la habitación y me puso un pie sobre el colchón.
—Quiero que veas cómo te entra y te sale —dijo, mirándome a los ojos—. Ya sé que lo sientes. Quiero que lo veas.
Bajé la mirada y vi en el espejo cómo aquel rabo grueso entraba y salía de mí, cómo el ano se me quedaba abierto unos segundos después de cada salida, esperando la siguiente embestida. Verlo me ponía más que sentirlo.
Siguió hasta que por fin oí los gruñidos finales, distintos a los de Daniel, más roncos, más cortos. La segunda corrida de Bruno me empapó por dentro otra vez.
***
Cuando me senté en el váter después de todo, soltaba gases largos y vergonzosos. Me daba la risa floja. Tenía las piernas temblando y un escozor caliente que me recordaba que aquello había pasado de verdad.
Desde el cuarto, oí a Bruno hablar con Daniel en voz baja.
—Es verdad lo que me decías del chico —dijo—. Creo que tendríamos que formar una Trijera.
Salí del baño con una toalla atada a la cintura.
—¿Una qué? —pregunté—. ¿Y desde cuándo decidís cosas sin mí?
Daniel se sentó en el borde de la cama, todavía desnudo, y me miró con una calma que no admitía discusión.
—Una Trijera es un trato entre tres tíos —explicó—. Dos activos y un pasivo. A partir de hoy, lo nuestro es tuyo y lo tuyo es nuestro. Y nosotros te follamos cuando nos salga de los cojones, sin pedir permiso ni avisar.
—Me vais a destrozar —protesté, medio en broma, medio en serio.
—Tranquilo —añadió Bruno desde la cama—, a nosotros también nos gusta que nos la chupes. Y que te tragues lo que te dejemos dentro.
Los miré a los dos. A Daniel con su pecho velludo y su control quirúrgico. A Bruno con su piel curtida y su forma brutal de tomar lo que quería. Me acerqué y los abracé al mismo tiempo, dándoles mi respuesta sin palabras.
—Una cosa más —dijo Daniel, separándome un poco para mirarme a la cara—. Cada vez que te follemos o te pongamos a mamar, vienes después y nos das un beso en los huevos. Como agradecimiento. Empezamos ahora mismo.
Me arrodillé en la alfombra delante de él. Le di un beso largo a cada testículo y los acaricié con la lengua, sin prisa. Daniel echó la cabeza atrás con una sonrisa que yo le conocía bien. Cuando me giré hacia Bruno, él ya estaba de pie, esperando que le diera lo mismo.
Aquella noche entendí que mi vida en el piso compartido se había vuelto otra cosa. Y supe, también, que no iba a echar de menos quien había sido antes.