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Relatos Ardientes

La videollamada que le hice con lencería nueva

Hay partes de mí que casi nadie conoce. La parte que se reconoce en lo femenino, la que se calma cuando Andrés me dice «mi mujer» con la voz pegada a mi oído, la que respira tranquila debajo de unos vaqueros sosos porque sabe que esconde una tanga. Esa parte vive escondida durante el día y se enciende solo de noche.

Soy gay y totalmente pasivo. Lo digo sin rodeos porque me costó años decirlo así. No es solo una preferencia: es la forma en la que mi cuerpo entiende el placer. Cuando lo siento dentro, cuando me coge despacio o cuando me embiste hasta dejarme sin aire, ahí soy todo lo que soy. Y lo soy en femenino. No hay otra manera de decirlo.

Andrés y yo llevamos casi tres años juntos. Desde el primer mes empezó a tratarme como su mujer en la cama, y nunca más volví a ser otra cosa con él. Me llama «preciosa», me hace ponerme de rodillas, me arrastra del pelo con suavidad cuando le hago una mamada. Fuera del dormitorio somos dos chicos normales que comparten piso. Dentro, soy suya.

El resto del mundo me ve como cualquier hombre hetero. Camisas sobrias, pantalones rectos, barba de tres días, voz neutra. Una vez por semana me depilo entero en el baño, con paciencia y crema, y debajo de la ropa siempre, siempre llevo tanga. Una mínima rebeldía que solo él conoce.

Nunca había tenido lencería de verdad. Tangas sí, varias, de algodón y de encaje, escondidas en un cajón cerrado con llave. Pero un conjunto completo, con liguero y medias, con sujetador acolchado y bragas a juego, eso no. No me había atrevido. Hasta que una madrugada, después de hacerlo dos veces seguidas, Andrés me lo pidió al oído.

—La próxima vez quiero verte con algo bonito —me dijo—. Quiero desnudarte de verdad.

Dije que sí con la cabeza pegada a su pecho, sin saber muy bien lo que estaba prometiendo. Al día siguiente me pasé tres horas mirando catálogos en el móvil mientras él dormía. Acabé pidiendo un conjunto negro con detalles rojos en una tienda en línea especializada. Liguero, medias de costura, sujetador con relleno suave y dos braguitas distintas, una de encaje y otra de tul casi transparente. La cabeza me ardía cuando di al botón de comprar.

El pedido tardaba entre diez y catorce días. Andrés se fue de viaje justo en mitad de esa espera. Diez días en Montevideo, un cliente importante, presentaciones y cenas que no terminaban nunca. Yo me quedé solo en el departamento, con la nevera medio vacía y un trabajo que podía hacer en pijama.

La caja llegó al sexto día.

***

Recuerdo perfectamente la mano del mensajero, la firma con el dedo en la pantalla, la manera en que cerré la puerta y me apoyé contra ella un instante antes de bajar la caja al dormitorio. La abrí con calma, como si abrirla deprisa fuera a romper el conjuro. Dentro, envuelto en papel de seda, estaba todo. Olía a nuevo. A nada, en realidad, pero el cerebro se inventa un olor para los momentos importantes.

Me lo probé entero, una pieza tras otra, sin tocarme. El sujetador con el relleno cambiaba mi silueta de una manera que me cortó la respiración. Las medias se ajustaban a mis piernas depiladas como si las hubieran cosido a medida. El liguero me marcaba la cintura. Las bragas de tul dejaban ver todo. Frente al espejo del armario me quedé un rato largo en silencio, mirándome.

No es una broma. Esto soy yo cuando nadie me ve.

Quería que Andrés volviera ya. Quería que entrara por la puerta y se quedara quieto al verme. Quería que me empujara contra la pared y me arrancara las bragas de un tirón. Pero quedaban cuatro días, y mi cuerpo no entendía de calendarios.

Me senté en el borde de la cama. Pasé las manos por las medias, sentí el roce del encaje en la cara interna del muslo, me toqué por encima del tul. Estaba duro y la tela apenas me contenía. Cerré los ojos un segundo. No iba a poder esperar.

***

El sex shop estaba a cuatro calles. Lo conocía de pasar por delante, nunca había entrado. Me puse una sudadera grande, los vaqueros más anchos que tenía, y salí con las manos metidas en los bolsillos. Dentro de la tienda apenas había gente: un señor mayor en la sección de revistas y una chica detrás del mostrador que jugaba con el móvil sin levantar la vista. Pasé por la pared de los consoladores como quien pasa por el supermercado.

Quería uno parecido al de Andrés. Ni más grande ni más grueso. Quería sentirlo a él aunque no estuviera. Conozco su pene mejor que mi propia mano: dieciocho centímetros largos, un grosor medio, la curva ligera hacia arriba que me toca exactamente donde tiene que tocar. Busqué hasta encontrar uno que se le parecía, color piel, base con ventosa, dieciocho centímetros marcados en la caja. Cogí también un bote de lubricante nuevo. La chica del mostrador me cobró sin mirarme la cara.

Volví a casa caminando rápido. La bolsa pesaba como si llevara dentro algo prohibido. Subí las escaleras de dos en dos, cerré la puerta con doble vuelta, dejé el móvil sobre la mesita en silencio. Me desnudé otra vez, despacio. Puse las medias, el liguero, las bragas de tul. El sujetador. Las braguitas hacia un lado para dejar el culo libre.

Antes de Andrés ya había practicado con consoladores pequeños. Empecé con uno fino, casi ridículo, cuando todavía vivía en casa de mis padres. Aprendí a respirar, a abrirme, a no tener miedo. Después llegó él y mi cuerpo se acostumbró a su medida. Ahora, sin él, un dildo grande no me asustaba. Me dolía no tenerlo a él, pero el cuerpo sabía lo que tocaba.

Me puse en cuatro sobre la cama, frente al espejo del armario. Apliqué lubricante en abundancia, primero en mí, con dos dedos, despacio, hasta sentir que todo cedía. Después en el consolador, hasta que brilló entero. Lo pegué con la ventosa al cabecero, ajusté la altura, y empecé a empujarme contra él muy poco a poco.

Centímetro a centímetro. La primera mitad entró fácil. La segunda me obligó a respirar hondo, a relajar la espalda, a recordar la voz de Andrés diciéndome que me abriera para él. Cuando lo sentí entero dentro, me quedé quieto unos segundos, así, mirándome de espaldas en el espejo, con las medias tensas y el liguero marcado en la cintura.

Si él me viera ahora, no llegaría hasta la cama.

Empecé a moverme. No con prisa. Con un ritmo lento que conocía bien. El consolador no era él, claro que no, pero la tela rozándome los muslos, el sujetador apretándome el pecho, la idea entera de estar así, vestida así, abierta así, era casi demasiado.

Estuve media hora moviéndome contra él. Cambié de postura una vez, me tumbé bocarriba, levanté las piernas con las medias hasta los hombros y me empujé el dildo con la mano. Después volví de rodillas. Me miré, me hablé sin abrir la boca. Me corrí una vez sin tocarme, solo por el contacto interior.

Y entonces pensé en él.

***

Cogí el móvil con la mano libre. Eran las once y media de la noche. Andrés estaría en el hotel, terminando una cena tardía o ya tumbado en la cama mirando series. Le mandé un mensaje corto.

—¿Puedes hablar?

—Dame cinco minutos —contestó.

Aproveché esos cinco minutos para colocar el móvil en la cómoda, en un ángulo desde el que se viera todo: la cama, el espejo del armario detrás, mi cuerpo de espaldas, el consolador entrando y saliendo. Probé varias posiciones hasta que quedó perfecto. Luego me arrodillé sobre la cama, con la espalda muy recta, y esperé la llamada.

El móvil sonó. Acepté la videollamada.

Andrés tardó dos segundos en hablar.

—¿Qué…? —empezó.

No terminó la frase. Vi en la pantalla cómo se incorporaba en la cama del hotel, cómo se acercaba al móvil, cómo se le abría la boca un poco. Llevaba una camiseta blanca y los pelos del pecho asomando por el cuello.

—Llegó —dije sin moverme—. Y no podía esperarte.

—Dios mío.

—¿Te gusta?

—Date la vuelta. Despacio.

Me di la vuelta sobre la cama, con cuidado de que el consolador no se me saliera, y le mostré la espalda, las medias, el liguero, el culo levantado con la braguita corrida hacia un lado y el dildo metido hasta el fondo. Lo oí soltar el aire de golpe.

—Mi amor —murmuró—. Joder.

—Me lo compré pensando en ti —murmuré yo también—. Es del tamaño tuyo.

—¿Lo elegiste igual que el mío?

—Idéntico.

Se rió bajito, una risa pequeña que no era risa, era otra cosa. Vi cómo se bajaba la sábana, cómo se sacaba el pene, cómo empezaba a tocarse despacio mientras me miraba. Apoyé el codo en la cama y empecé a moverme contra el consolador otra vez, sin dejar de mirarlo.

—Quiero que te lo metas entero —dijo—. Que no te lo saques en ningún momento.

—No me lo saco.

—Háblame, preciosa. Dime lo que sientes.

—Que ojalá fueras tú. Que no aguanto los cuatro días que faltan. Que me duelen las ganas.

—Tócate por encima de las bragas.

Lo hice. La tela mojada por el lubricante, la mano por encima, los dedos resbalando. Él aceleraba el ritmo del otro lado de la pantalla. Yo veía su mano, su cara concentrada, los ojos pequeños y brillantes de quien está a punto.

—No quiero que termines —le dije—. No todavía.

—Cállate y muévete.

Obedecí. Me moví más rápido contra el cabecero, dejé que el consolador me entrara y saliera con la fuerza con la que él lo hace cuando ya no puede más. El sujetador se me había aflojado, se me bajaba por un hombro. El liguero me marcaba la piel. En la pantalla, Andrés respiraba como si corriera.

—Mi mujer —dijo entre dientes—. Mi mujer preciosa.

—Tuya —contesté.

Acabó mirándome. Lo vi todo, el momento exacto en que se le tensaba la mandíbula, el blanco resbalando entre los dedos, el suspiro largo después. Yo me corrí otra vez, sin tocarme apenas, solo con las contracciones contra el dildo y con su voz repitiendo «mi mujer» en bucle dentro de mi cabeza.

Nos quedamos en silencio un rato, jadeando los dos. Él se limpió con la sábana. Yo me dejé caer de lado, con el consolador todavía dentro, y le sonreí a la cámara.

—Cuatro días —dijo.

—Cuatro días —repetí.

—Cuando vuelva, te quiero esperando exactamente así.

—Aquí estaré.

Colgamos. Apagué la luz, me quité el dildo despacio, me quedé un rato con la lencería puesta debajo de la sábana, oliendo el lubricante y la tela nueva. Pensé que esa había sido una de las noches más sinceras de mi vida, aunque hubiera ocurrido a través de una pantalla y a miles de kilómetros de él. Por primera vez no me había escondido de nada. Ni siquiera de mí misma.

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Comentarios (5)

Diegillo91

increible relato!! me dejo sin palabras

Marquitos_23

Por favor seguí contando, quedé con ganas de saber como terminó todo!!

EstebanF

Me recordó a cuando mi pareja se fue de viaje y nos pasabamos mensajes toda la noche jaja. Muy bueno

SebaMDP

jajaja qué forma de combatir la distancia, genial

LauraCaroSF

Qué bien escrito, se siente tan real. La espera es lo mas dificil pero el relato lo transmite perfecto. Espero que subas mas, definitivamente tenés un talento para narrar estas situaciones con mucha sensibilidad.

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