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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la sauna del hotel cambió todo

El acuerdo se firmó pasadas las cinco de la tarde, pero la celebración se quedó pendiente. Sebastián salió de la sala de juntas con la mandíbula apretada y la corbata aflojada un dedo. A los alemanes les sonreía. A Octavio, su mano derecha, no lo miraba.

—Vosotros al gimnasio del hotel —ordenó cuando estuvimos los tres solos en el ascensor—. Yo ceno con Klaus. Subo después.

—¿Solo tú con él? —preguntó Octavio, intentando que no se le notara la molestia.

—Solo yo con él —repitió Sebastián, y la conversación terminó ahí.

Yo no abrí la boca. Llevaba tres días en Fráncfort cargando carpetas, sirviendo cafés y haciendo el papel de asistente personal modélico. La única ropa de gimnasio que había metido en la maleta eran unas mallas negras, lo cual no era ideal teniendo en cuenta lo que llevaba debajo. Sebastián lo sabía. Sebastián siempre lo sabía.

***

El gimnasio del hotel estaba prácticamente vacío. Dos hombres mayores hacían cinta sin hablarse. Octavio se plantó en la zona de pesas con cara de pocos amigos y empezó a cargar la barra con más kilos de los que necesitaba. Yo me fui al otro extremo, a las máquinas guiadas, intentando que la lycra no marcara el contorno metálico de la jaula. Imposible. Cualquiera que mirara con un poco de atención iba a notar el bulto raro a la altura del pubis.

Aguantó diez minutos antes de venir a buscarme. Se plantó al lado de mi máquina con un par de mancuernas en la mano y la camiseta de tirantes pegada al pecho de sudor.

—¿A ti te parece justo cómo me ha tratado hoy? —soltó sin saludar—. Llevo seis meses partiéndome el lomo con este contrato. Por una coma se ha puesto como un loco.

—Octavio, no entiendo de contratos en alemán. Ni en inglés bien. No soy la persona con la que tienes que hablar de esto.

—Claro, se me olvidaba. Tú solo estás aquí para servirle el café y abrirle las carpetas. —Bajó la voz medio tono—. ¿Qué llevas ahí debajo, por cierto? Se te marca raro.

—No es asunto tuyo.

—¿Eres su novio? ¿Su esclavo? ¿Las dos cosas? En la oficina la gente apuesta. Los maricas dan palmas y las chicas lloran porque resulta que el jefe se las dejó pasar a todas por algo.

Me levanté de la máquina y lo dejé hablando solo. Si me quedaba un minuto más, le iba a soltar algo que después no podía deshacer. Salí del gimnasio sin mirar atrás y me metí en los vestuarios. Quería pasar por la sauna cinco minutos, ducharme y subir.

***

En la sauna había dos hombres más, hablando en voz baja en algún idioma del este. Me senté en el banco de arriba con la toalla bien ceñida, cerré los ojos y respiré el aire seco. La piel se me empezó a relajar. Pensé en Sebastián cenando con el alemán a esa misma hora, en la sonrisa de tiburón que ponía cuando cerraba un trato a su medida.

La puerta se abrió y entró alguien nuevo. No quise abrir los ojos. Los dos hombres del este se despidieron en su idioma y salieron. Solo entonces escuché su voz.

—Bonita toalla.

Octavio. Sentado en el banco de abajo, justo enfrente, también con una toalla en la cintura y la polla a medio palmo, claramente dura, asomando por el borde.

—Vete a tomar por culo, Octavio.

—Tranquilo, no muerdo. —Se levantó y de un tirón me arrancó la toalla. La jaula quedó al aire, brillando bajo la luz amarillenta de la sauna. Su cara fue de pura satisfacción—. Mira esto. Yo pensaba que era una leyenda urbana.

Intenté taparme con la mano. La aparté yo mismo enseguida. Si me veía avergonzado, iba a ser peor.

—¿Te avergüenzas? —se burló—. A mí me parece que te queda bien. Si yo fuera marica, hasta me pondría cachondo.

—Lo estás, capullo. Se te ve.

—Es el calor. —Se sentó a mi lado y me apoyó el muslo contra el mío, con la misma calma con la que Sebastián me marcaba el territorio—. Sé bueno y hazme un favor. No se va a enterar.

—Quita el muslo.

—Venga, no te hagas el difícil. Lo estás deseando.

Le aparté la pierna y me levanté. Recogí la toalla del suelo y me fui directo a las duchas sin mirar atrás. Pensé que con eso bastaría. No bastó.

***

Octavio me siguió. Las duchas estaban vacías, los azulejos sudados de vapor y el ruido del agua era el único sonido. Yo había abierto el grifo y estaba enjuagándome el champú cuando sentí los brazos rodeándome por detrás. El tío estaba más fuerte de lo que aparentaba. Me apretó contra él y noté la polla dura contra las nalgas. Asco. Asco de verdad.

—Ya está. No te resistas. Lo estás deseando.

—Suéltame.

—Solo dime que sí y te suelto.

Hice como si me rindiera. Aflojé el cuerpo y dejé escapar una exhalación que pareció derrota. Octavio aflojó los brazos lo justo. Lo justo.

El codazo en las costillas se lo metí con todo el peso del torso. Le saqué el aire entero. Cuando se dobló buscando aire, le giré el puño contra el estómago y lo agarré del cuello con la otra mano. Lo estampé contra los azulejos. Su cara era un poema. Aquel pijo de gimnasio no había recibido una hostia de verdad en su vida.

—No me toques nunca más. ¿Lo has entendido?

—¡En la cara no, joder, en la cara no! —chilló cuando vio el puño cargado.

Me hizo tanta gracia el grito que no pude pegarle. Bajé el brazo. Lo solté. Cayó al suelo de las duchas como un trapo, tosiendo y agarrándose el costado izquierdo. Cogí mi toalla y me fui. Por el pasillo me crucé con los dos hombres del este, que habían oído el escándalo y se acercaban a auxiliarlo. Que se ayudaran entre ellos.

***

Subí a la habitación con los nudillos doloridos y la adrenalina todavía en el pecho. Llamé al servicio de habitaciones y pedí cuatro cervezas y una hamburguesa con patatas, exactamente lo que llevaba un mes prohibiéndome Sebastián por temas de la dieta y la jaula. Cuando entró por la puerta a las once y cuarto, yo estaba desnudo encima de la cama, con la jaula bien visible, una cerveza en la mano y la mitad de la hamburguesa en la boca.

Se quedó parado en la entrada un segundo entero, mirándome.

—Vaya. Me gusta más tu celebración que la mía.

—Era lo único que sabía pedir en inglés.

Se rió. Me levanté a desabrocharle la camisa, a sacarle los gemelos, a quitarle los zapatos. Lo de los zapatos no lo había hecho nunca. Era territorio de Tomás, su otro chico, el que tenía en Madrid. Sebastián no dijo nada. Se sentó en el borde de la cama y dejó que le bajara el pantalón.

—Hueles a sudor —dije, hundiendo la nariz en su cuello.

—He estado tres horas con un alemán que suda como un caballo. Tú apestas a cerveza.

—Te eché de menos.

—Llevas cuatro cervezas. No me lo creo.

—Llevo cuatro cervezas y te eché de menos.

Le hice una paja larga, parándome cada vez que su respiración cambiaba. Cinco veces lo dejé al borde y cinco veces lo bajé. Cuando por fin lo solté, gimió como si llevara semanas sin tocarse. La habitación olía a sudor y a él. Yo le había trepado al pecho y le mordía el hombro despacio.

—¿Te pasó algo con Octavio en el gimnasio? —preguntó al rato, como sin querer.

—No.

—Pues está en el hospital. Acaba de llamar el recepcionista.

Levanté la cabeza.

—¿Cuánto?

—Dos costillas rotas. Mañana no vuela.

—Mejor.

—¿Intentó algo?

—No llegó a tocarme la polla. Tenía que haberle partido la cara también.

—Tranquilo, Rocky. —Me acarició los nudillos uno por uno—. Ya suponía que iba a intentarlo.

Me incorporé. Las manos se me quedaron en el aire un segundo, sin saber dónde ponerse.

—¿Cómo que ya lo suponías? ¿Me has mandado al gimnasio a propósito?

—Te he mandado al gimnasio porque necesitaba comprobar una cosa.

—No soy tu puta, Sebastián. No me prestes a tus colegas para que pase pruebas.

—Mateo. —Me cogió de la barbilla y me obligó a mirarle—. No te estaba prestando. Sabía que tú no harías nada. Quería saber hasta dónde iba a llegar él. Octavio llevaba meses intentando boicotearme el trato con los alemanes para hacerse un hueco en la otra empresa. El detalle que se le «olvidó» incluir ayer me dejaba sin control de mi propia compañía después de la ampliación de capital. Klaus me lo confirmó durante la cena.

—¿Y si te hubieras equivocado conmigo?

—Eres mío. Y yo soy tuyo. No me equivoco con esas cosas.

Me callé. Apoyé la frente en su cuello y respiré. La cerveza me había puesto sentimental y la adrenalina seguía bajando despacio. Sebastián me pasó la mano por la nuca.

—Le voy a pagar una semana más de sueldo, fíjate, porque va a tardar en poder volar —dijo en tono burlón.

—¿Lo vas a despedir?

—En cuanto pise Madrid. Y se va a quedar sin trabajar en este sector durante años.

***

Estuvimos un rato sin hablar. Me había acostumbrado a ese silencio suyo después del sexo, cuando la cabeza por fin se le apagaba. Pensé que se había dormido. No se había dormido.

—Mateo.

—¿Qué?

—Iba a dártelo mañana. No puedo esperar.

Se levantó y sacó una caja pequeña del cajón de la mesilla. Yo levanté las cejas, medio en broma.

—Como sea un anillo, te juro que…

—No seas idiota.

Era una jaula. Más pequeña que la que llevaba puesta. Metálica, mate, con un mecanismo de cierre minúsculo. La que él había mirado embobado dos meses atrás en la tienda, cuando habíamos ido a comprar la primera. La que me había explicado en susurros que «atrofiaba» la polla con el tiempo, que la dejaba prácticamente inexistente, que era para quien iba muy en serio.

—Sebastián…

—Sé que no me la has pedido. Pero llevo semanas pensándolo. —Por primera vez desde que vivíamos juntos lo vi nervioso de verdad. Las manos le sudaban un poco—. Si no quieres, la devuelvo.

Cogí la jaula. Pesaba más de lo que parecía. La giré entre los dedos, repasé el cierre, sentí el frío del metal contra la palma.

—Si para ti es importante, me la pongo.

—Es importante.

—Pues desnúdate tú también.

Lo hizo en silencio, los ojos clavados en mí mientras yo me quitaba la jaula vieja. Mi polla liberada se veía ridícula. Llevaba meses sin verla dura y aquella noche tampoco iba a serlo. Pasé el anillo metálico por los huevos como me habían enseñado. Coloqué la cápsula del pene, que era poco más grande que un dedal. Apreté. Dolió un poco. El clic del cierre lo escuchamos los dos.

—Joder —susurró Sebastián.

—¿En qué momento te has desnudado tú?

—Soy más rápido de lo que crees.

Se acercó y me acarició la jaula con dos dedos, despacio, como si estuviera tocando algo sagrado. Yo no me moví. Era la primera vez que lo veía mirarme así, completamente concentrado en mí, sin disimulo ni juego de poder. Le bajé la mano hasta su propia polla y se la apreté una sola vez. Gimió y me apartó la mano.

—No me la toques o me corro.

—Tanto te gusta.

—No te imaginas el efecto que tienes en mí.

Me acercó la boca a la suya. Tan cerca que respirábamos el mismo aire.

—Mateo. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por mí?

—No lo sé. Me encantaría descubrirlo.

Dudó dos segundos. Después me besó. El primero. Después de un año entero de mamadas, pajas, castigos y noches enteras pegados, era el primer beso, y supe que aquello marcaba el punto donde lo de antes se acababa y empezaba algo distinto. No tenía ni idea de adónde íbamos a llegar. Tampoco quería saberlo todavía.

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Comentarios (5)

Juanfe_R

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

DiegoPaz

Por favor seguilo, quede con ganas de saber que paso despues. Segunda parte!!

Santi_BA

me recordo a una situacion que tube en un hotel de negocios hace unos anos, esas cosas inesperadas son las que se quedan grabadas. Muy bueno

NocheViva_73

Como termino todo? necesito saber jaja. Segunda parte por favor!!!

Carlitos_88

Me encanto el comienzo, la sauna como escenario tiene algo especial. Bien narrado, se siente real

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