Atendí la llamada de mi hermana con él dentro de mí
Soy gay, totalmente pasivo, y lo asumí del todo hace casi una década, cuando entendí que el placer que me provocaba la penetración era infinitamente más intenso que el de usar mi propia verga. No fue una crisis, fue una calma. Una de esas decisiones internas que uno toma sin avisarle a nadie, simplemente porque el cuerpo ya lo había decidido por uno.
Mi pene es chico. Eso nunca me angustió, porque desde muy joven supe para qué lado iba mi deseo. Lo mío era recibir, no embestir. Mi ano se relaja con una facilidad que casi me da gracia, y la primera vez que metí dos dedos sin esfuerzo entendí que ahí estaba todo lo que tenía que entender sobre mí.
Mateo y yo llevamos nueve años juntos. Cinco compartiendo este departamento en el séptimo piso, con vista a una medianera y a las luces amarillas de los balcones vecinos. Al principio, cuando nos mudamos, los del palier creían que éramos amigos. Después dejaron de creerlo. Nunca nos dijeron nada feo, salvo doña Marta del 7C, que durante los primeros meses nos saludaba con la sonrisa rara de quien se está dando cuenta. Después se acostumbró, como todos.
Mateo trabaja en un estudio de arquitectura. Llega tarde, suele estar tensionado y, cuando viene caliente, viene caliente de verdad. Lo conozco. Sé leer el modo en que deja las llaves en el plato de la entrada, sé interpretar cómo se afloja el cuello de la camisa, sé reconocer ese paso un poco más rápido por el pasillo. Esa tarde estaba en modo verga.
Yo estaba en el sillón, descalzo, hablando con mi hermana. Ella vive en Mendoza con su marido y sus dos hijos, y me llama dos veces por semana para contarme cualquier cosa: que el más chico repitió matemática, que el techo de la galería se filtra, que se peleó con la suegra. Nuestras conversaciones son largas porque ella habla mucho y yo, en realidad, disfruto escucharla. Es la única persona del mundo a la que dejo que me cuente cualquier cosa sin interrumpirla.
—¿Te llamé en mal momento? —me preguntó al principio.
—No, para nada. Contame.
Mateo entró al living, dejó las llaves, me miró y, sin decir una palabra, se desabrochó el pantalón. Cuando se lo bajó hasta los tobillos, ya tenía la verga afuera y dura. Me hizo el gesto de acercarme y le hice yo el gesto de esperar. Diez minutos, dame diez minutos.
Mi hermana, del otro lado, seguía con la historia de su vecina y un perro que se le metía siempre en el patio. Yo asentía cada tanto, intercalaba un «mhm» o un «no me digas», y mientras tanto le sostenía la mirada a Mateo, que se había sentado en el sillón con la mano alrededor de su miembro. Lo movía despacio, sin urgencia, como esperando que yo entendiera que él no se iba a ir a ningún lado.
Pasaron los diez minutos. Pasaron quince. Mi hermana arrancó con otro tema, esta vez sobre mi mamá y una pastilla nueva para la presión. No se podía cortar la llamada sin parecer brusco, y a mí, además, me gustaba escucharla.
Mateo se levantó, se acercó, se inclinó sobre mí y me dijo al oído, muy bajito, sin rozar el micrófono del celular:
—Acostate de cucharita. Yo hago todo.
Le hice caso. Me corrí al otro extremo del sillón, me acosté de lado dándole la espalda y dejé que él se acomodara detrás de mí. Mi hermana seguía hablando del cardiólogo.
Mateo me bajó el pantalón corto que tenía puesto. Debajo, como siempre, llevaba una tanga. Uso ropa interior femenina desde hace años. No es algo que haya decidido un día determinado, fue ocurriendo. Compré la primera por curiosidad, en una tienda de Once, y nunca más volví a usar nada masculino. La tela me hace sentir más mío, más yo, y dentro de la relación es un modo silencioso de afirmar mi rol. A Mateo le gusta. Nunca le pedí permiso, pero la primera vez que me las vio se quedó mirándome unos segundos largos y después dijo, muy serio, «no te las saques nunca más».
Hizo a un lado la tanga sin sacármela, y sentí su lengua. Caliente, paciente, recorriendo. Mi hermana cambió de tema. Empezó a contarme algo sobre el cumpleaños de mi sobrino. Yo respiré hondo por la nariz para que no se notara, y le dije:
—Contame, contame.
Mateo lamía despacio, con la concentración del que tiene tiempo. Después subió un dedo, lo deslizó adentro, lo movió en círculos. Mi cuerpo respondió como siempre, abriéndose sin pedirme permiso. Es algo que a veces me sorprende: la naturalidad con la que mi ano se entrega, sin importar dónde esté mi cabeza. Esa tarde mi cabeza estaba en Mendoza, escuchando a mi hermana describir qué torta había encargado, y mi cuerpo estaba acá, esperando.
Sentí la cabeza de su verga apoyarse. La saliva, la presión exacta, ese instante en que todo se vuelve un punto de contacto y yo solamente tengo que dejar que pase. Entró sin pausa, completo, hasta donde podía entrar.
—¿Estás ahí? —preguntó mi hermana del otro lado.
—Sí, sí, perdón. Se me cortó un segundo. Seguí.
Mateo se empezó a mover. Lentísimo. Tan despacio que casi parecía que no se movía, pero yo lo sentía en cada milímetro. La gente cree que el sexo es ruidoso, y a veces lo es, pero hay un tipo de sexo silencioso que es de los más intensos que existen. Es el sexo en el que no se te escapa nada, en el que tu cuerpo absorbe todo hacia adentro, en el que cada empuje es un secreto que solamente saben dos.
Yo seguí hablando con mi hermana. Le contesté cosas, le pregunté otras. Le dije que sí cuando me preguntó si íbamos a ir en agosto, le dije que iba a fijarme cuando me pidió el teléfono de un electricista, le dije que estaba bien cuando me preguntó si estaba bien. Si supiera.
Mateo tenía una mano apoyada en mi cintura y la otra entrando por el frente de mi tanga. No para tocarme la verga, sino solamente para tenerme. Para sostenerme. A veces creo que él entiende mejor que yo lo que necesito. La penetración me relaja, me ordena, me hace bajar todas las defensas. Es contraintuitivo para alguien que no lo vive, pero estar lleno de su verga me deja la cabeza más despejada que cualquier meditación.
Mi hermana empezó a quejarse del precio del supermercado. Yo seguía con la respiración pareja, casi imperceptible. Mateo aceleró un poco, no mucho, lo justo. El sillón crujía bajito. Yo apretaba el celular contra la oreja y sentía cómo sus caderas se acomodaban contra mi cola, una y otra vez, como si tuvieran un tiempo propio.
—Y vos, ¿qué tal en el laburo? —me preguntó ella.
—Tranquilo. Hoy salí más temprano.
—Qué bueno. ¿Y Mateo, cómo anda?
Casi me reí. Casi. Apreté los labios y respiré por la nariz.
—Bien. Está terminando un proyecto.
Sí. Está terminando un proyecto.
Él me apretó más fuerte cuando dije eso, como si me hubiera escuchado y le hubiera causado gracia. Empezó a moverse con más profundidad, todavía sin ruido. Sus embestidas se hicieron lentas pero largas, esas en las que sale casi del todo y vuelve a entrar entero. Cada vez que volvía a entrar yo sentía un calor que me subía desde el coxis hasta la nuca, y sin embargo mi voz seguía firme, neutral, conversando.
—Bueno, te dejo, que se me hace tarde con la cena —dijo mi hermana en un momento.
—Dale, hablamos.
—Te quiero.
—Y yo a vos. Chau.
Corté.
Apenas dejé el celular sobre el respaldo del sillón, exhalé fuerte por primera vez en veinte minutos. Mateo soltó una risita corta, sin dejar de moverse, y me mordió el lóbulo de la oreja.
—Aguantaste bien —me dijo.
—Aguanté muy bien.
—Ahora me toca.
Y empezó a cogerme en serio. Lo que antes era contención, ahora era empuje. Lo que antes era silencio, ahora era el ruido seco de su pelvis contra mi cola. Lo que antes era espera, ahora era todo lo que él había estado guardándose mientras yo le decía a mi hermana que estaba tranquilo en el trabajo.
Me dio vuelta, me puso boca abajo con un brazo, me apoyó la cara contra el almohadón del sillón y volvió a entrar. Yo me agarré del respaldo. La tanga seguía corrida a un costado, los pantalones cortos en el piso, los nudillos blancos. Sentí cada arremetida en lugares de mi cuerpo que no sabía que existían.
—No hagas ruido —me dijo, medio en broma, medio no—. Capaz te llama otra vez.
Me reí contra la tela del almohadón.
Cuando él está por terminar, yo lo sé sin que me diga nada. Su respiración cambia, su mano se ajusta más en mi cintura, sus embestidas pierden ritmo y ganan profundidad. Esa tarde no fue la excepción. Sentí el calor del semen llenándome, esa sensación tan particular y tan mía, y después la verga ablandándose lentamente, perdiendo presencia, hasta salir de mí sin urgencia.
Quedé quieto, boca abajo, con la cola al aire y los pies colgando del costado del sillón.
Sí, lo hacemos sin forro. Es algo que decidimos hace muchos años, después de pruebas, conversaciones y la confianza que se construye cuando dos personas eligen, todos los días, no engañarse. Él prueba mi ano, yo pruebo su verga, y no hay nadie más en la cama. Cuando algo así se sostiene en el tiempo, se vuelve casi un voto silencioso.
Mateo se fue al baño y volvió con una toalla húmeda y otra seca. Me limpió él. Es una de esas cosas que para alguien externo puede sonar exagerada, pero que en una pareja de tantos años se convierte en una forma de cuidado más. Después me dio un beso en la nuca, me palmeó la nalga y se fue al living.
—¿No venís? —me preguntó desde allá.
—Quedate vos. Yo me quedo un rato así.
Lo escuché prender el televisor, buscar el control, poner ese canal de boxeo que mira de fondo cuando quiere desconectar. Yo me quedé boca abajo en el sillón, con la tanga corrida y los muslos pegajosos, mirando un punto fijo de la pared.
Si mi hermana supiera.
Sonreí solo, contra el almohadón. Tomé el celular y le mandé un mensaje: «Te quiero, hablamos mañana». Y cerré los ojos.