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Relatos Ardientes

Mi primera salida vestida y el hombre del boliche

Me mudé a Rosario en 2012 por un trabajo de programador. Alquilé un departamento de un ambiente cerca de la peatonal y, por primera vez en mi vida, viví solo. Esa libertad me cayó como un soplo. Empecé a comprar cosas que siempre había deseado y nunca me había animado a tener: un par de bombachas de encaje, una tanga negra muy chiquita, unas medias caladas que dejaba escondidas debajo del colchón.

Al principio era solo eso: vestirme cuando volvía del trabajo, mirarme al espejo, sacarme la ropa antes de dormir. Después abrí un perfil en un chat de la época y empecé a conocer chicos parecidos a mí. Algunos vivían lo mismo en absoluta soledad. Otros tenían años de vuelo y me enseñaron lo que yo no sabía ni preguntar.

Con tres de esas chicas me hice amiga de verdad. Marisol vivía en pareja con Andrés desde hacía casi una década y manejaban el tema con una naturalidad que a mí me parecía ciencia ficción. Lorena era ingeniera, recién separada, y le había puesto fecha de vencimiento al armario. Patricia trabajaba en una agencia de viajes y solía traer perfumes importados que repartía entre nosotras.

Los viernes éramos rito. Caía a las nueve a casa de Marisol con una mochila llena de ropa y un par de zapatos. Andrés ya tenía la hielera preparada y la mesita del living transformada en tocador. Nos pintábamos entre las cuatro, nos enseñábamos a difuminar el corrector sobre la barba apenas afeitada, nos prestábamos collares y carteritas. A esa altura ya éramos una hermandad.

—Hoy te dejás los labios rojos, vos —me dijo Marisol con un pincel en la mano—. Te vi mirando ese delineado y no te animaste.

—Es que con rojo me siento como disfrazada —contesté.

—Estás disfrazada, mi amor —se rió Patricia desde el sillón—. Pero te queda divino.

Andrés era un tipo grandote, casi dos metros, de manos enormes y una sonrisa muy abierta. Trabajaba en una empresa de logística y los viernes oficiaba de chofer, guardaespaldas y, según el ánimo, un poco más. Todas habíamos pasado por su cama en algún momento, con Marisol mirando o participando. Eso ya lo teníamos resuelto y ninguna le ponía drama.

Esa noche íbamos a estrenar un boliche en barrio Pichincha. Había abierto hacía dos meses y, según Lorena, era el único lugar de la ciudad donde no te miraban raro por entrar con una bota de caña alta y la nuez de Adán a la vista. Andrés nos dejó a una cuadra y media, en una esquina con árboles. Caminar esas dos cuadras era parte del juego.

—Yo paso primero —dijo Marisol mientras se acomodaba el escote—. Si los patovicas se hacen los vivos, yo arreglo.

Fuimos en fila india. Patricia adelante, después Lorena, después Marisol y yo al final. Cuando llegamos a la puerta, los dos hombres de la entrada saludaron a mis amigas con una venia respetuosa. A mí me detuvieron con la mano abierta.

—Vos pagás —me dijo el más alto.

—Es de las nuestras —saltó Marisol—. Disfrazada de varón, ¿no ves?

El patovica me miró de arriba abajo. Yo medía uno setenta y ocho descalza y esa noche llevaba alpargatas chatas, un jean negro pegadísimo que me marcaba la cola, una musculosa blanca sin corpiño y un delineado negro que me había costado media hora hacer. Tenía el pelo a la altura de la nuca y un mechón largo del lado izquierdo que se me caía sobre la cara cada dos por tres.

—¿Disfrazada? —preguntó él, y se ablandó—. Pasá, dale.

Las chicas estallaron en risitas adentro y me agarraron del brazo.

—Te miró toda la cola, ¿viste? —me sopló Patricia al oído.

***

El boliche tenía dos pisos. Abajo, electrónica fuerte y luces estroboscópicas. Arriba, una pista chica con música más latina y un balcón que daba a la calle. Subimos directo. Lorena pidió cuatro tragos y los repartió con la solemnidad de un sacerdote.

—Por la primera salida del año —brindó.

Tomamos parados, contra una columna, y después nos metimos en el centro de la pista. Yo nunca había bailado mucho en mi vida anterior. Vestida así, en cambio, el cuerpo me funcionaba distinto. Las caderas iban solas, los brazos se elevaban sin que yo los pensara. Cerré los ojos un par de veces y me dejé llevar por el bajo.

Llevábamos veinte minutos cuando lo sentí. Una mano grande sobre mi cadera, los dedos abiertos, apoyada con la confianza de quien conoce el terreno. Un cuerpo se pegó a mi espalda y una boca caliente buscó mi oreja.

—Hola, bebé.

El aliento me erizó la piel del cuello. No me moví un segundo. Después giré despacio, todavía sin entender bien si era para mí o para alguna de mis amigas.

Era alto. Le calculé un metro noventa, con el pelo oscuro lleno de rulos cortos y los ojos verdes muy claros, casi grises bajo las luces. Llevaba una camisa azul con tres botones desprendidos y un pecho ancho cubierto de vello negro. Olía a algo cítrico, a colonia buena. La sonrisa se le congeló a la mitad cuando me vio la cara.

—Eh… —empezó.

—¿Qué pasó? —pregunté con la voz lo más liviana que pude.

Se acercó otra vez al oído. Esta vez con menos seguridad.

—Disculpame. Te confundí con una amiga. De atrás, pensé… —se le escapó una risa nerviosa—. Te juro que pensé que eras ella.

—No pasa nada —dije, y no me corrí ni medio paso.

Me miró otra vez de arriba abajo, y esta vez la mirada fue distinta. Más larga, más detenida. Se quedó un rato en mis hombros desnudos y otro rato en mi boca. Levanté la pera un poquito, como había visto hacer a Marisol mil veces.

—¿Me veo bien? —le pregunté.

—Te ves muy bien —contestó.

Lo que vino después fue silencio de pista, dos cuerpos quietos en medio de gente que saltaba. Él no se iba, yo no me iba.

—¿Qué tomás? —me preguntó.

—Lo que vos invites.

Miré por encima del hombro a mis amigas. Marisol levantaba las cejas con cara de no puedo creer lo que veo. Patricia me hacía un gesto con la mano que significaba andá, andá. Les guiñé el ojo y le agarré la mano. Era enorme y caliente.

***

Me llevó a la barra del fondo, donde la música pegaba menos. Pidió un fernet para él y, sin consultarme, otro para mí. Yo casi no tomaba fernet, pero me lo tomé igual.

—Me llamo Mateo —dijo.

—Cami —contesté, sacando el nombre de algún lado.

Me miró fijo medio segundo, como evaluando. Después asintió.

—Cami —repitió—. ¿Venís seguido?

—Primera vez.

—Yo tampoco. Vine con un par de amigos del laburo y los perdí. ¿Vivís en Rosario?

Asentí. Hablamos pavadas un rato. De dónde trabajaba, qué hacía, si tenía hermanos. Él era abogado, trabajaba en un estudio chico cerca del río. Treinta y dos años. Soltero hacía un año.

Mientras hablábamos, no me sacaba la mano de la cintura. Los dedos me iban subiendo medio centímetro cada tanto, hasta tocar el borde de la musculosa. Yo respiraba bajo.

—Sabés que no soy chica —le dije en un momento, sin saber bien por qué tenía que decirlo.

—Ya sé.

—¿Y?

—Y nada —se encogió de hombros—. Me gustás igual. Capaz más.

Le miré los ojos. No había desafío ahí, ni morbo del que te hace sentir fea. Era una constatación tranquila, dicha por alguien que ya había pensado el tema antes y lo tenía resuelto. Eso me bajó la guardia más que cualquier piropo.

—Es la primera vez que salgo así —le dije.

—¿Vestida?

—Vestida y que un tipo me hable de esta manera. En general no me miran.

—No te miran porque no te ven —contestó, y me corrió el mechón de la cara con un dedo.

***

No me besó adentro del boliche. Eso lo agradecí después. Me llevó al balcón del primer piso, donde había unas mesitas con luces bajas y olía a tabaco. Se apoyó contra la baranda y me atrajo despacio. La calle abajo era un río de gente que entraba y salía.

—¿Te molesta si te beso? —preguntó.

Negué con la cabeza. Me dio el primer beso muy suave, casi un roce. El segundo fue más largo. Para el tercero ya tenía una mano en mi nuca y la otra plantada en la parte baja de mi espalda, presionando hacia abajo. Sentí su erección contra mi cadera y se me cortó la respiración un instante.

—Perdón —dijo bajito, dándose cuenta.

—No pidas perdón.

Nos quedamos así un rato largo, besándonos contra esa baranda, mientras el viento fresco del río nos pegaba en la cara. Un desconocido enorme me está besando como si fuese la cosa más obvia del mundo, pensé. Y mis amigas, una planta más abajo, probablemente lo sabían y estaban brindando por mí.

Cuando nos separamos para tomar aire, me preguntó si quería irme con él. Le dije que tenía que avisarle a mis amigas. Bajé sola, las encontré en una mesita, le conté a Marisol lo mínimo. Ella me agarró de la mano.

—¿Estás segura? —me preguntó—. No tenés que hacerlo si no querés.

—Estoy segura.

—Cualquier cosa, me llamás. Andrés viene a buscarte donde sea. ¿Anotaste su número en algún lado?

Le mostré el celular. Lo tenía guardado desde la primera previa.

—Andá —me dijo, y me dio un beso en la frente que me corrió media base.

***

Mateo vivía en un departamento amplio en barrio Echesortu, en un sexto piso con balcón terraza. El viaje en taxi lo hicimos casi sin hablar, con su mano en mi rodilla y la mía sobre la suya. Subimos en silencio, entramos en silencio. Cerró la puerta y prendió una luz baja en el living.

—¿Tomás algo? —me preguntó por cortesía.

—Agua.

Me dio un vaso. Lo tomé entero mientras él me miraba apoyado contra la mesada de la cocina, los brazos cruzados, sin apuro. Cuando dejé el vaso, vino hasta mí, me corrió otra vez el mechón y me besó. Esta vez sin baranda, sin gente, sin viento. Sentí cómo me iba aflojando contra él.

Me llevó al dormitorio de la mano. Encendió una lámpara apenas suficiente para vernos. La cama era grande, con sábanas grises bien tendidas. Me senté en el borde y él se arrodilló frente a mí. Me sacó una alpargata, después la otra. Me miró los pies, las uñas pintadas de rosa que me había hecho Patricia esa tarde.

—Estás hermosa —me dijo, y lo dijo de verdad.

Me ayudó a sacarme la musculosa. Cuando vio la tanga negra que asomaba arriba del jean, sonrió por primera vez en toda la noche con esa sonrisa entera con la que se me había acercado al principio. Me bajó el jean despacio, con las dos manos, mirándome los muslos como quien examina algo que le habían descrito y no terminaba de creer.

—No sabés cuánto hace que tenía ganas —murmuró.

—¿De qué?

—De esto. De alguien como vos. Justo así.

Me acostó en la cama y se sacó la camisa. El pecho ancho y peludo me quedó cerca de la cara. Le pasé la mano por el vello y le sentí el corazón yendo rápido bajo la palma. Eso me dio una seguridad nueva, una que nunca había tenido en ninguna cama.

—Vení —le dije.

Se acostó encima de mí con un cuidado que no esperaba de un cuerpo tan grande. Me besó el cuello, los hombros, el hueco que se forma entre las clavículas. Me dijo cosas al oído que no voy a repetir acá porque son nuestras. Me trató con una paciencia que me dejó claro que no era la primera vez que estaba con alguien como yo, y que la diferencia entre una buena noche y una mala noche, muchas veces, es justamente esa paciencia.

***

Esa noche no es la historia entera. La historia entera tiene meses, una mudanza, un par de peleas y una amistad larga con Mateo que todavía dura. Esa noche fue el comienzo. El comienzo del día en que entendí que vestirme no era un disfraz, ni un secreto vergonzoso, ni un juego de viernes en casa de Marisol. Era una manera de ser yo que el mundo, si una le daba la oportunidad, sabía mirar.

Cuando volví a casa al mediodía siguiente, todavía con el delineado corrido y el rímel hecho un desastre, me senté en el borde de mi cama con la ropa de la noche anterior puesta. Saqué el celular y le mandé un mensaje a Marisol.

—Gracias por todo.

Me contestó al segundo.

—Bienvenida, mi amor. Recién empezás.

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Comentarios (4)

NocheProfunda44

Me encanto!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo, en serio.

CuentoFan99

Directamente a favoritos.

LauraNight

Me hizo acordar a mi primera vez saliendo asi de noche, esa mezcla de nervios y adrenalina que describes se siente muy real. Muy bien contado.

NicoMdq_lee

por favor que haya segunda parte!!! me quede con ganas de saber como termino todo

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