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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el baño del centro comercial

Aquel miércoles por la tarde tenía la jornada libre y nada concreto para hacer. El piso me ahogaba, así que agarré las llaves, bajé a la calle y crucé hasta el centro comercial que está a tres cuadras de casa. No buscaba nada en particular. Solo aire acondicionado, gente desconocida pasando, vidrieras iluminadas y la sensación de no estar encerrado entre cuatro paredes.

El lugar estaba casi vacío. Las pocas personas que se cruzaban conmigo caminaban distraídas, con bolsas en las manos o con el teléfono pegado al oído. Di una vuelta entera por la planta baja, miré tonterías en una librería, probé un perfume que olía a madera y a pimienta negra, y a la media hora más o menos me empezaron a entrar ganas de orinar.

Llevaba tres semanas sin tocarme. Tres semanas exactas. Había vuelto de un viaje largo por trabajo, había dormido mal, había comido peor, y cuando finalmente caí en mi propia cama lo único que hice fue dormir doce horas seguidas. El deseo se había quedado guardado en algún rincón del cuerpo, esperando que alguien o algo lo despertara. Ni siquiera había pensado en eso esa mañana.

El baño estaba en el extremo norte del segundo piso, al lado de una tienda de zapatillas que parecía cerrada. Empujé la puerta. Olía a desinfectante de pino, y la luz blanca rebotaba en los azulejos como si yo estuviera dentro de una nevera. Había tres cubículos. Uno cerrado, dos abiertos. Me lavé las manos primero, no sé por qué, supongo que por inercia.

Entonces lo vi en el espejo.

Un hombre alto, de unos treinta y tantos, con la barba bien recortada y una camisa de leñador arremangada hasta los codos, estaba parado a unos metros detrás de mí. Me sostuvo la mirada en el reflejo durante demasiado tiempo. Después inclinó la cabeza hacia la puerta del cubículo cerrado y arqueó las cejas. No hizo falta más. Era una de esas señales que se entienden sin traducción.

Hacía meses que no recibía una invitación tan clara.

Cerré el grifo despacio. Me sequé las manos en el pantalón porque no quería darle la espalda al espejo. Me di la vuelta. Él ya tenía la mano en la puerta del cubículo, esperándome con esa misma calma de quien sabe exactamente lo que va a pasar. La abrió apenas lo suficiente para que entendiera.

Adentro, otro hombre estaba arrodillado en el suelo.

Era más joven que el de la camisa, con el pelo oscuro y una barba descuidada que le tapaba media cara. Tenía en la boca la polla del primero, que se había bajado los pantalones hasta los muslos. Era un miembro grueso, muy peludo, con la base oculta entre el vello oscuro. El arrodillado lo chupaba sin prisa, con la lengua plana, y al verme entrar levantó los ojos sin sacárselo y me miró como si me hubiera estado esperando desde temprano.

Entré. Cerré la puerta del cubículo lo mejor que pude, corrí el pestillo, y los tres quedamos encerrados en ese cuadrado pequeño de azulejo blanco y sombras tibias.

—¿Vas a quedarte mirando? —dijo el de la camisa, en voz baja.

No respondí. Me bajé la cremallera del pantalón y saqué la verga, que ya estaba dura desde antes incluso de cerrar la puerta. No exagero si digo que en tres semanas no había estado así. Latía. El del suelo soltó al primero un segundo, sonrió de costado, y me hizo un gesto con la barbilla. Di un paso adelante y se la metí en la boca sin pedir permiso.

Tenía la lengua tibia y húmeda. No hacía nada espectacular, pero sabía exactamente dónde apoyar la punta y cuándo cerrar los labios. Pasaba la lengua por la cara inferior con una lentitud calculada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después, sin previo aviso, atrajo con la otra mano la polla del primero hacia él, y en segundos tenía las dos pollas dentro de la boca, una al lado de la otra, lamiéndolas con la lengua plana como si fueran un postre que llevaba tiempo esperando.

—Qué chupada más rica —murmuré, casi sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.

El de la camisa se inclinó hacia mí por encima de la cabeza del arrodillado. Su barba olía a tabaco apagado y a colonia barata. Me tomó la cara con una mano y me besó. Fue un beso seco al principio, después con lengua, después con dientes. Hablaba en voz muy baja, casi al oído.

—Quédate quieto —me dijo—. No te muevas. Vamos a acabar los dos en su boca.

El del suelo gimió con la boca llena al escuchar aquello. Me agarró las nalgas con una mano y al otro lo agarró de los testículos con suavidad. Se notaba que esto no era nuevo para él. Sabía repartirse, alternar, dejar que la saliva cayera por la mandíbula y subiera otra vez con la lengua. Yo bajaba la mirada y veía cómo las dos vergas desaparecían y volvían a aparecer entre sus labios. Es una imagen que se me quedó grabada en la cabeza muchos días después.

No aguanté ni cinco minutos.

Tres semanas sin descargar son tres semanas. La presión me subió desde los muslos y desde la base de la columna al mismo tiempo, como una corriente. Apreté los dientes para no hacer ruido y me corrí en su boca con tanta fuerza que el primer chorro lo escuché golpear contra el paladar. Él no se movió. Tragó parte, dejó que otra parte le bajara por el mentón en un hilo espeso, y siguió sosteniendo al otro como si no hubiera pasado nada.

—Despacio —me dijo el de la camisa al oído—. Despacio. Falta uno.

Le costó otro par de minutos. Le vi tensar las piernas, cerrar los ojos, apretar la mandíbula. Cuando estaba a punto, el del suelo se sacó la verga de la boca y se la dejó apoyada en la mejilla. Lo recibió todo en la cara. Le cayó en el pómulo, en la barba, en la comisura de los labios. Una parte le entró en la nariz y se rió en silencio, sin abrir los ojos del todo, como si aquello también fuera parte del juego.

Me quedé mirando la escena como si la estuviera viendo desde afuera. Mi propio semen seguía corriendo por su barbilla, mezclado con saliva, y mi verga, todavía dura, le rozaba la frente. Faltaba solo él. Se notaba en la forma en que se le tensaba el cuello y en cómo respiraba por la nariz. Tenía la mano en su polla y se masturbaba con un ritmo lento. Iba a venirse en un minuto, dos como mucho.

Pero algo lo interrumpió.

Una puerta. La principal del baño. Voces de dos personas que entraban hablando al mismo tiempo. Un hombre mayor pidiendo permiso con voz ronca, y una mujer respondiéndole con tono cansado. Era la señora del aseo, arrastrando un cubo de plástico que chirriaba contra el suelo.

Los tres nos quedamos inmóviles dentro del cubículo. El del suelo abrió mucho los ojos. El de la camisa se llevó un dedo a los labios. Yo me apreté contra la pared para que mis zapatos no se vieran por debajo de la puerta. Afuera, la señora arrastraba el cubo de un lado al otro. El hombre mayor se metió en el cubículo de al lado y empezó a hacer ruidos de los que no se pueden disimular.

Esperamos sin respirar. El del suelo se limpió como pudo con el reverso de la mano y con el borde de la camisa que llevaba debajo del jersey, se subió la cremallera del pantalón con una lentitud absurda, y se puso de pie sin hacer crujir las rodillas. El de la camisa terminó de acomodarse el cinturón, respiró hondo y me miró con una sonrisa que parecía decir nos salvamos por poco.

***

Salimos en fila india. Primero el de la camisa, después el del suelo, al final yo. La señora del aseo nos miró pasar con cara de no haber visto nada en su vida y, al mismo tiempo, de haberlo visto todo. El hombre mayor seguía encerrado, ajeno. Nos cruzamos las miradas los tres en el pasillo y nos reímos por lo bajo, con una risa nerviosa que no terminamos de soltar hasta llegar a la escalera mecánica.

Justo antes de separarnos, el del suelo me agarró de la muñeca y me puso un papel doblado en la palma de la mano. No dijo nada. Solo me cerró los dedos sobre el papel, sonrió de medio lado, y se fue detrás de su compañero. Los vi alejarse hasta la planta baja y desaparecer por la salida lateral del centro comercial, donde el sol pegaba fuerte contra el cristal.

Caminé hasta una banca de las que hay frente a las tiendas cerradas y me senté. Abrí el papel con cuidado, como si fuera a romperse. Dos nombres escritos a lápiz —Damián y Bruno— y un número de móvil, sin prefijo, sin instrucciones, sin más palabras. Lo doblé otra vez y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.

Lo habían planeado. Estaba claro. Esperaban en el baño a que entrara alguien que mordiera el anzuelo, alguien que reconociera la mirada en el espejo y se atreviera a abrir la puerta. Ese alguien resulté ser yo, recién aburrido, recién con tres semanas de abstinencia encima, recién con la cabeza lo bastante vacía como para entrar sin pensarlo. No me sentí usado. Me sentí elegido.

Salí del centro comercial bajo un sol de tarde que no había notado al entrar. Caminé sin rumbo unas cuadras, todavía con la respiración un poco corta y el papel quemándome el bolsillo trasero. Llegué a casa, me serví un vaso de agua de la nevera y me senté en el sofá con el papel sobre la mesa de centro. Lo miré durante un rato largo, sin tocarlo.

Tres semanas. Y un día libre. Y un baño de centro comercial. Las cosas pasan cuando uno deja de buscarlas, pensé. Cuando uno baja la guardia y se distrae mirando perfumes.

Esa noche guardé el papel en la cajonera de la mesilla, entre dos libros que nunca termino. Pensé que tal vez los llamaría al día siguiente, o al otro, o el fin de semana. Pensé también que tal vez no, que tal vez prefería dejarlo así, como una historia cerrada de una tarde cualquiera. Pero algo se me quedó claro caminando de vuelta a casa: nunca, en mi vida entera, había salido de un baño público con tantas ganas de volver a entrar.

Y, por cierto, olvidé orinar.

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Comentarios (4)

MatiasMDP

excelente relato, me quede enganchado desde el principio!!

GabrielRdz

Por favor seguí escribiendo de este tipo de encuentros, quede con ganas de mas jaja

JuanCruz_BA

Muy bien llevado el relato, se nota la tension desde el primer parrafo. Escribis bien, ojala publiques mas.

LectorNocturno77

me recordo un poco a algo que me paso, esas situaciones inesperadas son las mejores jaja

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