Lo que pasó con mi mejor amigo después de la fiesta
Antes de empezar, vale la pena que me presente un poco. Me llamo Mateo, en esta historia tenía dieciocho años recién cumplidos, mido casi uno noventa y soy moreno, con algo de panza pero nada exagerado. Mi cuerpo no es perfecto, pero el culo siempre me lo elogiaron, incluso en los vestuarios del club. Lo importante, para entender lo que viene, es que hasta esa noche yo no había estado con nadie. Con nadie de verdad. Algún beso suelto en una discoteca y poco más.
—Oye, Adrián, esta noche te quedas a dormir en mi casa, ¿no?
Fueron las primeras palabras que le dije al verlo aparecer por el portal, con el traje azul marino que se había comprado para la graduación. Adrián era mi mejor amigo desde los seis años. Rubio, con el pelo rizado siempre un poco despeinado, piel muy blanca y un cuerpo fibrado de los que se hacen jugando al baloncesto desde niño. Nunca lo había visto desnudo del todo, así que tampoco puedo dar más detalles, pero alcanza con decir que cualquiera de las chicas del barrio se daba la vuelta cuando él pasaba.
Habíamos compartido cama un montón de veces a lo largo de los años, sobre todo los sábados en los que salíamos hasta tarde. Mis padres trabajaban en otra ciudad y casi nunca aparecían los fines de semana, así que mi piso era el cuartel general del grupo. Adrián tenía sus llaves y a esa altura ya era como si viviera ahí la mitad del mes.
Lo que él no sabía, lo que nadie sabía, era que yo lo deseaba desde los dieciséis. Empezó como una curiosidad rara, una mirada que se quedaba más tiempo del normal cuando se cambiaba en los vestuarios, y terminó convertida en algo que me obsesionaba. Cada vez que dormíamos juntos era una tortura preciosa. Antes de apagar la luz siempre nos dábamos masajes, esa era nuestra tradición tonta de adolescentes, y para mí ese rato valía oro. Tenía que controlar la respiración para que no se notara nada, mientras él me hablaba de fútbol o de la última chica con la que había salido.
La graduación fue como tenía que ser. Nos juntamos los doce de siempre, cenamos en un restaurante del centro, sacamos mil fotos vestidos como si fuéramos a una boda y después nos fuimos a una discoteca donde bebimos más de la cuenta. Adrián estuvo toda la noche pegado a mí, abrazándome cada dos minutos, riéndose como un crío con cada chiste malo. Yo me dejaba llevar, intentando no pensar demasiado en el calor de su brazo sobre mis hombros.
Llegamos a mi casa a eso de las seis de la mañana. Subimos en silencio para no despertar a los vecinos, riéndonos por lo bajo cada vez que uno de los dos se tropezaba en la escalera.
—Menuda nochecita, tío —dijo Adrián mientras se aflojaba la corbata—. Estoy reventado. Unos masajitos de los nuestros y a sobar.
—Hecho —contesté, tratando de sonar tranquilo.
Estábamos lo bastante borrachos como para que la idea de dormir en el salón con los trajes puestos nos diera pereza absoluta. Sin hablarlo mucho, nos los quitamos en el dormitorio de mis padres, donde estaba la cama grande, y nos metimos en calzoncillos. A él se le veía la marca del elástico negro contra la piel clara, y yo procuré no mirar más de la cuenta.
—Empieza tú —me dijo mientras se tiraba boca abajo sobre el edredón.
Me coloqué encima de él, a horcajadas, apoyado un poco más abajo de la cintura. Tenía un culo respingón que se le marcaba debajo del algodón, y por mucho que intenté concentrarme en otra cosa, sentí cómo mi polla empezaba a despertarse. Le pasé las manos por la espalda con calma, hundiendo los pulgares en los hombros, dibujando círculos lentos. De vez en cuando dejaba que los dedos bajaran un poco más, casi rozando el borde del calzoncillo, y rezaba para que él lo achacara al alcohol.
Después de unos minutos, mi erección era imposible de disimular. Me angustié. Tenía que distraerlo como fuera, así que solté lo primero que se me ocurrió.
—Oye, ¿y con Carolina cómo va la cosa? ¿Ya te la has tirado o qué?
Carolina era una chica con la que él llevaba unas semanas. Lo conocía por las capturas de WhatsApp que me enviaba pidiéndome consejos.
—Qué va —contestó con la cara aplastada contra la almohada—. Solo besos, alguna paja, algún dedo. Aunque el otro día me hizo una mamada de las que no se olvidan. Me dejó la polla empapada, tío, y se tragó hasta la última gota.
Yo creía que ya estaba duro del todo, pero al oírle decir eso la polla se me puso de piedra. Sentí que la cara me ardía y agradecí que él no pudiera verme.
—Va, tu turno —dije bajándome de encima.
Cambiamos posiciones. Ahora era yo el que estaba boca abajo y él el que se sentaba sobre mi espalda baja. Sus manos empezaron a recorrer mis hombros y yo intenté pensar en cualquier cosa que me bajara la calentura, sin éxito. El roce del edredón contra mi polla sólo empeoraba las cosas.
—¿Sabes qué? —dije sin pensarlo del todo—. Ojalá a mí también me la chupen pronto.
Hubo un silencio. Un silencio raro, distinto, de los que pesan. Y entonces sentí cómo Adrián se inclinaba hasta que su boca quedó a la altura de mi oreja. Su aliento olía a la última copa que se había tomado.
—¿Ah, sí? —susurró—. ¿Tantas ganas tienes?
Esto no está pasando. No puede estar pasando.
No me dio tiempo a contestar. Sus manos bajaron por mi espalda con una lentitud que me puso la piel de gallina. Llegaron al elástico del calzoncillo y, sin pedir permiso, lo deslizaron hacia abajo hasta dejarme el culo al aire. Yo me quedé congelado, sin atreverme ni a respirar. Sentí cómo sus dedos abrían mis nalgas y, un segundo después, la punta de su lengua se posó sobre mi ano y empezó a moverse en círculos pequeños y húmedos.
No tengo manera de describir lo que pasaba por mi cabeza en ese momento. Era el chico que llevaba dos años protagonizando todas mis fantasías y estaba ahí, comiéndome el culo en la cama de mis padres a las seis y media de la mañana. Apreté las sábanas con los puños y mordí la almohada para no soltar un gemido que se me había atragantado.
Estuvo así un buen rato, alternando lametones largos con besos suaves en la parte interna de las nalgas. Cuando creía que ya no podía aguantar más, me dio una palmada en la cadera.
—Date la vuelta.
Le hice caso. Pensé que me iba a hacer una paja, o que iba a bajarme los calzoncillos del todo y chupármela. Pero no. Solo dejó un beso pequeño y caliente sobre la tela, justo en la punta del bulto, y empezó a subir por mi cuerpo. Me lamió un pezón, luego el otro, mordisqueó el cuello y terminó plantando su boca sobre la mía. Su lengua sabía a alcohol y a algo más que no supe identificar entonces y que después comprendí que era pura urgencia.
Me miró fijo desde arriba, con los rizos cayéndole sobre la frente. Sin decir nada, se incorporó y empezó a pasarme el cuerpo por la cara. Aproveché para hacer lo que llevaba años imaginando: le acaricié los muslos, le besé el vientre, le pasé la lengua por las axilas, le mordí los pezones con cuidado. Él jadeaba bajito, como si estuviera descubriendo cosas de su propio cuerpo al mismo tiempo que yo.
El momento que no olvido en mi vida fue cuando acercó su bulto a mi cara. Todavía cubierto por la tela, ya completamente duro, era enorme.
—Quítamelos —ordenó.
Le bajé los calzoncillos despacio, lo más que pude, alargando el segundo antes de que apareciera. Y ahí estaba. Una polla preciosa, gruesa, recta, mucho más grande que la mía, palpitando a un par de centímetros de mi boca.
—Adrián, ¿de verdad estás seguro de esto? —pregunté, casi en un susurro—. Mañana puede ser un marrón.
—Pajéamela y cállate —contestó—. Que ya sé que me deseas. Llevas años deseándome, no te hagas el tonto.
Me quedé sin palabras. Llevaba dos años convencido de que disimulaba bien. Resulta que él lo sabía desde hacía quién sabe cuánto y nunca había dicho nada.
Obedecí. Cerré la mano alrededor de su polla, apenas pudiendo abarcarla, y empecé a moverla arriba y abajo con un ritmo tranquilo, queriendo que durara. Le miraba la cara mientras lo hacía, viéndolo cerrar los ojos y separar los labios. Cada vez que apretaba un poco más la base, se le escapaba un suspiro.
—Quiero que me la comas —dijo al cabo de un par de minutos.
—Nunca lo he hecho.
—Me da igual. Inténtalo. Lo necesito.
Dudé un instante. Después abrí la boca y me metí su polla, primero solo la punta, después un poco más. Al principio fui torpe, no sabía qué hacer con la lengua ni cómo respirar, y dos veces me dieron arcadas. Pero poco a poco encontré un ritmo, ayudándome con la mano en la base y dejando que la saliva resbalara. Adrián echó la cabeza hacia atrás y empezó a soltar palabrotas en voz baja.
—Joder, Mateo, joder.
Estuve así un rato largo, alternando chupadas profundas con lametones lentos por debajo del glande. En un momento me la sacó de la boca de golpe, me agarró la cara y volvió a besarme, ahora con una intensidad distinta, mientras se masturbaba a sí mismo a toda velocidad. Unos segundos después se corrió en chorros calientes sobre mi pecho y mi cuello, gimiendo contra mi boca.
Pensé que ahí se acababa todo. Que me iba a apartar, que me iba a decir algo torpe, que se iba a dar la vuelta para dormir. Pero no. Bajó la mano hasta mis calzoncillos, me los apartó de un tirón y agarró mi polla.
—Te toca a ti.
Su mano subía y bajaba con una firmeza que me desarmó. Yo estaba tan al límite por todo lo anterior que duré poquísimo. Le dije que me iba a correr y él aceleró. Terminé descargando sobre mi propio abdomen, con una intensidad que no había sentido nunca masturbándome solo. Ojalá me la hubiera chupado en ese momento, pero no podía aguantar ni un segundo más.
Cuando recuperé el aire, él se dejó caer encima de mí, sin importarle que estuviéramos los dos cubiertos de semen. Me besó otra vez, más despacio ahora, y me apartó el pelo de la frente con una ternura rara, como si quisiera asegurarse de que yo estaba bien.
—Buenas noches, idiota —murmuró.
Se acomodó contra mi hombro y se durmió en menos de cinco minutos. Yo me quedé despierto un rato más, mirando el techo, escuchando su respiración pesada. No sabía si quería reír, llorar o las dos cosas a la vez.
***
Me desperté a media mañana con la boca pastosa y la cabeza retumbándome. Tardé varios segundos en reconstruir la noche, y cuando lo hice tuve que mirar dos veces a mi lado para creérmelo. Las sábanas estaban manchadas, los calzoncillos tirados en el suelo y Adrián seguía ahí, boca abajo, con la espalda al aire y un brazo cruzado sobre mi pecho.
Estuve un rato largo intentando decidir si lo que había pasado estaba bien, mal, o si tenía algún sentido pensarlo en esos términos. Él se despertó un poco más tarde, se desperezó, me dio un golpecito en el hombro y se metió en la ducha sin decir nada raro. Mientras desayunábamos un café, hablamos de la fiesta, de las parejas que se habían liado, de la resaca. De lo otro, ni una palabra. Creo que ninguno de los dos estaba listo para nombrarlo todavía.
Cuando se fue, me quedé sentado en la cocina con la taza vacía entre las manos, intentando entender qué era exactamente lo que había cambiado. La respuesta llegaría en las semanas siguientes, y traería bastantes más sorpresas. Pero esa, esa es otra historia.