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Relatos Ardientes

Mi colega de viaje aceptó probar mi juguete esa noche

Damián tenía la piel morena clara, ese tipo de piel que parece absorber la luz de una manera casi pictórica. La mandíbula angulosa apenas la matizaba una sombra de barba mal afeitada. Veinticuatro años, vello corporal prácticamente ausente, pecho amplio y abdomen marcado como si lo hubiera esculpido a cincel. No era el más alto del equipo, pero tenía una solidez compacta, proporcionada, de figura clásica.

Yo, con un año menos, era apenas un dedo más alto. Mismo tono moreno, cabello oscuro ondulado peinado hacia atrás, mandíbula marcada y un físico construido sin prisa: hombros anchos, cintura estrecha, líneas largas. Compartíamos la misma obsesión por la estética corporal y el mismo respeto silencioso por el trabajo del otro.

Éramos distintos, pero nos entendíamos sin palabras. Dos versiones del mismo proyecto.

El viaje a Querétaro había sido largo. Llegamos al hotel cerca de medianoche, agotados, con la única misión de instalar nuevas máquinas en un gimnasio de la zona industrial. Nos asignaron habitaciones separadas, una al lado de la otra, en la cuarta planta.

Esa primera noche, encerrado en mi cuarto, no aguanté. Llevaba semanas con la idea metida en la cabeza y había guardado en la maleta un fleshlight nuevo, sin estrenar. Apagué la lámpara, me tiré sobre la colcha y me bajé los pants hasta los muslos. No perdí tiempo en preliminares: lo lubriqué con saliva, lo encajé y empecé a bombear.

El sonido húmedo, pegajoso, llenó el cuarto. Se me escaparon dos o tres gemidos roncos cuando me vine. No medí el volumen. Tampoco se me ocurrió que las paredes de ese hotel eran de yeso barato.

A la mañana siguiente, en la cafetería del lobby, Damián me miraba con una sonrisa torcida desde detrás del café.

—Oye, cabrón, ¿qué chingados estabas haciendo anoche? —dijo, bajando la voz—. Escuché unos ruidos rarísimos. Como de alguien cogiendo a media voz.

Me reí sin pena. No tenía sentido fingir.

—Estrené un fleshlight —le confesé—. Lo traía guardado desde hacía un mes. Anoche tocó.

Soltó una carcajada que llamó la atención de la mesa de al lado.

—No mames… ¿y jala chido?

—Una chulada. Si quieres lo pruebas tú esta noche —le ofrecí, medio en broma, medio probando hasta dónde llegaba.

Me miró un segundo, con esa mezcla de incredulidad y curiosidad que delata cuando alguien decide cruzar una línea.

—Órale, jalo —dijo, y volvió a su café como si nada.

***

El día se nos fue entero entre cajas, llaves Allen y manuales mal traducidos. Cuando terminamos de montar las prensas y los racks, aproveché para proponerle entrenar antes de regresar al hotel. Decidimos darle a pierna. Una sesión brutal, sentadillas hasta sentir la espalda ardiendo y zancadas que nos dejaron caminando como dos viejos.

De regreso al hotel quedamos en vernos a las nueve en mi cuarto.

Llegó puntual. Camiseta entallada, pants flojos, el pelo todavía húmedo de la regadera. Aún le brillaba un poco la frente del calor de la ducha. No traía nada en las manos: ni un trago, ni el celular. Solo él, listo.

Cerré la puerta detrás de mí y le subí el volumen al televisor, un canal de música que llenó el silencio sin invadirlo. Saqué el fleshlight del cajón de la mesa de noche y se lo mostré como si fuera un trofeo.

—Listo para tu estreno, cabrón —le dije, sonriendo de lado.

Damián se rio. Una risa corta, cargada de morbo. Se bajó los pants sin pensarlo demasiado, y su verga, ya semidura, le rebotó al liberarse. Gruesa, caliente, viva.

Se sentó al borde de la cama. Los muslos anchos seguían inflados del entrenamiento. Tomó el fleshlight con la mano izquierda, se inclinó un poco y le escupió dentro. El sonido del escupitajo dentro del juguete me erizó la espalda.

Se acomodó, abrió ligeramente las piernas y deslizó la verga adentro. La expresión le cambió en una fracción de segundo: primero la ceja en alto, después los ojos cerrados, entregado.

—Verga, está cabrón este invento —gruñó entre dientes.

Empezó lento. Yo lo miraba desde la silla pegada al escritorio, con los pants tensándoseme. La cremallera me presionaba la erección y yo no movía un dedo para acomodarme. Solo miraba.

Aceleró el ritmo. Los pectorales le bombeaban con cada respiración. La mandíbula apretada, las venas marcándole los brazos, los muslos sudados temblando como antes del fallo en una repetición pesada. Soltaba gemidos bajos, contenidos, como un animal que sabe que no debe rugir.

Hasta que no aguantó.

Soltó un gruñido ronco desde el fondo del pecho y se vino dentro del fleshlight. A chorros, espeso, sin parar. El juguete se llenó y empezó a rebosar por los bordes.

Damián se quedó inclinado hacia adelante, jadeando, una gota de sudor cayéndole desde la clavícula hasta el ombligo. Me extendió el juguete sin mirarme, todavía con la respiración en pedazos.

—Tu turno, cabrón —me dijo, con esa sonrisa sucia de quien sabe lo que acaba de pasar.

No dudé. Me levanté, me bajé los pants hasta las rodillas y agarré el fleshlight. Estaba caliente. Resbaloso. Pesaba.

El olor a macho fresco me llegó de golpe y me terminó de calentar la cabeza.

Metí mi verga dentro. La sensación fue distinta a cualquier otra cosa: humedad cremosa, el calor de su corrida pegándose a mis paredes, el peso de algo que no era mío embarrándome.

Empecé a bombear lento, disfrutando el roce viscoso. Damián se había recostado de medio lado en la cama, la mano sobre la verga semidura, mirándome sin pestañear, como quien evalúa un cuadro.

No tardé demasiado. El placer subió por la columna como una corriente eléctrica. Apreté los dientes, aceleré el bombeo y, con un gruñido gutural, me vine también, vaciándome dentro del fleshlight ya saturado.

El juguete se desbordó por los costados. Tibio, brillante, mezcla de dos.

***

Quedamos en silencio unos segundos. Cada uno respirando fuerte, sin saber muy bien qué venía después. Damián seguía recostado. Yo, de pie, con los pants en los tobillos y la verga todavía dura.

Vi una copa de cristal sobre el minibar, de esas que el hotel pone con la cubeta de hielo. La agarré, incliné el fleshlight encima y dejé que el contenido cayera. El flujo bajó pesado, espeso, blanco, caliente. La copa se llenó casi hasta el borde.

Nos miramos. Él soltó una risa nerviosa, todavía sudado, todavía con la verga oscilando suavemente. Sabíamos los dos que ya habíamos cruzado un punto del que no se vuelve fácilmente.

—Segunda parte —dije, levantando la copa—. ¿Te atreves a ir más lejos?

Se cruzó de brazos. Una pose deliberadamente desafiante, todavía desnudo, las piernas separadas.

—¿Qué tienes en mente, cabrón?

No le contesté con palabras. Levanté la copa, me la acerqué a los labios y dejé que la lengua tocara el borde primero. El olor era fuerte, salado, profundo. Bebí un trago corto.

El sabor me explotó en la boca. Denso, amargo, caliente, como beber la esencia destilada del sexo. Tragué sin gestos.

Damián soltó otra risa, esta vez más baja, casi un susurro, y vi cómo la verga empezaba a endurecérsele de nuevo, lentamente.

—No mames… —murmuró.

—¿Qué? ¿Te rajas? —le extendí la copa.

Dudó un par de segundos. Lo vi medirlo. La cabeza diciendo no, el cuerpo diciendo otra cosa. Al final pudo más la adrenalina. Tomó la copa con mano firme, la levantó, me miró por última vez y bebió un trago largo. Dejó que parte de la mezcla le bajara despacio por la garganta, con los ojos cerrados, disfrutando del placer sucio de romper su propio límite.

Cuando bajó la copa, se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Verga… —jadeó.

El ambiente se nos volvió eléctrico. Estábamos duros otra vez, los dos. Las reglas habían volado a la mierda hacía rato y el cuarto olía a sexo, sudor y adrenalina.

Nos quedamos un instante mirándonos, parados frente a frente, completamente desnudos, las vergas duras y venosas apuntando hacia adelante. No había nada que decir. Solo instinto.

Damián fue el primero en moverse. Se sentó al borde de la cama, abrió las piernas y me miró con esa sonrisa torcida.

—¿Qué esperas? —dijo.

Me acerqué. Me paré frente a él, a un palmo de su cara, y empecé a jalármela. Lento al principio, más rápido después. Él imitó el ritmo, su mano subiendo y bajando, sincronizándose conmigo sin que ninguno de los dos lo dijera.

El sonido húmedo de las dos pajas llenaba el cuarto. Los muslos tensos, los abdominales contraídos, la respiración pesada. Gotas de sudor le caían por el pecho y se le quedaban brillando en el surco entre los pectorales.

Mi objetivo era claro: marcarlo. Vaciarme sobre su pecho y dejar mi huella ahí.

Él inclinó la cabeza hacia atrás, como ofreciéndose, sin perder el ritmo. Yo aceleré, sintiendo el fuego trepar por la columna, hasta que ya no pude más. Con un gruñido salvaje me vine sobre él. Chorros gruesos, calientes, salpicándole el pecho, el cuello y un poco la cara.

Damián jadeó al sentir mi corrida marcándolo. Y sin perder tiempo, mientras mi leche le chorreaba por el pecho, siguió bombeándose más rápido. La verga le palpitaba, lista para reventar.

Me acerqué más, desafiándolo.

—Hazlo sobre mí —le dije.

Apretó los dientes y, segundos después, se vino también. Con fuerza. Su chorro me bañó el abdomen, los pectorales y un poco la barbilla. Caliente, espeso, deslizándose sobre mi piel sudada.

Nos quedamos jadeando, cubiertos los dos de la mezcla del otro. Sonriendo como dos bestias después de la cacería.

***

—Ya que estamos así… —dijo él, acercándose—. Aprovechemos, ¿no?

No hubo discusión. Su mano áspera, encallecida de los muertos pesados, se posó sobre mi abdomen y recogió parte del semen que me escurría. Lo frotó sobre mi pecho, extendiéndolo despacio, como aceite caliente.

Hice lo mismo. Apoyé la palma entre sus pectorales sudados y empecé a embadurnarlo con su propia mezcla. La textura era resbalosa, pegajosa, masculina. Mis dedos resbalaban entre sus surcos.

Poco a poco los cuerpos se nos fueron juntando. Los torsos pegándose, las gotas mezclándose entre los dos pechos. El calor era insoportable.

Nos apretamos pecho contra pecho. Cada movimiento hacía chocar los músculos. Los pezones duros se rozaban, las vergas otra vez endurecidas se frotaban una contra la otra, deslizándose con nuestra propia leche como lubricante.

El contacto era brutal. Sucio. Adictivo.

Gruñíamos bajo, restregándonos uno contra otro como animales cubiertos de su propio rastro. Sentía su verga caliente atrapada contra la mía, entre los dos abdómenes marcados, humedeciéndose más a cada movimiento.

Nos agarrábamos de la nuca, de la espalda, de los glúteos duros. Tirábamos, apretábamos, empujábamos. Sin separación. Solo carne, fuerza y calor.

Hasta que volvimos a estallar. Esta vez los dos casi al mismo tiempo, directamente entre nosotros, sin espacio, sin aire. Un nuevo torrente que se sumó al resto, haciendo resbalar todavía más nuestros cuerpos.

Nos quedamos abrazados unos instantes. Pegados, jadeando. Sintiéndonos llenos, sucios, dominados por algo que ya no tenía nombre.

Cada centímetro de piel resbalaba contra el otro. Caliente. Pegajoso. Cargado.

***

Damián me empujó hacia la cama. Caí de espaldas, sintiendo la sábana pegarse a mi piel empapada. Se lanzó encima de mí sin pausa, con el cuerpo pesado, musculoso, aplastándome. El calor entre los dos era brutal.

No hubo descanso. Empezamos a frotarnos otra vez, salvajemente. Verga contra verga, pecho contra pecho, estómago contra estómago. Todo resbalando, chapoteando.

Cada movimiento era rudo, animal, hambriento. Las manos se agarraban a los músculos del otro: espalda, hombros, glúteos. Tirábamos, apretábamos, empujábamos, como queriendo fundirnos en un solo cuerpo.

Él gemía sobre mi oído. Gruñidos bajos, potentes, de pecho. Yo arqueaba la espalda sintiendo el peso de su cuerpo encima, su dureza apretándose contra la mía.

Nuestras vergas resbalaban una contra otra, atrapadas entre los dos abdómenes, bombeándose al ritmo de cada empuje.

Hasta que la última ola nos golpeó. Primero él. Se vino sobre mí gruñendo, soltando otro chorro caliente que se mezcló con todo lo que ya nos cubría. Su cuerpo tembló encima del mío, jadeante, rugiendo bajo.

Eso me arrastró. Bastaron unos segundos más de frotarnos, de sentir su leche fresca sobre mi verga, para que yo también explotara. Empapándonos todavía más.

Quedamos aplastados, pegajosos, exhaustos. Nuestros cuerpos seguían latiendo de calor.

El cuarto apestaba a sexo y sudor. El espejo del armario nos devolvía la imagen de dos cuerpos rendidos, cubiertos, satisfechos.

No dijimos nada. Solo nos quedamos ahí, abrazados, sintiendo el pulso de la piel del otro, el músculo todavía tenso, el deseo que nos había consumido.

Hasta que el cansancio ganó. Nos dejamos caer uno al lado del otro sobre la cama, respirando como dos animales después de una cacería larga.

Sonriendo, los dos, sin necesidad de palabras. Sabíamos que esa noche no iba a ser solo un recuerdo sucio. Iba a ser nuestro secreto: el lazo silencioso entre dos compañeros de viaje que se dieron todo, hasta la última gota.

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Comentarios (2)

Gaston_BA

Buenisimo!!! muy bien contado, uno de los mejores que lei esta semana.

Pablo_nocturno

Por favor continuacion! quede con ganas de saber que paso al dia siguiente jaja

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