El chico del autobús se sentó a mi lado
Mi trabajo terminaba a las nueve de la noche, y la peor parte del día era siempre el viaje de vuelta. El autobús 134 cruzaba media ciudad para dejarme cerca de casa, y a esa hora aún iba lleno: oficinistas con la corbata floja, estudiantes con auriculares, gente que se quedaba dormida de pie agarrada a la barra del techo.
Yo nunca conseguía asiento al principio. Después de doce horas frente a una pantalla, la idea de pasar otra hora de pie me parecía una pequeña tortura. Apoyaba la frente contra el cristal y contaba las paradas como quien cuenta ovejas. A veces, cuando el cansancio era demasiado, se me cerraban los ojos un instante y me despertaba con el corazón en la boca.
Aquella noche de jueves no fue distinta hasta que cruzamos el puente.
Tras cuarenta minutos de recorrido, la mayoría de los pasajeros ya había bajado. Me dejé caer en un asiento doble junto a la ventana y solté un suspiro largo. Estiré las piernas todo lo que pude. Por primera vez en el día sentí algo parecido al alivio.
Empecé a mirar a la poca gente que quedaba, casi sin querer. Una pareja en el fondo se besaba sin disimulo. Un hombre dormía con la boca abierta. Una chica le hablaba bajito por teléfono a alguien que claramente no quería escucharla. Mi mirada siguió pasando, perezosa, hasta que se quedó clavada.
A menos de un metro de mí, de pie y agarrado a la barra, había un chico. Vestía un short deportivo corto, una camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo y unas zapatillas embarradas. Era evidente que venía de un partido: el pelo todavía húmedo, una mancha de tierra en la pantorrilla, esa actitud de cuerpo agotado y satisfecho que solo se tiene después de un entrenamiento.
Pero no fue eso lo que me dejó sin aire. Fue su culo.
Redondo, alto, levantado por el corte del short, marcado por la costura de la tela. La clase de culo que te obliga a mirar dos veces. Yo me quedé mirando tres, cuatro, demasiadas. Cuando levanté la vista, él me observaba directamente por encima del hombro, con una sonrisa pequeña, divertida, sin sorpresa.
Aparté la mirada como si me hubieran sorprendido robando.
***
El autobús se detuvo en el antepenúltimo paradero y bajó un grupo grande. De pronto, el coche quedó casi vacío: cinco o seis personas dispersas. Cerré los ojos y fingí dormir, no porque tuviera sueño, sino porque la vergüenza me ardía en la cara y necesitaba esconderme en cualquier parte.
Sentí el peso del asiento al hundirse a mi lado.
No abrí los ojos enseguida. Esperé. Olía a sudor seco, a tierra de cancha, a desodorante barato. Un olor curiosamente honesto. Cuando finalmente miré de reojo, ahí estaba él, sentado a mi lado, con las piernas separadas y el muslo desnudo rozando el mío a través del pantalón.
Había al menos diez asientos vacíos en todo el bus. Él había elegido ese.
Yo no me moví. Él tampoco. La presión de su pierna contra la mía no aumentaba ni disminuía. Era un contacto deliberado, una invitación que esperaba respuesta. Conté hasta cinco, respiré hondo y devolví la presión.
Algo cambió en el aire del autobús.
Su pierna se quedó pegada a la mía. Después de un momento, su mano bajó del muslo y, con la disimulación de quien lo hace en serio, rozó el dorso de la mía. Yo giré la palma hacia arriba. Sus dedos se entrelazaron con los míos por un segundo y se retiraron. Volvió a hacerlo, más despacio.
Una señora mayor iba sentada en el asiento de atrás, así que no podíamos hablar. Tampoco hacía falta. El juego ya estaba en marcha y los dos lo sabíamos.
El bus paró en el penúltimo paradero. Recé en silencio para que no se levantara. No lo hizo. La puerta volvió a cerrarse con su quejido habitual y arrancamos otra vez. Sentí su pulgar acariciar el dorso de mi mano por última vez antes de soltarla.
***
Cuando llegamos al último paradero, los dos esperamos a que la señora bajara primero. Después yo me levanté con cuidado, intentando que el bulto de mi pantalón no fuera demasiado evidente. Él no podía esconder nada: el short deportivo no perdonaba.
Caminamos en silencio unos cien metros, mirando al suelo, los dos respirando un poco demasiado fuerte. Cuando los demás pasajeros se dispersaron en distintas direcciones y la calle quedó vacía, levanté la cabeza.
—Hola —dije, y me sentí un idiota inmediatamente.
—Hola.
—Soy Mateo.
—Iván.
—¿Tienes prisa por llegar a casa, Iván?
Él se rio y negó con la cabeza. Tenía una risa baja, ronca, de chico que se ríe poco.
—Mi parada era la penúltima —dijo—. Pero vi que tú no bajabas.
—¿Decidiste pasarte una?
—Decidí ver qué pasaba.
Caminamos otro tramo en silencio. La calle estaba bien iluminada pero vacía. Yo tenía mil cosas que preguntarle y ninguna me parecía adecuada.
—Tienes veinte —dije al final.
—Veintidós. ¿Y tú?
—Veintiocho.
—Pensé que más.
—Gracias, supongo.
Volvió a reírse. Pasamos por un puesto de revistas cerrado, una papelería con la persiana bajada, un local de hamburguesas en el que solo quedaba un cocinero limpiando la plancha.
—¿Estudias? —pregunté.
—Ingeniería química. Hoy tuve un partido de fútbol sala en la facultad. Por eso esta pinta.
—La pinta no te queda mal.
—Lo sé —dijo, sin presumir, simplemente constatándolo—. Mis compañeros del equipo bromean con eso.
—¿Solo bromean?
—Uno de ellos no creo que solo bromee. Pero no quiero meterme con nadie de la universidad. Es complicado.
—Te entiendo.
Lo miré de lado mientras caminábamos. Tenía un perfil limpio, la nariz recta, unas pestañas que cualquiera habría envidiado. La camiseta seguía pegada al pecho por la humedad. Yo no podía dejar de mirarlo.
—Mateo —dijo él, y me gustó cómo sonaba mi nombre en su voz—. Tú quieres preguntarme algo.
—Hay un hotel a cuatro calles —dije, y me obligué a no apartar la mirada.
Él se mordió el labio inferior una sola vez. Después asintió.
—Vamos.
***
La habitación olía a ambientador barato y a sábanas planchadas. Una lámpara de mesa daba una luz amarilla que volvía todo más cálido de lo que era. Iván cerró la puerta detrás de él y se quedó apoyado contra ella, mirándome.
—Espera —dijo cuando avancé hacia él—. Vengo de jugar dos horas. Déjame ducharme primero.
—No.
Lo dije más rápido de lo que pensaba.
—No —repetí, ya más despacio—. Así. Como vienes.
Él arqueó una ceja, pero no se movió hacia el baño. Me acerqué hasta tenerlo a un palmo. Le puse las manos en la cintura, por encima de la camiseta, y sentí el calor que despedía el cuerpo entero. Me incliné y le besé el cuello, donde la línea de sudor seco le había dejado una raya de sal. Sabía a esfuerzo, a calle, a juventud.
—Hueles bien —murmuré contra su piel.
—Huelo a vestuario.
—Exacto.
Lo besé en la boca antes de que pudiera contestar. Su lengua entró sin pedir permiso, caliente y curiosa, con esa brusquedad de quien lleva un rato esperando. Mis manos bajaron por su espalda hasta esas malditas nalgas que llevaba treinta minutos imaginándome. Las apreté, las amasé. El short cedió bajo mis dedos y supe que estaba perdido.
Me arrodillé sin dejar de besarle el estómago. Le subí la camiseta hasta el pecho y le besé el ombligo. Después le di la vuelta y le bajé el short hasta los tobillos.
Eran todavía más impresionantes de cerca. Redondas, firmes, completamente lampiñas, partidas por una línea tan perfecta que parecía dibujada. Las separé con las dos manos y enterré la cara entre ellas sin previo aviso. Iván se sobresaltó y se aferró a la pared.
—Joder…
Mi lengua trabajó despacio al principio, después con menos paciencia. Él movía las caderas hacia atrás, buscándome, y cada gemido suyo era un poco más alto que el anterior. Le mordí una nalga, no demasiado fuerte, y noté cómo se le tensaban los muslos.
—Mateo —dijo, jadeando—. Mateo, quiero que…
—Lo sé.
***
Me puse el condón que había comprado abajo, en la recepción, mientras él se acomodaba en la cama, de rodillas, ofreciéndomelo todo sin pudor. Le pasé una mano por la espalda, desde la nuca hasta la base de la columna, recorriendo cada vértebra. Tenía la piel caliente, todavía húmeda del partido, y temblaba ligeramente bajo mi tacto.
Entré despacio, porque me pareció lo correcto, aunque él me pidió enseguida que dejara de ser cuidadoso. Le agarré el pelo en la nuca y tiré justo lo suficiente para que arquease la espalda. Le di una palmada en la nalga derecha y él gimió como si llevara toda la noche esperándola.
—Más —dijo—. Otra.
Le di otra. Y otra. La piel se le puso roja en cuestión de segundos, y él se hundía contra mí cada vez con más fuerza, con la cara contra la almohada para ahogar los gritos. La habitación olía ahora a sudor nuevo, a sudor mío y suyo mezclados, a sexo sin elegancia.
Le di la vuelta porque quería verle la cara. Le levanté las piernas, se las apoyé en los hombros y volví a entrar. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, las pestañas húmedas. Le acaricié el labio con el pulgar y él lo atrapó con los dientes, mordiéndomelo despacio.
—No te corras dentro —pidió.
—¿Dónde?
—En la cara.
Lo miré un instante, sorprendido por la claridad de la petición. Después asentí.
Aguanté todo lo que pude. Cuando ya no podía más, salí, me arranqué el condón con una mano torpe y me arrodillé sobre su pecho. Bastaron tres movimientos. Le cubrí la cara, los labios, el cuello, mientras él me sostenía la mirada con una intensidad que casi me asustó. Después se relamió, lentamente, sin apartar los ojos.
Me derrumbé a su lado, todavía respirando con dificultad. Estuvimos así un buen rato, en silencio, con el techo de gotelé blanco encima y la lámpara amarilla zumbando como un mosquito viejo.
***
Cuando salimos del hotel, hacia las once y media, ya no había nadie en la calle. Iván tenía el pelo mojado de la ducha, una sudadera mía sobre la camiseta y olía a champú barato del hotel. Caminamos juntos hasta el cruce.
—No volveremos a coincidir en el 134 —dijo él.
—Lo sé.
—Pero está bien.
Me dio un beso corto, casi tímido, y se fue por su lado. Yo me quedé un momento mirándolo bajar la calle, con esas zapatillas embarradas y ese culo que no se podía olvidar.
A partir de aquella noche, el regreso del trabajo dejó de ser la peor parte del día. Empecé a fijarme en otra gente, en otros chicos cansados con bolsas deportivas o trajes arrugados, en miradas que duraban un segundo de más. A veces no pasaba nada y bajaba en mi parada como siempre. Otras veces, alguien se sentaba en el asiento de al lado aunque sobraban diez sitios libres, y yo recordaba a Iván, y volvía a empezar.