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Relatos Ardientes

Andrés me citó en una nave y no estaba solo allí

Diego llevaba casi un mes acostándose con Andrés casi todas las noches. Su cuerpo ya conocía cada manía de aquel hombre quince años mayor: la forma en que le agarraba la nuca al embestir, el ritmo seco de las bofetadas, los tirones de pelo justo antes de correrse. Pero esa noche iba a ser distinta y los dos lo sabían.

El mensaje le llegó a las siete y media de la tarde, mientras todavía estaba en la oficina.

«Hoy no vienes al ático. Te espero a las once en la nave del fondo del polígono de Cervera, número cuarenta y ocho. Solo chándal, sin nada debajo. Si llegas tarde, te quedas fuera.»

Diego releyó el mensaje tres veces. Andrés nunca había cambiado el escenario. Siempre era el mismo dormitorio enorme, la misma cama, las mismas reglas. Que de pronto lo citara en una nave del extrarradio significaba algo, y a Diego empezaron a temblarle las manos. No de miedo. De otra cosa.

A las once menos diez aparcó dos calles antes. El polígono estaba muerto a esa hora, apenas un par de farolas parpadeando como si fueran a fundirse en cualquier momento. Olía a goma quemada y a basura. Caminó hasta el número cuarenta y ocho con las manos hundidas en los bolsillos del chándal, intentando que no se le notara el bulto.

La puerta metálica estaba entreabierta. La empujó y entró.

Dentro olía a humedad, a aceite viejo, a sudor antiguo. Había estanterías oxidadas contra las paredes, palés rotos amontonados en una esquina, un sofá de escay reventado donde alguien había dejado un cenicero lleno. En el centro de la nave, bajo una bombilla colgante que apenas conseguía iluminar un círculo de tres metros, estaba Andrés.

Pero Andrés no estaba solo.

Había otros cuatro hombres con él.

Todos mayores que Diego, todos con esa pinta de gente que trabaja de pie ocho horas al día. Uno era corpulento, con la cabeza rapada y una manga de tatuajes en el brazo derecho. Otro era más bajo, fornido, con barba descuidada y una camiseta blanca manchada. El tercero llevaba gafas de pasta, era flaco como un alambre y tenía esos ojos pequeños y atentos que Diego solía evitar en el metro. El cuarto medía casi dos metros, las manos como palas, la espalda de un peso pesado.

Andrés sonrió al verlo entrar y avanzó dos pasos hacia él.

—Llegas con tiempo. Bien.

Diego se quedó plantado junto a la puerta. La polla, traidora, ya empujaba contra la tela del chándal.

—¿Qué es esto? —preguntó, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba.

—Esto —dijo Andrés sin dejar de sonreír— es lo que llevas pidiéndome desde el primer día. Me dijiste que querías que te trataran como un cerdo. Que no tenías límites. Te he traído a cuatro tíos que piensan exactamente lo mismo que yo.

El rapado se adelantó, se cruzó de brazos y miró a Diego de arriba abajo, despacio, como quien tasa un coche de segunda mano.

—¿Este es el chaval del que tanto hablabas?

—Veintisiete años —contestó Andrés—. Pasivo total. Aguanta lo que le eches.

—Lo que le echemos —repitió el rapado, y se rio bajo—. Eso lo vamos a ver.

Andrés se giró hacia Diego.

—Quítate todo. Ya.

Diego obedeció. Se sacó la sudadera, los pantalones, las zapatillas. Las dejó hechas un ovillo junto a la puerta. Se quedó completamente desnudo bajo aquella luz amarillenta, con cinco pares de ojos clavados en él como si fuera mercancía que acababan de descargar.

—Date la vuelta —ordenó el de la barba.

Diego se dio la vuelta. Sintió las manos del fornido abrirle las nalgas con una rudeza profesional.

—Joder, Andrés, lo tienes domesticado. Si se abre solo.

Los otros se rieron. Diego sintió la cara arder.

—De rodillas —dijo el flaco de las gafas. La voz le salió calmada, casi educada, y por eso mismo más inquietante.

Diego se arrodilló. El suelo era de cemento desnudo, frío, granuloso. Le crujieron las rodillas al apoyarlas.

Andrés se acercó con algo en la mano. Era un collar de cuero negro, ancho, con una cadena corta. Se lo cerró alrededor del cuello con cuidado, ajustándolo dos puntos.

—A partir de ahora eres nuestro. Vas a obedecer en todo. ¿Está claro?

—Sí —susurró Diego.

—¿Sí qué?

—Sí, señor.

—Mejor.

***

El más alto cogió la cadena y tiró de ella sin avisar. Diego avanzó a cuatro patas hacia el centro de la nave, donde habían dejado una colchoneta de gimnasio mugrienta extendida en el suelo.

—Aquí es donde vas a pasar la noche.

Los cinco empezaron a desnudarse a la vez, como si fuera una coreografía ensayada. Diego veía pollas de todas las edades y formas: la de Andrés, que ya conocía; la del rapado, gruesa y venosa; la del de la barba, corta y ancha como una lata; la del flaco de las gafas, larga y curva; la del grandullón, descomunal, semierguida y todavía creciendo. Tragó saliva.

Andrés fue el primero, como debía ser. Se arrodilló detrás de él, le escupió encima y se la metió de un empujón firme pero medido.

—Empezamos suaves. Luego ya verás.

Lo folló cinco minutos sin prisa, marcando el ritmo, recordándole a su cuerpo quién era el dueño antes de prestarlo. Diego respiraba contra la colchoneta, dejándose abrir, agradeciendo en silencio la familiaridad de aquellas embestidas. Pero sabía que era solo el calentamiento.

Andrés se salió y le dio una palmada en la nalga.

—Siguiente.

***

El rapado no se molestó en escupir. Le agarró el cuello desde atrás, le aplastó la mejilla contra la colchoneta y le clavó la polla hasta dentro de una sola vez. Diego ahogó un grito.

—Calla, perra. Esto acaba de empezar.

El rapado lo machacó diez minutos. Era un animal: sudaba a chorros sobre la espalda de Diego, gruñía con cada embestida, le mordía el hombro hasta dejarle marca. Cuando se corrió, lo hizo dentro, sin avisar, con un rugido que rebotó contra las paredes de chapa de la nave.

—Todo tuyo, jefe —dijo retirándose y dándole una última palmada.

El de la barba ocupó su sitio. Su polla era más corta pero increíblemente ancha, y cuando se la metió Diego soltó un grito de verdad, uno que no se podía fingir.

—Joder, qué apretado sigue.

—Ábrelo bien —dijo el flaco desde un lado, riéndose con esa risa contenida suya.

El de la barba no tuvo ni pizca de piedad. Entraba y salía con fuerza bruta, le agarraba del pelo, le tiraba la cabeza hacia atrás hasta hacerle arquear la espalda.

—Eres una guarra, ¿lo sabes?

—Sí… —jadeó Diego.

—Dilo. Di que te gusta que te follen así.

—Me gusta… que me follen así…

—Más alto.

—¡Me gusta que me folléis así!

El de la barba se corrió con un gruñido seco. Diego sintió el segundo chorro caliente abriéndose paso dentro de él.

***

El flaco de las gafas fue distinto a todos. Le dio la vuelta poniéndolo boca arriba sobre la colchoneta, le agarró las dos piernas y se las apoyó sobre los hombros.

—Quiero verte la cara mientras te abro.

Se la metió con una lentitud cruel, mirándolo a los ojos detrás de las gafas. Mientras lo follaba, le escupía en la frente, le daba bofetadas sin fuerza pero constantes, le rodeaba el cuello con la mano sin llegar a apretar. Cada gesto medido, cada uno colocado donde hacía más daño.

—¿Te gusta esto, verdad? Esto que ningún tío decente te haría.

—Sí…

—¿Quieres más?

—Sí… más… por favor…

El flaco sonrió de medio lado y le dio una bofetada un poco más fuerte. Diego sintió el sabor metálico de la saliva en la boca.

—Cerdo.

Se corrió también dentro. Diego ya notaba la colchoneta húmeda debajo del culo.

***

Por último, el grandullón. Cuando Diego vio aquella polla totalmente erguida, brillante, gigantesca, se le encogió el estómago.

—No… no me va a caber…

—Claro que te va a caber —dijo Andrés desde un lado—. Para algo eres un cerdo. Los cerdos se tragan lo que les echen.

El grandullón sacó del bolsillo del pantalón un frasquito marrón, lo destapó y se lo puso a Diego bajo la nariz.

—Respira hondo.

Diego inhaló. El golpe le subió hasta la frente, le aflojó las piernas, le abrió todo por dentro. La nave entera empezó a vibrar.

El grandullón le metió la polla despacio, centímetro a centímetro, sujetándolo por las caderas para que no se escurriera.

—Joder… joder…

—Tranquilo, ya casi.

Cuando se la metió entera, Diego notó que se le iba la cabeza. Era demasiado, no se reconocía respirando así, sudando así, suplicando así. Y sin embargo, en algún lugar muy adentro, todo encajaba.

El grandullón lo folló lento pero profundo, cada embestida llegándole a un sitio que Diego no sabía que tenía.

—Toma. Toma todo lo que te dé.

—Sí… joder… sí…

Se corrió con un rugido largo, dejándose caer sobre él, aplastándolo contra la colchoneta. Cuando por fin se salió, Diego sintió cómo todo lo que llevaba dentro empezaba a resbalarle por los muslos.

***

Andrés se acercó y se acuclilló a su lado. Le apartó el pelo pegado a la frente y le aflojó el collar dos puntos.

—Lo has hecho bien, perra.

—Gracias, señor…

—Tienes cinco minutos. Bebes agua, respiras y descansas. Porque después empezamos otra vuelta.

Diego asintió sin hablar. Se tumbó de lado en la colchoneta, derrengado, con el culo ardiendo, las rodillas peladas, los labios hinchados de morderlos. Los cinco hombres se habían sentado alrededor, encendiendo cigarrillos, hablando en voz baja como obreros en un descanso.

Y Diego, sin saber muy bien por qué, sonrió contra la colchoneta sucia.

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Comentarios (2)

GabrielNocturno

increible... no esperaba ese giro desde la primera linea. excelente!!

MatiasG

por favor que haya segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber cómo siguió todo. muy buen relato

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