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Relatos Ardientes

Lo que pasó en los vestuarios después del partido

Lo conocí un martes cualquiera en el club. Mateo, un amigo de la oficina, nos presentó después de una clase de spinning. Andrés tenía treinta y tantos, la sonrisa fácil y una camiseta de algodón que le marcaba los hombros sin pretenderlo. Hablamos un rato sobre tonterías: el calor que hacía esa semana, los partidos del fin de semana, lo cara que estaba la membresía ese año. Al cabo de media hora ya nos reíamos como si nos conociéramos de antes.

Comimos juntos en la terraza del restaurante. Pidió una ensalada y agua mineral, y yo lo imité por no llevarle la contraria. Cuando se inclinaba a hablarme, alcanzaba a olerle el champú: algo cítrico, limpio, recién pasado por la ducha. Me sorprendí prestando atención a sus manos, a la forma en que cogía el tenedor, a la vena que le cruzaba el antebrazo. Nada explícito, pero la mirada se me iba donde quería irse.

Nos despedimos con un apretón demasiado largo y la promesa de un partido el sábado siguiente. Él lo organizó todo: las pistas, las bebidas, hasta la hora a la que tenía que llegar. Yo me dejé llevar sin discutir.

El sábado, Andrés ya estaba calentando cuando aparecí. Llevaba una camiseta blanca empapada por la espalda y unos pantalones cortos que le quedaban cortos para mi tranquilidad. Jugamos dos sets. Perdí los dos. Tampoco me importó demasiado.

—Te invito a una cerveza —me dijo al terminar.

—Después de la ducha. Estoy hecho un asco.

—Vamos.

Fuimos al vestuario. Estaba casi vacío a esa hora, justo el rato muerto entre los clientes de la mañana y los de la tarde. Andrés se sentó en el banco frente a su taquilla y empezó a desabrocharse las zapatillas sin prisa. Yo hice lo mismo, dos taquillas más allá, fingiendo concentrarme en los cordones.

Cuando levanté la vista, él ya se estaba quitando la camiseta. Tenía el cuerpo de alguien que se cuida sin obsesionarse: hombros marcados, abdomen plano, una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo y se perdía bajo la cinturilla del pantalón. Se sacó los pantalones y los dejó caer al suelo. Debajo llevaba unos bóxers negros ajustados.

Y entonces lo pillé mirándome.

No dijo nada. Yo tampoco. Bajó los bóxers con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo en ese mismo banco, agarró la toalla y se la pasó por la cintura. Pero antes de cubrirse, me dejó ver. Un segundo, dos. El tiempo justo para que registrara el tamaño, la forma, la curva limpia de la base. Era exactamente lo que me gustaba: ni demasiado, ni de menos. Pensé en cómo se vería duro y me tuve que sentar.

Él sonrió, casi para sus adentros, y se metió en las duchas.

Lo seguí después de un par de minutos, intentando aparentar normalidad. Las duchas eran abiertas, sin cabinas, solo una hilera de chorros contra la pared de azulejo gris. Él estaba al fondo, con el agua caliente cayéndole por la nuca y los ojos cerrados. Cuando los abrió y me vio, no apartó la mirada.

—¿Pasa algo? —me preguntó.

—Tú dirás.

—¿Yo?

—Antes, en el banco. No te hagas el tonto.

Soltó una risa baja, sin moverse del chorro.

—¿Y qué viste?

—Lo que querías que viera.

Me dejó la frase suspendida unos segundos, mientras se enjabonaba los hombros con calma. Cuando volvió a hablar, no me miraba a la cara.

—Y tú a mí no me has quitado la vista de encima desde el primer día.

—Tampoco —admití.

—Entonces.

—Entonces nada.

—Entonces algo.

Cerró el grifo y se quedó goteando frente a mí, a un palmo de distancia. Tenía el cuerpo encendido por el agua caliente y una excitación apenas disimulada que no se molestó en disimular más.

—Aquí no —dijo—. Mi piso queda a diez minutos.

***

Dejé el coche en el aparcamiento del club y me fui con él en el suyo. Le puse la mano en el muslo en cuanto arrancó. Subí despacio, milímetro a milímetro, hasta sentir el bulto debajo del pantalón. Estaba duro. Empecé a acariciarlo por encima de la tela y noté cómo crecía bajo mis dedos.

—Como sigas así no llegamos —murmuró sin apartar los ojos de la carretera.

—Pues conduce más rápido.

Soltó una risa nerviosa, pero pisó el acelerador.

El piso era pequeño, ordenado, con un sofá gris y un par de plantas que parecían recién regadas. No me dio tiempo a fijarme en mucho más. En cuanto cerró la puerta, me tenía contra ella, las manos hundidas en mi pelo y la boca buscando la mía como si llevara semanas pensando en ese momento. Lo besé despacio al principio, mordiéndole el labio inferior, y después dejé que su lengua se metiera entera. Me apretó las nalgas con las dos manos y yo arqueé la espalda hacia él.

Nos fuimos desnudando de pie, sin separarnos. Le quité la camiseta, los pantalones, la ropa interior, y cuando lo tuve por fin desnudo delante de mí, el pene se le balanceó erecto, tenso, brillante en la punta. La piel estaba tan tirante que parecía a punto de romperse.

—Qué buena la tienes —le dije sin pensar.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Pues es tuya.

Me llevó al dormitorio. Me sentó al borde de la cama y se plantó delante de mí, las piernas separadas y el sexo apuntando hacia mi boca. Le pasé la lengua por el glande, primero con la punta, después con toda la superficie. Olía a champú y a piel limpia. Cuando lo tomé entero, sentí cómo se le tensaba el cuerpo y se le iba la cabeza hacia atrás.

—Así —susurraba—. Así, sin prisa.

Lo chupé largo rato. Lo soltaba para lamer desde la base, le besaba la cara interna de los muslos, volvía a tomarlo entero. Él me acariciaba el pelo con una mano, sin forzar, marcando apenas el ritmo. Cuando noté que estaba demasiado cerca, me apartó él mismo.

—Bájate de la cama. Boca abajo, en el borde.

Hice lo que me pidió. Sentí cómo se arrodillaba detrás de mí y me abría las piernas. Sus dedos empezaron a recorrerme despacio, jugando por fuera, sin entrar todavía. Después se inclinó y me besó donde nunca antes me habían besado. La sensación me sacudió de arriba abajo. Gemí contra la sábana y empujé las caderas hacia atrás, buscando más.

—Quieto —dijo con la boca pegada a mi piel.

Siguió un buen rato así, lamiendo, besando, abriéndome con la lengua hasta que pensé que iba a correrme solo con eso. Cuando ya no podía más, se levantó, abrió el cajón de la mesilla y sacó un tubo de lubricante. Me lo aplicó con dos dedos, despacio, asegurándose de que estuviera preparado.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Más que bien. Hazlo ya.

***

Se untó él también. Se colocó detrás de mí, me sujetó la cadera con una mano y con la otra dirigió la punta hacia donde tenía que ir. No me la metió de golpe. Apoyó la cabeza, presionó un segundo y se retiró. Repitió el gesto dos, tres veces, jugando con mi paciencia hasta que le supliqué.

—Métela ya, por favor. Toda.

Se inclinó sobre mi espalda y me habló muy cerca del oído.

—Relájate.

Empezó a empujar, suave pero sin titubear. La sentí entrar centímetro a centímetro, ardiente, llenándome del todo. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto. Pude notar el calor de sus muslos contra los míos y el vello de su pubis rozándome.

—Aprieta —me dijo.

Apreté. Lo oí soltar un gruñido bajo y supe que lo había vuelto loco. Empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, casi tímidas, hasta que se aseguró de que no me hacía daño. Después fue acelerando. Tres golpes rápidos y uno profundo, una y otra vez. Yo me agarraba a las sábanas y le pedía más con la espalda.

—Despacio un momento —jadeé.

Bajó el ritmo enseguida. Me besó la nuca, los omóplatos, la base de la espalda. Cuando recuperé el aliento, me la sacó.

—Date la vuelta.

Me tumbé boca arriba y levanté las piernas. Él se las apoyó en los hombros, se inclinó hacia delante y volvió a entrar de un solo empujón. Desde esa posición podía verle la cara: los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos, una gota de sudor bajándole por la sien. Yo le devolvía la mirada mientras me la metía hasta el fondo, y cada vez que llegaba al final, me besaba con la lengua.

—Eres delicioso —me dijo entre embestidas.

Empecé a masturbarme. Lo necesitaba. Él aceleró y yo aceleré con él. No tardé en correrme: una descarga larga y caliente que me dejó temblando. Andrés vio cómo me venía y se le aceleró todavía más la respiración. Unos minutos después soltó un quejido ronco y se hundió hasta el fondo una última vez. Lo sentí latir dentro de mí.

Se quedó así, quieto, jadeando contra mi cuello, durante un buen rato. Cuando por fin salió, se dejó caer a mi lado y me pasó un brazo por el pecho.

—Joder —murmuró.

—Sí —dije yo.

***

No tardó mucho en estar listo otra vez. Esta vez fui yo el que tomó la iniciativa. Me senté sobre él, despacio, dejando que entrara a mi ritmo. Cuando lo tuve dentro del todo, empecé a moverme: subiendo, bajando, marcando yo el compás. Andrés me agarraba las caderas con las dos manos, pero no presionaba; me dejaba hacer. De vez en cuando se incorporaba para besarme el pecho o morderme el cuello.

—Quiero terminar contigo boca abajo —me dijo después de un rato.

Le hice caso. Me puse a cuatro patas en el borde de la cama y él se colocó detrás. Esa última vez fue distinta. No había nervios, no había prisa. Solo el ruido de su pelvis contra mis nalgas y la respiración pesada de los dos. Cuando se vino, me lo dijo. Yo apreté para que sintiera cada espasmo.

Después nos metimos juntos en la ducha. El agua caliente nos cayó encima mientras nos abrazábamos sin decir nada. Me enjabonó la espalda, yo le enjaboné el pecho. Nos besamos despacio, sin segundas intenciones esta vez, solo por el gusto de hacerlo.

—¿Te ha gustado? —preguntó por fin.

—Muchísimo —respondí—. ¿Y a ti?

—¿Hace falta que conteste?

Me apoyé en su hombro. El agua nos seguía cayendo encima.

—Habrá que repetirlo —dijo.

—Cuando quieras.

Hemos seguido viéndonos desde entonces. A veces en su piso, a veces en el mío, a veces en algún hotel cuando nos da por ahí. Cada vez nos conocemos un poco mejor; sabemos qué quiere el otro sin tener que pedirlo. No me esperaba nada de aquel sábado y, a la vez, lo esperaba todo. Hay encuentros que parecen casuales pero no lo son. Aquel, desde luego, no lo fue.

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Comentarios (2)

RodriMDQ

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, seguí escribiendo

LucioCba

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue

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