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Relatos Ardientes

Descubrí que era gay a los cincuenta y un años

Cuando me divorcié, hace cuatro años, supuse que el resto de mi vida iba a ser una repetición ordenada de lo que ya conocía. Tengo cincuenta y un años, soy arquitecto y mi exmujer me dejó por un colega más joven. Después de meses de duelo me lancé al ruedo con una rabia silenciosa: salí con mujeres de mi edad, con clientas, con compañeras de gimnasio, con una vecina que se ofreció en el ascensor. Todas hermosas, todas distintas, todas mujeres. Nunca había mirado a un hombre con curiosidad.

Una tarde de domingo, aburrido en el sofá, me metí en una de esas páginas pornográficas que uno visita sin pensar y me equivoqué de pestaña. Aterricé en una galería de hombres. Gruesos, flacos, jóvenes, mayores, todos mostrando el pene como quien muestra una mascota. Me reí en voz alta. Lo encontré ridículo, hasta que pasé al perfil de un tipo cuyo miembro tenía la forma exacta de lo que yo había buscado siempre en las mujeres con las que estaba: la curvatura justa, el glande limpio, una longitud generosa sin caer en lo grotesco. Veintidós, veinticuatro centímetros, calculé sin proponérmelo.

Era un hombre que se ofrecía a charlar con curiosos. Escribí. Cuando le di a enviar, sentí en el estómago algo parecido al vértigo. Sabía, sin poder explicarlo, que ese mensaje no era inofensivo.

Me contestó esa misma noche. Me mandó otras fotos: torso delgado, piel cuidada, cuello largo, manos elegantes. Me dijo que se llamaba Mauricio, que tenía cincuenta y seis, que era abogado civilista y que estaba casado desde hacía treinta años. Empezamos a escribirnos a diario. Hablamos de libros, de viajes, de hijos, del aburrimiento conyugal. Hablamos también de fantasías. Le conté las mías —todas con mujeres— y él escuchó sin juzgar. Las suyas las soltaba con una naturalidad que me desarmaba. No nos habíamos mostrado la cara, pero yo ya conocía el lunar al lado de su ombligo y la forma en que se le marcaban las venas en los antebrazos.

Una noche soñé que se la chupaba. Desperté con el corazón en la boca y una erección que no entendía. Se lo conté por mensaje, sin pensar. Su respuesta fue breve: «Era solo cuestión de tiempo».

A la semana siguiente me depilé entero. Me encerré en el baño y me miré desnudo en el espejo durante mucho rato, como si tuviera que reconocer a un hombre nuevo. Me fotografié y le mandé las imágenes. Él tardó en contestar. Cuando lo hizo, me preguntó si quería dar el paso. Si estaba dispuesto a verlo, a tocarlo, a probar.

***

Vivíamos en la misma ciudad. Acordamos vernos en un café del barrio alto, los dos con un libro de tapas rojas en la mano para reconocernos. Llegué media hora antes y me quedé en el coche, espiando la puerta como un adolescente. A las once y veinte apareció él. Alto, muy delgado, canoso, con una barba corta perfectamente cuidada. Vestía una americana azul marino y unos pantalones grises que le quedaban como si se los hubieran hecho a medida. Llevaba el libro como quien lleva una excusa.

Bajé del coche, crucé la calle y le di la mano. Le sostuve la mirada más de lo necesario. Pedimos café, después un segundo café, después un vino. Hablamos tres horas. Me ofreció acercarme a casa y le dije que sí, aunque tenía el auto a media manzana. Quería sentir lo que era subirme al coche de un hombre que ya sabía cómo desnudarse para mí.

Antes de bajarme, en una calle cualquiera, se inclinó y me besó en los labios. Fue un beso breve, casi prudente. Yo no dije nada. Cerré la puerta, caminé hasta mi auto y me senté frente al volante sin arrancar. Esa noche apenas dormí. Me masturbé dos veces pensando en su barba contra mi cara.

***

Al día siguiente lo llamé. Mauricio fue directo:

—Te llevo a un hotel —dijo—. Pero entras tapado.

Me hizo llevar una bufanda larga, gafas de sol y un sombrero. En el asiento de atrás de su coche había, ya preparados, los suyos. Nos reímos como dos chicos haciendo una travesura. Entramos a un hotel de las afueras casi disfrazados, con la cabeza baja, evitando la mirada del recepcionista. Subí las escaleras detrás de él. Me sentí, durante unos segundos, el protagonista de una película antigua escapándose con su amante.

Apenas se cerró la puerta de la habitación, Mauricio me abrazó. Me besó con calma, sin prisa, dejando que yo aprendiera. Su barba me raspaba el mentón. Su lengua era más lenta de lo que había imaginado. Cuando empecé a desnudarlo me temblaban las manos. Le saqué la corbata, la chaqueta, la camisa. Le bajé el pantalón con torpeza. Cuando le aflojé el bóxer y ese miembro apareció delante de mí, entendí por qué llevaba meses pensando en él.

Lo tomé con las dos manos. Lo olí primero, con una mezcla de pudor y hambre que jamás había sentido con una mujer. Lo besé. Me lo metí en la boca con cuidado, sin saber bien cómo hacerlo, y descubrí que el cuerpo recuerda lo que la mente no ha vivido nunca. Lo chupé despacio. Mauricio me sostenía la cabeza sin empujar, dejándome ir a mi ritmo.

—Despacio —murmuró—. Tenemos toda la tarde.

Cuando se incorporó y me empujó hacia atrás en la cama, me dejé caer como si llevara años practicando. Me besó los pezones, me lamió el abdomen, me pasó la lengua por la cara interna de los muslos y, sin pedir permiso, me obligó a girar para hacer un sesenta y nueve. Cuando sentí su boca sobre mí, mientras yo tenía la suya, dejé escapar un gemido que no reconocí como mío.

Acabamos a la vez. Coordinarse fue casi un accidente, pero sucedió. Tragué sin pensarlo. Me limpié con el dorso de la mano. Lo miré tumbado a mi lado y supe, con una claridad que daba miedo, que aquello era yo. Que toda mi vida había construido un personaje alrededor de algo que nunca había probado.

Mauricio resultó ser de los que no pierden la erección con una sola descarga. A los pocos minutos su miembro estaba de nuevo de pie, brillante, listo. Lo miré, lo deseé otra vez y me senté encima. Me abrí las nalgas con las dos manos y bajé despacio, sosteniéndome en sus hombros. Entró con una facilidad que me asombró. No me dolió. Me llenó, eso sí, hasta una zona del cuerpo que yo desconocía. Lo cabalgué mientras él me besaba los pezones y me sostenía la cintura como si llevara años haciéndolo.

Cuando salimos del hotel volvimos a ponernos las gafas, la bufanda y el sombrero. Esta vez no nos reímos. Nos despedimos en su coche con un beso largo y cada uno volvió a su casa, a su otra vida, sabiendo que aquello no iba a quedar ahí.

***

Seguimos hablando todos los días. Pasó un mes. Un viernes me propuso salir a tomar algo y picar tapas en el centro. Le dije que sí. Quedamos en una calle de bares a las ocho. Nos saludamos sin tocarnos —había gente conocida cerca— y entramos al primer local que vimos abierto. Pedimos un vermut, después un vino, después otro. Hablábamos a la vez, nos pisábamos las frases, nos reíamos sin motivo. El alcohol y la complicidad nos tenían suspendidos.

—Conozco un sitio cerca —dijo—. Es para gente como nosotros. ¿Te animas?

Pagamos a medias y caminamos tres calles. La discoteca estaba en un sótano, sin cartel a la vista. Bajamos una escalera estrecha y un guardia nos miró sin preguntar nada. Adentro sonaba una versión remezclada de una canción vieja que yo conocía pero no podía nombrar. Las luces eran rojas, intermitentes, y el aire olía a colonia cara y a sudor masculino. Pedimos en la barra dos copas y nos paseamos por la pista. Algunos hombres bailaban en pareja, otros se besaban contra las columnas. Nadie nos miró dos veces.

Nos abrazamos en un rincón. Nos besamos sin disimulo por primera vez fuera de una habitación. Mauricio me señaló una puerta azul al fondo.

—Reservados —dijo.

Le di un pellizco en la mejilla y lo seguí. El pasillo tenía cabinas a ambos lados, con cortinas y una bombilla encima de cada puerta. Las rojas estaban ocupadas. Al final encontramos una con la luz verde y entramos. La cama era pequeña, la sábana estaba arrugada y olía a perfume de hombre. No nos importó. Mauricio me empujó suavemente y se desnudó delante de mí. Yo esperé, de pie, con la respiración acelerada. Cuando se acercó me desnudó sin prisa, como había hecho la primera vez en el hotel. Me besó los pies, me subió por las pantorrillas, me lamió la cara interna de los muslos.

Hicimos otra vez aquel sesenta y nueve que se había vuelto nuestro. Esta vez no acabamos a la vez: él me obligó a parar, me dio la vuelta y me lamió el culo hasta dejármelo empapado. Me apoyé sobre los codos, levanté la cadera y le ofrecí lo que quería. Entró de un solo movimiento, sin negociar, y empezó a moverse despacio. Yo le seguí el ritmo con las caderas, en círculos, ayudándole. Cuando lo sentí acabar dentro de mí, mordí la sábana para no gritar.

Nos limpiamos con la misma sábana arrugada de antes y nos vestimos en silencio. Salimos del reservado abrazados, atravesamos la pista sin hablar y nos despedimos en la puerta de la discoteca con un beso que ya no era prudente.

***

Hoy, dos años después de aquel primer correo a un desconocido, vivo con Mauricio. Dejó a su mujer, yo dejé de mentirme. La nuestra es una relación tranquila y descaradamente sexual a partes iguales. Algunos días me domina con la misma firmeza que aquella primera tarde de hotel. Otros, los más, soy yo quien lo aprieta contra el cabezal de la cama y le recuerda que el deseo se intercambia. Soy decididamente homosexual y soy feliz, y todavía me sorprende haber tardado cincuenta y un años en descubrirlo.

Si os apetece, sigo contando. Tengo unas cuantas historias más de este hombre y de mí.

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Comentarios (6)

Tobi_Cba

tremendo, me llego al alma

LibreNocturno

Increible historia. A los 51 animarse a eso... hay que tener un valor enorme. Ojalá todos pudieramos ser tan honestos con uno mismo.

SantiagoCF

por favor seguí contando, quedé con ganas de saber como continuó todo

AndresNoc

De lo mejor que leí en este sitio en mucho tiempo. Muy bien escrito y se nota que hay sentimientos reales atrás.

ClaudioMZA

Cuantos años despues y como te va ahora? me quede pensando en eso

Jorgelina_NN

Me recordo a un amigo que paso algo parecido a los cuarenta y pico. La vida te da sorpresas en los momentos menos pensados. Gracias por compartirlo.

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