La noche que mi alumno me contó toda la verdad
Sentí su cuerpo temblar contra el mío, un temblor contenido, irregular, que nada tenía que ver con el frío del paseo marítimo. La brisa de noviembre nos cortaba la cara y a él se le escapaban pequeños sollozos que intentaba ahogar contra mi chaqueta.
—Lo siento… —murmuré contra su pelo.
Negó con la cabeza sin soltarme.
—No —respondió en voz baja—. No tienes que pedir perdón.
Aun así, no se apartó enseguida. Permaneció aferrado a mí unos segundos más, respirando de forma entrecortada, como si llevara demasiado tiempo conteniendo algo que ya no le cabía dentro.
Cuando finalmente se separó, lo hizo despacio, manteniendo las manos apoyadas en mis brazos, como si necesitara comprobar que yo seguía allí. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados, el rostro cansado. No era el mismo chico que había visto días atrás en el aula, seguro, contenido, provocador incluso.
—Te estaba buscando —dijo finalmente.
Hubo un silencio breve, incómodo, lleno de cosas que ninguno sabía cómo empezar a decir. Fue él quien rompió primero.
—¿Por qué no me dijiste que tenías novia?
La pregunta cayó directa, sin rodeos. Me senté en el banco y él hizo lo mismo a mi lado, dejando un palmo de distancia entre los dos.
—Porque… —empecé, pero me detuve. Necesitaba elegir bien las palabras—. Porque durante mucho tiempo pensé que podía vivir así. Fingiendo.
—¿Fingiendo qué?
Suspiré. Miré al frente, hacia el mar, aunque apenas veía nada. Las luces del puerto temblaban en el agua negra.
—Fingiendo que todo estaba en orden —respondí—. Que podía llevar una vida… normal.
—¿Y yo qué era entonces? —su tono no era agresivo. Era peor: estaba dolido.
—No eras parte de la mentira —respondí—. Eras… la persona que me obligó a verla.
Iker me miró sin parpadear.
—Eso no responde a la pregunta.
—Marta… —continué con dificultad— era una manera de esconderme.
—¿Y la quieres?
—La quise —respondí.
—¿Y ahora?
Negué con la cabeza.
—Ahora ya no estamos juntos.
Levantó la mirada de golpe.
—¿Qué?
—Se acabó —dije con voz baja.
—¿Por qué?
Sentí un nudo en el estómago.
—Porque vio algo que no debía ver.
Iker se quedó inmóvil.
—¿Qué vio?
Su tono había cambiado.
—Una discusión —mentí.
El silencio que siguió fue largo. Iker no respondió enseguida. Tampoco se creyó lo que dije.
—No fue solo una discusión —dijo finalmente.
No era una pregunta. Era una afirmación.
—Fue… complicado —respondí, intentando mantener la voz firme.
Me miró fijamente.
—Mi padre fue a la academia, ¿verdad? Estaba mi padre allí.
La pregunta me atravesó como un cuchillo. No respondí. No podía. El silencio fue suficiente. Su expresión cambió. Primero confusión. Luego algo más oscuro.
—¿Estaba… mi padre? —repitió, ahora con la voz más baja.
—Sí.
—¿Qué hacían allí al mismo tiempo Marta y él? —preguntó.
—Vino a hablar conmigo —dije finalmente.
—¿Hablar… de qué?
Otra pregunta directa. Sentí la sospecha creciendo lentamente entre nosotros. Por primera vez desde que había aparecido en el paseo marítimo, comprendí que aquella conversación no iba a ser sencilla.
—¿Hablar contigo de qué? —repitió.
—De ti —respondí finalmente.
Iker frunció el ceño.
—¿De mí?
—Estaba preocupado —añadí, intentando que sonara convincente—. Dijo que no habías ido a clase, que estabas mal, que llorabas constantemente.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Y eso se notaba.
Iker dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Eso suena demasiado bonito para ser él. ¿Qué más pasó? —preguntó después. Su tono había cambiado otra vez.
—Nada —dije demasiado rápido.
Inclinó la cabeza ligeramente.
—No te creo.
Sentí el estómago encogerse.
—Fue una conversación incómoda —añadí, intentando suavizarlo—. Se enfadó. Nada más.
—Mi padre no se enfada y se va —dijo—. Mi padre presiona. Mi padre no deja nada a medias. ¿Qué hizo?
No respondí. Miré hacia el mar. Las olas rompían contra las rocas con una violencia constante, repetitiva, como si quisieran perforar la costa.
—¿Qué hizo? —insistió.
—No quiero hablar de eso.
—Pues yo sí, porque esto me afecta —continuó—. Y porque conozco a mi padre mejor que tú. Cuando dices que fue a hablar contigo y pones esa cara, algo pasó. ¿Te amenazó?
La pregunta me hizo girarme hacia él de golpe.
—¿Qué?
—¿Te amenazó? —repitió.
No respondí. No podía.
Iker apretó los labios.
—Lo sabía.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Qué te dijo? —continuó.
—No importa.
—Claro que importa.
—Solo… quiere asustarme —murmuré.
Iker me observó durante varios segundos. Luego preguntó:
—¿Con qué?
—Con… denunciarme —dije finalmente.
—¿Denunciar qué?
—Tu padre leyó nuestros mensajes. Me amenazó con denunciarme por haberme acostado contigo, por ser menor. Que podía buscarme la ruina y que todo el mundo sabría cosas que no deberían saber.
—Sé que los leyó —respondió con calma.
Lo miré con sorpresa.
—¿Lo sabías?
Asintió lentamente.
—Mi móvil dejó de ser solo mío hace años. Siempre encuentra la manera. Siempre. ¿Te dijo algo más?
Negué.
—No me mientas —dijo.
—No te estoy mintiendo —respondí.
Iker respiró hondo.
—Te voy conociendo. Y escondes algo.
—No quiero meterte en esto —murmuré.
—Ya estoy dentro. ¿Te hizo algo?
—No —mentí.
—Eso no ha sonado bien —dijo—. ¿Te hizo algo?
—No… —empecé a decir.
Pero la palabra se quedó a medio camino. Mentir otra vez ya no tenía sentido.
—No fue así al principio —dije finalmente.
Iker frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Hubo… un primer encuentro —continué con dificultad.
Sentí su mirada clavada en mí.
—¿Con mi padre? —preguntó incrédulo—. ¿Consentido?
—Sí —respondí en un susurro—. Yo estaba asustado. Había amenazado con contar cosas, con hacerme perder el trabajo… y en ese momento pensé que podía controlarlo. Debo confesar que la situación también me daba morbo, no voy a mentirte sobre eso. Pensé que si cedía una vez, todo acabaría ahí. Fue un error.
Levanté la vista entonces. Vi su expresión de decepción mezclada con dolor, pero no había rechazo. Solo una tristeza profunda que parecía no tener fondo.
—¿Y después? —preguntó.
—Después empezó el chantaje. Me dijo que si no volvía a verlo, enseñaría las conversaciones. Que lo haría público.
—Sabía que haría algo así… —murmuró—. Siempre hace lo mismo.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
No respondió enseguida. Respiró hondo. Cuando habló, su voz se había vuelto pequeña, casi infantil.
—Mi padre no empezó contigo —dijo al fin—. Cuando yo era pequeño, empezó con cosas pequeñas. Primero eran juegos que no entendía. Me decía que era normal, que todos los padres hacían cosas así. Yo confiaba en él. Era mi padre. Pero cada vez iba más lejos. No sabía cómo decir que no. Ni siquiera sabía que podía decir que no.
Sentí la rabia crecer dentro de mí. Una rabia profunda, oscura, que no había sentido nunca por nadie.
—Me decía que si hablaba, nadie me creería —continuó—. Que era culpa mía. Y ahora —añadió con voz temblorosa— te está haciendo lo mismo a ti. Sabía que tarde o temprano lo haría otra vez.
Me quedé mirándolo, intentando asimilar lo que acababa de decir.
—Ese hijo de puta… —murmuré finalmente.
—No quiero que sigas cargando con esto —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
—No es tan fácil.
—Tiene que serlo —respondí—. Esto no puede seguir así.
—¿Sabes lo que más me cabrea? —preguntó—. Que aún creas que tiene el control sobre ti.
—Lo tiene —respondí—. Tiene las conversaciones.
—No. No lo tiene. Está usando el miedo.
—Iker… —empecé.
—Escúchame —me interrumpió con firmeza—. Yo tengo diecisiete años. Con esa edad puedo consentir relaciones con quien me dé la gana.
—Pero no es ético…
—¿Sabes lo que sí que está haciendo él? Chantajearte. Eso sí es delito.
—Pero si enseña las conversaciones… —murmuré.
—¿Y qué? ¿Que dos adultos hablaron? ¿Que uno intentó manipular al otro?
Negué lentamente.
—No es tan sencillo.
—No —admitió—. No lo es. Pero tampoco es lo que él te hace creer. ¿Sabes qué le asusta de verdad? Que hable. Que cuente lo que hizo conmigo. Lo que lleva años haciendo. Y que los celos fueron el único motivo que lo llevó a esto que te está haciendo a ti. Pero si hablo yo, todo cambia. Y si hablas tú, también.
—No sé si tengo esa fuerza —murmuré finalmente.
—Yo tampoco la tenía durante años. Pero ya no quiero seguir callando.
Levanté la mirada hacia él. En ese momento comprendí que no se trataba solo de mí.
—¿Cuánto tiempo…? —pregunté con dificultad.
—Desde que era muy pequeño.
—No voy a dejar que vuelva a hacerte daño —dije—. Ni a ti. Tenemos que denunciar.
—¿Lo dices en serio? —preguntó.
Asentí lentamente.
—Sí. Tengo miedo, mucho.
Iker dejó escapar una sonrisa triste.
—Yo también. Entonces lo hacemos juntos. Pero no quiero que lo hagas solo por mí.
—No lo hago solo por ti. Lo hago por los dos. Porque si seguimos callando, él gana.
—Cuando me abrazaste antes —dijo— pensé que ibas a apartarte.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Se encogió de hombros.
—Porque todo esto es demasiado.
—Sí —respondí—. Es demasiado. Pero no por eso voy a soltarte. Mírame.
Iker levantó la cabeza. Nuestros ojos se encontraron. Me incliné hacia él y lo besé. Fue un beso breve, dulce, húmedo, distinto a todos los anteriores.
—Estamos en público —murmuró.
Miré alrededor. Apenas había tres personas pescando en el lateral del paseo, ajenas a nosotros.
Me incorporé del banco.
—Ven.
—¿Adónde?
—A mi casa.
Lo miré con seriedad.
—¿Seguro?
Asentí.
—Sí.
Comenzamos a caminar juntos por el paseo, en silencio, uno al lado del otro. No nos tocábamos, pero la distancia entre ambos era mínima. Mientras caminábamos hacia mi casa, supe que lo que venía después sería igual de difícil pero también posible.
***
Quince minutos después entramos en casa en silencio. Cerré la puerta despacio, como si ese gesto marcara una frontera entre el exterior y todo lo que habíamos dejado atrás en el paseo. Durante unos segundos nos quedamos quietos en la entrada, sin mirarnos, escuchando únicamente el sonido lejano del tráfico.
—Pasa —dije finalmente.
Iker avanzó despacio, observando el salón con una atención casi tímida, como si quisiera memorizar cada detalle.
—¿Quieres agua? —pregunté.
Asintió sin hablar. Fui a la cocina y llené dos vasos, intentando ocupar las manos para no pensar demasiado. Le tendí el vaso.
—Gracias —murmuró.
Se sentó en el sofá con cuidado, apoyando los codos sobre las rodillas, sosteniendo el vaso entre las manos como si necesitara algo que lo mantuviera anclado a la realidad.
—¿Siempre ha sido así? —pregunté.
—¿Cómo?
—Tu padre.
—Sí —dijo al cabo de unos segundos—. Cuando era pequeño no entendía nada. Pensaba que era normal que me pidiera cosas raras, que me dijera que no contara nada.
—¿Tu madre…?
Negó con la cabeza.
—Hace como que no quiere saber lo que sucede, pero lo sabe. Yo intentaba evitar estar solo con él, buscar excusas, pasar horas en la calle. Pero siempre encontraba la manera. Cuando crecí dejó de ser tan frecuente, pero nunca desapareció del todo. Pasó a controlarme: revisar el móvil, decidir con quién podía hablar, decirme qué hacer. Por eso sabía que había leído los mensajes.
—Deberías haberme contado esto antes para denunciar —murmuré.
—No sabía si alguien me creería. Hasta ahora.
Levantó la vista hacia mí. Y en ese momento me abalancé a besarlo sin poder resistirme.
Las caricias se hicieron atrevidas en cuestión de segundos. Comenzó a lamerme el cuello mientras sus manos descendían por mis muslos, lentas y firmes a la vez. Sin dejar de besarme un solo instante, Iker comenzó a desabrocharme el pantalón y metió la mano dentro de mi calzoncillo. Me agarró la polla con fuerza y empezó a masturbarme con un ritmo que no admitía dudas.
Se levantó del sofá y, con una sensualidad calmada, acabó de quitarme toda la ropa entre besos en los que nuestras lenguas se acompasaban como si nunca hubieran estado separadas. Después él también se desprendió de todo menos del bóxer, se acercó y situó su entrepierna delante de mi cara.
Le quité el bóxer y apareció delante de mí aquella polla que tanto había deseado durante semanas. El corazón me ardía cuando abrí la boca e Iker empezó a juguetear, frotando el glande alrededor de mis labios, metiéndola y sacándola, gimiendo con cada movimiento. Finalmente me la metió entera, llegando a provocarme una primera arcada que me hizo lagrimear y sonreír al mismo tiempo.
Iker se subió al sofá y se abrió de piernas para que se la chupara en esa posición. Seguí mamándole con placer, alternando con sus huevos, lamiéndoselos despacio, escuchando cómo la respiración se le aceleraba. Después se puso de espaldas, apoyado en el brazo del sofá, separó las nalgas y me pidió con dulzura que lo lamiese.
Aquel agujero rosado entre sus nalgas blancas y completamente lampiñas era increíble. Empecé a sentir una sensación agradable cuando hundí la lengua en su asterisco, escuchándolo suspirar mientras agarraba un cojín entre las manos.
Llegó mi turno. Iker me colocó boca arriba y estuvo lamiéndome y succionándome el culo con la misma dulzura, introduciendo la lengua con fuerza y siguiendo después con los dedos. Estuvo estimulándome un buen rato con el índice hasta que estuve preparado. En ese momento se colocó un condón, mojó los dedos con saliva y me embadurnó. Puso la polla cerca de mi agujero y presionó con firmeza.
Es indescriptible la sensación que se tiene cuando te la están metiendo, y más todavía si es una persona que te gusta más allá de lo físico. Me penetraba con una dulzura desconocida. Mientras me follaba me besaba la boca, el cuello, me acariciaba la polla. En menos de dos minutos me había corrido. Iker tardó más, pero fue maravilloso. Mi cuerpo estaba totalmente relajado, pero el culo se me contrajo en el orgasmo apretándose contra su polla y proporcionándole un placer que lo llevó al séptimo cielo.
Al cabo de un rato noté que su cara cambiaba y le supliqué que se corriera encima de mí. Sacó la polla sin dejar de apretarla, se retiró el condón y se masturbó con firmeza, consiguiendo que su semen denso y caliente resbalara por mi pecho y mi vientre.
Permanecimos abrazados en el sofá durante un buen rato, dándonos besos lentos, recorriéndonos con los dedos como si tuviéramos que aprendernos de memoria.
***
Después nos fuimos a la cocina a picar algo y a continuar con la conversación pendiente.
—Si no denunciamos —dijo Iker— él seguirá haciendo lo mismo a ti, a mí o a otra persona.
—¿Nos creerán? —pregunté, siendo ahora yo el que dudaba.
—Sí —dijo seguro.
Fruncí el ceño.
—Tengo mensajes —añadió—. Cosas guardadas.
—Entonces… mañana vamos a comisaría —murmuré.
Iker sostuvo mi mirada.
—¿De verdad?
Asentí lentamente.
—Sí. Mañana.
—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó con una voz casi infantil—. No quiero volver a mi casa. Ni hoy ni nunca.
No respondí con palabras. Le tendí la mano y lo llevé hasta el dormitorio. Esa noche dormiríamos abrazados, sin hacer ruido, esperando a que el mundo amaneciera distinto.