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Relatos Ardientes

Desperté junto a otro hombre y no recordaba nada

Bruno despertó con la sensación equivocada de haber dormido demasiado profundo. No era sueño; era algo más espeso. Un sabor extraño en la boca, una neblina tibia en las sienes, como si hubiera atravesado la noche entera sumergido bajo el agua.

Lo primero que vio fue un techo que no reconocía: blanco, alto, con una grieta fina en una esquina. Lo segundo, un brazo ajeno descansando sobre su abdomen. Pesado. Cálido. Peligroso.

Tardó dos segundos en comprender que no estaba en su habitación. Tres más en darse cuenta de que estaba completamente desnudo bajo una sábana demasiado fina.

Y entonces, justo entonces, oyó la respiración de alguien detrás de él. Masculina. Lenta. Satisfecha.

—Buenos días, guapo —susurró una voz joven, acurrucándose más contra su espalda.

Bruno giró la cabeza con un movimiento brusco. A su lado, un chico moreno y atlético, de ojos oscuros y labios todavía hinchados, se incorporaba con la sonrisa típica de quien despierta después de una noche memorable.

—¿Qué…? —Bruno retrocedió de golpe hasta saltar de la cama, con el pulso golpeándole en la garganta—. ¿Quién cojones eres tú?

El chico parpadeó, sorprendido por la hostilidad, pero no perdió la calma. Su piel parecía irradiar calor propio, lisa y firme, esa mezcla irresistible de muchacho de veinte años y hombre ya formado. El pecho subía y bajaba despacio, y una línea de músculo bajaba entre sus caderas hasta perderse bajo la sábana que ahora se llevaba al regazo sin demasiada prisa.

—Anoche estabas muy entregado —dijo, ladeando la cabeza—. Pensé que no serías de los que se arrepienten por la mañana.

Bruno sintió un latigazo de náusea. No recordaba nada. Ni un trago, ni un beso, ni un solo instante.

—¿Qué cojones ha pasado? Yo… —No terminó la frase.

—¿En serio me vas a montar el teatro del hétero que no se acuerda? —El chico frunció el ceño, ofendido—. ¿De verdad?

—Dime que no hemos… —Bruno tragó saliva, con un sudor frío bajándole por la espalda.

—¿Que no me has follado como si se acabara el mundo? Podría no decirlo, pero no cambiaría la realidad.

—Hijo de puta, me has drogado.

—Eh, eh, relaja. Me entraste tú. Y habríamos ido a tu casa si no hubiera estado tu madre. ¿Y ahora me acusas de drogarte?

Bruno estaba cada vez más confundido. Solo le llegaban pequeños destellos de luz que le clavaban el dolor de cabeza más hondo. Mierda. Mi novia. El pensamiento le cruzó la mente como una bofetada.

—¿Que yo te entré? Yo no soy maricón, te lo repito. —Apartó la almohada que protegía su entrepierna con un gesto violento—. O me dices qué me has hecho, o te rompo hasta la última costilla.

El chico se encogió de hombros, indignado, y señaló una mesita frente a la cama. Encima, el móvil de Bruno, apoyado contra el pie de una lámpara.

—Si crees que te he drogado, míralo tú mismo. Mira cómo disfrutabas.

***

Bruno cruzó la habitación tambaleándose, sintiendo la piel sensible en zonas que prefería no nombrar ni para sus adentros. Cogió el teléfono. La pantalla seguía grabando. Con un dedo tembloroso detuvo la grabación, respiró hondo y pulsó el play.

El archivo ocupaba varias horas. Los primeros sonidos metálicos del vídeo golpearon contra sus sienes. La imagen se llenó de movimiento y luces. Él mismo aparecía grabándose con la cámara frontal mientras salía de un bar. Reconoció la calle, reconoció su ropa. No reconoció esa mirada.

Caminaba con paso firme, demasiado seguro, casi eléctrico. No parecía borracho. Parecía encendido. Activado. Como si algo dentro de él reclamara atención, piel, contacto.

A su lado, con la mano bien firme en su cadera, aparecía el chico de la noche. El mismo que ahora seguía tumbado en la cama, observándolo.

En el vídeo, Bruno reía bajo, una risa que ni él mismo recordaba tener.

—Mírate —se escuchaba a sí mismo—. Sabías que ibas a acabar conmigo en cuanto me viste, ¿verdad?

El chico se acercaba más y respondía con una sonrisa que se veía perfectamente en la grabación. No había duda: le gustaba. Mucho.

Bruno, viéndolo desde el presente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No se reconocía. No así, con un hombre.

—Me vuelven loco los chulitos con tanta autoestima —decía el chico en la pantalla, con un tono juguetón, pasándole una mano por el abdomen.

—No soy chulo, soy realista —se veía reír Bruno, chulesco—. Y soy tu suerte de esta noche. Capitán del equipo de waterpolo y fantasía de medio Sevilla… y hoy vas a descubrir por qué todos quieren una noche conmigo.

El chico soltaba una risa suave, casi nerviosa pero claramente encantada, y tiraba de su camiseta.

—¿Ah, sí? Demuéstralo.

En la pantalla, Bruno lo agarraba del mentón y lo besaba. No un beso dulce. Un beso hambriento, profundo, lleno de fuego. El chico respondía igual, una mano en la nuca, la otra en la cintura. Se pegaban cuerpo contra cuerpo, riendo entre beso y beso.

Bruno apartó la mirada de la pantalla y tragó saliva, desconcertado. No recordaba aquello, pero la química entre ellos era innegable. Y no, no se reconocía ni borracho ni colocado. Sabía perfectamente cómo era en cada uno de esos estados, y ninguno encajaba con lo que veía.

***

El vídeo continuaba. Nada más cruzar la puerta del local, Bruno empujaba al chico contra la pared exterior. La música quedaba atrás, pero las risas de ambos llenaban el micrófono del móvil.

—Mírate —susurraba Bruno, acercando la cámara a sus labios mientras atrapaba los del otro—. No puedes ni esperar a que lleguemos a casa.

El chico le mordía el labio.

—Me gusta cómo me hablas —decía, fuera de foco, con la voz cargada de deseo.

El Bruno de la pantalla bajaba una mano por su espalda hasta la cintura, lo apretaba contra sí y volvían a besarse. Lento al principio, luego más urgente, más desordenado. El chico se dejaba llevar, entregado, tocándolo sin miedo.

Bruno notó cómo se le aceleraba el pulso observando algo que debería pertenecerle como recuerdo y que, sin embargo, le resultaba completamente ajeno. Como si estuviera viendo a otra persona habitando su cuerpo. El asco y el miedo lo llenaban por completo.

—Esta noche vas a disfrutar conmigo —murmuraba el Bruno del vídeo.

Adelantó la grabación y pulsó play de nuevo. Más besos contra la pared, manos recorriendo torsos, cuellos, espaldas. Hasta que de repente se oía a sí mismo decir:

—Esto es solo un adelanto.

Se veía agarrando al chico del pelo y empujándolo hasta dejarlo de rodillas. La cámara grababa la nada durante unos segundos y volvía con un gemido grave, suyo. Bruno se vio a sí mismo guiando su propia erección dentro de la boca del chico, hasta el fondo, con la misma seguridad con la que lo hacía con cualquiera de sus amantes. No era el otro quien lo forzaba. Era él. Y, para su horror, parecía disfrutarlo igual.

El joven de rodillas solo podía tragar, entusiasmado, apenas usando las manos, sorprendido de que aquel desconocido fuera perfecto en todo.

Bruno no aguantó más. Detuvo el vídeo. Un nuevo sudor frío le recorrió la espalda.

—Esto no soy yo —dijo con voz ronca, buscando su ropa por el suelo.

—Anoche lo parecías bastante —replicó el chico desde la cama.

Bruno se vistió con prisa, ignorando el temblor de las manos y las piernas. Todo dentro de su cuerpo parecía recordarle algo que su mente no alcanzaba.

—Como ves, yo no hice nada —insistió el otro—. Fue consensuado.

—Claro que no lo fue. Me has drogado.

—No te he dado ni agua —respondió él, molesto.

Bruno no contestó. Salió de la casa sin mirar atrás.

***

En la calle, el aire frío de la mañana lo golpeó como un puñetazo. Entonces vio las veintisiete llamadas perdidas de su novia. No era el momento. Aquello era un barrio de las afueras, casas bajas, silencio de domingo. Caminó deprisa sin saber hacia dónde.

Miró el móvil otra vez. El vídeo seguía ahí, esperando. Su dedo flotó sobre el botón de borrar, pero algo en su pecho —una presión extraña, una orden muda— lo detuvo en seco.

Como si no pudiera hacerlo. Como si algo dentro de él no se lo permitiera.

Abrió el vídeo de nuevo y lo adelantó solo unos segundos. La escena era mucho más intensa. Se veía a sí mismo, cachondísimo, gimiendo mientras el chico lo seguía con la boca, y jurando que ninguna mujer se lo había comido tan bien. Luego llegaba la parte que más le revolvía: ponía al chico a cuatro patas y empezaba a follárselo sin pausa, mientras toda su musculatura de nadador empujaba para darle el máximo placer a alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.

No pudo más. Cerró los ojos, respiró hondo y guardó el teléfono como si quemara.

—Me estoy volviendo loco —murmuró.

Pero no era él. Sentía que había algo más detrás de todo aquello. Algo que no encajaba.

***

Pidió un coche y llegó a la comisaría del distrito donde vivía. No la había elegido por estar tranquila un domingo. La había elegido por una sola razón.

El mostrador olía a café reciente y a ambientador barato. Cuando Bruno entró, sudado, pálido y agitado, el agente de guardia levantó la vista.

—¿Puedo hablar con Hugo? Soy el primo de su mujer.

—¿Bruno? —dijo una voz grave a su espalda.

Era él: el marido de su prima.

Aquel hombre no entraba en una habitación, la ocupaba. Imponente, corpulento, con un físico de exjugador de balonmano que parecía capaz de cargar con cualquiera sin despeinarse. Su altura, cercana a los dos metros, dominaba el espacio, y esos hombros enormes le daban un aire de muro humano, sólido, inamovible.

Iba impecable: la camisa ajustada dibujándole cada fibra del torso, los pantalones marcando un contorno que no dejaba indiferente. No hacía falta verlo de uniforme para saber que era policía; se le notaba en la mirada, en la postura, en esa serenidad tensa de quien sabe leer una sala entera con un par de gestos. A sus treinta y nueve años llevaba una carrera destacada en inteligencia, y para Bruno siempre había sido un referente.

—Necesito hablar contigo —dijo Bruno, sin saber muy bien qué hacer.

Hugo lo llevó a una sala pequeña.

—Cuéntame. ¿Estás bien? —preguntó al ver la cara del joven.

Bruno respiró hondo y tragó saliva.

—Ha pasado algo esta noche. No la recuerdo. Nada. Me he despertado en una casa que no conocía. Con un chico. En la cama y…

El agente entrecerró los ojos.

—Bruno, tranquilo. Explícamelo con calma.

A Bruno le costó más de lo que pensaba ponerlo al corriente, intentando no dar ningún detalle concreto que lo avergonzara.

—Yo nunca haría algo así. No soy maricón.

El guardia tomó notas despacio, observándolo con atención.

—Tranquilo, de verdad. Escúchame: no te hablo solo como agente, sino como familia. De aquí no sale nada que tú no quieras. ¿Tienes alguna prueba de que te hayan drogado? ¿Algún síntoma? ¿Algún rastro?

Bruno bajó la mirada hacia el bolsillo donde guardaba el móvil. Sintió el peso del vídeo. Sintió la vergüenza como un golpe en la boca del estómago.

No podía mostrarlo. No sabía por qué, pero no podía. Una voz dentro de él seguía viva, como un eco enterrado bajo su conciencia.

—No —mintió—. Solo… solo sé que no es normal.

Hugo apoyó una mano enorme sobre su hombro.

—Tranquilo. Lo investigaremos. Pero lo primero es que te hagas una prueba toxicológica.

Bruno asintió sin poder responder.

***

La luz del mediodía lo cegó al salir de la comisaría. Se apoyó en una pared, respirando hondo, sintiendo el temblor en los dedos.

Volvió a sacar el móvil. Otra vez el vídeo. Otra vez ese impulso irracional de mirarlo. Y, junto a él, ese bloqueo inexplicable: no podía borrarlo.

Abrió el final y fue retrocediendo poco a poco, hasta los minutos previos al sueño. Justo antes de quedar rendido, lo vio: cómo se besaban, tumbados, y cómo se relamían excitados.

—No, por favor… —susurró.

Retrocedió un minuto más. Se vio, excitado, abriéndole la boca al chico con sus propios dedos.

—Pídemela. Suplica por ella —se oía decir a sí mismo, con una voz que no reconocía.

—Por favor, Bruno, dámelo todo.

Se vio terminar dentro de la boca del joven, que lo recibía sin perder una gota, queriendo agradar al hétero, demostrarle que había sido obediente. Pero el Bruno de la pantalla lo detenía antes de que tragara.

—¿No vas a compartirlo conmigo después de la noche que te he regalado?

El chico sonreía, pícaro, con la boca llena, y le preguntaba con la mirada si estaba seguro. Bruno asentía, le cogía la barbilla y lo besaba.

El Bruno del presente apartó el móvil de golpe y vomitó contra la pared, a pocos metros de la comisaría.

—¿Qué coño me está pasando? —murmuró mientras intentaba recomponerse.

Y entonces, por un segundo, apenas un destello en su mente, lo vio: un trozo de cuero blanco. Una luz brillante entrando por una ventana. Un murmullo grave, sereno, irresistible.

Relájate, Bruno. Confía en mí.

Pero aquello desapareció tan rápido como había llegado.

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Comentarios (4)

FacundoNoc

buenisimo!!! me dejo con la intriga de que paso esa noche, espero que haya segunda parte

Ramiro_lector

Que relato tan bien contado. Esa incertidumbre del personaje se siente real, como si uno mismo estuviera en esa situacion rara y confusa. Me engancho desde el principio.

MarcoCba

la situacion inicial me atrapo desde el primer parrafo. Sigan subiendo este tipo de historias!!

PatoMza22

jajaja la descripcion del brazo me mato... increible como con un detalle tan simple te metes de lleno en la historia

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