El desconocido del aparcamiento me tomó en el baño
Ocurrió el miércoles pasado, al mediodía, y todavía no consigo sacármelo de la cabeza. Tuve sexo dentro del baño de un aparcamiento subterráneo, con un hombre al que no había visto nunca y al que no volveré a ver. Venía de cerrar un buen día de trabajo: firmas, papeleo, un par de reuniones que se resolvieron mejor de lo esperado. Estaba agotado, pero esa clase de cansancio satisfecho que te deja flotando.
Dejé el coche en el subterráneo de siempre. Bajé en el ascensor hasta la planta menos dos y aparqué en el primer hueco que encontré. Miré la hora en el móvil: las tres y media, quizá un poco más. La planta estaba casi vacía, ese silencio de mediodía en que todo el mundo está en otra parte.
Al ir a abrir el coche me di cuenta de que tenía las manos sucias, seguramente de apoyarme en alguna barandilla por el camino. Me acerqué al aseo de la planta, pero la puerta estaba cerrada con llave y un cartel avisaba de que había que pedirla en la garita de la entrada.
Podría haberme marchado sin más. No soy de esos. Volví al ascensor, subí a la planta baja y me encaminé hacia la garita. El vigilante estaba hablando con otro hombre, y los interrumpí para pedirle la llave del aseo de la menos dos.
El vigilante me la tendió de mala gana, casi sin mirarme. El otro, en cambio, no me quitó los ojos de encima. Era una mirada larga, demasiado fija, como si me estuviera midiendo por dentro. Me dejó una punzada incómoda en la nuca que se me olvidó en cuanto las puertas del ascensor volvieron a cerrarse.
Bajé otra vez, esta vez con la llave en la mano. Abrí el baño, me enjuagué las manos y, ya que estaba, aproveché para orinar. Después volví al lavabo a refrescarme la cara y el pelo, que llevo largo y se me pega en la frente cuando hace calor.
Cometí dos torpezas seguidas. No cerré la puerta con llave al entrar, y ni siquiera eché el pestillo. En aquel momento no le di importancia. Estaba inclinado sobre el lavabo, dejando que el agua fría me corriera por la cara y el cuello. Una postura de lo más normal, ¿no?
Lo que no calculé fue que, al inclinarme, se me bajaron los pantalones. Antes, al orinar, había aflojado el cinturón y desabrochado el botón; el peso y la inercia hicieron el resto. Se llevaron también la ropa interior y me dejaron las nalgas medio al aire, expuestas frente al espejo.
Y en ese instante la puerta se abrió. Despacio, con una lentitud que no era casual.
Apareció él. No era un hombre cualquiera: alto, mayor, de pelo entrecano y bigote, una presencia densa que parecía llenar el cubículo entero. Lo reconocí enseguida. Era el mismo que hablaba con el vigilante en la garita. Me saludó con una cortesía que sonó casi a burla.
—Buenas tardes —dijo.
No esperó respuesta. Se dirigió a la cabina del fondo y el ruido de su orina me ancló al suelo. No sé cuánto duró aquello. Lo bastante para que el aire entre nosotros se volviera irrespirable, cargado de algo que ni él ni yo nombramos pero que los dos sentíamos.
De golpe noté el tirón. Su mano firme bajó del todo mis pantalones, que cayeron sin resistencia hasta los tobillos, arrastrando la ropa interior. El aire se había espesado, una mezcla de su sudor, mi colonia, el desinfectante y algo más, algo crudo y eléctrico que no había olido nunca.
Su respiración era un fuelle caliente contra mi nuca. No hubo preámbulos. Una mano me clavó los dedos en el hombro, sujetándome contra el lavabo, y sentí el roce áspero de sus anillos contra mi piel.
La otra mano guio su miembro, ya duro, hacia mi entrada. La presión fue firme, insistente. Y luego un deslizamiento cálido que me abrió de par en par. Entró con una facilidad que me robó el aliento, una facilidad que todavía hoy me atormenta y me excita a partes iguales.
Se me escapó un grito ronco de la garganta. No era de dolor, no del todo. Era el reconocimiento de que existía un placer tan intenso que asustaba.
—Despacio… por favor, despacio —balbuceé.
Las palabras salían torpes, mezcladas con jadeos. Era una súplica, pero también una mentira. No quería que fuera despacio. Una parte oscura de mí quería justo lo contrario, que no tuviera ninguna piedad.
Sentía cada centímetro de él avanzando, reclamando un espacio dentro de mí que ni sabía que existía. Cuando estaba a la mitad, soltó mi hombro y las dos manos se aferraron a mi cintura con fuerza de tenaza. Los dedos se me hundieron entre las costillas. Era una advertencia. La calma había terminado.
Y empezó a empujar. Ya no era un deslizamiento lento, sino una embestida constante y profunda. Notaba cada músculo de su abdomen tensarse contra mis nalgas mientras me llenaba por completo. La mente se me quedó en blanco, incapaz de procesar nada que no fuera la sensación de estar siendo poseído.
—Despacio… no hay prisa —repetí, como un mantra.
Pero cada vez que lo decía, mi voz sonaba más débil, más suplicante, más excitada. Por fin su pelvis chocó contra mí con un golpe húmedo. Estaba dentro, hasta el fondo. Se detuvo y me dejó sentir su peso, su calor, el latido de su carne contra mis paredes. Entonces habló, en un susurro bajo y helado que me sometió del todo.
—Desnúdate —dijo—. Quítate todo. Quiero ver ese cuerpo.
Y no sé por qué, pero mis manos se movieron solas. Obedecieron. La lógica me había abandonado y solo quedaba el instinto. Empecé por el suéter, tirando del cuello hacia arriba con urgencia. Después la camisa, los botones rebotando en las baldosas frías.
Mientras me desnudaba vi cómo su mano libre alcanzaba el cerrojo de la puerta. Clic. El sonido me heló la sangre. Estábamos encerrados. Estábamos solos. Y aun así seguí.
Me descalcé temblando. Fue él quien, sin soltarme la cintura, enganchó con los pies mis pantalones y la ropa interior y los apartó de una tirada seca, dejándolos en un montón en el suelo. Quedé casi desnudo, vulnerable, expuesto del todo para aquel desconocido. Ya no había vuelta atrás. Y ya no la quería.
—Sigue —imploré—. No te pares, por favor.
Mi voz era un hilo, una súplica ronca que lo desató. Sus ojos se encendieron en el reflejo del espejo, una mirada de animal que ve a su presa lista. Se retiró casi del todo, dejándome vacío y anhelante, y volvió a hundirse de un solo golpe, más fuerte, más profundo.
Empezó un vaivén salvaje que me levantó sobre las puntas de los pies para no estamparme contra el lavabo. Sentía sus testículos golpeando mis nalgas, el sonido de los cuerpos chocando llenando el cuarto entero. Mis gemidos eran ya incesantes, mezclados con sollozos de un placer que casi dolía.
Y entonces lo hizo. Sacó todo de golpe, dejándome un vacío brusco, y volvió a clavarse hasta el fondo con una fuerza que me quebró por dentro.
—¡Ah! —grité.
Esa vez sí fue un grito de dolor, agudo y puro. El impacto me dobló las rodillas y la frente se me fue contra el espejo. El mundo se volvió un estallido de luz blanca y un dolor que se mezclaba con el placer más hondo que había sentido jamás. Me dejé caer sobre el mármol frío, temblando, completamente suyo.
Él me miró con una fiereza posesiva, los ojos oscuros quemándome en el reflejo. Su aliento era caliente contra mi oreja.
—Esto es lo que buscabas, ¿eh? Mirándome así en la garita. Ahora mírame bien —me susurró.
Y comenzó un martilleo implacable, un golpe seco y rítmico de su pelvis contra mis nalgas que me sacudía hasta los huesos. Sentía que me partía en dos, y mi cuerpo solo era capaz de reaccionar con espasmos y balbuceos incoherentes.
—Despacio… ah… por favor… —pedí.
Las palabras salían ahogadas, casi inaudibles bajo el ruido de los cuerpos. Pero él estaba demasiado perdido en su propia furia para oírme, o no le importaba. Me tenía agarrado de la cintura con tanta fuerza que me dejaba marcas, y yo era poco más que un recipiente para su deseo.
Y entonces ocurrió lo extraño. El dolor agudo del primer empujón empezó a mutar. Se desvaneció, licuándose en un calor profundo. Empecé a echarme hacia atrás por instinto, a sincronizar mis caderas con sus embestidas, buscando que entrara aún más hondo.
Aguantamos así, de pie, una eternidad de golpes y jadeos, hasta que el ritmo cedió. Se detuvo y, al retirarse, sentí un vacío brutal, mi cuerpo abierto y palpitante.
—Uff, qué barbaridad —susurré.
Fue una tregua, un instante para que asimilara lo que estaba pasando. Unos segundos después volví a sentir el calor de su cuerpo y su carne, otra vez dura, buscando mi entrada. Volvió a la faena, pero ahora con más control.
Cuando estuvo de nuevo dentro empecé a mecerme hacia delante y hacia atrás, una danza sumisa mientras él me abría las nalgas con las manos. Se movía lento y profundo, y se notaba que le encantaba tenerme así, rendido, a su merced. Entonces lo sentí: ese hormigueo en la base de la columna que anunciaba el final.
—Dame más fuerte… que me corro —reclamé.
Mi súplica fue la chispa. Su mirada se volvió salvaje y me dio más duro, si es que cabía. Ya no había ritmo, solo fuerza bruta, solo el ruido sordo y húmedo de su pelvis contra mí mientras yo, con las nalgas separadas, lo recibía sin resistencia.
Con cada embestida me acercaba más al borde. Recula con más fuerza, salía a su encuentro, aceleraba el ritmo hasta que llegó esa calma tensa que precede a la explosión. Me quedé quieto, entregado, dejando que él me llevara hasta el final.
Y llegó el orgasmo. Apenas salieron unas gotas de mí, que cayeron al suelo frío. Quedé deshecho, temblando, apoyado en el lavabo. Una corrida de ensueño provocada por un hombre al que no conocía de nada, dentro del baño de un aparcamiento. Algo surrealista.
Y entonces él. Con las contracciones de mi cuerpo apretándolo, no aguantó más. Soltó un grito gutural de satisfacción mientras se descargaba, encerrado dentro del preservativo. Sentí el calor tibio a través del látex, un pulso que me recorrió entero.
Se quedó un momento sobre mí, respirando agitado, sudando sobre mi espalda. Por fin se retiró, se quitó el condón con un gesto rápido y lo tiró a la papelera. Después se acomodó los pantalones, abrió el pestillo y abrió la puerta. Antes de salir se giró y habló con una voz tan normal como si acabáramos de tomar un café.
—Gracias, ha sido estupendo. Otro día, si coincidimos, repetimos —dijo.
Y se marchó, sin más. Unos minutos después, con las piernas todavía temblando, empecé a vestirme con una lentitud increíble. Cogí el coche, subí a la planta baja y, antes de salir, bajé a devolver la llave del baño en la garita. El vigilante, un hombre mayor y sonriente, me miró con complicidad.
—Lo has aprovechado bien, ¿verdad? —dijo.
Me quedé helado. La boca se me secó y la sangre me subió a la cara. No respondí, solo asentí con un leve movimiento de cabeza. Él me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. Su sonrisa no era solo cómplice: era calculadora.
Cogió la llave, la dejó caer a propósito y se agachó despacio a recogerla. Al incorporarse, me la entregó con un suspiro teatral.
—Uf, estos miércoles… siempre tan largos —dijo, mirando el techo del garaje como si compartiera una pena universal. Luego sus ojos volvieron a mí, brillando con una malicia velada—. A partir de las cuatro, esta planta se queda vacía. Mucha tranquilidad. Un silencio casi total.
Hizo una pausa, dejando que la frase flotara entre nosotros.
—Algunos clientes habituales vienen justo a por eso —añadió—. Buscan un poco de silencio e intimidad. Sobre todo en la menos dos.
El corazón me dio un vuelco. Miércoles. Las cuatro. Clientes habituales. Silencio. Sus palabras eran un mapa, una invitación envuelta en una queja trivial. Me estaba haciendo creer que compartía una anécdota, cuando en realidad me tendía una trampa perfecta, una trampa en la que mi cuerpo se moría por caer.
No dije nada. Asentí de nuevo, con la garganta cerrada, y subí al coche. Pero sus palabras resonaban en mi cabeza más fuerte que el motor.
No era una casualidad. Era una cita. Una cita semanal. Y yo, con el rastro de aquel desconocido aún en la piel y el recuerdo del dolor convertido en placer ardiéndome en la memoria, supe con una certeza absoluta que el miércoles siguiente, a las cuatro en punto, estaría de vuelta.
Conduje a casa casi a ciegas. Sabía que esa noche no me bastaría con dormir, que reviviría cada segundo, cada golpe, cada palabra, cómo aquel hombre de pelo entrecano me había hecho suyo en un sitio donde nadie nos buscaba.
Me quedé con una pena tonta: no me dejó ni un nombre ni un teléfono. Quizá fuera mejor así. Un encuentro anónimo y brutal, sin antes ni después, que lo cambió todo. Y la certeza, fría y nítida, de que volvería a buscarlo.