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Relatos Ardientes

El cazador de las montañas y los tres muchachos

Torin venía bajando de las montañas tras todo un invierno arriba, con las mulas cargadas de pieles y un puñado de metales que valdrían su buen peso en plata. Había sido una temporada larga y solitaria, como todas las que llevaba viviendo desde hacía más de quince años.

Era un hombre rudo, de melena hasta los hombros y barba crecida y descuidada. La piel curtida por el sol y por el frío que se le había metido en los huesos, huesos largos y fuertes. Casi rozaba los dos metros de altura. Un ejemplar de hombre al que nadie se atrevía a mirar dos veces.

Como siempre, bajaría al pueblo, dejaría la carga en los almacenes generales, donde se pesaban las pieles y se tasaban los objetos antes de convertirlos en dinero. Hecho ese trámite, iría a la posada del Halcón Rojo. Allí lo atenderían como a un rey, y seguro tendrían a algún muchacho de los que tanto le gustaban.

Tal vez Lior siga aquí.

Pensó en aquel rubio de cintura estrecha y boca insolente que el año anterior lo había servido mejor que nadie. De solo recordarlo, algo se le tensó entre las piernas.

Cuando entró en la posada, el dueño levantó una de sus manazas para saludarlo. Garrik era de mediana estatura, barba rojiza y brazos anchos como troncos.

—Montañés, has vuelto. ¿Cómo te fue allá arriba? —preguntó.

—Bien, amigo, todo bien. ¿Y por aquí? —respondió Torin, dejándose caer contra la barra—. Pero antes que nada, sírveme un trago.

—Eso está hecho.

Garrik tomó una botella y le sirvió un whisky oscuro y añejo, sabiendo que era el que le gustaba. Torin se lo bebió de un trago y golpeó el vaso contra la madera, pidiendo otro. Mientras apuraba el segundo, le pareció oír risitas y susurros cómplices detrás de la cortina roja que separaba el salón de las habitaciones.

—Garrik, ¿tienes algo para mí esta noche? —preguntó con media sonrisa.

—Siempre, amigo. Lior está aquí, y sabe que te espera. Además llegó hace poco un muchacho nuevo, moreno, muy bonito... y un pelirrojo que vas a querer conocer —dijo el posadero, guiñándole un ojo.

—Mándalos arriba. Pero dame un rato; quiero meterme en la tina primero.

—Ya la mando a preparar. Tú tranquilo.

***

La habitación era amplia y cómoda, con una cama grande que esa noche iba a hacer falta. La tina humeaba, limpia. Torin tiró la ropa a un rincón y se hundió en el agua caliente con un gruñido de placer. Tomó una esponja y se restregó el cuerpo enorme, la mugre del camino soltándose en hilos oscuros.

El jabón le nubló los ojos un momento. Cuando por fin los abrió, tres jóvenes lo miraban en silencio desde el centro de la habitación. Desnudos los tres.

Lior, con esa melena rubia inconfundible, la espalda fina y el culo respingón que recordaba tan bien. A su lado, un muchacho de piel morena, cabello corto y labios carnosos, ya empalmado, mirándolo sin pudor. Y un tercero, pelirrojo, sin un solo pelo en el cuerpo salvo las pecas que le salpicaban los hombros, ojos azules y una sonrisa que prometía. Los tres bien entrados en la veintena, los tres a su disposición.

—Lior, ¿cómo estás? —preguntó Torin sin moverse del agua.

—Bien, montañés. Esperando este momento contigo —murmuró el rubio, rodeando la tina para masajearle los hombros anchos y curtidos. Pronto sus dedos bajaron a los pezones, y Torin soltó el aire despacio, relajando el cuello.

—¿Y estos dos? ¿Quiénes son?

—Él es Dario —dijo Lior señalando al moreno—, y el pecoso es Roan.

Los dos muchachos se acercaron, uno a cada lado, y empezaron a sobarle los brazos gruesos, rozándole de paso los pezones cada vez que podían. Sabían lo que hacían; eso lo notó enseguida, y era justo lo que le pedía a Garrik cada vez que bajaba. Lior le besaba el cuello y las orejas, deslizando la lengua por la piel curtida.

Dario hundió la mano en el agua hasta encontrar la verga de Torin, ya dura y asomando sobre la superficie. La rodeó con los dedos y empezó a moverla despacio, midiendo su tamaño con cara de asombro. El montañés lo tomó de la nuca y lo atrajo hacia su boca. El beso fue largo, profundo, la lengua del moreno metiéndose entera entre sus labios.

Roan, mientras tanto, le lamía el pecho y le mordisqueaba los pezones, su propia polla pequeña y dura dando saltos contra el borde de la tina. Lior seguía detrás, marcándole el cuello a besos.

Torin pasó las manos mojadas por las nalgas de los dos que tenía a los lados. Era fuerte como un oso, y los levantó sin esfuerzo para tantearlos. Los encontró suaves, dilatados, listos. Alguien los había preparado bien. Los muchachos gimieron cuando los dedos del montañés empezaron a explorarlos.

***

Cuando Torin lo pidió, se puso de pie. Los dos que no lo conocían se quedaron boquiabiertos. Nunca habían visto a un hombre así: tan alto, tan ancho, con semejante verga colgándole entre las piernas musculosas. Les dio algo de miedo al principio, pero lo miraron con una mezcla de respeto y deseo.

Aparecieron las toallas y los tres se dedicaron a secarlo. Lo repasaron entero, una y otra vez, como si estuvieran puliendo una estatua. Era imponente. Los cabellos largos y la barba le daban un aire salvaje que en realidad no le hacía justicia: bajo toda esa fachada había un hombre que de joven había ido a la escuela, sabía leer y escribir, y había nacido en una familia con dinero. Un día había renunciado a todo aquello para vivir libre en los montes, y poco a poco se había ido alejando de la gente, bajando solo de tanto en tanto a saciar el hambre que el invierno le dejaba en el cuerpo.

Dario le frotaba las nalgas marcadas de músculo, metiendo la toalla entre ellas. Torin se abrió sin pudor a aquella caricia. Le gustaba dar tanto como recibir, y esa noche pensaba hacer las dos cosas.

Lior se arrodilló despacio, besándole el pecho y el vientre hasta llegar a la polla, que se alzaba ya sin remedio. Torin hundió los dedos en la melena rubia mientras el muchacho pasaba la lengua por toda su extensión, de la base a la punta. Después se concentró en la cabeza, brillante y húmeda, y se la metió en la boca, paladeándola, hundiéndola en la garganta hasta donde podía. Lior sabía chupar como nadie; lo había aprendido con los años.

—Así, Lior... no perdiste la magia de esa boca —gruñó Torin, acariciándole el pelo—. Qué rica tienes la lengua.

Roan se había deslizado a la espalda del montañés y le lamía las nalgas y la raja con una urgencia que hacía temblar al gigante. Torin abrió las piernas y se inclinó un poco hacia adelante, ofreciéndose. La lengua del pelirrojo encontró su entrada y empezó a trabajarla, y el hombre soltó un gemido ronco que llenó la habitación.

***

Lior se puso en cuatro patas sobre el borde de la cama. Torin se agachó tras él, le separó las nalgas y le hundió la lengua en el culo, abriéndole los pliegues despacio. El rubio gemía y empujaba las caderas hacia atrás, pidiendo más. Mientras tanto, Dario se había tumbado boca arriba en el suelo, bajo el montañés, y se tragaba su verga; y Roan seguía detrás, lamiéndole el culo al gigante sin descanso.

—¿Y qué esperas para metérmela? —jadeó Lior—. No sabes cuánto la quiero dentro. Tu lengua es deliciosa, pero quiero más.

Torin se incorporó y deslizó la polla por la raja del rubio, que lloriqueaba de pura ansia. Frotó la entrada, cada vez más abierta. Apoyó la cabeza y empujó una vez, suave; luego otra. Dario apareció con un frasco de aceite y lo vertió sobre la verga del montañés y sobre el culo de su compañero. Torin empujó de nuevo, y esta vez la cabeza entró.

Lior soltó un grito ahogado. Sintió que lo partían en dos, pero el montañés, pese a su tamaño, fue paciente: esperó a que el cuerpo del muchacho se acostumbrara antes de seguir. Poco a poco la fue metiendo entera, hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas del rubio.

—Ahhh, sí... cógeme —gemía Lior—. Me estás rompiendo, pero no pares. Me había olvidado de lo bueno que eres.

Mientras embestía al rubio, Torin notó que Dario le rociaba el culo con aceite. El moreno se colocó detrás de él y, con cuidado, le metió la polla. El montañés gruñó más fuerte de lo que había gruñido al penetrar a Lior, y siguió moviéndose, dando y recibiendo a la vez, atrapado entre los dos cuerpos.

Roan, que se había quedado sin sitio, se arrodilló detrás de Dario y le lamió el culo, animándolo a embestir más rápido. La habitación se llenó de jadeos, de carne golpeando contra carne, del crujido de la cama.

***

Insaciable como era, Torin quiso cambiar. Hizo que Lior le cediera el sitio y puso a Dario en cuatro patas. El moreno sintió la verga gruesa abrirse paso y dejó escapar un quejido, pero no tardó en empujar hacia atrás, pidiendo más. Se había criado entre hombres bien dotados y sabía recibir, aunque hacía tiempo que no le tocaba uno como aquel.

El montañés iba y venía dentro de Dario, que se retorcía de placer. Después lo puso boca arriba, le echó las piernas sobre los hombros y lo penetró hasta el fondo. Lior le chupaba los pezones al moreno, y Roan jugaba con los testículos del gigante, que aguantaba sin acabar, con un control que dejaba a los tres asombrados.

—Qué buen culo tienes, muchacho —jadeó Torin—. Eres digno hermano de Lior.

***

Llegó el turno de Roan. Lior y Dario lo prepararon con aceite y con los dedos, metiéndole de a uno hasta que el pelirrojo gemía abierto y ansioso. Sus gemidos hacían arder al montañés, que se sentó en el borde de la cama y le pidió que se montara.

De espaldas a él, despacio, Roan se fue sentando sobre la verga que lo esperaba. Era la primera vez que recibía algo de aquel tamaño. A medio camino sintió que lo abrían por la mitad y soltó un grito; se apoyó en sus dos compañeros, que lo sostenían mientras bajaba centímetro a centímetro.

—Ahhh, gigante, me matas... pero no quiero parar —balbuceaba el pelirrojo.

El cuerpo del muchacho fue cediendo poco a poco, amoldándose a la espada que lo llenaba. Pasados unos minutos largos empezó a moverse solo, cada vez más cómodo, más caliente. Dario se arrodilló y se tragó la polla de Roan; Lior lo besaba en la boca mientras Torin le pellizcaba los pezones. El pelirrojo subía y bajaba, enterrándose la verga hasta el fondo, hasta que se vació en la boca de Dario con un grito largo.

Torin sintió que ya no aguantaba más. Sacó la verga del culo de Roan y se puso de pie. Los tres muchachos se arrodillaron frente a él, las bocas abiertas, las lenguas fuera, esperando. El montañés se acarició la polla unas pocas veces y, con un rugido que pareció salir de lo más hondo del pecho, se corrió a chorros sobre los rostros y los labios de los tres. Ellos sonreían, felices, recibiendo la descarga como un premio.

Cuando el último chorro cesó, se turnaron para limpiarle la verga a lengüetazos, sin dejar una sola gota, cubriéndola de besos hasta dejarla brillante.

***

Cayeron los cuatro sobre la cama, los muchachos rodeando al gigante. Pero Torin no era de los que se rendían fácil. Al poco rato la verga volvió a endurecerse bajo las bocas de los tres, y empezaron de nuevo. Esa noche apenas durmieron; se gozaron una y otra vez, incansables, hasta que la luz gris del amanecer se coló por la ventana.

Al día siguiente, el montañés debía volver a marcharse. Como cada año, habló con Lior antes de partir, y esta vez también con Dario. Les ofreció lo de siempre: que dejaran la posada y subieran con él a los montes. Y, como cada año, ninguno se atrevió a decir que sí.

Cuando el sol terminó de salir, Torin cargó las mulas y tomó el camino de las montañas. No miró atrás. El invierno siempre vuelve, pensó. Y con él, también volvería al Halcón Rojo.

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Comentarios (4)

SantiagoQR

tremendo relato!!! me dejó sin palabras

Mateo_L

Por favor seguí con la historia, quedé con muchas ganas de saber como continua. Saludos desde el sur!

ClaudioB_ok

me recordó a un viaje que hice al norte hace años, esos encuentros inesperados te cambian. excelente

DiegoValles

La atmósfera de la posada se siente en cada párrafo. Muy bien logrado, sin duda uno de los mejores que leí en mucho tiempo.

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