Reconocí al actor en la sauna gay esa noche
Era un jueves de noviembre, casi medianoche, y entré al Vapor Nórdico con el pulso ya disparado. El vestuario olía a jabón barato y a algo más espeso, más humano, que no se podía nombrar pero que todos reconocíamos. Me desnudé sin prisa, guardé la ropa en una taquilla cualquiera y me até la toalla blanca a la cintura. Apenas me cubría.
Me miré un segundo en el espejo empañado. Metro ochenta, cuerpo trabajado a base de años de gimnasio, la piel todavía brillante por el aceite que me había puesto antes de salir de casa. Tenía el pelo recogido y un par de tatuajes viejos cruzándome el brazo. No era la primera vez que venía, pero esa noche había algo distinto en el aire.
Recorrí el pasillo despacio. Las duchas abiertas dejaban ver siluetas enjabonándose sin pudor, el jacuzzi rebosaba de cuerpos que se rozaban como por accidente, y una música grave retumbaba contra los azulejos. Empujé la puerta del baño de vapor grande y entré en la niebla.
El calor me golpeó de inmediato. Niebla espesa, vapor pegajoso que te abre cada poro y te obliga a respirar despacio. Me senté en el banco alto de la esquina, aflojé la toalla y me recosté contra la pared. Cerré los ojos un momento, solo uno, para acostumbrarme al ruido de las gotas cayendo del techo.
Cuando los abrí, él ya estaba ahí.
A tres metros, sentado en el banco de enfrente, solo. Lo reconocí enseguida, y el estómago me dio un vuelco. Lo había visto en decenas de vídeos a altas horas de la madrugada, cuando no podía dormir. Un actor del que se hablaba en foros, con cara de niño malo y un cuerpo pequeño pero esculpido hasta el último músculo. Lo llamaban Dorian, aunque vete a saber si ese era su nombre real.
Y ahí estaba. En carne y hueso, la toalla abierta, los abdominales marcados por el sudor, mirándome como quien ya ha decidido algo. No aparté la vista. Él tampoco.
No puede ser él. No aquí. No conmigo.
Pero era él, y se estaba levantando.
Caminó entre el vapor con una calma que daba vértigo, como si el lugar entero le perteneciera. Se plantó delante de mí, separó mis rodillas con las dos manos y, sin decir una palabra, se arrodilló en el suelo mojado.
—Joder —murmuró, mirándome desde abajo—. No me esperaba esto.
Me rodeó con los dedos, despacio, recorriendo cada centímetro como si quisiera memorizarlo. Después bajó la cabeza y se entregó con una avidez que me dejó sin aire. Sabía exactamente lo que hacía: la lengua girando, la respiración controlada, los ojos clavados en los míos cada vez que subía a tomar aire. El vapor le caía por la cara en hilos.
Le sujeté la nuca y marqué el ritmo yo. Los sonidos eran obscenos, húmedos, mezclados con la música y con el goteo constante del techo. A nuestro alrededor empezaron a juntarse otros hombres, apenas sombras en la niebla, mirando, tocándose, sin atreverse a cruzar la línea invisible que él había trazado al arrodillarse delante de mí.
Había algo absurdo en todo aquello. Un mes antes, sin ir más lejos, lo había visto en una de esas noches de insomnio, tumbado en mi cama con el portátil sobre las piernas, convencido de que un tío así jamás se fijaría en alguien como yo. Y ahora lo tenía de rodillas, entregado, gimiendo contra mi piel mientras media sauna contenía la respiración. La realidad superaba con creces cualquier fantasía que me hubiera montado a solas.
Lo levanté de golpe. Le di la vuelta, lo apoyé contra la pared de azulejos y le devolví cada caricia con la boca, sin prisa, mordiendo, recorriendo, hasta que fue él quien gimió alto y empujó hacia atrás buscándome.
—Ya —dijo con la voz rota—. No me hagas esperar más.
Le levanté una pierna, la apoyé sobre mi hombro y entré despacio, escuchando cómo se le cortaba la respiración. Esperé. Le acaricié la espalda hasta que se relajó, y entonces empecé a moverme. El vapor se llenó de un olor denso a sexo y a piel caliente. Los espejos empañados nos devolvían una imagen borrosa, dos cuerpos confundiéndose en la niebla, rodeados de espectadores que ya no disimulaban.
Lo senté en el banco alto, le abrí las piernas y volví a entrar. Ahora podía verle la cara entera: los ojos entornados, la boca abierta, esa expresión de vicio absoluto que tantas veces había visto en una pantalla y que ahora era solo para mí. Le sujeté con una mano mientras lo embestía, y se vino así, sin avisar, arqueándose contra la pared con un gemido que silenció a todos los que miraban.
Se quedó temblando, riéndose entre jadeos, todavía con la respiración entrecortada.
—Vale —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Ahora me toca a mí.
Me agarró de la mano y me sacó del baño de vapor entre la gente, que se apartaba sin dejar de mirar. Cruzamos un pasillo en penumbra hasta una cabina privada. Cerró la puerta, encendió una luz roja tenue y me empujó contra la pared con una fuerza que no parecía caber en un cuerpo tan pequeño.
***
Me besó con una intensidad que no esperaba, mordiéndome el labio, bajando por el cuello, por el pecho. Me llevó hasta la camilla, me puso de rodillas y se tomó su tiempo. Demasiado. Me preparó despacio, con paciencia, hasta que me temblaban las piernas y se me escapaban sonidos que no reconocía como míos.
—Relájate —susurró contra mi oreja—. Vas a acordarte de esta noche mucho tiempo.
Y entró. Despacio al principio, milímetro a milímetro, dándome tiempo a respirar. Cuando estuvo del todo dentro se quedó quieto un instante, me besó la nuca, me acarició la espalda. Después empezó a moverse: largo, profundo, certero. Cada embestida me arrancaba el aire.
—Qué bien aguantas, Theo —jadeó, llamándome por el nombre que le había dado al entrar.
Me incorporó, me puso de rodillas en la camilla y se colocó detrás. Frente a nosotros, el espejo de la cabina nos devolvía la escena entera: mi cara desencajada de placer, sus ojos detrás de los míos, su cuerpo menudo dominándome por completo. No me dejaba apartar la mirada. Quería que me viera disfrutar.
Cambió de postura sin avisar. Me tumbó boca arriba, me levantó las piernas hasta sus hombros y volvió a hundirse hasta el fondo. Ahora me miraba a los ojos mientras me embestía, me sujetaba la mandíbula, me susurraba guarradas que me encendían más que cualquier caricia.
—Te gusta, ¿verdad? —dijo, sin dejar de moverse—. Dime que te gusta.
—Más —fue lo único que pude responder—. No pares.
Y no paró. Me levantó en peso, mi espalda contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura, y me folló de pie como si yo no pesara nada. La gente del pasillo había empezado a abrir la puerta para mirar, y a él pareció gustarle. A mí también, para qué mentir.
Me bajó, me puso de costado en la camilla, una pierna en alto, y siguió desde atrás, más lento ahora, besándome el hombro, mordiéndome la nuca. Cada movimiento daba justo donde tenía que dar, y yo estaba en un trance del que no quería salir.
Perdí la noción del tiempo. No sabría decir cuántas posturas pasaron, cuántas veces cambió el ritmo, cuántas veces creí que iba a terminar y él me frenaba justo a tiempo, leyéndome el cuerpo como si me conociera de siempre. La camilla crujía, el espejo temblaba, y al otro lado de la puerta seguían acumulándose siluetas atraídas por los ruidos.
Cuando sentí que no aguantaba más, me giró una última vez, me miró a los ojos y aceleró. Me vine sin tocarme, con un grito ronco que se ahogó en su boca cuando me besó. Él se quedó dentro unos segundos más, temblando, antes de salir y dejarse caer a mi lado en la camilla estrecha.
***
Nos quedamos un rato así, en silencio, recuperando el aliento bajo la luz roja. Su pecho subía y bajaba contra mi brazo. Fuera, la música seguía retumbando, ajena a todo.
—No suelo hacer esto —dijo al fin, con una sonrisa cansada—. Lo de salir del personaje, digo.
—Yo tampoco suelo reconocer a nadie —mentí, y los dos nos reímos.
Pasamos el resto de la noche entrando y saliendo de las salas, sin prisa, como dos desconocidos que se hubieran encontrado mil veces. El jacuzzi, las duchas, otra vez la cabina. A las siete de la mañana salimos juntos a la calle vacía, con el pelo todavía húmedo y el frío golpeándonos la cara, y nos despedimos con un último beso largo en plena acera.
No volví a verlo. No le pedí el número, ni él a mí, y creo que los dos sabíamos que así estaba bien. Algunas noches no necesitan continuación.
Pero cada vez que ahora lo veo aparecer en una pantalla, a altas horas, cuando no puedo dormir, sonrío. Porque sé algo que ninguno de los que miran sabrá nunca: que detrás de ese personaje hay un hombre que una noche de noviembre, entre el vapor de una sauna, me miró como si yo fuera lo único que existía en el mundo.