Lo que pasó en el baño del aeropuerto con un extraño
La voz metálica de los altavoces anunció el cuarto retraso de la tarde, y Adrián dejó escapar un suspiro entre dientes. Llevaba casi tres horas atrapado en aquella terminal, rodeado de maletas, cafés tibios y el zumbido constante de gente que iba a ninguna parte. La pantalla seguía marcando «demorado» en rojo, sin más explicación. Cerró el libro que ni siquiera estaba leyendo y se frotó los ojos.
No era cansancio, en realidad. Era otra cosa, una inquietud que arrastraba desde hacía días y que no tenía nada que ver con vuelos ni con horarios. Una tensión que se le había metido en el cuerpo, entre las piernas sobre todo, y que no encontraba dónde descargar. Hacía casi dos semanas que no se corría con nadie, y hasta las pajas rápidas en la ducha del hotel se le estaban quedando cortas.
Se levantó, estiró las piernas y caminó sin rumbo entre las tiendas iluminadas. Al final del pasillo, junto a una cafetería casi vacía, vio el cartel de los aseos. Decidió entrar, más por moverse que por necesidad.
El baño era amplio, de azulejos grises y luz blanca que rebotaba en los espejos. Olía a limpio, a ese desinfectante con falso aroma a pino que solo existe en los aeropuertos. Había una hilera de urinarios a la izquierda y los lavabos enfrente. Casi todo estaba en silencio, salvo el murmullo lejano de la terminal que se colaba cada vez que la puerta se abría.
Y había alguien más.
Un hombre estaba de pie frente a uno de los urinarios del fondo, de espaldas, con una camisa de lino arremangada hasta los codos y unos antebrazos firmes. Rondaría los cuarenta, calculó Adrián, por las canas que le salpicaban las sienes y por algo en su postura, una calma que solo dan los años. No parecía tener prisa.
Adrián eligió un urinario a un par de plazas de distancia. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. La distancia exacta para no incomodar, pero suficiente para mirar de reojo si uno quería. Y quería.
Fue un instante. Mientras se desabrochaba, sus ojos se deslizaron hacia un lado, casi por instinto, ese impulso viejo y conocido. El otro hombre también giró apenas la cabeza, lo justo, y sus miradas se encontraron una fracción de segundo en el espejo de enfrente. Hubo algo en ese cruce, un reconocimiento callado, una pregunta que ninguno de los dos formuló en voz alta. Adrián alcanzó a ver, con el rabillo del ojo, la polla gruesa y pesada que el desconocido tenía en la mano, medio blanda todavía, colgando entre los dedos con la punta rosada asomando del prepucio. Se le secó la boca de golpe.
—Menudo día para volar —dijo el hombre, rompiendo el silencio con una voz grave, un poco ronca, que resonó contra los azulejos.
Adrián sonrió de medio lado, sorprendido y a la vez intrigado.
—Tres horas de retraso y subiendo —respondió—. A este paso duermo aquí.
El otro soltó una risa baja, casi un murmullo, mientras se sacudía la polla con una lentitud deliberada, apretándola con el puño de arriba abajo un par de veces más de lo necesario, como quien no está meando ya, sino exhibiéndose.
—Hay sitios peores para matar el tiempo —dijo.
Adrián notó cómo los dedos del desconocido se demoraban en la cremallera un segundo más de lo necesario, y algo en su pecho se encendió como una chispa sobre yesca seca. También en la entrepierna: su propia polla empezó a hincharse, engordando contra la tela del calzoncillo. Terminó él también, sacudiéndose con un gesto que, sin quererlo del todo, se volvió más pausado, más consciente de que lo estaban observando. Dejó la polla afuera un instante de más, sabiendo que el otro miraba, sabiendo que la estaba viendo crecer.
***
Se encontraron frente a los lavabos, uno al lado del otro, como por casualidad que no lo era. El agua corría fría sobre las manos de Adrián, pero su piel ardía. El hombre, a su lado, se lavaba con una calma exasperante, dejando que las gotas resbalaran por unos dedos largos y fuertes.
—¿Vienes seguido por esta terminal? —preguntó, girando la cabeza. Tenía los ojos de un castaño oscuro, con un brillo travieso, como si supiera de sobra lo que hacía.
—Hoy es la primera vez —contestó Adrián, dejando que su voz bajara medio tono—. Y la cosa empieza a ponerse interesante.
Se secó las manos con una toalla de papel, pero no se movió. Ninguno de los dos lo hizo. El espacio entre ellos se sentía denso, cargado, como si el aire mismo estuviera esperando algo. Por el espejo, Adrián repasó el cuello bronceado del otro, la línea de la mandíbula, la forma en que la camisa se le ceñía a los hombros. Y bajó la mirada, sin disimulo, hasta el bulto que se marcaba grueso contra el pantalón claro. Al otro no le pasó desapercibido.
—Marcos —dijo el hombre, tendiéndole la mano húmeda.
—Adrián.
El apretón duró más de lo que duran los apretones entre extraños. La mano de Marcos era cálida, firme, y no se soltó enseguida. Adrián sintió el pulgar deslizarse apenas sobre su muñeca antes de que la presión cediera.
—Sabes una cosa, Adrián —dijo Marcos, dando medio paso hacia él—. Este sitio es bastante aburrido. Pero hay maneras de arreglarlo.
Estaba lo bastante cerca como para que Adrián pudiera oler su colonia, una mezcla de madera y cítrico que se le metió directa en la cabeza. Cada palabra le rozaba la piel como una caricia.
—Depende de la compañía —respondió Adrián, sosteniéndole la mirada.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que era mitad reto, mitad rendición. Sentía el calor subiéndole por el pecho, la respiración un poco más pesada. La polla, ya dura del todo, le tensaba la tela de los vaqueros formando un relieve inequívoco, y no hizo nada por disimularlo. Marcos lo notó, se pasó la lengua por el labio inferior, y su sonrisa se ensanchó hasta mostrar un destello de dientes.
***
—¿Te apetece seguir la conversación en un sitio más tranquilo? —preguntó Marcos, inclinando la cabeza hacia las cabinas del fondo.
No había nadie más en el baño. Solo el goteo de un grifo mal cerrado y, muy lejos, los altavoces anunciando otro vuelo que tampoco era el suyo.
Adrián no contestó con palabras. Dio un paso hacia la última cabina, la del rincón, y dejó que Marcos lo siguiera. La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco que sonó como un disparo en el silencio. El pestillo hizo clic y de pronto el mundo entero se redujo a esos pocos metros cuadrados. El espacio era estrecho, apenas suficiente para los dos, y eso no hizo más que afilar la sensación de cercanía. Sus cuerpos quedaron a centímetros, el calor de uno alimentando al del otro.
Marcos fue el primero en moverse. Con un gesto lento pero seguro, apoyó una mano en la pared, junto a la cabeza de Adrián, dejándolo encerrado entre el tabique y su cuerpo. La otra mano fue directa a la entrepierna de Adrián, y le apretó el bulto con la palma abierta, midiéndole el bulto entero, la polla dura de arriba abajo por encima de la tela.
—Me ha gustado cómo me has mirado ahí fuera —murmuró, la voz convertida en un hilo ronco—. Y me ha gustado más lo que se te ha puesto entre las piernas.
Sus ojos bajaron despacio, recorriendo a Adrián de arriba abajo, deteniéndose en la erección que tensaba la tela y palpitaba contra su mano.
—Tú tampoco apartaste la vista —respondió Adrián, y su mano subió casi sola hasta el pecho de Marcos, palpando el calor de su piel a través del lino. Bajó los dedos por el estómago, por la cinturilla, y le agarró la polla por encima del pantalón. Estaba dura, gruesa, un cilindro caliente que se le curvaba contra el muslo—. La tienes bien gorda, cabrón.
Los músculos de Marcos se tensaron bajo el contacto, y un sonido bajo, gutural, se le escapó de la garganta.
—Y tú vas a comprobarlo con la boca —contestó, en un susurro que no admitía discusión.
No hicieron falta más palabras. Marcos se inclinó y sus bocas se encontraron en un beso hambriento, urgente, sin preámbulos. Las lenguas se buscaron con una intensidad que empujó a Adrián a apretarse aún más contra él. La barba corta de Marcos le raspaba el mentón, y ese pequeño dolor lo encendía todavía más. Se besaron con rabia, mordiéndose los labios, chupándose la lengua uno al otro, mientras las manos volaban a los cinturones.
Las manos de Marcos descendieron y abrieron los vaqueros de Adrián con una destreza que hablaba de oficio, de haberlo hecho otras veces, en otros lugares parecidos a aquel. Le bajó los pantalones y el calzoncillo de un tirón hasta medio muslo, y la polla de Adrián saltó afuera, dura, con la punta ya brillante de líquido. Marcos la agarró de raíz, con un puño cerrado y firme, y se la sacudió un par de veces mirándolo a los ojos.
—Bonita polla —le dijo—. Bien tiesa, y ya babeando.
Adrián hizo lo mismo, los dedos temblándole apenas mientras desabrochaba el pantalón claro y liberaba a Marcos. La polla saltó afuera y le golpeó la muñeca, pesada, dura como una piedra caliente. Era gruesa, con las venas marcadas y un capullo hinchado y morado que asomaba lustroso. Le cabía justo en la mano, con la punta sobresaliendo del puño. Se le hizo la boca agua nada más verla.
—Joder —dejó escapar Marcos contra su oído cuando Adrián empezó a masturbarlo, lento al principio, luego más firme, subiendo y bajando el prepucio sobre el glande hinchado—. Así, empápamela.
Adrián se dejó caer de rodillas sin pensarlo. El suelo de baldosas se le clavó en las rótulas, pero le dio igual. Tenía la polla de Marcos a la altura de la boca, apuntándole directa a los labios, y no quiso esperar más. Sacó la lengua y la pasó plana por debajo, desde los huevos hasta la punta, saboreando el sudor y la sal. Marcos gimió por lo bajo y le puso una mano en la nuca.
—Chúpamela, venga.
Adrián abrió la boca y se la metió entera de una vez. Sintió el capullo golpearle el fondo de la garganta y tuvo que respirar por la nariz para no atragantarse. Le supo caliente, salada, con ese sabor a hombre que le hizo apretar las piernas de puro deseo. Empezó a mamársela con ganas, moviendo la cabeza atrás y adelante, chupando fuerte al subir, dejando que la saliva se le escurriera por la barbilla y le cayera hasta los huevos. Con una mano le agarraba la base para masturbarlo al mismo ritmo que chupaba, y con la otra le manoseaba los testículos pesados, apretándolos con suavidad en el hueco de la palma.
—Joder, qué bien la mamas —jadeó Marcos, apoyando las dos manos en el tabique detrás de Adrián. Le miraba desde arriba, viendo cómo se le hinchaban los mofletes con su polla, cómo la lengua giraba alrededor del capullo cada vez que asomaba—. Trágamela bien hondo, así, hasta el fondo.
Adrián obedeció. Empujó la cara hasta que la nariz se le hundió en el pubis de Marcos, tragando entera esa polla gorda hasta que sintió la punta pulsándole en la garganta. Se quedó ahí, aguantando las arcadas, con los ojos llorosos, hasta que necesitó apartarse para tomar aire. Un hilo largo de saliva colgó entre sus labios y el capullo brillante. Volvió a metérsela, y otra vez, follándose la cara con la polla del otro, cada vez más rápido, cada vez más sucio.
Marcos lo dejó hacer un rato, y después tiró de él por los hombros para levantarlo.
—Ven aquí, dame la boca —le dijo, y volvió a besarlo, sin importarle el sabor de su propia polla en la lengua de Adrián. Le agarró el culo por debajo del pantalón, apretándoselo entre los dedos, separándole las nalgas—. Date la vuelta.
Adrián se giró de cara al tabique. Marcos le bajó del todo los vaqueros hasta los tobillos y le hizo abrir las piernas cuanto pudo en aquel espacio mínimo. Se pegó por detrás y le dejó caer la polla dura y mojada de saliva justo en la raja del culo, moviéndose despacio arriba y abajo, restregándosela sin metérsela, mientras le mordía la nuca.
—¿Te la meto? —le preguntó al oído, con la voz más ronca todavía.
—Métemela —contestó Adrián, apoyando la frente en la pared fría—. Métemela ya, joder.
Marcos se escupió en la mano, se embadurnó la polla y con dos dedos le esparció la saliva a Adrián entre las nalgas, frotándole el agujero, presionando con la yema hasta que un dedo entró hasta los nudillos. Adrián apretó los dientes y arqueó la espalda. Marcos lo trabajó un momento, moviendo el dedo en círculos, y después metió el segundo, abriéndolo, preparándolo.
—Estás caliente por dentro —le susurró—. Y bien apretado.
Sacó los dedos y colocó el capullo en su sitio. Empujó despacio, con paciencia, y Adrián sintió cómo esa polla gorda le abría el culo centímetro a centímetro, ardiéndole al principio, hasta que el placer se impuso al escozor. Marcos entró hasta el fondo, se quedó quieto un segundo, y después empezó a follárselo. Al principio con embestidas lentas, largas, sacándola casi entera para volver a hundirla hasta los huevos. Después más rápido, más duro, sujetándolo por las caderas con las dos manos.
El cubículo amplificaba cada sonido: el chapoteo obsceno del culo de Adrián recibiendo la polla, la respiración entrecortada, el golpe sordo de las caderas de Marcos contra sus nalgas, el crujido del tabique cuando se apoyaba con demasiada fuerza. Adrián mordió el antebrazo para no gritar, pero un gemido se le coló igual entre los dientes.
—Eso es —susurró Marcos, sin dejar de embestir—. No te contengas. Aprieta ese culo, así, joder, así.
Le pasó una mano por delante y le agarró la polla, que colgaba dura y palpitante entre las piernas, dando pequeños golpes contra el tabique al ritmo de las embestidas. Empezó a pajearlo al compás de sus caderas, cerrando el puño alrededor del glande y bajando hasta la base. Adrián sintió el placer crecer como una marea, una corriente doble, por delante y por detrás, que lo arrastraba sin remedio.
La boca de Marcos encontró su cuello, besó, mordió suave la piel justo bajo la oreja, y ese fue el empujón final.
—Me corro —jadeó Adrián—. Joder, me corro.
—Córrete, venga, córrete en mi mano.
Su cuerpo se tensó de golpe, los dedos clavándose en el tabique, y un quejido ahogado le subió desde el fondo del pecho mientras se dejaba ir. La corrida le salió a chorros, densa y caliente, escurriéndose entre los dedos de Marcos, salpicando la pared y el suelo. Se estremeció entero, con el culo contrayéndose alrededor de la polla que seguía dentro, apretándola.
Ese apretón fue lo que hizo saltar a Marcos. Sacó la polla de golpe, se pegó a su espalda y con dos sacudidas rápidas de la mano se corrió sobre las nalgas de Adrián, con un gruñido bajo que le vibró en el pecho. Los chorros gruesos de semen le cayeron calientes en la piel, resbalándole por la raja del culo, uno tras otro hasta que ya no quedó nada. Su respiración chocó entrecortada contra la sien de Adrián, su cuerpo entero estremeciéndose en un eco compartido, y por un instante los dos se quedaron quietos, sostenidos solo por el calor del otro y por la pared.
***
Durante un momento no se escuchó nada más que el sonido de sus alientos buscando volver a la calma. Después, Marcos soltó una risa suave, casi incrédula, mientras cogía un puñado de papel del dispensador y le limpiaba el semen de la espalda y las nalgas con una delicadeza que no cuadraba del todo con lo que acababa de hacerle.
—No tenía pensado empezar el viaje así —dijo.
Adrián sonrió, con la adrenalina todavía corriéndole por las venas y las piernas temblándole un poco.
—Yo tampoco. Pero desde luego ha sido mejor que la cafetería.
Se arreglaron la ropa en aquel espacio mínimo, rozándose los codos, sin la menor incomodidad. Quedaba en el aire una complicidad nueva, frágil y real al mismo tiempo, además del olor espeso a sudor y a sexo que ya no había forma de disimular. Marcos se pasó una mano por el pelo, recuperando la compostura, y abrió un poco la puerta para asomarse. Seguían solos.
Antes de salir, sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa y se la tendió.
—Por si alguna vez quieres repetir lejos de un aeropuerto —dijo—. Y con más tiempo. Todavía tengo cosas que hacerte.
Adrián la tomó, y sus dedos se rozaron un segundo de más.
—Igual lo hago —respondió, guardándosela en el bolsillo trasero, justo donde todavía le ardía la piel.
Salieron por separado, con unos minutos de diferencia, como si nada hubiera ocurrido. Adrián se lavó la cara con agua fría, se miró un instante en el espejo y reconoció en su propio reflejo una sonrisa que no podía borrar, los labios hinchados de tanto chupar, los ojos brillantes.
Cuando volvió a la sala de embarque, la pantalla seguía marcando «demorado» en rojo. Pero ya no le importaba. Se dejó caer en el mismo asiento incómodo de antes, sacó la tarjeta del bolsillo y leyó el nombre impreso, pasando el pulgar por encima del cartón. Sentía todavía el culo caliente y algo dolorido, y esa sensación le arrancó otra media sonrisa.
Faltaban quién sabía cuántas horas para su vuelo. Por primera vez en toda la tarde, no tenía la menor prisa.





