Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido del cine me enseñó a obedecer

Tengo poco más de cincuenta y llevo casado tanto tiempo que ya ni recuerdo cómo era dormir solo. Con mi mujer hace años que no pasa nada. Nos queremos a nuestra manera, supongo, pero la cama dejó de ser un sitio de deseo para convertirse en un lugar donde apenas nos rozamos antes de apagar la luz.

Lo que ella no sabe es cómo lleno yo ese vacío. Paso horas frente a la pantalla, viendo de todo, y con el tiempo descubrí que lo que de verdad me enciende no es el sexo cualquiera, sino la sumisión. Imaginarme entregado, sin decisiones, obedeciendo a alguien que sabe exactamente lo que quiere. Con la polla en la mano y los ojos fijos en tipos mucho mayores que yo follándose la boca de otros hombres, me corría pensando que ese que tragaba semen podía ser yo. Nunca creí que esa fantasía saliera de mi cabeza. Y sin embargo salió, sin que yo lo buscara.

Soy un enamorado del cine. Voy siempre que puedo, y me gustan sobre todo las salas grandes y antiguas, esas de butacas rojas gastadas donde uno se siente diminuto en la penumbra. Una tarde de jueves anunciaban una película clasificada para adultos, erotismo suave, de esas que casi nadie va a ver. Compré mi entrada y subí a la última fila. Apenas había gente: dos o tres siluetas perdidas más abajo.

Me acomodé en una esquina, contento de tener todo aquel rincón para mí. En la pantalla, dos mujeres maduras vestidas con lencería negra se besaban con una lentitud que ponía nervioso. Una le mordía el pezón a la otra por encima del encaje, y la morena gemía echando la cabeza hacia atrás. Me dejé llevar por la escena, relajado, con la verga endureciéndose ya dentro del pantalón, hasta que oí pasos.

Un hombre mayor que yo, quizás de sesenta y muchos, subió por el pasillo, echó un vistazo a las filas vacías y, teniendo decenas de asientos libres, vino a sentarse justo a mi lado. Sentí su presencia antes que su cuerpo: el crujido de la butaca, el olor a colonia antigua, el calor.

No me moví. Hice como que seguía mirando la película, pero el corazón se me había disparado.

Al cabo de un rato se inclinó hacia mí. Su boca quedó a un palmo de mi oído y noté su aliento tibio cuando habló.

—Me ponen mucho dos mujeres así. ¿A ti no? —murmuró.

—Sí —contesté en voz baja, sin atreverme a girarme—. A mí también.

Su rodilla encontró la mía y se quedó ahí, presionando apenas. No la apartó, y yo tampoco. Aquel contacto mínimo me recorrió entero. Estaba asustado, sí, pero más excitado de lo que había estado en años.

—Te gustan tanto que te gustaría estar ahí, en la pantalla. ¿Verdad? —dijo, y su voz tenía algo dulce y peligroso a la vez.

Sí. Eso era exactamente lo que quería.

—No sé —balbuceé—. Estoy confundido.

Su mano cayó sobre mi muslo y subió sin prisa hasta encontrarse con la prueba de que mentía. Estaba duro, evidente bajo la tela del pantalón, y él me apretó la polla entera con la palma, midiéndomela por encima del vaquero. El hombre soltó una risa baja y satisfecha, demasiado sonora para aquel silencio.

—Así me gusta —susurró, y me rozó el lóbulo con la lengua—. Vas a ser bueno conmigo, ¿a que sí? Como esas dos de ahí arriba. Dime, ¿cuál te gusta más?

Tenía la garganta seca. Su mano se movía despacio sobre mí, dándome justo lo suficiente para volverme loco y no lo bastante para nada. Me apretaba los huevos por encima de la tela, me subía dos dedos por el bulto, me frotaba la punta hasta que sentí la mancha húmeda extenderse en la ropa interior.

—La morena —dije por fin—. Me gusta más la morena.

—Lo sabía —rio en voz baja—. Desde ahora vas a llamarme señor. Y yo voy a decidir lo que haces. ¿Te parece bien?

—Sí, señor —respondí, y sentí cómo esas dos palabras me soltaban algo dentro del pecho.

—Quítate la camiseta. Tengo un regalo para ti.

Miré hacia las filas de abajo. Nadie se había girado, nadie parecía notar nada. La pantalla había entrado en una escena de noche y la sala estaba más oscura que nunca. Con dedos torpes me desabroché la camisa y la dejé sobre la butaca de al lado. El aire frío me erizó la piel.

Me buscó los pezones y los frotó hasta endurecerlos. Me los pellizcaba con dos dedos, tirando hasta que el dolor se mezclaba con las ganas, y cada tirón me llegaba directo a la polla, que ya latía sola dentro del pantalón. Yo apretaba los dientes para no hacer ruido. Entonces sacó algo de una bolsa que llevaba y me lo puso entre las manos: un sujetador negro, de encaje, suave al tacto.

—Póntelo —ordenó.

Lo hice. Me costó abrocharlo a la espalda, a oscuras, con las manos temblando, pero lo conseguí. La tela me ceñía el pecho de una forma que nunca había sentido, y me encantó. Algo en mí encajaba al fin. Él coló los dedos por debajo de las copas, me buscó los pezones otra vez y los retorció con el encaje entre medias, hasta que se me escapó un gemido ahogado.

—Los pantalones también —dijo—. Y lo de debajo.

Obedecí. Me quité los zapatos, el pantalón, la ropa interior, y me quedé un instante desnudo de cintura para abajo en aquella sala llena de extraños invisibles. La polla se me alzaba contra el vientre, empapada de precorrida, con la punta brillando en la penumbra. Él me la agarró un segundo, me la sopesó, me pasó el pulgar por el glande y luego se llevó ese pulgar a la boca, chupándoselo despacio para que yo lo viera.

—Estás goteando, guarro —murmuró, y me tendió unas braguitas de nailon negro, igual de delicadas que el sujetador—. Esto es lo tuyo a partir de ahora.

Me las puse, y la tela apenas alcanzaba a contenerme. La punta de la polla asomaba por encima de la cinturilla y el nailon se me pegaba en cuanto solté una nueva gota. Luego volví a vestirme por encima, el pantalón directamente sobre la ropa que él me había dado. Notaba el encaje del sujetador rozándome bajo la camisa, y las braguitas tan empapadas que la humedad empezaba a traspasar.

—Mírame —dijo.

Giré la cara hacia él por primera vez. Tenía el pelo blanco, la mandíbula firme, los ojos clavados en mí con una calma que me desarmó. Tomó mi mano y la llevó hasta su entrepierna. Sin que yo me hubiera dado cuenta, ya se había bajado los pantalones. Lo encontré duro, mucho más grande que yo, todavía cubierto por un tanga oscuro y ajustado. La verga se le marcaba entera contra la tela: gruesa, con la curva del glande hinchado asomando por un lado y una mancha húmeda ya formada en la punta.

No opuse resistencia. En ese momento no había en mí ni una pizca de voluntad propia; era suyo, enteramente suyo, y esa entrega era lo más liberador que había sentido jamás.

Empecé a acariciarlo por encima de la tela, despacio, casi con devoción. Le pasaba la mano de arriba abajo por toda la longitud, apretaba con la palma abierta contra el bulto, le rodeaba los huevos con los dedos y sentía el peso, el calor. Fui bajando el cuerpo en la penumbra hasta que mi cara quedó a la altura de su regazo. Aparté el tanga con los dedos y le saqué la polla, que rebotó tiesa contra mi mejilla. Era gruesa, venosa, con el glande casi violeta de lo hinchado, y olía a piel limpia y a deseo. La tenía depilada, lisa, y los huevos también, tirantes contra la base.

La besé primero, un beso húmedo justo en la punta, y saqué la lengua para recoger la gota espesa que ya asomaba. La saboreé encima del paladar, salada, con ese fondo amargo que me hizo apretar los muslos. Después le lamí toda la longitud, de los huevos al glande, con la lengua plana, mojándosela entera. Le chupé los cojones uno a uno, metiéndomelos enteros en la boca, y él soltó un gruñido bajo que me puso más caliente todavía.

—Buen chico —murmuró por encima de mí, y su mano se posó en mi nuca, sin empujar, solo guiando—. Ábreme esa boca, que te la voy a llenar.

Me la metí entera. Al principio solo la mitad, chupándola de arriba abajo con los labios apretados, la lengua trabajándole el frenillo en cada subida. Le oía respirar por la nariz, contenido, mientras las caderas se le adelantaban un poquito buscando más profundidad. Entonces relajé la garganta y me la tragué hasta la base, con la nariz aplastada contra su pubis lampiño y los ojos llorosos por las arcadas. Sentí cómo se tensaba, cómo contenía el aliento, cómo le palpitaba dentro de mí.

Su otra mano encontró mi trasero, primero sobre el pantalón, después colándose entre la tela y el nailon de las braguitas. Su dedo dibujó círculos sobre mi culo, sobre la tela mojada, mientras yo seguía con la boca llena, mamándosela sin parar, con hilos de saliva chorreándome por la barbilla hasta los huevos de él.

De pronto apartó las caderas y puso ese mismo dedo frente a mis labios. Lo lamí sin que me lo pidiera, dejándolo bien húmedo, chupándoselo como si fuera otra polla en miniatura, y él sonrió en la oscuridad.

—Así, guarro. Ensalívalo bien, que va a entrar.

Volvió a meterme la verga en la boca de un empellón que me hizo atragantarme y, al mismo tiempo, deslizó el dedo de regreso hacia atrás. Coló la mano bajo las braguitas y me buscó el ojete con la yema mojada, dando vueltas encima, apretando sin llegar a entrar todavía.

—Relájate —susurró—. Déjame entrar, que este culo también es mío desde hoy.

Con toda aquella humedad, el dedo cedió poco a poco. Al principio fue incómodo, una presión extraña que me hizo apretar los ojos y gemir alrededor de su polla. Pero enseguida mi cuerpo se rindió a eso también, y lo que era molestia se volvió un calor que me subía por la espalda. El dedo entró entero, hasta los nudillos, y empezó a moverse dentro de mí, buscándome un punto que yo no sabía que tenía. Cuando lo encontró, todo se me contrajo, y solté un quejido largo con la boca todavía llena de verga.

—Ahí lo tienes —jadeó él—. Esa es tu próstata, guarro. Ahí vas a aprender a correrte a partir de ahora.

Empecé a moverme contra su mano sin vergüenza, buscándolo, empalándome en su dedo mientras seguía atendiéndolo con la boca. Se lo metía y se lo sacaba a un ritmo que él mismo me marcaba con la mano en la nuca. Tenía las dos manos en él, una acariciándole los cojones tirantes, la otra masturbándole la base de la polla al compás de mi boca. Mi propia erección estaba atrapada dentro de las braguitas, apretada contra la tela del pantalón, goteando sin parar, y no me atrevía a tocármela.

El placer se acumulaba en algún punto bajo del vientre, denso, a punto de desbordarse. Cada vez que él me rozaba la próstata con la yema, se me escapaba una gota más en las braguitas, hasta que sentí la mancha extenderse por todo el pantalón.

—Quiero que te corras así —dijo en voz muy baja, metiéndome un segundo dedo despacio, abriéndome un poco más—. Sin tocarte. Solo con mis dedos dentro. Demuéstrame lo que eres.

Los dos dedos me llenaron entero, moviéndose en tijera, torciendo, buscando ese punto una y otra vez. Yo seguía mamándosela como podía, ahogando gemidos contra su polla, con los muslos temblándome sobre el suelo pegajoso del cine. Y entonces me llegó: sin una sola caricia en la verga, con sus dedos moviéndose en mi culo y su miembro empujando en mi garganta, me sacudió un orgasmo tan largo que tuve que morderme para no gritar. Sentí cómo se me escapaban chorros de semen dentro de las braguitas, uno tras otro, en espasmos que no acababan nunca. Todo se derramó contra el nailon, contra la bragueta del pantalón, en un desastre tibio y espeso que no me importó en absoluto.

No me dio tiempo a recuperarme. Un segundo después él también se dejó ir. Me clavó las caderas hasta el fondo, me agarró la nuca con las dos manos y me disparó la corrida en la garganta, chorro tras chorro, caliente, espesa, tan abundante que se me escapó por las comisuras y me bajó por la barbilla. No tuve más remedio que tragarlo todo. Lo hice despacio, sin apartarme, sintiendo cómo cada trago me bajaba pesado hasta el estómago, y me sorprendió descubrir cuánto me gustaba obedecer hasta en eso. Cuando por fin me sacó la polla, se la limpié con la lengua, recogí las últimas gotas del glande y le di un beso final en la punta, como despedida.

***

Nos quedamos quietos un rato, recomponiéndonos en la oscuridad, todavía con la película parpadeando ajena en la pantalla. Cuando por fin levanté la vista hacia el pasillo, se me cortó la respiración.

No estábamos tan solos como yo creía. Varias siluetas se habían acercado en silencio durante todo aquel tiempo, repartidas por las filas cercanas. Algunos seguían ahí, mirando sin disimulo, uno con la polla fuera del pantalón y la mano moviéndose despacio sobre ella, otro con dos dedos ocupados en el regazo de un compañero. Habían visto todo: cómo me había vestido de mujer, cómo se la había mamado, cómo me había corrido con sus dedos dentro. Y en lugar de morir de vergüenza, sentí una segunda oleada de algo parecido al orgullo, y la verga ya vacía me dio otro tirón dentro de las braguitas empapadas.

Quise levantarme para irme, pero entonces caí en la cuenta del estado en que tenía la ropa. No podía cruzar el vestíbulo iluminado así, con el pantalón manchado de semen y las braguitas asomando por la cinturilla. Él se dio cuenta antes que yo. Se quitó la gabardina larga que llevaba doblada en el asiento de al lado y me la tendió.

—Póntela —dijo—. Tendrás que devolvérmela.

Me cubrí con ella. Era amplia, me llegaba casi hasta las rodillas, y olía a él.

—En el bolsillo derecho hay una tarjeta con mi número —añadió, mientras se acomodaba la ropa como si no hubiera pasado nada—. Me llamas. Quiero verte dentro de tres días. Te llevas la bolsa con lo que te he puesto hoy, y vienes con ello debajo de la ropa. Y te quiero completamente depilado, la polla, los huevos y el culo. Lampiño como una nena. ¿Entendido?

—Sí, señor —contesté, y la voz me salió más firme de lo que esperaba.

Él sonrió apenas, se levantó y bajó por el pasillo sin mirar atrás, perdiéndose entre las cortinas de la salida. Yo me quedé un minuto más, sentado en la penumbra, con su gabardina sobre los hombros y la bolsa apretada contra el pecho, el cuerpo todavía vibrando y el sabor a semen aún pegado al paladar.

Salí del cine cuando se encendieron las luces, caminando con la cabeza gacha entre los pocos espectadores que quedaban. En el bolsillo de la gabardina palpé el borde de la tarjeta. Tres días. Tenía tres días para decidir si era el hombre de siempre, el que se conformaba con una pantalla, o si por fin me atrevía a ser lo que aquella tarde había descubierto que era: una puta de rodillas para un señor mayor que sabía usarme.

Esa noche, en casa, mi mujer me preguntó si la película había estado bien. Le dije que sí, que no estaba mal. Y mientras subía las escaleras hacia un dormitorio sin deseo, con las braguitas todavía húmedas pegándoseme al culo bajo el pantalón, supe perfectamente que iba a llamar.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios(7)

MatiasMDP

Increible!!! De los mejores que lei en mucho tiempo.

CinéfiloBA

No puede quedar asi, necesito saber que paso despues. Por favor seguila.

EloyMdq

La tension en la sala oscura me recordo algo que me paso hace años en un lugar parecido. Ese tipo de momentos no se olvidan. Bien narrado.

DarkLector

Lo que mas me gusto es como describe esa incomodidad inicial y el deseo al mismo tiempo. Muy bien logrado, sin ser burdo.

Rodrigo_SC

se hizo corto jajaja, quede con ganas de mas!!

NocheAnon

Hay continuacion? Como termino realmente esa tarde?

MarcosLP_77

Que bien capturado ese momento en que uno cede sin casi darse cuenta. Se siente real.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.