Los gemelos del pinar me enseñaron quién era yo
Aquel viernes de julio el calor no aflojaba ni a las ocho de la tarde. Acababa de salir del gimnasio del puerto, con el torso desnudo y el pantalón corto pegado al sudor. Llevaba las trenzas húmedas, los tatuajes brillando bajo un sol que todavía quemaba, y el coche convertido en un horno. En vez de tirar directo a casa, cogí el camino viejo de los pinares, esa pista de tierra llena de curvas por la que nunca pasa nadie.
Encontré el desvío de siempre y aparqué entre pinos altísimos. Bajé las ventanillas, puse música bajita y saqué el porro que llevaba guardado en la guantera. Dos caladas profundas y el cuerpo se me aflojó entero, esa sensación de pesadez tibia que te suelta los hombros y te apaga la cabeza.
Diez minutos después, por el retrovisor, vi acercarse un coche negro metalizado, despacio, con los faros apagados. Se detuvo a unos ocho metros detrás de mí. Pensé que serían chavales buscando sitio para fumar tranquilos, como yo. Apagué el porro por si acaso y me quedé en el asiento del conductor, con la puerta abierta y una pierna fuera.
Se bajaron dos tíos exactamente iguales. Gemelos idénticos, no más de veinte años, altos, de cuerpos de surfista pero bien marcados. Piel dorada, pelo rubio casi rapado, ojos de un azul frío y labios carnosos. Camisetas de tirantes blancas pegadas al pecho, pantalones cortos negros que les marcaban todo. Más tarde sabría que se llamaban Iván y Hugo. Se acercaron con esa chulería tranquila de quien sabe que puede tener lo que quiera.
—¿Tienes fuego, tío? —preguntó uno, mientras el otro ya me recorría con la mirada de arriba abajo.
Les pasé el mechero. Encendieron dos cigarros y, sin pedir permiso, se apoyaron en el capó de mi coche como si fuera suyo. Empezaron a hablar de gimnasio, de motos, de peleas. El calor era tan brutal que en dos minutos Iván se quitó la camiseta y la lanzó dentro de su coche. Hugo hizo lo mismo. Dos torsos idénticos, pectorales cuadrados, vientres marcados, las venas saltadas en los brazos.
Yo seguía sentado, flojo por el porro, y notaba cómo me miraban los tatuajes, el pecho, las trenzas. Y, sobre todo, el bulto del pantalón.
—Joder, qué calor de mierda —dijo Hugo estirándose, y se bajó un poco el short hasta enseñar el arranque de las caderas—. ¿Tú no te quitas eso? Aquí no te va a ver nadie.
Me reí, medio ido, y al final me quedé solo en ropa interior, unos boxers negros muy ajustados. Hacía calor, qué más daba. Los gemelos se miraron con la misma sonrisa, esa conexión que solo tienen los que han compartido todo desde el primer segundo de vida.
Iván se acercó más, se agachó hasta quedar a la altura de mi cara.
—Qué brazos llevas, cabrón —dijo, y sin pedir permiso pasó dos dedos por el tatuaje del antebrazo, subiendo hasta el pectoral, rozándome un pezón.
El contacto fue como una corriente. Intenté bromear, apartarle la mano, pero Hugo ya estaba al otro lado, rodeándome, cerrándome la salida con el cuerpo.
—Y este paquete… eso no es normal —susurró, mirándome la entrepierna sin disimulo.
—Venga, tíos, que yo no voy de eso —dije, intentando hacerme el duro.
No iba de eso. O eso creía hasta esa tarde.
Pero Iván ya había deslizado la mano dentro de los boxers y me había agarrado entero. La tenía caliente, pesada, y en diez segundos se me puso dura del todo. Los dos se quedaron mirando, casi hipnotizados, como si hubieran encontrado algo que no esperaban.
—Mira esto —dijo Hugo, pasándose la lengua por los labios.
Entonces me agarró de las trenzas, me giró la cara y me besó. Sabía a tabaco, a chicle de menta y a juventud pura. Me quedé bloqueado unos segundos, intenté apartarme, murmuré un «¿qué hacéis?» que ni yo me creí, pero Iván ya me masturbaba despacio, con calma, apretando justo donde más me gustaba.
—Tranquilo, nadie te va a obligar a nada —mintió Iván con voz suave—. Pero tu cuerpo está diciendo otra cosa.
Y tenía razón. Me rendí. Cerré los ojos y solté un gemido cuando Hugo me mordió el cuello y su hermano se arrodilló entre mis piernas abiertas. Me bajó los boxers hasta los tobillos. Hugo se colocó a mi espalda, me rodeó con los brazos y me pellizcó los pezones mientras Iván me lamía despacio, de abajo arriba, mirándome con esos ojos de hielo. Luego se la metió en la boca de una sola vez, hasta el fondo, sin titubear.
Yo gemía como no había gemido en mi vida, la cabeza echada hacia atrás, las trenzas atrapadas en la mano de Hugo, que ahora me mordisqueaba la oreja.
—Quieto, déjate llevar —me susurraba.
Cambiaron sin hablarlo, como si tuvieran un guion grabado entre los dos. Iván se puso de pie, se bajó el pantalón y me plantó la polla en la cara, recta, dura, oliendo a limpio y a sudor joven.
—Abre —ordenó.
Abrí. Me la metió hasta el fondo y me ahogué, con los ojos llenos de lágrimas, pero no me aparté. Empecé a chupar torpe, aprendiendo sobre la marcha, mientras Hugo se arrodillaba detrás de mí y me separaba las nalgas. Sentí su lengua ahí por primera vez en mi vida, caliente y húmeda, entrando y saliendo. Gemí con su hermano todavía en mi boca.
***
Me sacaron del coche casi en volandas y me apoyaron contra el capó, que ardía bajo la mano. Iván delante, follándome la boca despacio, sujetándome las trenzas como si fueran riendas. Hugo detrás, abriéndome con la lengua y luego con los dedos, uno, después dos, con una paciencia que me desarmaba más que la prisa.
—¿Quieres que sigamos? —preguntó Iván, sacándomela de la boca un segundo, un hilo de saliva colgando de mis labios.
Perdido como estaba, solo asentí.
Hugo se colocó detrás. Escupió, apoyó la punta y empujó. Dolió como si me partieran en dos. Grité, intenté echarme hacia delante, pero su hermano me sujetó de las caderas.
—Respira, relaja… ya verás —me susurraba contra la nuca.
Entró poco a poco, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Cuando llegó del todo, los dos gemimos a la vez. Empezó a moverse despacio, luego más fuerte, tirándome de las trenzas para echarme la cabeza atrás. Iván se puso delante y me llenó la boca otra vez, para que no gritara tanto.
Me tenían cogido por los dos lados. Idénticos. Coordinados. Uno entraba mientras el otro salía, como si llevaran toda la vida ensayándolo conmigo. El coche se mecía, el capó me quemaba las palmas, y el olor a sexo, sudor y pino lo llenaba todo.
Cambiaron de sitio sin decir palabra. Ahora era Iván el que me tomaba por detrás mientras Hugo me follaba la garganta. Luego sacaron una manta del maletero y la tiraron sobre la tierra. Me pusieron a cuatro patas: uno debajo, llenándome la boca; el otro detrás, embistiendo con una fuerza que me cortaba la respiración. Yo solo gemía, babeaba, lloraba de placer y de dolor mezclados, sin saber ya dónde terminaba uno y empezaba el otro.
En un momento me tumbaron boca arriba sobre el capó. Hugo me levantó las piernas hasta los hombros y volvió a entrar de una embestida. Iván se colocó encima de mi cara y me folló la boca mientras miraba a su hermano. Los veía idénticos sobre mí, gimiendo igual, sudando igual, disfrutando igual. Era la fantasía más bestia que se me habría ocurrido jamás, y la estaba viviendo en un descampado con dos desconocidos.
—Nos corremos a la vez —jadeó Iván—. Los dos.
Y lo hicieron. Sentí el calor por dentro al mismo tiempo, arriba y abajo, y yo me corrí sin tocarme, en largos chorros que me salpicaron el pecho y la cara mientras gritaba con la polla de Iván todavía dentro de la boca.
Nos quedamos los tres tirados sobre la manta, desnudos, temblando, cubiertos de sudor y de tierra. Los gemelos me besaron casi a la vez, lengua con lengua, compartiendo el sabor de lo que acababa de pasar. Me limpiaron la cara con sus camisetas, me dieron agua y me ayudaron a vestirme, porque las piernas apenas me sostenían.
—Has estado de diez, vikingo —dijo Iván, mordiéndome el cuello una última vez.
—Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarnos —añadió Hugo, guardándome su número en el móvil con la mano todavía temblorosa.
Arranqué el coche con el cuerpo deshecho y la cabeza en otra parte. Conduje a casa en piloto automático, sintiéndolos todavía dentro de mí a cada bache. Me duché casi una hora, mirándome en el espejo como si fuera otro hombre el que me devolvía la mirada. Nunca, jamás, pensé que me pasaría algo así. Y mucho menos que me iba a gustar tanto.
Esa fue la primera vez. Hubo muchas más. Pero aquella tarde en el pinar, con casi cuarenta años y una vida entera creyendo que solo me gustaban las mujeres, fue la que me abrió la cabeza de par en par. Y ya no hubo forma de volver a cerrarla.