Mi primer encuentro gay empezó como una clase de economía
En un pódcast de economía, alguien explicaba la oferta y la demanda como dos líneas que se cruzan hasta encontrar un punto en común. Ese punto, decía la voz, es el acuerdo: el lugar donde el que tiene algo y el que lo necesita se ponen de acuerdo sin que sobre ni falte nada.
Ramiro escuchaba el pódcast en la cocina mientras removía el arroz. No tenía ni idea de que esas dos líneas que se cruzaban eran, en realidad, su teléfono y el de un chico llamado Iván.
Ramiro era argentino, de Rosario, aunque llevaba más de quince años viviendo en Sevilla. Soltero, cincuenta y tres años, le faltaban cuatro o cinco para retirarse. Tenía un trabajo a media jornada que le dejaba las tardes libres y un cuerpo del montón: cabeza con entradas pronunciadas, cara afeitada de piel lisa, algo de barriga blanda sobre el cinturón. Dedicaba las horas muertas a caminar por la orilla del río, a leer y a hacer un poco de ejercicio cuando le apetecía, que no era a menudo.
Al caer la noche, el ritual era siempre el mismo. Arroz a la cubana, un par de canales de televisión, y la cama. Antes de dormir abría el teléfono, leía un par de relatos eróticos de un blog que seguía, se masturbaba pensando en cualquier cosa y apagaba la luz. Otro día más.
Aburrido de esa rutina, empezó a probar cosas nuevas en la pantalla. Él, que se consideraba heterosexual sin discusión, comenzó a ver vídeos de chicas trans. De ahí pasó, casi sin darse cuenta, a vídeos de chicos jóvenes, y de ahí a vídeos de mamadas. Le llamaban la atención esos gloryholes caseros: un hombre sentado en una silla, una cortina a media altura, y alguien de rodillas al otro lado haciendo su trabajo en silencio.
Una noche se quedó mirando el techo después de uno de esos vídeos, dándole vueltas. Se había dado cuenta de algo. Había dos personas, o más, que acordaban mamar y ser mamadas gratis, de forma continua. Una necesidad de un lado, otra necesidad del otro, y un punto de encuentro donde las dos se satisfacían sin que mediara dinero. Había un acuerdo. Había, pensó sonriendo solo en la oscuridad, un cruce de oferta y demanda.
***
Al día siguiente abrió el chat de inteligencia artificial del teléfono y preguntó por aplicaciones para ligar. Estaba convencido de que ninguna mujer querría chupársela gratis, y a él no le gustaba pagar por nada. Así que matizó la pregunta y pidió una lista de aplicaciones para hombres.
Un tío me la puede mamar sin pedir nada a cambio, razonó. Y si yo me quedo quieto y no toco nada, ¿qué diferencia hay con que me la chupe una mujer?
Era una lógica tramposa, lo sabía, pero le servía para no mirarse demasiado en el espejo.
Se descargó la aplicación más conocida del sector, la del icono amarillo y negro, y rellenó el perfil con cuidado. Verificó la foto para que nadie lo tomara por un perfil falso. En la biografía escribió una sola línea: «necesito que me la chupen». Nada más.
No subió ninguna foto de su miembro. Puso una imagen de sus calzoncillos con el bulto marcado y otra de cuerpo entero recortada justo por debajo de la barbilla, sin cara. Esa, se dijo, era su demanda. Estaba puesta sobre la mesa.
En ese mismo universo de aplicaciones había otro perfil. El de Iván, un chico joven que había subido fotos vestido de mujer y cuya biografía decía: «necesito mamar una polla». Esa, claro, era la oferta.
Iván arrastraba una historia propia. Desde adolescente jugaba a vestirse con la ropa de su hermana, y con los años se había ido comprando un armario secreto entero: lencería, conjuntos, faldas, medias. Todo aquello que hacía que su cuerpo delgado, de pecho plano y trasero firme, pareciera el de una mujer. Según él, seguía sin ser gay. Solo que había probado el sabor de otro hombre más de una vez después de cierta tarde con un amigo, y se había enganchado. A quien le gusta, le gusta.
***
El match saltó esa misma tarde. El mensaje no tardó.
—Hola, soy Ramiro.
—Yo, Iván.
—¿Quieres mamar una polla? —En esas aplicaciones nadie se anda con rodeos.
—Sí, quiero. Enséñamela.
Ramiro se bajó los pantalones en el baño y se hizo una foto. Le envió un miembro de buen tamaño, grueso, con el glande circuncidado que enrojecía hacia la base y aclaraba un poco hacia la punta. Brillaba bajo la luz blanca del espejo y dejaba ver las venas marcadas a lo largo del tronco hasta que la mano lo cortaba en la base.
—Mmm… esa quiero.
—¿Te gusta? —preguntó Ramiro.
—Me encanta.
—He visto en tus fotos que te vistes de mujer. ¿Me la mamarías así, vestido?
—Sí. Si me voy a comer una buena polla, quiero hacerlo vestido como una putita. Yo en mi día a día soy hetero.
—Como yo —contestó Ramiro.
Heteros, dicen los dos. Pensó en ello un segundo y le dio igual. Las etiquetas, a esa hora de la tarde, no servían para nada.
—¿Cuándo? —escribió.
—Dame una hora. Mándame la dirección.
***
Al cabo de una hora, Iván estaba en el portal. Subió en el ascensor vestido con un chándal gris y una mochila al hombro, como si volviera del gimnasio. Y, en cierto modo, así era: venía de entrenar su cuerpo por si la mamada pasaba a una segunda fase. Dentro de la mochila llevaba toda la ropa y los complementos que pensaba ponerse.
Cuando Ramiro abrió la puerta, un escalofrío de nervios le recorrió la nuca. Era, en realidad, su primera experiencia con otro hombre, y el cuerpo lo sabía aunque la cabeza intentara disimular. Le dio paso y el chico, sin más ceremonia, se metió directo al baño para no perder tiempo mostrándose como quien era a diario.
Ramiro esperó en el salón con las manos sudadas. Se sentó, se levantó, volvió a sentarse. Se sirvió un vaso de agua que no se bebió. Escuchaba al otro lado de la puerta el ruido de cremalleras y de algo que se descorchaba, un perfume dulce que empezó a colarse por la rendija.
Cuando la puerta del baño se abrió, salió otra persona. Una figura maquillada, con los labios pintados de un rojo oscuro casi negro, una peluca de media melena recogida en una cola, una camiseta corta que dejaba a la vista toda la cintura y una falda vaquera sin nada debajo. Las piernas, depiladas y desnudas esta vez, terminaban en unas botas de cuero negro con algo de tacón.
No hizo falta hablar mucho. En cinco pasos, Iván se plantó delante de él y lo empujó suavemente por el pecho para que se dejara caer en el sofá. Le había desabrochado el pantalón por el camino, sin que Ramiro se diera cuenta de cuándo. No se lo bajó del todo; dejó a la vista la barriga blanda y los calzoncillos donde se adivinaba ya la erección.
El chico se arrodilló en la alfombra, entre sus piernas abiertas. Acercó la cara y olió con fuerza a través de la tela, pegando la nariz al bulto y aspirando despacio, como si quisiera quedarse con cada matiz antes de tocar nada. Lamió el algodón hasta dejarlo húmedo, notando cómo la dureza crecía debajo, y solo entonces tiró del pantalón y del calzoncillo hacia abajo de un solo movimiento.
El miembro saltó libre, igual de erecto que en la foto. Iván lo recibió entero, hasta el fondo, sin pausa y sin remilgos. Lo soltaba apenas para tomar aire y volvía a hundirlo, con los ojos cerrados, recorriendo el tronco con los labios y bajando hasta los testículos. Un testículo, el otro, el tronco de nuevo, y otra vez la garganta.
Ramiro estuvo los primeros diez minutos casi sin moverse, agarrado al borde del sofá, asombrado de lo que sentía. No era solo la boca. Era la entrega, la avidez de aquel chico que parecía disfrutar más que él. Cuando ya no pudo quedarse quieto, se incorporó un poco y le dio un cachete en una nalga, por encima de la falda.
Iván apretó los labios alrededor del tronco y dejó escapar un gemido grave, sin sacársela de la boca. Le gustaba. Ramiro lo entendió enseguida y le dio otro, y otro más. Con cada cachete, el chico aceleraba el ritmo, como si hubiera perdido el control y quisiera perderlo del todo.
Ya no cerraba los labios. Los dejaba abiertos, dejando caer la saliva sobre las ingles del hombre, subiendo y bajando la cabeza tan rápido como podía. Buscaba el final, se atragantaba, se golpeaba contra el fondo de su propia garganta y no aflojaba.
Ramiro le puso las dos manos sobre la peluca y la sujetó firme. Sabía lo que venía. Tras unos cuantos empujes contra su boca, empezó a vaciarse en la lengua del chico, en un latido largo que le subió desde los muslos. Notó cómo la garganta se le cerraba alrededor, tragando, y eso lo desarmó por completo.
Cuando dejó de correrse, quiso apartarlo, pero Iván no lo dejó. Le quitó las manos de la cabeza con suavidad y bajó una última vez hasta la base. Allí cerró los labios y fue subiendo despacio, arrastrando con la presión todo lo que quedaba en el tronco, dejando una marca de carmín a su paso. Al llegar arriba cerró la boca, levantó la vista hacia el hombre al que acababa de ordeñar, tragó, y solo entonces sonrió, satisfecho.
***
Ramiro miró el techo un rato largo, intentando ordenar lo que acababa de pasar. Le vino una idea simple y tonta a la cabeza: que nadie chupa mejor que quien también la tiene y sabe exactamente cómo se hace.
—Quiero venir a diario —dijo Iván, todavía de rodillas, limpiándose la comisura con el dorso de la mano.
—A diario no vas a poder —contestó Ramiro, riéndose por primera vez en toda la tarde—. Pero dos o tres veces por semana, sí.
—¿Sí? ¿Puedo venir todas las semanas? —La cara del chico se iluminó de una manera que costaba describir, una ilusión casi infantil que no encajaba con el carmín corrido.
—Quiero que vengas. Mañana también, a la misma hora.
—Entonces tienes un mamador fijo.
—Tengo un mamador fijo —repitió Ramiro, más para sí mismo que para el otro—. No me lo creo.
A partir de aquella tarde, la rutina cambió. Ya no había arroz a la cubana en soledad ni relatos en el teléfono antes de dormir. Dos o tres veces por semana, el portero automático sonaba a media tarde, el chándal gris desaparecía en el baño y de allí salía la otra versión, la de los labios oscuros y la falda vaquera. Ramiro se vaciaba por completo en cada visita, a veces dos veces seguidas, sin levantar él un solo dedo.
Iván solo quería eso: ponerse su falda, arrodillarse y tragar, una y otra vez. Decía que seguía siendo hetero, y a Ramiro le hacía gracia escucharlo. Él tampoco se molestaba ya en ponerle nombre a lo que hacían. Las dos líneas se habían cruzado en el punto exacto. La oferta y la demanda habían encontrado su acuerdo, y el acuerdo, por una vez, le salía gratis a los dos.